Apoyo a los indígenas del CRIC

Siempre que refiero la palabra guerra me vienen a la mente los momentos más traumáticos que puede dejar el tableteo de metralletas en la infancia de cualquier niño que las ha escuchado aterrado. El primero es de un hostigamiento en el corregimiento de Rionegro (Caquetá), donde pasé mis primeros cuatro años de vida, un pueblo pequeño, con un par de cuadras en su momento empolvadas, similares a las que recrean los cuentos de Gabo. Allí, viví mi primera experiencia en medio de los tiros de la guerra en Colombia, cuando tuve que estar encerrado mientras las FARC disparaban a la estación de policía, por allá, finalizando los ochenta. Lo que recuerdo es muy poco, guerrilla, gritos de mando exigiendo que todo el mundo permaneciera en sus casas, mientras la arremetida intentaba vencer a la veintena de valientes que resistían en las trincheras de concreto. No sé si las acciones habrían dejado muertos, pero es claro que la guerrilla no tenía la mala costumbre de secuestrar.

Años después, hacia 1994, nuestro domicilio estaba situado en Cartagena del Chairá, río abajo, donde el río Guayas se une con el Caguán. Éramos una familia de 11 miembros que vivía en una casona cerca al puerto. Un domingo cualquiera, esperaba a ver la Pantera Rosa en cuanto llegara la luz, que era a eso de las 4 o 5 de la tarde (privilegio por ser fin de semana), cuando noté una actitud extraña de mi padre y mi madre, hablaban en secreto, preocupados. Mi madre, un tanto inquieta, me pidió que fuera a llamar a mis hermanas que, en aquel tiempo, en su temprana juventud, trabajaban para un señor adinerado y muy respetado del pueblo, dueño de un depósito gigantesco que proveía todos los abarrotes para los campesinos del Bajo Caguán. Cuando ellas terminaban su horario, empacando remesas y atendiendo, se iban a relajar viendo un campeonato de basquetbol en el parque principal, el sitio quedaba justo en frente de la Estación de Policía, que ese día iba a ser atacada por la guerrilla. Cuando llegué a buscarlas era demasiado tarde, ya habían salido con sus amigos directo al encuentro deportivo. Agitado por la urgencia que tenía mi madre de que llegaran a casa, dirigí mi mirada al río en su búsqueda y noté muchas canoas adornadas de verde olivo, que traían casi un centenar de guerrilleros dispuestos para atacar la estación; eran demasiados para los contados uniformados que hasta ese día tuvieron paz en el pueblo.

Mientras la muchedumbre volcaba sus pasiones a favor de los contrincantes, la guerrilla tomaba posición bajo las graderías y en los separadores donde estaban los árboles de pomo. La gente, al avisar lo que venía, huyó despavorida mientras comenzaba un enfrentamiento que se prolongó desde esa hora hasta el día siguiente. Las metralletas, los rockets, los disparos desde los helicópteros fueron los que sembraron el terror en mis oídos y los de toda la familia, momentos de angustia, que es lo que acompaña los que deben tirarse en el suelo a esperar que la fortuna no extermine sus vidas. Al día siguiente, la guerrilla declaró conquistado el territorio, entregó los policías sobrevivientes al cura, y mató a los que fue a buscar. La gente, que ya vivía bajo su mando, salió a vivir la vida normalmente.

El resto de la década del 90 el pueblo contaba visitas intermitentes del ejército, que llegaba a arrasar con maltratos a todos. Según ellos, todos eran colaboradores de la guerrilla; pues, como era cierto, éramos otra Colombia: un pueblo sin ley. Cuando llegaban, se escuchaba uno que otro disparo de los milicianos que jugueteaban con la muerte. Una vez, mis padres tuvieron que viajar a Florencia, la capital, y a raíz de un incidente nos tocó pasar la noche debajo de las camas, pues los militares dispararon en la cuadra por mucho tiempo, insultaban a toda la gente escondida en las casas y se quejaban de las actuaciones de los ilegales que los hostigaban en la distancia; el miedo era tremendo y, como el baño quedaba fuera de la casa, a todos nos tocó usar la puerta en su reemplazo, eso sí, con mucho cuidado de no ir a provocar a los que nos hicieron pasar la noche entera en el suelo. El miedo, para ese tiempo, ya no era nada extraño, se convivía con él.

Hacia el año 1998, con la llegada de Pastrana al poder, se dieron los diálogos de paz, en el pueblo se cerraba el espacio cedido a la guerrilla en calidad de despeje, y era la frontera donde los militares vigilaban las actuaciones de los bandoleros que seguían facilitándole espacios al narco para que obrara y le cediera los pesos que representaban el impuesto de su guerra. En mi casa, que quedaba junto al río, nos gustaba sentarnos en el andén en el atardecer, cuando el sol nos permitía salir. Veíamos, entre los débiles rayos de sol, al oficial o suboficial del ejército, que regresaba desde el puerto a la base en el otro extremo del pueblo; “con el buenas tardes” de una confianza que tomó años en recuperarse, dejaba el espacio para que, unos minutos más tarde, pasara el comandante de la guerrilla por el mismo lugar, quien también socializaba con el mismo cálido saludo; para nosotros era fácil cambiar el capitán, mayor o sargento, por el comandante, dependiendo del matiz de su traje de guerra. El temor constante era que alguna vez se encontraran los dos bandos y hubiera una balacera lamentable.

La guerra entre militares y guerrilla se fue haciendo más aguda conforme los diálogos fracasaban. En mi colegio supe de cuatro casos de bombas en su alrededor y al interior, pues era un instituto técnico agropecuario en la frontera rural, cercano a la base del ejército, por el que pasaban los soldados que salían a patrullar en las calles. El caso puntual al interior, fue en el lugar donde sembrábamos frutales amazónicos, específicamente un sábado, cuando dos de mis compañeros alimentaban unas gallinas de nuestro experimento de avicultura. Mientras cumplían la labor de servir el agua y la purina a las aves, vieron como entre el pasto salía un miliciano que estaba acechando a los militares para hacer explotar los artefactos a su paso; tras advertir a los muchachos, que salieron aterrados y silenciosos a sus casas, el hombre, por fortuna no logró su cometido; la presencia de los jóvenes lo obligó a ser visible para los soldados que prestaban guardia, quienes, a pesar de sus esfuerzos no lo pudieron capturar. Las bombas fueron detonadas controladamente, infartando una buena cantidad de los animales de la granja. La sensación de peligro constante e impotencia de no poderse expresar frente a los que hacían de la pasividad de un pequeño pueblo un campo de batalla, era inmensa, todos éramos sujetos de derechos en lo escrito, pero simples miserables sin valor frente a los que se enfrentaban.

Ya en el 2002, tras el recordado fracaso de los diálogos, llegó Álvaro Uribe con su promesa de acabar la guerra a las malas. Siendo muy joven, vi con buenos ojos la llegada del antioqueño que prometía mano dura, me cansé de las imposiciones vacías de la guerrilla y del peligro constante a raíz de la presencia del ejército dentro del pueblo. Lastimosamente, el hombre invencible de baja estatura fue todo lo contrario a lo que pensé, una vez se instaló en la Casa de Nariño, llenó mi tierra de militares, que llegaban dispuestos a matar todo lo que pareciera guerrilla, hombres de mano dura que difícilmente pedían favores, la gente tenía que hacer lo que ellos dijeran temerosos de las represalias a raíz del fortalecimiento de los paramilitares que, extrañamente, pudieron obrar con libertad al amparo del Ejército Nacional: en el 2004, por ejemplo, se registró una matanza en uno de los billares del pueblo, habiendo militares en todo alrededor del municipio. Nos obligaban a hacer filas interminables mientras hombres encapuchados señalaban a los que iban a pasar duros tiempos en la cárcel, les arruinaban las vidas y, tras no demostrarse delito alguno, volvían a casa sin nada en las manos. Eso sí, quedaba el recuerdo de sus caras en los noticieros que los tildaban de guerrilleros, mientras obviaban que los dichosos informantes no eran mas que falsos desmovilizados (que fueron y serán muchos, mientras haya desempleo), que se dedicaban a vagar en el pueblo y que encontraron buena renta en las calumnias del DAS y de los altos oficiales del Ejército.

Por su parte, la guerrilla arremetía sin la menor consideración dentro del pueblo, las bombas que disponían para atacar al ejército sembraban el terror. Un día, un niño encontró un artefacto metálico mientras pescaba con su madre, al manipularlo literalmente despareció en medio de una explosión que se sintió en todo el pueblo, los inconscientes rebeldes continuaron sembrando bombas en las esquinas y atacando con granadas a los militares, así estuvieran en medio de civiles. Los padres advertían a sus hijos del peligro de las esquinas, de patear los tarros metálicos, de jugar cerca a los baldíos, del pasto… un sinfín de advertencias que hacían el espacio cada vez más limitado, fronteras invisibles de miedo, el auténtico miedo que, como hemos visto, no se soluciona con más plomo; eso es lo que cansa a las víctimas, eso es lo que hace que actúen de manera radical frente a sus verdugos.

Por el pasado de miedo que me llevó a ser un extremista pacifista, celebro la expulsión de militares y guerrilleros en el Cauca, aún más con la ridícula foto del militar llorando de ira al no poder usar el fusil para controlar la turba que, enfurecida, lo sacaba a empujones de su territorio sagrado. Aún más, con la deprimente opinión sesgada, absurda y poco rigurosa de los que infortunadamente debo llamar colegas periodistas, que de manera amañada y pendenciera sembraron el radicalismo que rayó con el racismo en Twitter. Con los defensores de Herbin Hoyos, como un tal @artilleryfield que ante mi defensa del obrar de los indígenas me respondió: “Es la realidad y lo q no vemos. Pero q nobleza de soldados. Yo ya había matado a todos esos indios hp!”, personaje que, para el infortunio de todos, pone en su biografía: “Administrador de empresas, especialista en alta gerencia, comerciante”. Porque toda esa bandada de seres sumergidos en la completa ignorancia, son los que nos han hecho vivir un infierno a los que nos tocó y nos sigue tocando vivir la guerra de frente; a los militares y guerrilleros, miles de jóvenes que se matan día tras día por salarios y por utopías usadas para el beneficio de los tiranos, a mis amigos y familiares que hacen parte de las fuerzas militares, a quienes aprecio y despido cada vez que toca con un sentido “se cuida” porque sé que en la selva la piedad se perdió, porque esta patria está llena de psicópatas, dirigidos por la falta de objetividad de periodistas imprudentes e inhumanos que olvidaron la ética y vendieron como tiranos a los que peleaban por el justo derecho a vivir en paz.

18 de Julio, decenas de indígenas heridos y uno asesinado. Seguro el sargento que lloraba de rabia se sacó la espina.

  • ms

    Me parece excelente el aporte.

  • cpinilla

    Impotencia, tristeza, rabia: sentimientos que generan estas acciones violentas de ideologías de ultraderecha y de izquierda que castran el conocimiento, ideologías que promulgan genocidios, que violentan, valiéndose de discursos perversos y manipulados; ideologías que viven de apariencias, no es de extrañar que éstas se sustenten en el férreo control de estos medios que pertenecen a los poderosos para perpetuar sus arbitrariedades e intereses oscuros.

    Parecemos estar viviendo una guerra de clases en las que no están dando una buena paliza; malditas ideas impuestas de PATRIOTISMO, LIBERTAD, HEROÍSMOS disfrazados, reflejados en rostros de agentes del estado que lloran. Acaso el dolor y llanto generado por las muertes de indígenas y campesinos, de niños y niñas víctimas del desplazamiento, de madres que esperan justicia por sus hijos víctimas de los falsos positivos no es digno de reconocimientos de heroicidad?

    La mayor parte de la frustración social y de la crisis que padecemos es a causa de esa miopía colectiva, de esta enfermedad llamada borreguismo, de esa felicidad idealizada profesada en los medios y vista en blanco y negro por espectadores que no reconocen o no quieren reconocer que su discurso de supuestos colores, diversidad, inclusión y de matices está mediado por el miedo, por la cobardía, por la falsedad, por el buen veneno llamado BIENESTAR, SEGURIDAD, PROSPERIDAD y mal apellidado DEMOCRACIA..

    Aún no podemos dar el grito de independencia, después de 202 años aún está ahogado en las gargantas del pueblo; hoy por la tristeza que nos invade a causa de estas muertes y vejámenes que son pan de cada día en país del sagrado corazón, en país donde muchos niños y niñas construyen sus imaginarios y significaciones mediados por los horrores de la guerra, por los sonidos de las armas, por el discurso venenoso de la Tv y las redes sociales.

    202 años de libertad del yugo de los españoles, 202 años de dependencia, violencia y exclusión por nuestra propia sangre, por nuestros hermanos de sangre americana, por falsos “compatriotas”.