Tanja y la multiculturalidad

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Foto: Radio Nederland Latinoamérica

La multiculturalidad es un fenómeno casi imperceptible. A pesar de su trascendencia en nuestra cotidianidad, pocos valoran este cruce de costumbres, modas, arte, etc., desde la mejor perspectiva, sin caer en el chauvinismo. La cultura propia de determinados países, por ejemplo, es adoptada por todo el planeta (véanse las manifestaciones artísticas japonesas, la cultura pop norteamericana, etc.). Dichas tendencias siempre reciben un fino toque autóctono, dando origen a una nueva que puede ser replicada por un incalculable grupo de individuos que comparten una conexión espacial determinada. Es allí donde aparece su encanto: en que el ser humano es realmente un habitante del mundo, conectado por las bondades de la tecnología y resiste las viejas convenciones de fragmentación entre la misma especie. “¿Para qué la patria, si tengo el mundo?”.

Colombia, que ha forjado su identidad en dicha riqueza, y que se ufana de ser una nación diversa, ha tenido en su historia sucesos de coerción extrema o, en otras palabras, una multiculturalidad forzada, que disfraza de principios morales la imposición de referentes para interpretar el mundo, la justicia, la seguridad y la democracia. Desde la colonia, en donde se proclamó el cristianismo a espada y pólvora; hasta la apabullante dirección continental de los Estados Unidos que han impuesto un ‘mundo de la vida’, como le llaman los estudiosos a los acuerdos que se generan en las dinámicas de negociación y adaptación entre diferentes culturas.

En este tiempo, el ‘mundo de la vida’ lo componen infinidad de tendencias y practicas. Ya es confuso trascender en los conceptos de identidad dentro de las fronteras. Coca Cola, por ejemplo, es una marca que representa seres humanos y maneras de vivir. Ya no es solamente un producto norteamericano, es una tradición. La diversidad está inyectada en nosotros y no es posible negarla. Lo perverso de este fenómeno es que la mencionada cualidad se adopta como un modelo de vida irrefutable, donde los consumidores potenciales estereotipados aspiran a las mismas cosas y el paradigma occidental es la referencia: “Coca Cola mata tinto”, se advierte en Colombia para separar la calidad de lo globalizado frente a la tradición, relegada al facilismo y lo miserable.

A este escenario llega una especie particular de turista: el mismo que concibe el ‘tercer mundo’ como un paraíso tropical donde se llega con cámara en mano a jugar al antropólogo. Estos países se conciben conflictivos y festivos, pero dueños de bellos parajes donde el descanso está garantizado por los ejércitos legítimos que mantienen alejada la anarquía. El turista puede descansar, tomar fotos y comprar souvenires sin molestia alguna en los mejores espacios, en parte, hábilmente adaptados para su presencia. Ellos asimilan sin rebatir todas las historias, asumen las listas de víctimas sin considerar que una buena parte miente para lograr algún subsidio o mercado. Con las tristes historias –ciertas o inciertas–, de la guerra, despiertan esa solidaridad propia del aventurero del cine y se ofrecen a forjar el cambio, sea como cooperantes, sea como activistas. Así, llegan extranjeros ‘enamorados’ de este país a hacer parte del caos, tal como le pasó a la guerrillera holandesa Tanja Nijmeijer, un ejemplo de heroísmo para los simpatizantes farianos y para los desorientados que creen que pueden salvar el mundo comprando AK-47 a los acaudalados traficantes del mercado negro.

Tanja, en sus entrevistas, cuenta cómo su activismo comenzó haciendo atentados con explosivos en Bogotá. Para ella, aparentemente, no existe diferencia entre el obrero que gana un sueldo miserable (usuario del bus) y la burguesía que ni siquiera conoce el valor del pasaje. Se afirma guerrillera de las FARC, de la misma bandada de ciudadanos despistados que aniquilan menores de edad con tiros de gracia, donde los comandantes hacen su voluntad amparados en los fusiles de la manera más egoísta e irresponsable.

La militante no se tomó la molestia de preguntarle a los campesinos que tienen que agachar la cabeza sin derecho a réplica cuando el bandolero habla, cómo se sentían al respecto. Ojalá los convencidos de la ‘combinación de las formas de lucha’ en Colombia lo comprobaran poniéndose las cotizas de los que tienen que enfrentar la humillación. La enigmática europea no conoció los campos de trabajo forzoso, en las carreteras construidas por los civiles sometidos por las guerrillas en el Caguán, donde se castigaba a quienes violaran las normas –muy a la manera del comandante de turno– llevándolos obligados a construir las vías que el Estado nunca quiso aportar. Ella no supo de los desplazamientos de familias enteras porque ‘uno de los hijos resultó ser sapo del ejército’; ni tampoco ver cómo el mando medio asesinaba a un hombre que se quejó de una actitud sobrepasada del guerrillero hacia su esposa. Para esta joven holandesa solo existe la versión Goebbels de la historia.

Es tan indignante y, a su vez, fascinante la historia, que un cierre digno para esta reflexión, debe ser la canción que la ‘heroína’ dedica a sus padres en una de sus últimas apariciones: ‘Don’t cry for me Argentina’, una canción que, igual que Tanja, carece de toda identificación cultural auténtica: trata una temática suramericana, en lengua anglosajona (casualmente la de los verdugos de la Argentina), sin dejar de sumarle los encantadores ingredientes de la grabación: el reconocido aparte de Evita ahora es cantado por una ciudadana de los Países Bajos, que estudió inglés y que milita en una guerrilla colombiana… eso es multiculturalidad.

Click aquí para escucharla.

  • Camila

    Yo no se si ella es loca o boba.