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Última actualización: Miércoles 4 de septiembre de 2013 a las 1:02 pm

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Un domingo en el Voto Nacional

De lunes a sábado este sector de Los Mártires se muestra vital entre miles de tragedias distintas, si me preguntaran qué problemas se resumen allí, diría que todos los del país; desde las mafias del narcotráfico, guerrilla, paramilitares, delincuencia común, prostitución, maltrato intrafamiliar, etc.

En los últimos días el presidente Juan Manuel Santos nombró la nueva alcaldesa de Bogotá, Clara López de Obregón, una militante de izquierda de vieja data, nieta de Alfonso López Pumarejo y sobrina del inmortal Alejandro Obregón; estudiante destacada de Harvard y otras tantas virtudes que la vinculan con las clases más favorecidas y que, según ella, para nada interfieren en su lucha política, ligada desde siempre a las causas populares. Esta mujer, tiene una característica pública con la que el presidente también comulga, ser reconocido como traidor de su clase, como alguna vez afirmó que aspiraba ser denominado, citando al emblemático Roosevelt. Sin pretender entrar a destacar las capacidades de estos dos líderes políticos, diremos que Colombia necesita gente que tenga tales aspiraciones.

El punto es que en el discurso de posesión de la nueva alcaldesa hubo dos anotaciones cruciales para la capital y la cultura colombiana; la calle del Bronx y la basílica del Voto Nacional; en la primera, se referencia el más grande expendio de droga de la ciudad y el refugio de un sinnúmero de habitantes de la calle, desplazados unas cuadras tras la desaparición de El Cartucho, se cuentan desde drogadictos esporádicos hasta seres flotantes con sus capacidades mentales limitadas por el abuso de los alucinógenos. La segunda, es la iglesia del barrio, tiene una historia que vincula a todos los descendientes de los protagonistas de la guerra bipartidista (víctimas y victimarios), pues es, nada más y nada menos, que el símbolo bajo el cual se consagró el país al Sagrado Corazón de Jesús, como parte de una sugerencia del clero al presidente José Manuel Marroquín, ante los años de terror causados en el naciente siglo XX.

Si bien, sería atrevido afirmar que esta basílica, que se comenzó a construir por decreto presidencial en 1902 (decreto 820 del 18 de mayo de 1902), fue el toque de gracia divina para el tratado de paz de Wisconsin; desde una dimensión antropológica podríamos decir que es la confianza, el acto de fe de un país católico, que se entrega a los imaginarios perfectos de la religión buscando la reconciliación y la paz; pues el Sagrado Corazón de Jesús es precisamente la figura religiosa de los católicos que conviven con la guerra, adoptada y puesta en el único espacio donde se puede sentir la paz, en lo intangible, en la imaginación.

Esta iglesia, que se cae lentamente por los achaques del tiempo, no es un templo con muchos parroquianos, por lo menos no de los que donarían lo suficiente para reconstruirla; las comunidades católicas por lo general no cobran el diezmo, reciben donaciones de los fieles que las mantienen relucientes o en decadencia, como es el caso citado. El Voto tiene suficientes razones para estar en mal estado, por un lado, el asunto de sus parroquianos, gente en situaciones de extrema pobreza; por el otro, el limitado capital del distrito y del Ministerio de Cultura, que por obvias razones militares ha sufrido recortes catastróficos y, entre otras cosas, malas inversiones en conciertos de Shakira invocando el chauvinismo.

Esta basílica está en una zona donde la lógica no es funcional, queda en la Plaza de los Mártires, aquella del obelisco que es visible desde el costado sur de la estación de la Avenida Jiménez de Transmilenio, levantado en honor a los próceres de nuestra independencia que fueron fusilados por los españoles. A la derecha de la iglesia está el Batallón de la Guardia Presidencial y una dirección de reclutamiento del Ejército Nacional; a solo una cuadra hacia el occidente, el lugar que alberga más droga en Bogotá, El Bronx. Alrededor, se ve el comercio que entre semana mueve una gran tajada del PIB bogotano, por las ferreterías, las ventas de insumos agropecuarios y los talleres, almacenes de repuestos y ‘deshuesaderos’ de vehículos; sin mencionar el San Andresito de San José, con sus bodegas y negocios millonarios. En estas manzanas de casas antiguas y arquitectura colonial, donde muchos llegan a comprar su ración de marihuana, perico, heroína, bazuco, etc., conviven con el narcotráfico y el exitoso comercio, la pobreza extrema de los indigentes y la miseria de las familias que habitan los inquilinatos, colombianos desplazados por la violencia, madres cabeza de familia con ramilletes de vástagos sumidos en el desamparo; hombres y mujeres viviendo del rebusque, enfrentando la vida a las malas, trabajando en lo ilegal cuando les toca, sobreviviendo en un mundo que los ha ignorado.

Los inquilinatos son una reunión inmensa de vecinos vinculados estrechamente por las limitaciones del espacio, donde el ‘machimbre’ separa habitáculos de escasos tres metros cuadrados; en el mejor de los casos, en alojamientos que se asemejan en las dimensiones al dormitorio de cualquier pareja de clase media, conviven hasta 6 personas entre niños y adultos que comparten camas, allí se incluye la cocina. El baño es compartido, en las mañanas las filas son largas, desesperantes y conflictivas para su uso.

Con lo que pueden, estos ciudadanos se mantienen con vida, trabajan de sol a sol, algunas madres salen a vender golosinas con sus hijos y otras a reciclar; hay casos como el de una mujer de unos 40 años que se lamenta por el dolor en sus pies, pues tiene que caminar hasta Fontibón para recolectar desechos reciclables y sostener a sus hijas, una de ellas – la menor – le acompaña en sus largas travesías; es sorprendente el retraso de la pequeña, con 12 años aparenta 8, digna figura para representar la necesidad de pensar en una política social para Bogotá. La vida es dura así Duque Linares diga lo contrario, la inequidad del sistema siempre afecta a alguien, o a muchos como es nuestro caso. De lunes a sábado este sector de Los Mártires se muestra vital entre miles de tragedias distintas, si me preguntaran qué problemas se resumen allí, diría que todos los del país; desde las mafias del narcotráfico, guerrilla, paramilitares, delincuencia común, prostitución, maltrato intrafamiliar, pobreza, etc.

El domingo

Todo este ambiente hostil se reconfigura los domingos, el comercio disminuye, el Bronx está replegado tras un sábado de agitación y mucha droga; a las 9 de la mañana, salen las familias a la misa, con la mejor ropa, es un momento especial, su ritual. Los sacerdotes – que se vinculan estrechamente con la gente – hacen una ceremonia que entretiene, los indígenas otavaleños, ecuatorianos que tradicionalmente son comerciantes de ropa, tienen los instrumentos necesarios para hacer una mezcla deliciosa de música andina tradicional ensamblada perfectamente con el ruido de una batería tocada por un hombre tatuado de abundante cabellera y barba que poco tiene que ver con la figura conservadora de sus compañeros de banda. Todos hacen las alabanzas de costumbre y siguen al pie de la letra los pasos de la fiesta, luego viene un sermón adaptado a la cotidianidad de los fieles, que todos disfrutan y escuchan atentamente; el escenario se llena de niños en el altar que juegan alrededor del gran mesón de la eucaristía sin recibir llamado de atención alguno. Así, a las 10 a.m. termina la misa y los adolescentes que se preparan para la primera comunión y la confirmación acuden a los respectivos cursos de preparación, pasan por el salón parroquial donde hay una actividad de la fundación que trabaja con los niños de alrededor. Afuera, ‘Palitos’ y ‘El Ciego’, cuentan las monedas obtenidas a la salida de la iglesia para ver si consiguieron el equivalente al almuerzo o el combo de Chocolate y pan que se puede conseguir a solo 300 pesos en la entrada al Bronx; lo curioso del cuadro, es que estos dos habitantes de la calle discapacitados, reciben monedas de los otros que viven en su misma condición, son conscientes de su miseria y se percibe la solidaridad de la manera más cruda.

 

En el Voto Nacional todos se vinculan, otavaleños, desplazados, habitantes de la calle, un grupo de chocoanos que contagian de buena energía con su humildad y bondad, voluntarios de la fundación y toda la comunidad de los alrededores; hay mucho qué hacer en el día, y definitivamente es un mundo abierto, tanto en la zona de celebración como en la propia casa cural, todos se reparten su espacio, entre los niños de la fundación, los de la comunión y la confirmación, los visitantes esporádicos y demás.

A la misa de las 10 a.m. llegan nuevos fieles, indigentes que sacan los $600 pesos de la veladora y se la dedican a alguno de los santos que están alrededor de las bancas de madera, familias enteras o penitentes. Algunos donan algo para la fundación, otros piden la bendición e inclinan su cabeza ante el gesto del Padre. Pronto llega la misa de once, esta vez sin música, pero igual de emotiva.

Al medio día la basílica se vincula al sector, se camufla en el silencio dominguero del centro, cierra sus puertas y todos vuelven a su lugar; ‘Palitos’ y ‘El Ciego’ al Bronx, las familias a sus inquilinatos, los voluntarios de la fundación guardan sus implementos y los sacerdotes se dedican a descansar. El lunes será de nuevo el momento para la misa matutina, el escándalo de los talleres y el comercio se abren al público, todos volverán a su rutina.

El Voto Nacional es una radiografía de las condiciones del pobre que habita la ciudad, es un escenario que revela lo exótico y lo bello alrededor de los rituales y las costumbres, es un lugar donde muchos interactúan en torno a la celebración católica y los actos de solidaridad, hasta los indígenas – los que vemos vendiendo bufandas y guantes de lana en el Centro – organizan, de vez en cuando, una actividad para preparar arroz con pollo y repartirlo entre los habitantes de la calle.

Estas dos anotaciones de Clara López en su discurso de posesión, tienen una gran historia y nos sugieren pensar la ciudad desde lo social, ojalá la política se adorne de ‘traidores de su clase’ que nos ayuden a pensar en soluciones para las familias y los habitantes del Bronx, y que también se logre una alternativa para que la basílica del Voto Nacional no se caiga, porque sus parroquianos realmente la necesitan.

Comentarios

  • Jaime Cortés

    Muy buen texto. Te felicito hermano. Si bien no comparto la apreciación de la dignataria de turno a propósito de dirigir esta ciudad, si rescato que hizo una observación que tu texto escanea con tal finura que, me dan ganas de ir a misa (y no suelo asistir a estos espectáculos). Severo texto papá.
    Saludos

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