Memorias para no olvidar

<ahref=”http://www.hojablanca.net/ultimopasillo/files/2013/01/emma_reyes.jpg”>

No me sorprende que este libro tenga tantos lectores, no me sorprende que todos –no exagero– me hablen de él y me digan que los ha conmovido (como a mí), porque Memoria por correspondencia, de Emma Reyes, es uno de los libros más bellos que se han escrito y publicado en Colombia en los últimos años. Y, hasta donde me doy cuenta, se está leyendo mucho.

Se trata de veintitrés cartas que la pintora colombiana, Emma Reyes, le envió a su amigo Germán Arciniegas, entre 1969 y 1997, contándole su vida —más bien solo su infancia y adolescencia— desde que tiene memoria. Después de leer este libro, al que cualquier adjetivo le queda cortísimo, me pregunto: ¿cómo se puede transformar el dolor en algo tan bello? Y me respondo esa pregunta tonta: con el talento que concede la naturalidad, la frescura, el no ser pretencioso.

Debo reconocer, con mucha vergüenza, que no sabía casi nada de Emma Reyes hasta que leí este libro. Por el prólogo y por algunos comentarios que había leído antes de tenerlo, sabía que era pintora y que había vivido casi todo el tiempo fuera de Colombia. Después vi un video en Youtube, en donde Gloria Valencia de Castaño la entrevista, y sentí ese acento arrastrado de los que han vivido harto tiempo en Francia. Quedé fascinada. Emma no es escritora —se lo aclara constantemente a su amigo Germán—. Emma no tiene conocimiento ni de recursos literarios, ni de artificios para que el lector se transporte con la narración. Emma solamente evoca, durante veintitrés cartas, lo que su memoria le dicta. Es, a mi parecer, la médium de su memoria que se manifiesta a través de ella para dejar testimonio de una vida triste, miserable casi, que sin embargo no hizo de Emma una resentida, ni una amargada.

Su niñez estuvo marcada por tantas carencias y miserias y debió ser tan fuerte eso para ella, que en las cartas se asombra de su propia memoria: está recordando su vida desde que tiene tres años. A los cinco la abandonó su mamá y terminó donde terminaban muchas huérfanas por esos años: en un convento. Me estremecí con cada cosa que Emma contaba. Sin releer el libro, sin mirar de nuevo sus hojas ni todos los subrayados que le hice, recuerdo, como si yo misma lo hubiera vivido, las tantas veces que Emma debía caminar hasta un peladero para botar la bacinilla llena de orín y mierda. Siento el mismo pánico que ella sintió cuando la dejaban sola, encerrada con llave en la pieza diminuta en donde vivía con su hermanita y su mamá, porque esta tenía que salir por varios días. Creo que son pocos los escritores que han contado, como lo rememora Emma, las luchas de poder y ambición dentro de un pequeño grupo social, que en este caso es el convento en donde ella termina junto a su hermana mayor.

Una vez más, sin mirar de nuevo el libro, puedo cerrar los ojos y ver a las monjas haciendo su propia división de clases, menospreciando a las «pobres», uniéndose entre «ricas», casi todas humillando a las huérfanas, haciéndolas trabajar como esclavas, con lo mínimo de comida, bordando para salvar sus almas… y en el medio, una niña de 5, 6, 10, 15 años… bizca, pero excelente bordadora. La precisión de sus manos para pasar la aguja por donde tiene que ser, sin manchar la tela, dejando un trabajo impecable como lo exigían las monjas, la delicadeza con la que bordaba, fueron, qué duda cabe, el perfecto antecedente de la extraordinaria pintora y dibujante que sería, años después, Emma.

El lenguaje con el que están narradas estas memorias, dista de ser completamente prolijo, limpio, porque a pesar de que la Emma que recuerda su niñez y parte de su juventud es una mujer adulta, la que habla en cada carta es la niña, es la joven que fue… Vuelvo y digo: la memoria que la convierte en su médium. El lenguaje de Emma es el de esa niña de educación muy precaria, inocente hasta decir basta, confundida por la religión que las monjas le imponen, abrumada por un dios castigador y colérico y, sobre todo, necesitada de amor y compañía. Y ahí, en ese lenguaje rústico, está el valor de este libro. Ese es su gran logro. Una prueba más de que la belleza está en la sencillez, aunque suene trillado decirlo.

Uno de los pasajes más hermosos del libro, o que por lo menos a mí me fascinó, es aquel en que Emma cuenta cuando se hizo «amiga» de la imagen de María Auxiliadora que había en la capilla. Fue el día en que tuvo por primera vez su menstruación. La monja que se encargó de explicarle en qué consistía ese cambio en su cuerpo la dejó confusa y triste. Era tal su inocencia y su desprotección que solo atinó a ir a la capilla, desde ese día y durante muchos recreos, para conversar con María Auxiliadora. La imagen y Emma se hicieron amigas. Emma le contaba sus tristezas, sus faltas, sus alegrías. Pasaban todo el tiempo del recreo juntas. Pero unos días después, Emma no tenía que contarle a la Virgen y entonces comenzó a pedirle ayuda: que la ayudara a crecer, que le ayudara a dejar de ser bizca… y como esa ayuda no se hacía efectiva, Emma empezó a querer menos a su nueva amiga: «También le pedí a María, ya no la llamaba Señora ni Virgen, ya le tenía tanta confianza que la llamaba María, le pedí que yo quería tener el pelo crespo, porque mi pelo liso no me gustaba y no podía peinarme bonito, también le pedí que yo pudiera cantar… Pero nunca me dio nada de lo que le pedí, y como no hablaba, empecé a dejarla y volví a jugar con mis amigas».

Era tan limpia y lúcida la cabeza de Emma, que su ruptura con la religiosidad —impuesta, y por lo tanto más débil, no cabe duda— fue así, serena, simple, sin muchas preguntas ni temores. Simplemente un día volvió a jugar con sus amigas y se olvidó de María, su amiga muda e impávida.

Todo en este libro merece adjetivos. La editorial Laguna Libros la hizo de oro al rescatarlo. Solo les reprocho la edición. El lenguaje de Emma Reyes en esas cartas es rústico y natural, grandes virtudes, pero no por eso se justifican los signos de puntuación mal puestos que entorpecen la música de la lectura y esos detallitos que hacen ruido mientras uno lee. Pero todo eso es menor, porque estas cartas pueden hacer lo que quieran con quien las lee. Quedarse, por ejemplo, con la sensación de que uno ha vivido dos infancias, la propia y la de Emma. Y nunca la propia será tan triste y hermosa como la de ella.