Me la fumé verde


Calle del Bronx en Bogotá

Un amigo me contó que alguna vez fue a la ‘L’ por un porro y decidió fumarlo allí mismo, para evitar la molesta requisa de los policías que se hacen en la entrada de las ‘ollas’ a detener a cuanto consumidor vaya saliendo. Al prender el oloroso cigarro de marihuana, y luego de aspirar un par de bocanadas, comenzó a sentir el efecto psicoactivo relajante en su cuerpo, el viaje placentero que todos los que la fuman han de conocer. En medio de la excitación, recordaba las lecturas a las que había dedicado las últimas noches, entre ellas Vathek , un cuento árabe escrito por William Beckford que relata la historia de un califa que cedió a las tentaciones de un misterioso Giaour indio, a tal punto, que llegó al infierno y pudo ver cómo los penitentes que lo acompañaban llevaban el castigo en su seno, una martirizante transparencia que dejaba ver el corazón envuelto en llamas. Todos allí divagaban cabizbajos, pues esa traslucidez no representaba otra cosa que el fin de la esperanza.

A mi amigo le parecía ver esa escena entre los transeúntes que encendían la dosis de bazuco y vagaban, cubriendo con sus manos el pecho para evadir el frío, mientras el efecto complacía la necesidad; una comparación sin igual que representa a los humanos deshumanizados por la opinión, que pasean los domingos por la noche en el Voto Nacional, barrio que refugia a un gran número de drogadictos que ven este espacio como el único lugar donde consiguen satisfacer la necesidad de consumir sin enfrentar señalamientos o la exclusión, incluso dentro de sus propias familias.

Cada domingo, desde hace algunos años, voy a este punto de la ciudad a ejercer como voluntario, trabajo que me ha permitido acercarme a algunos habitantes de la calle, consumidores entregados por completo a la droga. De ellos sé poco, pero me acostumbré a hablarles a pesar de sus ocasionales estados mentales en niveles de irracionalidad absoluta, con una bolsa untada de “Bóxer” recibiendo descargas casi que mortales de thinner que, como reacción al oxígeno proveniente de un soplo, crea una potente droga. Por años les he escuchado barbaridades de todo tipo, frases incoherentes, gestos involuntarios adquiridos por los problemas neurológicos debido al consumo prolongado y, a veces, hasta los he oído hablar de sus familias con nostalgia. Siempre los he visto con cierto pesar, por los días grises y fríos y por la incomodidad de los cambuches por los que cobran algunos pesos los mafiosos que controlan las ollas, quienes no han visto afectado su negocio pese a la cercanía con la Dirección de Reclutamiento del Ejército en la Av. Caracas con Calle 11 (Centro de Bogotá). Esto último, salvo por contadas incursiones o redadas de la policía, en las que se realizan allanamientos simbólicos, si se tiene en cuenta la capacidad de un expendio para abastecer a propios y visitantes.

Me han contado cómo han visto cercenar cuerpos y ser enterrados dentro de las casas viejas y sobre las prohibiciones de robar a quien entre a la olla siempre y cuando vaya a comprar. Son ilegales rodeados de policías, vecinos del presidente y del alcalde de la ciudad que cuentan la historia que todos quieren ocultar: un infierno invisible, angustiosos vejámenes que los drogadictos llevan consigo, más evidentes en las noches, cuando divagan en la Plaza del Obelisco como almas en pena, esperando conseguir pronto un poco de dinero para seguir punzando el cerebro con sustancias.

Cuando finaliza la tarde, es común ver grupos apostando las bichas de bazuco con dados, hablando de las angustias del día y de lo que será el mañana (mañana de drogadicto). En los diálogos es común la medicina de la calle, que conoce maneras particulares de hacer el diagnóstico de una puñalada: “uno sabe cuándo es muy grave”, me decía el muchacho de las puñaladas, un hombrecito de 1.50 metros que, ocasionalmente, me muestra una nueva herida que está cicatrizando; “esta me la pegaron unos manes que robé la vez pasada”, “esta me la pegó un man que no quedó contento con un problema que nos solucionaron adentro (en la olla)”. Puñaladas en la espalda que, al verlas por primera vez, me causaron preocupación, por lo que –con ingenuidad– me ofrecí para acompañarlo a un hospital. Él, muy tranquilo, me dijo que si fuera grave ya hubiera ido y que esas cuatro punzadas que abrían su piel blanca por mucho requerían dos días de sueño y quietud en un andén: medicina que había sido aplicada juiciosamente. Alguna vez, me sorprendí al ver un hombre con la sien abierta, también por un puñal; una imagen aterradora que atormentaría a cualquier novato. Acostumbrado al diagnóstico de los expertos, le pregunté si era necesario ir al hospital, a lo que me respondió que no, que la herida al día siguiente amanecería cerrada. La medicina de la calle no requiere alcohol, yodo o desinfectante alguno, más bien paciencia, sueño y quietud; eso sí, si no es grave y la puñalada deja de sangrar.

¿Cuántas cosas horrendas les pasan a los adictos excluidos? ¿Cuánto deben soportar estos desheredados, enfermos, ignorados, en gran parte, por sus familias y atacados por los radicales moralistas? Hoy, antes de empezar a escribir este texto, presencié el encuentro de una elegante señora con su hijo que vive en el Bronx; escena que me marcó, pues mientras el muchacho se acercaba llorando, como un niño que ha sido encontrado luego de una angustiosa extraviada en un centro comercial, la mujer le decía entre lágrimas que lo amaba mucho y le suplicaba que volviera a su hogar. Me pregunté, ¿qué pasaría si la sociedad admitiera que la droga fuera suministrada en casa? ¿Si ese joven pudiera consumir su dosis en una cama cómoda y con comida para mantener las exigencias del cuerpo? ¿Qué pasaría si él no tuviera que divagar con las manos en el pecho, como cubriendo avergonzado su infierno? ¿Si tuviera la oportunidad de recuperarse y no depender más? Me dirán los aterrizados que me la fumé verde.

  • Miguel Luna

    Que maravilloso relato….. sin hacer énfasis en el escrito, de una vez me veo metido en el bronx…. Pero si hay algo que quisiera saber de primera mano: bajo que criterio, todos estos humanistas no reivindican a todo estos “manes” que aparentemente sufren, sabroso pero sufren como un verraco……?

  • A lo gabo, conociendo la historia de primera mano. Se nota que ha estado ahí, donde suceden las cosas. Un texto con costuras muy bien hechas por un buen escritor, con una investigación bien pensada por un excelente ser humano.

  • Uno puede pensar que una persona que se droga lo hace a voluntad y por ende es responsable de su propia desgracia, a diferencia de quien sufre una enfermedad y no ha hecho nada en contra de sí para buscarla.

    Pero detrás de ese “a voluntad” también hay una razón, amparada en una historia de vida que no se puede generalizar. No necesariamente tiene que ser una historia triste, muchos habrán fumado su primer cachito por simple curiosidad, o por una voluntad débil y sumisa ante la presión de grupo, o por falta de mayores incentivos en la vida más allá de la diversión trivial.

    Todos hemos cometido errores, y alguna vez hemos requerido o requeriremos una oportunidad para reivindicarnos y para continuar. Y esas personas, no necesariamente arrepentidas de nada, aún sienten, aún respiran , aún son seres humanos esclavos de una adicción que ya no depende solo de ellos, porque la primera vez fue su voluntad, las que vinieron después son voluntades de su cuerpo, y sobre esas voluntades es que hay que controlar. Porque de esas depende todo lo demás, incluyendo evitar la violencia en las calles, una realidad que no se soluciona apartando, ocultando y menos exterminando a seres humanos que son hermanos, amigas, padres e hijos de alguien más, a quienes verlos así les duele, aunquie ellos no merezcan sufrir ese dolor porque no han hecho nada para que sus hijos, hermanos, amigos o padres, hayan decidido entrar a ese callejón sin salida.

  • Mared

    No hay que ignorar, que muchas de las personas con las que te has encontrado y te han contado sus tristes historias y terribles heridas, son individuos que se sumergieron al mundo de las drogas por tratar de llenar vacíos y muchos de ellos han salido de sus comodidades materiales por sentirse en “otro mundo”. Tal vez, muchos de ellos, te contaron que intentaron salir del vicio y no lo lograron, es una problemática social pero creo que la solución no está en suministrarles la droga en casa, aunque sí está en darle la oportunidad para que se “reintegre” a un mundo más “tranquilo”…

  • milton

    Los viciosos son imbeciles, mi pobre madre tiene cancer es algo que no puede quitarse ni curarse (actualmente) eso es triste, pero un idiota cara de culo que no puede dejar de meter droga no merece ni mi compasion, ni nada. Todo ese poco de desechables (incluidos adinerados) solo necesitan dejar de hacerlo y ya. Mi pobre madre no tiene como liberarse del mal que la consume, eso si es triste, demasiado, infinitamente triste.

  • carozaldua

    Primera vez que te leo, pero aunque desgarrador el texto me parece de alguien muy humano. Gente como tú es lo que necesita gente como ellos a los que la demás gente no los trata como iguales.