En el mundo que nos tocó hay que darle un nuevo sentido a la contracultura. Nuestra contracultura no existe como un movimiento cultural contra un tipo dominante de cultura, como pasó en los sesentas. Ahora hasta la contracultura de los sesentas, de amor y libertad, tiene en los jóvenes culturas opuestas. Los yuppies por ejemplo. Y a los yuppies, los punketos. Y a los punketos los s.h.a.r.p. El progreso de la civilización, las causas idealistas ya gastadas por nuestros padres, el fin de la guerra fría, el asesinato de Martín Luther King y de Robert Kennedy, los nuevos medios, el SIDA, la caída del muro de Berlín, los celulares, o las píldoras anticonceptivas nos tienen hoy en un estado de profusión confuso de nuevas culturas opuestas que se entremezclan y superan continuamente. Ya no hay una cultura, por lo tanto no puede haber una contracultura.
¿Nostalgia de lo que nunca será nuestro?
En 1968, aquellos que acumularon los suficientes momentos de sobriedad para recordarlo y contarlo, dicen que la juventud de Europa y Estados Unidos comenzó un movimiento cultural de tal magnitud que alcanzó a ser un obstáculo para la corriente principal del globo. Los movimientos estudiantiles formaron un proyecto distinto hacia la vida, visiblemente contrario en su ética, en sus hábitos sexuales y en sus nociones de lo que era el estado normal de la conciencia a la corriente principal del resto de la sociedad.
Como mamíferos locos en primavera, los estudiantes parisinos levantaron barracas para oponerse a las acciones policiales que buscaban recuperar el orden. Descubrieron, bajo las baldosas de los andenes vandalizadas para construír los muros, bancos de arena blanca sobre los cuales había caminado una vez el hombre antes de ser gobernado. Ese hombre perdido que vivía en armonía con la tierra, sin la arrogante voluntad de imponerle un orden de asfalto, de policía o de guerra fría.
En un momento cuando los intereses de las naciones se balanceaba entre el desastre nuclear causado ya por EU ya por URRS, la contracultura de los sesentas se levantó con la suficiente fuerza como para alterar la corriente dominante. La liberación femenina, el Acta de Derechos Civiles en Estados Unidos, la defensa de los trabajadores, y la reivindicación de las libertades- más allá de lo obsceno- no son poca cosa para un movimiento de contracultura. No duró mucho, o al menos no hasta nosotros, pero en aquel entonces hubo un movimiento (contra) cultural capaz de moldear al mundo, de la forma como hoy es moldeado por la economía o la política.
La cultura porque sí
Quedan tan pocos símbolos vírgenes en nuestra cultura que hay que esforzarse mucho para encontrar algo contra lo que nadie haya ido. La presión sobre la contracultura ha obligado a muchos de sus proponentes a pasar de las cagadas figurativas, a las literales, y luego a las más literales: mierda enlatada; mierda sobre lienzo; mierda al natural…mierda. Esa obsesión escatológica que indica que se nos están agotando las ideas escandalosas. A la corriente principal ya le ha sido llevada tanto la contraria, que la corriente se devuelve, y la contraria se vuelve la que en un principio era la corriente principal.
Volvemos al principio: hoy la contracultura no tiene el mismo significado que tenía antes. Ningún movimiento cultural que hoy exista puede denominarse contracultura como lo hizo el romanticismo, los beatniks, o la generación del 68.
Es una fatalidad por lo perdido que nos abre una oportunidad por eso mismo. Porque si la cultura no es por ninguna causa lo es por sí misma. Por hacerse huecos y ya, por emborracharse y ya, por bailar y ya. La cultura del porque sí.
Aunque tal vez es ir demasiado lejos: eso ya es una causa.
D.