El paro de los coqueros

Alguna vez hablé largo tiempo con mi papá acerca de la necesidad que tenían los campesinos de trabajar sembrando coca. Con cierto grado de testarudez, propia de la juventud, alegaba que el campo colombiano no era viable, que necesitábamos subsidios para poder competir y que, mientras no existieran tales beneficios, la única salida era la coca y su rentable comercio. Él, sabio y prudente, me decía con un tono suave pero categórico: «Yo manejaba canoa antes de que llegara la coca. Cuando pasaba por estos pueblos, la gente vivía de cultivar arroz y no la necesitaba». Era cierto, me faltaba vida para conocer el origen de muchos colonos que arribaron a esas regiones; ellos llegaron en épocas de abundancia, cuando el narcotráfico no contaba el dinero sino que lo pesaba. En aquel tiempo, los pueblos dependientes del oscuro negocio tenían dinero de sobra: millones en los bolsillos de un ‘raspachín’, burdeles desbordados de visitantes, alcohol, caballos de paso fino y fiestas de dos o tres días.

Mientras tanto, en la escuela donde cursé el primer grado, hacíamos la ‘marcha del bloque’, ceremonia que consistía en donar ladrillos de concreto para que las instituciones pudieran construir nuevos salones; hasta tres cursos veían clase en el mismo salón con un solo profesor. En resumen, abundaba el dinero pero no había Estado.

La ausencia de Estado no es simple argumento de la retórica populista, determina también la primacía de una anarquía mediocre sobre la cultura ciudadana, la educación y el progreso; el dinero se contrapone a la razón y los valores se pierden frente al poder económico y la ambición. Es así como un labriego de finca cocalera ganaba en poco tiempo cinco millones de pesos y los gastaba en un fin de semana bebiendo, pagando trabajadoras sexuales, apostando en las riñas de gallos y mostrando todo su poder adquisitivo en tiempo récord; luego se iba para su finca viajando por carreteras intransitables en el invierno o por vía fluvial que en algunas regiones aún cuesta casi lo de un tiquete de avión. ¿Para qué estudiar? ¿Para qué comprar casa? ¿Para qué votar? El dinero era lo único importante. Las armas y la violencia, que vienen agregadas al narcotráfico, ganaron estatus social; quien tuviera un revólver era intocable y respetado; quien tuviera dinero, seguramente cargaba revólver.

Los hijos de esa cultura gobernaron más tarde. De alguna manera reunían los requisitos y, con estrategias corruptas y el patrocinio de partidos de izquierda y de derecha, vaciaban los recursos públicos; ellos se hacían ricos y las escuelas estaban cada vez peor. Fuera de los pueblos, la coca seguía su auge alimentando guerras y barbarie. En Bogotá nadie hablaba del horror del campo colombiano porque a los líderes de aquellos lugares apartados no les interesaba. Así, Colombia se entregó a la apertura económica y más tarde al Plan Colombia, la ceguera nos había dominado y no teníamos la menor idea de la crisis que se venía, erradicando por la fuerza y dejando al campo (el campo ruin, inexperto y cocalero) dependiente de los cambios y exigencias propias de la moderna economía globalizada.

No podemos negar que hubo intenciones serias de evidenciar la crisis, no solo de las regiones que eran dominadas por el entramado mafioso del narcotráfico, sino también la de nuestro café no diversificado, la primacía de la ganadería extensiva latifundista y la casi imposible hazaña de modernizar y reformar el sector agrario; el archivo sobre reformismo agrario es extenso y data de inicios del siglo XX, en el tiempo en que nuestra política era una ridícula discusión ideológica decimonónica que ni sus propios muertos llegaron a comprender. Nuestros gobernantes solo han tenido afán de progreso para el país que conocieron, el de los parajes vacacionales y las ciudades capitales a las que todos los días arriban familias de desplazados.

El paro agrario tiene muchas aristas y cada pequeño gremio que participa tiene infinidad de problemas, todos conectados con la apertura económica y los consecuentes tratados de libre comercio, una muerte anunciada del campo colombiano que no pasó de ser el capricho de políticos de izquierda cuya labor no ha sido premiada en los resultados electorales, ni siquiera por los mismos afectados. Algo que sorprende es que el tema de las fumigaciones siga siendo una demanda de las comunidades agrícolas organizadas en pleno 2013, cuando se superó un gobierno de la seguridad que azotó el llamado ‘narcoterrorismo’ y cuando todo se afirma próspero con reducciones representativas en hectáreas cultivadas del cultivo ilícito. También, que a estas alturas siga descuidada la educación de estas regiones, factor que resulta de suma importancia para frenar el conflicto armado y las otras violencias que derivan del narcotráfico. No deja de ser catastrófico que los alcaldes ni siquiera mencionen esas crisis o gestionen desde la administración pública planes de choque para evitar la propagación de los cultivos ilícitos como única forma de supervivencia; han hecho más los curas y las organizaciones civiles que nada tienen que ver con el aparato estatal.

Reflexión:

Acostumbrado un poco a la política nacional y sus resultados extraños, no quiero pensar que esta repentina e inesperada alineación de la izquierda, la derecha y los movimientos sociales en su oposición contra el gobierno de Santos, que ya suma paros, escándalos políticos, denuncia conjunta contra el Marco Jurídico para la Paz, entre otras; no fortalezca al recordado antioqueño que convirtió el país en un cuartel. Simpatizantes no le faltan, están indignados, son mayoría en las urnas, anti-izquierda y – lo que es peor – ya no creen en Santos, que es el que se atrevió a negociar la paz y – mal que bien – nos ha sacado del militarismo y paramilitarismo gobernante. Esa mayoría todavía tiene tiempo para conocer uno de sus lacayos y elegirlo presidente y también para armar un congreso que se oponga a lo poco que se ha logrado hasta ahora.

  • Musiloko

    Muy buen artículo, y una redacción muy entretenida