El libro de la vida

Estimado Juan José Hoyos:

Le pido disculpas de antemano por hacer público lo que muchos considerarán que debiera ser privado. Incluso usted, aunque espero que no se moleste. Y confío en que no se molestará.

En la página 84 de su libro, que acabo de cerrar, El libro de la vida, usted cita a Holden Caufield, el protagonista de El cazador oculto, de J.D Salinger cuando dice esto de los libros: «Los que de verdad me encantan son esos libros que cuando uno termina de leerlos, desearía ser íntimo amigo del autor y hasta llamarlo por teléfono y todo». Nunca mejor citado Caufield, porque eso fue precisamente lo que me pasó cuando terminé de leer este libro: quise llamarlo por teléfono o, al menos, enviarle un correo electrónico, que habría sido lo más fácil. Estoy segura de que nuestra común amiga, Ana Cristina Restrepo, no habría vacilado en darme los contactos para ello. Pero no se lo pedí porque desde siempre he creído que leer no es un acto de egoísmo como muchos dicen. Sí, se necesita silencio, soledad, introspección, para leer un libro, disfrutarlo, saborearlo, pero todo eso que dije no es necesario cuando se quiere recomendar un libro. Uno puede perfectamente ir, amigo por amigo, diciéndole lo que al menos yo le digo a todos los míos: si ves por ahí tal libro, no lo dudes, agárralo. Mi forma de recomendar El libro de la vida es esta carta pública y privada al mismo tiempo.

Usted se preguntará de dónde diablos salí yo, porque hasta ahora ni siquiera he tenido la cortesía de decirle que sí nos conocemos, lo que no sé es si usted se acuerda. Fue en febrero, en Medellín. Yo estuve de paso por allá dos semanas felices en casa de Ana Cristina. Fue ella quién me llevó a Otraparte, la casa del filósofo y poeta Fernando González, a un evento en homenaje al poeta José Manuel Arango, a quien le confieso que no lo conocía ni de nombre. Anita me dijo que su poema preferido es «Sonámbulos». Lo busqué de inmediato en Saint Google y cuando lo leí me sentí avergonzada por ignorante, pero feliz porque había descubierto a un poeta. Desde ese día yo también me declaro fanática irredenta de José Manuel Arango. Él fue uno de los descubrimientos más bellos que hice en Medellín.

Fuimos, pues, ese día a Otraparte. Estaban usted y el músico Andrés Posada, a quien tampoco conocía. El mejor compositor de música clásica en Colombia. Cuando el evento terminó, Ana Cristina, un amigo de ella —hago un esfuerzo pero no recuerdo su nombre, tal vez se llamaba Andrés— y yo nos sentamos a una de las mesitas que hay en el jardín. El ambiente era muy agradable. La poesía de Arango, musicalizada por Posada, todavía me retumbaba en el corazón. Ustedes, muy amables, nos invitaron a su mesa. Ahí conocí a Gustavo Restrepo, el alma de Otraparte y un hombre muy inteligente, divertido y generoso. Yo, desde que salí de la casa de Anita, iba con la idea fija de buscar en la librería de Otraparte este libro suyo: La pasión de contar. El periodismo narrativo en Colombia, 1638 – 2000, la antología de crónicas colombianas que usted hizo. Pero no lo encontré y tuve que quedarme con el único libro suyo que tenían: El libro de la vida.

No quiero alargarme en detalles, pero todos serían muy sabrosos si los contara. Fue una noche preciosa, la conversación y la cerveza rodaron por parejo. Usted y su esposa Marta son grandes narradores. Me conmovió ver cómo ella tenía en su mente, al instante, los datos, detalles y nombres que a usted le faltaban. Usted narraba una historia y ella oficiaba de factchecker y correctora de estilo en vivo y en directo. Luego, me dedicó el libro y yo lo guardé primero en mi bolsa, luego en mi maleta, luego en mi biblioteca acá en Santiago. Recién ahora puedo leerlo en paz. No dispongo de mucha paz para leer; hago muchísimas cosas a la vez, que no vienen al caso, pero cuando no se puede hacer tranquilamente, leer también puede transformarse en el arte de robarle tiempo al tiempo: dormir menos, leer en el metro, en la micro, en los paraderos mientras se espera la micro, en la fila del banco. La clave es no despegarse del libro que se está leyendo y, sobre todo, no quedarse dormida en la micro con el libro resbalándose, porque el libro se puede escurrir entre los dedos e irse para siempre.

Libros y leer. Por eso estoy escribiéndole esta carta, porque este libro es sobre libros y lecturas. Sus libros y sus lecturas. Porque a mí una persona que lee de forma apasionada y que es capaz de, por ejemplo, llorar con un libro, o de conversar con otra persona —su padre, por ejemplo— sobre los personajes de las obras como si fueran seres reales —¿pero quién nos dice que no lo son?—, me conmueve profundamente.

¿Por qué nos gusta tanto un determinado libro? Quizás esa sea una de las preguntas que usted intenta responder con estas notas breves. No quiero agobiarlo con mis especulaciones, pero yo también me pregunto muchas veces eso. Mi amigo, el escritor Ricardo Silva Romero, escribió hace poco esto: «Sé que leer es como rezar, que sólo le sirve al que cree», y yo pienso igual. Pienso que usted y yo creemos, tenemos tanta fe en la lectura, como muchas personas —eso espero—, sólo que yo, hasta ahora, no he podido escribir nada decente sobre mis propias lecturas y de alguna manera usted ya lo hizo por mí en este libro. Porque las mismas lecturas que usted va evocando, capítulo por capítulo, nota por nota, en este libro, son mis lecturas; son mis historias. Cuando leí «Réquiem por un amigo», la historia en donde cuenta cómo le tomaba la mano al moribundo poeta José Manuel Arango, en un hospital, mientras le recitaba sus propios poemas ante la mirada atónita de los médicos, pensé en un amigo mío, mi propio José Manuel Arango, al que también le apretaría y besaría las manos el día de su agonía, mientras le recito sus poemas, o los de sus autores preferidos. ¿Hay acto de amor más grande para con un amigo que despedirlo de este mundo con poesía?

Y cuando leí este otro capítulo, «El mal de don Quijote», me sentí descubierta. ¿Será eso una enfermedad? En mi niñez la pasé, quizás, un poco peor que usted. Tenía compañeras y profesores —¡profesores, increíble!— que me odiaban por el tiempo que pasaba en la biblioteca. Eso sin contar con que desarrollé una capacidad inusitada para fantasear sin fin con mis lecturas mientras el profesor de trigonometría hacía maromas increíbles tratando de explicar los asuntos que se traían entre sí el seno, el coseno y la tangente. El mal de don Quijote, creo, no es solamente confundir imaginación con realidad, o desarrollar al extremo la imaginación. El mal de don Quijote es, en suma, no poder vivir sin leer y sin los libros; mientras más se lee, más incapaces nos volvemos para dejar de leer. Cuando leí el Quijote por primera vez lo primero que pensé es que Cervantes había escrito, en suma, el homenaje de homenajes al lector. Al hombre lector, tal como lo hizo Bohumil Hrabal en esa novela para la que no existen adjetivos suficientes: Una soledad demasiado ruidosa, y sobre la que también hay una nota en este libro suyo. Mi nota preferida junto a la que le dedica a Cortázar, «¡Vos también, Cortázar!».

Hrabal llegó a mi vida en el peor momento, hace cuatro años ya. Yo había fracasado rotundamente —no estoy muy segura de que eso haya cambiado en este tiempo, pero tampoco quiero quejarme— y estaba devastada. La vida me había atropellado de una forma que me parecía injusta. Como siempre, como todos, pensé no me merecía nada de lo que me pasaba y durante mucho tiempo el acto de leer fue para mí lo más parecido a la autodestrucción: leer era condenarse de alguna forma a la soledad y a la miseria. Un amigo, el librero Álvaro Castillo Granada, otro lector imbatible, me mandó por ese entonces un texto en el que recomendaba la lectura de la novela de Hrabal. La busqué y la leí y, como pasa con tantos otros libros, me cambió un poquito la vida.

Haňt’a, el protagonista, dice al comienzo de la novela de Hrabal: «(…) soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos». Él define como ninguno lo que realmente hacemos cuando leemos. El significado de las palabras cuando las leemos y lo que nos producen. Pero, sobre todo, Haňt’a sabe en qué consiste progresar, lo tiene claro: «Hace treinta y cinco años que prenso papel viejo y sé perfectamente que para salir del paso necesitaría un título universitario en clásicas, además de haber pasado por un seminario», pero no le interesa porque su progreso en la vida está en los libros. Por eso le tengo tanto cariño a ese personaje, porque es el homenaje máximo de la literatura al lector puro.

En fin, le escribí para decirle que El libro de la vida —título que es, claro, un homenaje al libro de Santa Teresa de Jesús—, es eso, el libro de la vida de cualquier lector. Un puñado de notas vitales sobre los libros que usted leyó y que lo marcaron de alguna forma. Un puñado de notas sobre el poder de la lectura, que dicho así «el-poder-de-la-lectura», tal vez suena exagerado y ridículo, pero que existe, que es real: ¿cómo si no uno se iría hasta Cuernavaca, México, a buscar desesperadamente, en la compañía de muchos tequilas, los lugares en donde estuvieron los protagonistas de Bajo el volcán de Malcolm Lowry?

Y le escribo esta carta para decirle que acabo de terminar de leer El libro de la vida, pero que no tengo su teléfono.
Cordialmente,
Laura.

  • Gonzalo Pérez Rodríguez

    La felicito por un blog excelente y por exaltar un escritor que admiro y leo desde hace mucho tiempo. Gracias.