Demonios de la movilización

Soacha. Foto de César Pinilla M.

Mi vida la he pasado en medio del clamor popular, de actos de reivindicación y discursos populistas, en parte porque soy de un departamento lejano y pobre, donde los politiqueros llegaban a hablar de nuestros problemas jamás resueltos; en parte, porque la influencia de la guerrilla era evidente y era común encontrar marxistas leninistas que sabían más de corridos prohibidos que de marxismo. Siempre, en mi adolescencia, traté de sembrar el cambio desde mi estigmatizada mamertería; estuve en grupos juveniles y participé en esos primeros ejercicios democráticos que son las elecciones escolares; todo porque me gustaba, porque veía la injusticia y quería hacer algo para cambiar el mundo. Ahora lo considero un mero acto de arrogancia, afán de protagonismo juvenil que me dejó algo positivo: conciencia política.

Esa conciencia política la llevé a la universidad, era el mamerto que estaba al día de lo que pasaba en el país y participaba en movilizaciones, todas por fuera de mi alma mater porque allí no existía tal cosa. Conocí colectivos, movimientos, partidos, etc., colaboré con campañas y renunciaba rápidamente porque el sectarismo, la inflexibilidad y la devoción a los líderes me fastidiaba, dentro de mi amada izquierda el caudillismo y la antidemocracia tenían gran influencia.

Todo esto me llevó a identificar ciertos ‘demonios’ que convertían el clamor popular en una falacia, donde el pueblo era indolente y desorganizado, y la movilización se daba solamente en medio de la efervescencia mientras las cosas seguían igual. Las multitudes se manifestaban manipuladas, empujadas; la protesta no pasaba de ser un ritual perfectamente planeado, donde todo el mundo sabía qué iba a pasar, en dónde se iban a enfrentar con la policía, los mismos cánticos de siempre; mientras la gente del común, la gente de nuestro barrio, nuestros campesinos, nos seguían viendo como ‘revolucionarios’, léase un bárbaro que arroja piedras y grita, algo que poco llama la atención de ellos a la hora de elegir a la ‘gente seria’ que dirige el país.

Aquí algunos demonios que a veces hacen de la protesta la herramienta más obsoleta de nuestra democracia, aclarando que no por ello es negativa, todo lo contrario, trato de mostrar algunos elementos invasivos que la deslegitiman. No todos los activistas son representados aquí, conozco líderes respetables, medios alternativos que hacen grandes aportes a la sociedad y a la divulgación de injusticias que comete el Estado, y, por supuesto, apoyo y considero el Paro Nacional Agrario y Popular como un reclamo justo del campesinado que debe ser escuchado y solucionado. No abordo los excesos de la policía y la falta de compromiso estatal porque ya son bien conocidos.

Capuchos, ‘chirretes’, románticos y otros desinformados

Están en cualquier universidad, tienden a ser tan sensibles como cualquiera de nosotros hacia la miseria de nuestros pobres, salvo los ‘chirretes’ (representados por punks) que tienen tal sensibilidad porque su subcultura urbana así lo exige. Se saben de memoria los cánticos: “Queremos chicha…; A ver, a ver, quién lleva la batuta…; Alerta, alerta, alerta que camina la espada de Bolívar…, etc.”. Se van en los buses de la U a visitar el Cauca y es tal el impacto, que justifican la combinación de las formas de lucha, se organizan, tratan de contactarse con cualquier guerrilla y deciden crear un movimiento estudiantil en piedras y ‘petos’ (papas bomba). Hacen reuniones en las que divagan en torno a la lucha popular, a la necesidad de que el pueblo se levante y a la manera de apoyar las luchas guerrilleras desde la ciudad. Ellos conocen las problemáticas del campo y las memorizan para combatirlas desde su radicalismo, pero olvidan lo importante, sentarse con los campesinos a hablar; escucharlos decir que la guerrilla no es tan querida como ellos suponen, que tienen que tributarles a los héroes incluso por cada gallina; héroes que andan armados, con joyas, que se emborrachan con whisky y que tienen testaferros que viven como mafiosos. Nuestros románticos activistas no saben que la guerrilla se puteó hace rato y que los campesinos los respetan porque sienten más miedo que admiración. La guerrilla que negocia en La Habana es una, pero la de las regiones es muy diferente, esa es la que realmente está actuando y por eso Uribe arrasó en esas regiones durante las elecciones a pesar de haber estado dominadas por los subversivos durante décadas.

Los grupos armados ilegales: la protesta impuesta

En el año 1997 se dieron marchas campesinas gigantescas, me aterraba ver en ese tiempo a madres con niños en sus brazos en medio de gases arrojados por la Policía Militar (no existía el ESMAD), corriendo, llorando, desesperadas por sacar a sus hijos del ahogamiento provocado por los químicos en el aire. Ante esa situación, preguntaba por qué habían mujeres en tal situación de vulnerabilidad en medio de esa trifulca, los adultos conversaban y decían: “La orden era que nadie se podía quedar”. ¿Quién daba la orden? Las FARC. Asimismo, era obligatorio participar en las Juntas de Acción Comunal y en cuanta reunión convocara el comandante de turno. Fue así como muchos campesinos del bajo Caguán llegaron al lanzamiento del Movimiento Bolivariano en el año 2002 y vaya uno a saber en cuántas manifestaciones masivas de respaldo a esa guerrilla registradas por la prensa.

No hace falta gastar mucho tiempo para imaginarse, por ejemplo, a los narcos ofreciendo dinero para que la gente exija otra política antinarcóticos, a los paras que dominan la minería obligando a sus trabajadores a salir, y otros cuantos lamentables actos miserables que esconden propósitos económicos, no precisamente para la gente que más lo necesita.

Lamesuelas

Es el ser más despreciable de nuestra cultura política. Es el que siempre se ha buscado la alcaldía de cualquier municipio y si para ello tiene que arrodillarse ante un gamonal conservador o un comandante guerrillero, lo hace sin consideraciones. Como hemos dicho, puede ofrecerse como mandadero de cualquier bando, un año puede trabajar para un gobernador uribista y al siguiente llevarles razón a los comerciantes de cuánto deben tributarle a la guerrilla.

Es lamentable, pero el lamesuelas termina siendo ‘líder campesino’ o de cualquier otra categoría; hace que le den dinero para ‘representar’ a las multitudes cuando realmente solo le interesa su bolsillo y, no lo olvidemos, conquistar la alcaldía para llenarse con sus amigos. Ellos ‘representan’ mientras cientos de marchantes reciben azotes en el campo de batalla, muchos porque sienten que es necesario, otros porque están obligados.

La ola

La ola es la efervescencia urbana, es la foto hipster con la ruana y el sombrero, lo fue el girasol y el ‘yo vine porque quise, a mí no me pagaron’. Es la política vista desde la tendencia, el montaje bien hecho, los actores y los modelos que hacen un video bonito invitando a cambiar el mundo.

Este fenómeno es pasajero, no se queda en las conciencias, pasa a la indiferencia en un abrir y cerrar de ojos; se convierte al final en lobby, en un acto digno de ver, como la Marcha de la Solidaridad o los desfiles del 20 de julio. Las olas desaparecen como desapareció el Partido Verde de Mockus o el colorido progresismo de Petro.

La línea editorial: medios, lealtades y fanatismo

Los que estudiamos periodismo discutimos largas horas sobre la objetividad, concluyendo que tal cosa no existe a pesar de que implica un gran esfuerzo por parte de quienes ejercen ese oficio. Hay medios para todo: los hay masivos, verdes, comunistas, anarquistas, etc., todos con ‘líneas editoriales’, que son básicamente una atadura para exponer las noticias y la opinión.

Los medios que defienden la lucha popular a veces ignoran que los oprimidos también meten la pata, entonces pasan por alto cuando los vándalos arrojan objetos a los policías, cuando los punks se embriagan en medio de las marchas y, en general, a aquellos cuyo único propósito es ir a armar una batalla campal. Sabemos que exponer tales acontecimientos sería nefasto para los activistas realmente comprometidos, pues para un medio masivo todos son vándalos; pero si nunca llamamos la atención sobre esos desmanes, es probable que las movilizaciones no pasen de ser un habitual encuentro entre encapuchados y policías.

Policías de Civil o Policía

Alguna vez retuvieron unos estudiantes en la URI de Paloquemao, fuimos con un comité de Derechos Humanos, a exigir su libertad. Mientras se hacía el papeleo de rigor, hablando con el vigilante de la entrada, notaba que entraban jóvenes con atuendo muy similar a los estudiantes que marchaban ese día, pasaban sin pedir permiso. Ante eso, le pregunté al señor por qué entraban de esa manera, él me respondió que todos eran policías, que se infiltraban en las marchas para tomar fotos y fichar a los líderes. Esos mismos grupos se organizan para iniciar pedreas y hacer que las protestas pacíficas terminen en batallas campales. Son capuchos pagados por el Estado para deslegitimar las demandas populares, fuerza importantísima junto con los capuchos mamertos a la hora de destruir un buen propósito y convertirlo en mera expresión de fuerza y estrategia militar.

Merecen homenaje los buenos activistas, los que están comprometidos y buscan la paz antes que el heroísmo. Los comunistas y anarquistas admirables y organizados están presentes en nuestro escenario político, gente valiosa y entregada enteramente a las causas populares, de los que se puede aprender y hasta imitar, a ver si algún día cambiamos el mundo.