Contra el trabajo

Participar en la conmemoración del Día Internacional del Trabajo es una tradición para los que nos creemos defensores de la clase obrera; un día al que todos asistimos teniendo plena conciencia de que terminará en una batalla campal creada por policías y “anarquistas”, como se hacen llamar los adolescentes que escuchan punk. Es un momento especial en el que –increíblemente – aún va gente pobre: campesinos que tienen callos en las manos y obreros que usan cascos. Son pocos, es cierto, pero están presentes haciendo valer los símbolos que cargan los apasionados en las banderas rojas y negras. El ESMAD mostrando siempre una actitud agreste, y con justa razón, pues los rebeldes – que nunca han trabajado – siempre descargan su furia-diversión sobre ellos, creando un ambiente de hostilidad que hace que la fecha celebrada no sea tomada en serio ni siquiera por los mismos trabajadores. Muchos ignoran que los policías son simples trabajadores: civiles armados que reciben un salario por soportar pedradas de escandalosos que poco saben de anarquía, solo de banderas, canciones contestatarias y ropa. El día del trabajo no está precisamente en el heroísmo de los capuchos por tendencia, está en la gente humilde que todavía lleva el desayuno envuelto en bolsas plásticas, como el campesino del Sumapaz que en la marcha del 2011 nos ofreció un poco de queso que traía en el bolsillo al vernos las caras hambrientas y azotadas por el sol.

Pero, ¿qué aporta la marcha a los trabajadores? Realmente es muy poco. Se ha convertido en un espacio para que las organizaciones y algunos individuos que aspiran a ser ídolos hagan lobby; un terreno para faranduleros y para el ocio de los que juegan a ser rebeldes; ellos asumen el rol protagónico mientras los verdaderos representantes de la hoz y el martillo soviética van atrás, calmados, cargando las banderas sin tanta arenga y cliché. Viéndolos con detenimiento pensaríamos que van esperanzados en no comer más mierda; en salir de sus roles asignados por la sociedad capitalista que los obliga a establecer la totalidad de su vida social (por lo menos la que permite el cuerpo y la salud) a estar condenados produciéndole a los dueños, para que los vagos – que, se supone, vivirán sin tener que hacer lo mismo mientras están en la universidad – puedan tener libertades. Ellos, los callados, son los padres que se esclavizan solo por el hecho de crear una familia. Tributan y se entregan en cuerpo y alma a la mecánica sociedad moderna.

Es el trabajo la opción de vida para todos, una verdadera arbitrariedad que todos tienden a considerar un privilegio, pero exclusivo para la satisfacción de las necesidades más primitivas: comer y reproducirse. El trabajo es la fuente para la prosperidad de la familia, es el látigo del cristiano para poder soportar la cotidianidad de las empresas; diría Marx: ‘la realización del trabajo es la des-realización del trabajador’, una condena infernal que nos encierra y nunca más nos permite salir. Entonces, aspirar a las comodidades de la riqueza exagerada no es malo si se aspira al trabajo para poder comer. Ser obrero combativo es aspirar a una mejor vida, sin tener que someternos a la mera supervivencia: a la ‘labor’, expuesta en los términos de Hannah Arendt, que demuestra por qué al ser disfrazada de ‘trabajo’, nos atormenta: “{…} la labor produce bienes de consumo, y laborar y consumir no son más que dos etapas del siempre recurrente ciclo de la vida biológica”, y en la misma conferencia, continúa afirmando: “De ahí que el auténtico objetivo de la revolución sea, en Marx, no sólo la emancipación del hombre de la labor: Porque «el reino de la libertad empieza solamente donde la labor, determinada por la carencia» y la inmediatez de «las necesidades físicas», acaba”.

Convivimos con una grave confusión: asignamos a la labor, el ‘trabajo’ en este caso, una serie de virtudes,lo que no hace esclavos del sistema de vida que controlan algunos poderosos, al tiempo que nos borra de la memoria que el trabajo se concibe en la fabricación de productos que serán sometidos a nuestro uso; de ahí que la distancia entre lo que producimos y nuestras vidas sea infinita y que estemos condenados a subsistir. Declara la OIT: “El trabajo es el conjunto de actividades humanas, remuneradas o no, que producen bienes o servicios en una economía, o que satisfacen las necesidades de una comunidad o proveen los medios de sustento necesarios para los individuos”. Pero, ¿qué productos sirven al uso de los obreros?: ¿los dispositivos tecnológicos de los esclavos surcoreanos o chinos son para ellos?

Se supone que el trabajo determina el valor de los artículos. Así, las primeras comunidades que usaban el trueque, establecían el valor de cambio basándose en una medida subjetiva encaminada en una especie justicia comercial y social; dicha medida se basaba en el “tiempo socialmente útil invertido en la creación”: la vida era más valiosa que los productos. Ahora, la subsistencia representada en el indicador inflacionario es la medida para los salarios, otra extensión del látigo de la sociedad perfecta, donde se fabrican elementos serviles en pequeñas Pymes que se denominan familia: institución establecida desde los credos hasta en las constituciones, esclavizando mujeres para reproducir la tiranía desde los domicilios: la sirviente doméstica doblegada que reproduce la explotación a partir de su alienación. El pago nos da herramientas para subsistir; la esclava doméstica ni siquiera lo recibe, su subsistencia está sometida a la voluntad de un patriarca.

El trabajo está replanteado, hay –en una definición teleológica– factores de producción de la industria; allí se cuentan los humanos. Ya no reafirma la condición humana, es una actividad aburrida y odiada. La patronal no se relaciona con el obrero e impone el darwinismo con su carácter opresor, el ‘si no puedes, te vas’. El trabajador no siente suya la fábrica o la oficina: se concibe como un elemento preso de las circunstancias, de sus propias necesidades.

Los que van callados en las marchas ven el día a día insoportable con el orden como bandera, los días en los que no pasa nada y que molestaban a Harry Haller, el Lobo Estepario; los días laborales, al lado de la máquina (mecánica o electrónica), viendo pasar las horas para ‘ser humanos’ invertidas en algo que no les pertenece. El día del trabajo no está hecho para amar el trabajo, más bien para despreciarlo, pues su concepto es utópico. Solo el calcular cuánto de lo que pagan se va en reinversión para asistir todos los días al mismo lugar donde vendemos la fuerza de voluntad es frustrante. El plusvalor es condenable por donde se le mire, por lo menos para los que no son siervos directos de la patronal en la pirámide jerárquica, es decir, la gran mayoría que va paciente detrás de los románticos y revoltosos.