Los eufemismos de la universidad

A pesar de que la educación superior supone un escenario en el que los Estados vinculan estrechamente a los ciudadanos en su proyecto y que desde su surgimiento en la edad media, se ha planeado en su interior el devenir de las sociedades, el acceso ha sido limitado, difícil y dirigido a pequeños sectores sociales que gozan de beneficios especiales sobre los demás; la promesa de la sociedad de masas sigue siendo – de alguna manera – un modelo estamental que no requiere de virtuosos sino de poseedores de capital. Así existan políticas incluyentes, éstas no le apuestan a la participación masiva de la sociedad en las decisiones de impacto colectivo, más bien a cumplir con la exigencia del Estado Moderno en lo que a cobertura refiere: eufemismos nada más.

Un alma mater tiene como función transformar el mundo, trasciende cualquier simple proceso de adoctrinamiento y se configura como la transmisión del conocimiento científico que sienta las bases tecnológicas y metodológicas para organizar la vida humana, además de conservar las tradiciones y los valores estéticos. Su historia está cargada de contradicciones, entre ellas su nacimiento como centro de pensamiento divergente y libre al amparo cristianismo, un dogma que, curiosamente, representó la figura del fanatismo avasallador y hegemónico: la primera globalización, a la que irónicamente se le deben las concepciones más modernas de sociedad; en palabras de Lorenzo Luzuriaga: “Su objetivo […] la  formación del fiel, del cristiano, pero con un carácter más secular, nacional”.

La universidad cristiana se creo en medio de un ambiente excluyente donde solo iba quien reuniera las características de un aristócrata: éstas contemplaban desde el linaje hasta el desempeño de la familia en el gobierno y en los lugares donde ganaban espacios los poseedores del capital. En pleno siglo XVIII, los claustros dedicados a la formación superior fueron centros de formación para los militares y los súbditos. En la actualidad, el discurso del Estado como una institución sacrosanta prevalece casi intacta, y la educación para el civismo y el patriotismo sigue siendo la prioridad en el compromiso de crear estereotipos de ciudadanos con especialidades útiles para el sistema productivo, en palabras de Luzuriaga una academia popular, elemental, primaria, de carácter público democrático que visualiza un humano hábil, el super-hombre del ‘capital de trabajo’. La política de inclusión persiste y ahora no discrimina la posición económica y social, el reto actual es facilitar el mayor grado posible de ‘cultura’ al mayor número de ‘ciudadanos’.

Nietzsche, al describir la decadencia del Estado alemán en ‘El Ocaso de los Ídolos’, se refiere a este fenómeno con precisión: “En Alemania al sistema de educación superior se le ha escapado lo principal: el fin y los medios para alcanzarlo. Se ha olvidado que el fin es la educación, la formación y no el Reich, y que para alcanzar ese fin se necesitan educadores, y no profesores de instituto y eruditos de Universidad…”.

A medida que la historia vio desaparecer los terratenientes y la iglesia como la cúspide suprema y omnipotente de la pirámide, los jóvenes Estados se suscribieron en la fatídica dinámica capitalista, viendo el dinero de los privados como la panacea para alcanzar el desarrollo y el bienestar colectivo. En este sentido, la universidad también se configuró en el modelo de nación monetario-dependiente, como un potencial productor de servicios educativos y de innovación científica. Así, muchos países legitimadores del modelo de vida moderno abrieron la posibilidad a constituciones de corte liberal, vinculando a su vez la apertura económica.

 

En el caso particular de Colombia, por ejemplo, el neoliberalismo entró y se hizo sentir en los noventa con mucha agresividad, la crisis que surgió condenó el país a años de miseria rural y pobreza en las urbes; la constituyente fraguada por el Partido Liberal, uno de los poderosos polos de una pobre democracia, abrió paso a leyes de educación que legitimaron la privatización, y la empresa privada comenzó a apoderarse de la escuela: la lógica de pensamiento divergente, crítico y desinstitucionalizado fue reemplazada completamente por la competencia, la cobertura y la calidad, en términos de lo que sugiriera el proyecto de alineación estatal: “Los particulares podrán fundar establecimientos educativos. La ley establecerá las condiciones para su creación y gestión {…}”. (Art. 68 Constitución política de Colombia). Y como consecuencia de una crisis sistemática que ofreció educación de mala calidad al margen del poder adquisitivo del ciudadano promedio, el crédito no fue una opción rentable, las metas apuntaron esta vez a aprovechar los pocos usuarios con excelente ‘calificación’ (dinero propio) para seguir logrando las gruesas usuras del sistema bancario a costa de lo que se supone un derecho y una importante inversión para el futuro. “{…} El Estado facilitará mecanismos financieros que hagan posible el acceso de todas las personas aptas a la educación superior”. (Art. 69 Constitución política de Colombia).

 

Ahora, comenzando el siglo XXI, ni siquiera la inclusión y vasallaje de los Estados es el referente para las políticas de educación superior, solo pagamos por estudiar, por especializarnos en las labores y ser útiles al sistema. Nos queda escuchar las voces que se levantan en la clandestinidad propia de los ‘sin padrinos’ de este orden corrupto y solo funcional a sueldo, lo que para Boaventura de Sousa Santos,  deriva en la búsqueda incansable de la capitalización de la universidad pública, contra la transnacionalización comercial y descontextualizada; el conocimiento riguroso y proclive a las diferencias, a la libertad de pensamiento y la destrucción de las imposiciones medievales o industriales en la academia. Las universidades sin identidades mezquinas, sin himnos que aboguen por las doctrinas, sin naciones a quien servirles, cuya única norma inviolable sea pensar el mundo, transformar e innovar más allá de los bienes y servicios rentables: son éstas las que necesita el mundo actual.