En Chile: La fuerza de la razón

El 11 de agosto, Adriana Roque Romero le cedió un espacio en su blog a Leonor Villaveces, colombiana que reside en Chile, en Hualpén por lo que tengo entendido, y quien escribió su visión de lo que se está viviendo actualmente con las movilizaciones de los estudiantes. Este artículo no es sólo una respuesta a lo que escribió Leonor, sino también un intento de echar claridad sobre este tema, que no es tan sencillo, y tiene muchísimos matices.

Para comenzar, debo decir que no sólo no estoy de acuerdo con lo que Leonor Villaveces describe y manifiesta en su artículo sino que me parece por lo menos desafortunado y por lo demás desinformado. Pienso que lo que ella expuso con tanta seguridad, a tan sólo tres meses de vivir acá, es apresurado e imprudente. Chile es un país muy complejo y de la misma forma que en el exterior abunda la desinformación sobre Colombia, también la desinformación sobre Chile es lo que está primando ahora afuera. Hay que entender este movimiento sin apasionamientos y, sobre todo, sin abusar de la emoción que provoca la palabra rebeldía. Menos aún como si fuera justificable una excusa para invitar a ella.

PERSPECTIVAS

Tengo varias perspectivas para hablar del movimiento estudiantil: como residente en Chile desde hace ocho años (por lo tanto he sido testigo de los cambios más importantes de este país en un período de tiempo prolongado); como estudiante de Ingeniería en Prevención de Riesgos en un Instituto Profesional y, por lo tanto, como una más de las personas que tienen que pagar para poder acceder a la educación superior; como parte de la fuerza laboral de este país, puesto que he trabajado durante todo este tiempo acá. Adicionalmente, estudié un año y medio en la Universidad de Buenos Aires (sin perder mi trabajo en Santiago), así es que conozco de primera mano eso que se llama educación pública gratuita. Todo esto que enumeré no quiere decir que por arte de magia yo sea la persona más autorizada para hablar del tema. Y como ya sabemos que economistas y cientistas políticos son los más adecuados para hacerlo con propiedad y argumentos sólidos, consulté a varios de ellos antes de cerrar este artículo. Tampoco quiere decir que mi opinión valga más que la de Leonor Villaveces, y este es buen momento para aclarar que mi texto no es en absoluto una suma de argumentos ad hóminem, puesto que no conozco a Leonor (quizás después de esto hasta nos conozcamos), pero sí consideré hablar de este asunto que ha sorprendido tanto a todos en Latinoamérica y el resto del mundo: las movilizaciones estudiantiles en Chile.

I

Lo primero es dejar claro qué es lo que piden los estudiantes en Chile. No voy a citar todo el petitorio acá, pero sí quiero destacar en las peticiones de los estudiantes secundarios y universitarios los aspectos que me parecen absolutamente necesarios y a los que el gobierno debe prestar la debida atención. Por ejemplo, un aumento del PIB para educación pasando del 3,1% actual al 7% que es el ideal recomendado por la Unesco; mejora de la calidad de la alimentación que reparte la JUNAEB (Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas); desmunicipalizar los colegios municipalizados y estatizarlos (más adelante explico esto), poner fin a la PSU (Prueba de Selección Universitaria que equivaldría al ICFES de Colombia), reemplazándola por una selección diferenciada según carrera; y asegurar que los alumnos de los colegios técnicos tengan prácticas laborales justas, seguras, con una experiencia provechosa y una fiscalización directa del MINEDUC y la Dirección del Trabajo para garantizar que el alumno esté recibiendo la enseñanza adecuada.

Estas peticiones están muy fundamentadas y además en ellas subyacen los problemas medulares de la bajísima calidad de la educación básica y media (primaria y bachillerato para los colombianos) que tiene actualmente Chile. En el petitorio, sin embargo, hay puntos que se caen por sí solos, como la petición de transporte gratuito las 24 horas del día los 365 días del año. Actualmente todos los estudiantes tenemos una Tarjeta Nacional Estudiantil que nos permite pagar el pasaje en transporte público a 180 pesos chilenos, y concedamos que eso es lo más justo: un pasaje normal vale 560 pesos (1,20 dólares). Pero si el Estado aceptara la petición, todos los estudiantes de Chile tendríamos acceso a transporte público gratuito.

Y es aquí donde se plantea el primer problema: ¿Papá Estado puede proveernos todo eso así como así? ¿Cuánto tiempo se puede mamar de la teta de la Hacienda? ¿Es que nunca se seca? Suena bien decir que los ricos paguen para que los pobres puedan acceder a todos los beneficios; de hecho, en la fachada de la Universidad Técnica Federico Santa María hay un enorme cartel que insta a eso. El problema, pues, es qué consecuencias traería aplicar el recurso de aumentar los impuestos a la clase alta chilena. Y aquí viene el segundo problema que me planteo: ¿qué tanto piensan los estudiantes chilenos en las consecuencias de las soluciones que proponen y por las que luchan?

El petitorio de la CONFECH (Confederación de Estudiantes de Chile), tiene el mismo espíritu del petitorio de los secundarios, pero, obviamente, mucho más elaborado. Los estudiantes de educación superior piden la gratuidad de la educación pública; la mejora de la calidad; la democratización y regulación del sistema de Educación Superior; el fin del lucro; eliminación de la PSU y mejorar el sistema de acceso a la educación superior; mejoras en la cobertura de becas y ayudas para los estudiantes y la modificación de la LGE (Ley General de Educación). Esta fue promulgada durante la presidencia de Michelle Bachelet, en el año 2009, después de un movimiento intensivo llevado a cabo por los estudiantes secundarios de todo el país y que se conoció en Chile con el nombre de “Revolución Pingüina” (acá, a los estudiantes de enseñanza básica y media se les llama “pingüinos”).

La LGE vino a reemplazar la LOCE (Ley Orgánica Constitucional Educacional) que fue promulgada durante el gobierno militar de Augusto Pinochet, y básicamente regula con más fuerza que su predecesora los requisitos de reconocimiento de los establecimientos educativos de enseñanza básica y media, e introduce cambios al currículum académico. Fueron y son muchos los detractores de esta ley, y actualmente es uno de los puntos de discusión álgidos del movimiento estudiantil.

A fin de cumplir todo lo anterior, es decir, para que el Estado pueda soportar la financiación de la educación pública, la CONFECH argumenta que Chile posee los recursos naturales suficientes para esto (en clara alusión al cobre) y proponen tres mecanismos: 1°, modificar el royalty, es decir el impuesto que cobra el Estado a aquellas empresas que explotan los recursos naturales del subsuelo (léase: cobre); 2°, modificar los impuestos a la renta para los contribuyentes de primera categoría, es decir, reconsiderar el impuesto que le aplica el Estado a las utilidades percibidas por el sector empresarial (esto está claramente dirigido a las empresas más poderosas del país y a los grupos económicos potentes, uno de los cuales es el encabezado por el propio presidente Piñera), y 3°, finalmente, modificar la ley de donaciones para las universidades.

En resumen, y les recuerdo que estoy puntualizando a grandes rasgos el petitorio original, destacando sólo lo más relevante y comentado: Los estudiantes chilenos piden una serie de reformas al actual sistema de educación y para lograrlo le proponen al Estado una redistribución de los ingresos, y esto obviamente sólo se logra con una reforma tributaria profunda.

II

Hasta ahí, todo muy bien. Aprovecho para aclarar varias cosas antes de que me enrostren afectos que no cultivo: Apoyo la causa medular de este movimiento; considero además que la educación es un derecho que debe ser garantizado constitucionalmente y que el Estado debe fiscalizar; que el acceso a la educación en todos sus niveles debe ser justo, y que si un Estado invierte mucho más en educación, garantiza la gratuidad de la enseñanza básica y media, y regula la aplicación de filtros justos para el ingreso a la educación superior, implementa así una de las palancas de igualdad más poderosas dentro de la sociedad, al mismo tiempo que, de pasada, ese Estado sube muchos peldaños en la escalera del progreso. (La mitad de esta última idea con la autorización de Andrés Hoyos, fundador de El Malpensante, con quien he discutido amplia y sabrosamente el tema durante las últimas semanas y me da permiso para incluirla acá). Finalmente considero que el gobierno de Piñera ha tenido un comportamiento errático y muy poco inteligente para enfrentar este conflicto. Sólo que todos los que de alguna forma desconfiábamos de Piñera cuando candidato, y desconfiamos más ahora que es presidente, sabíamos que esto sucedería a la larga.

Pero todo tiene un “pero”, dicen por ahí, y este movimiento no es la excepción. Acá llegamos al punto más delicado: la politización del movimiento y el rol de Camila Vallejo, Presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH), como rostro visible del movimiento. Lo que sigue es mi posición muy personal, lo admito de entrada, pero me siento preparada para afrontar las piedras que van a querer tirarme.

La figura de Camila Vallejo ha revolucionado los medios. Todos quieren escucharla y sobre todo verla. Camila se ha convertido en una heroína y si mañana se presentase a un cargo de elección popular es muy probable que saliera elegida por mayoría aplastante. Es decir, ella probablemente tenga un futuro político extraordinario. Camila es miembro de las Juventudes Comunistas (JJCC) y fue elegida presidenta de la FECH representando al colectivo de los Estudiantes de Izquierda de la Universidad de Chile. Pero con sus intervenciones, y su actuar en general, se ha politizado nocivamente un movimiento mostrándole a la sociedad que en él subyace una ideología política más que una reivindicación social. La educación debería estar más allá de toda ideología política, y no tiene por qué ser una lucha que emprende exclusivamente la izquierda, como Camila lo hace ver.

Habría que ser muy ciego – o bien cerrar los ojos ante el puño en alto de Camila en cada manifestación – para creer que ella tiene independencia política. Idealizarla y personalizar en ella este movimiento tan importante y necesario en Chile, es el primer error que están cometiendo los más propensos a las emociones. Lamentablemente la personalización y la idealización son actitudes típicas de las sociedades latinoamericas (ver a Uribe basta).

Camila es una mujer valiente, sin duda, que se ha enfrentado como vocera de la CONFECH al estallido social que generó el movimiento, pero no está sola, lo grave y triste es que se trata de la figura perfecta para que grupos políticos más antiguos que la CONFECH puedan establecer su vocería y presionar a través de ella.

No le resto ningún mérito a la lucha que ha emprendido Camila, pero ella misma lo dijo: «este es un movimiento político». Mal. Muy mal. Si hay algo de lo que tiene que desmarcarse este movimiento es de la política. El jueves 9 de agosto sucedió lo que se conoce como el «jueves negro», por la gran represión a una marcha que no tenía autorización para circular por la Alameda, la vía principal de Santiago. Un día después de esta protesta, Camila Vallejo presentó una querella contra el Estado por negar el derecho a la reunión y la libre expresión. Estoy totalmente de acuerdo: el Estado no respetó un derecho constitucional, que además está garantizado por tratados internacionales. Pero para presentar la demanda, Camila acudió con dirigentes del PC (los mismos que van a su lado en cada marcha y protesta), con los familiares de los detenidos desaparecidos y con el Presidente del Colegio de Profesores de Chile, Jaime Gajardo, un personaje vulgar y sobreactuado, lo cual no es grave; lo grave es que se trata de un oportunista que apoya fuertemente la lucha estudiantil ahora, pero que fue electo presidente del Colegio de Profesores en2007 (cuando gobernaba en Chile Michelle Bachelet y el oficialismo estaba representado por la Concertación), sin hacer un solo llamado fuerte para mejorar el sistema educativo, que, les recuerdo, no es de hoy, sino de hace treinta años. Un individuo que es presidente de un colegio que reúne a los profesores: los mismos que forman alumnos de unas mediocres enseñanzas básica y media, pero que salen a gritar a las calles como si de toda la vida hubiesen tenido la voluntad más férrea. No es posible que una líder independiente trabaje de cerca con los actores sociales de la izquierda más rancia de Chile y luego se precie de ser independiente o, peor aún, de hacerle frente a la clase política de Chile por parejo, llámese Alianza (derecha) o Concertación (izquierda).

Aquí aparece el siguiente matiz de esta historia. Chile lleva 30 años con un sistema de educación superior que, efectivamente, es herencia del gobierno militar. De esos 30 años, durante 20 gobernó la Concertación que es la coalición de los partidos de centro e izquierda. Es casi imposible no remarcar lo siguiente: durante esos veinte años los colectivos de izquierda, incluido el PC, guardaron conveniente silencio, y la mayor revuelta estudiantil habida en ese tiempo fue la protagonizada por los estudiantes de secundaria, la conocida como “Revolución Pingüina”, sucedida entre abril y junio de 2006 y que terminó con la aprobación de la LGE y la derogación de la LOCE (leyes de las que hablé anteriormente y que regulan la enseñanza básica y media). La Concertación enfrentó en su momento esa movilización con tanta represión y tan mal como lo está haciendo el actual gobierno de derecha de Sebastián Piñera. Con esto quiero demostrar que la clase política chilena es tan oportunista y obtusa como la de cualquier país latinoamericano, con la gran diferencia de que administra con un poco más de éxito los recursos del país generando una estabilidad (macro)económica más o menos confortable.

Este contexto es el que todos se niegan a ver, impulsados por la emoción de la rebeldía, y el que esconde el síntoma de un problema más grave todavía: los líderes estudiantiles como Camila son susceptibles de convertirse en marionetas de intereses políticos superiores a la causa misma de la educación; intereses políticos de la extrema izquierda que se frota las manos, feliz con toda la atención mediática que están teniendo cada vez que Camila asegura ser marxista-leninista… ¡en pleno siglo XXI!

III

La incitación a la rebeldía es apasionante mientras sentimos la adrenalina de las protestas, como queda claramente expresado por Leonor Villaveces en su artículo, pero lo que ella a lo mejor no sabe es que los jóvenes chilenos llevan 30 años apresados entre símbolos y resentimientos pasados que las generaciones de la dictadura les traspasan como si fuera obligación de ellos cargar con esos muertos. Los muchachos creen, sinceramente, que humillar, agredir y convertir en una antorcha humana a un carabinero dignifica su movimiento, que su lucha es más lucha porque se legitima en una batalla campal, que no es grave el daño económico colectivo e individual que provocan con sus revueltas. Pero eso sí: les aseguro que todos estos muchachos no dudarían ni un minuto en ir corriendo a pedirle ayuda a ese mismo carabinero si se ven en situación de peligro (los he visto, por eso lo digo), ya que Carabineros, una institución que conozco por dentro porque trabajo hace muchos años con ellos, es una de las más fuertes, prestigiosas y bien formadas de este país.

Esta proclividad a la manipulación política es lo que me hace pensar un poco antes de dejarme llevar por la euforia de la masa, enardecida con el movimiento estudiantil. Todos celebran y aplauden cada palabra de Camila, pero muchos no se daban cuenta hasta hace poco, por ejemplo, de que a su lado en la mesa de la CONFECH se encontraba Giorgio Jackson, el presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica. Giorgio estuvo mediáticamente a la sombra de Camila hasta que le llegó su turno para hablar ante la Comisión de Educación del Senado. Su discurso, espléndido, fue neutral en lo político y apeló a la médula misma del conflicto estudiantil: a la educación.

La siguiente arista de este movimiento está en el planteamiento del problema de la educación. Están en todo y por todo focalizados en la educación superior, y la palabra “lucro” se halla por completo prostituida, porque nadie se ha detenido a revisar exactamente cuáles son los problemas reales de la educación. O para que me entiendan mejor, a los líderes estudiantiles les falta “calle”. De partida, la gratuidad no garantiza la calidad y, para garantizar la calidad, las casas de estudios deben disponer de suficientes recursos económicos para ello. Pero, aunque los universitarios consiguieran la gratuidad de la educación superior, quedaría todavía el problema de la educación básica y media.

Basta analizar el indicador de calidad de los colegios en Chile, el SIMCE, limitándonos a Santiago, por ejemplo. El SIMCE es una prueba que rinden los escolares en distintas áreas del conocimiento, a fin de que el Estado tenga información para analizar la calidad de educación que están dispensando los colegios municipalizados, privados-subvencionados y privados. Y según el SIMCE la educación básica y media es pésima en general, pero los egresados de instituciones municipalizadas tienen una formación extremadamente precaria. Los colegios municipalizados, como su nombre lo indica, son colegios dependientes de las distintas Municipalidades de la región y son absolutamente gratuitos para los alumnos, pero su nivel académico es paupérrimo, dependiendo de la Municipalidad de la que estemos hablando: un colegio municipalizado de una comuna de estrato medio alto o alto (Las Condes, Providencia) puede llegar a ser excelente, mientras que un colegio municipalizado de una comuna de estrato medio bajo o bajo (San Ramón, La Pintana) es casi un foco más de miseria.

Y resulta que la CONFECH está pidiendo la desmunicipalización de los colegios y su estatización, es decir, entregarle la responsabilidad al Ministerio de Educación, ese mismo Ministerio en el que ellos no confían y al que han denostado por su mala gestión con la educación superior. ¿El Ministerio es bueno para la gestión de educación básica y media y para la Universidad no sirve? (y las ideas de este párrafo con el aval y la colaboración de Pedro Díaz, cientista político y profesor de la U. San Sebastián, quien me da permiso para publicarlo acá).

Al anterior traspié, hay que agregar que la CONFECH no ha hecho suficiente hincapié en el cambio de la calidad de las mallas académicas, ni tampoco propuestas concretas sobre cómo mejorar la calidad de la educación básica y media. Los secundarios piden clases de Código Laboral, de Medio Ambiente, de Conciencia Social (¿ven cómo subyace la ideología?), pero no se dan cuenta de que son lanzados al mundo universitario sin saber redactar bien unas tres líneas, y con problemas hasta para sumar y multiplicar. ¿Qué cómo lo sé? En el primer mes en mi curso desertaron unas quince personas después de enfrentarse a la primera clase de Física General. Provenían en su mayoría de colegios municipalizados y se aterraron el día en que el profesor dibujó un diagrama cartesiano en la pizarra.

Hay un problema grave entre la silla y la mesa del pupitre que los estudiantes están ignorando olímpicamente por andar preocupados anteponiendo la gratuidad a la calidad.

Un asunto no menor es el de pensar quién va a financiar la educación pública gratuita. Hablar de royalty, de redistribución del ingreso y de reforma tributaria es fácil, pero no se puede llevar a la práctica como si Chile fuera un almacén de abarrotes con un libro registro donde se suma en el Haber y se resta en el Debe y la diferencia es el saldo: así no funciona la economía chilena y creo que la de ningún país, y la propuesta de soluciones que presentan los estudiantes demuestra lo entusiasmados que están, pero lo perdidos que andan.

Si entiendo bien lo que los estudiantes piden, es necio y peligroso hacer al Estado garante único y total de la educación, porque existen sectores de la sociedad que pueden perfectamente pagar por sus estudios. Más que la gratuidad, lo que se tiene que replantear es cómo se accede a la educación superior. La PSU, estamos de acuerdo, no es un filtro adecuado. Lo ideal para Chile es hacer algo absolutamente diferenciado, es decir, que todos tengan igualdad de acceso a los exámenes previos para ingresar a cada carrera; exámenes que, obviamente, deberán ser acordes para la carrera que se quiera seguir. De la misma forma, el arancel inicial y anual deberían calcularse en base a los ingresos de las personas que postulan. Un estudiante talentoso, con una capacidad indiscutible para, por ejemplo, la medicina, con buenas calificaciones escolares y un alto nivel de educación básica y media, reúne todos los requisitos para acceder a la Escuela de Medicina de cualquier institución pública. Y si fuera el caso que no tiene recursos para pagar sus estudios, el Estado podría venir a apoyarlo de muchas formas. Los sectores vulnerables deben ser los más favorecidos, pero los que pueden pagar, que paguen. Argentina es un claro ejemplo de que la educación absolutamente gratuita es un peligro para cualquier Estado. Sólo les contaré esto: para poder tener una silla con mesa en la Facultad de Filosofía y Letras, tenía que acudir al menos una hora antes a clase, porque ese lujo escaseaba. Cuando llegué a Buenos Aires en enero de 2008, mis profesores llevaban seis meses trabajando ad honorem. Para que se hagan una mejor idea, acá les dejo un texto muy lúcido al respecto.

El otro grave error que están cometiendo los dirigentes es la estigmatización que hacen de los Centros de Formación Técnica (CFT) y de los Institutos Profesionales (IP), que forman principalmente mano de obra técnica con conocimientos básicos para trabajar en todas las áreas productivas del país. El lucro no es el gran problema de la educación en manos de privados. El problema es que la fiscalización no ha sido la más adecuada. La idea es que cualquier plusvalía que perciba un estamento «X», vaya en función del mismo establecimiento, bien sea para becas, infraestructura, etc. A los líderes estudiantiles se les olvida que han sido los CFT y los IP los que han llegado a suplir la necesidad de mano de obra técnica bien preparada para afrontar el trabajo en las áreas productivas industrial o agrícola, las dos de más desarrollo en Chile y a un precio accesible. Los CFT e IP han generado programas de estudios vespertinos, flexibles, que les permiten trabajar a los jóvenes que por muchas becas y ayudas que posean no tienen cómo dedicarse solamente a estudiar, y que los dejan aptos para aspirar a mejores sueldos con qué ayudar a sus familias. ¿Quién les dijo que un CFT o un IP no pueden ser buenos impartidores de educación? Mis profesores son todos profesionales de Instituciones Tradicionales (se llaman Instituciones Tradicionales a las Universidades agrupadas bajo el Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas, CRUCH), así es que si sigo la lógica de Perogrullo que tienen los dirigentes estudiantiles, estoy siendo formada por los mejores profesionales de Chile, pero como estoy en un IP, entonces me están robando la plata, están lucrando conmigo y me están dando una educación deficiente. Lo que evidentemente no es así. Si hay una buena fiscalización, si hay un fuerte control sobre cómo administran sus ingresos, los CFT y los IP no tienen por qué ser estigmatizados y relegados.

Finalmente, la CONFECH a través de sus voceros dice que, de no llegar a un acuerdo con el gobierno, ellos lucharán para realizar un plebiscito. Democracia directa, en otras palabras, pero a todos se les olvidan dos cosas: que Sebastián Piñera fue electo con el 50 + 1 % que se requiere para ganar elecciones en Chile en segunda vuelta. Un año y medio después ya todo el mundo está descontento. Y la oposición feliz, dicho sea de paso. Y segundo, como me recuerda Pedro Díaz, que si hablan de un plebiscito que subsane la imposibilidad de realizar una reforma a la constitución, no se dan cuenta de que para un plebiscito se requiere la misma mayoría cualificada de 2/3 de votos de los parlamentarios que se necesita para hacer una reforma.

Como ven, tengo muchos reparos que hacer al artículo de Leonor Villaveces. Y no es sólo ella, son muchos los que se dejan deslumbrar con el fuego artificial de estos jóvenes luchando. Son admirables, sin duda, pero la educación, como cualquier otro tema transversal a la sociedad, debe sentarse sobre las bases de un debate racional e informado. Leonor conoce muy poco a Chile, tan poco que dice, cito:«Las movilizaciones sociales como la chilena visibilizan la existencia de actos colectivos alternativos a la tradicional (y ya caduca) exigencia de “tomarse el poder”. Muestran, más bien, la importancia de la protesta como el acto de apertura de espacios problemáticos, críticos, que cuestionan de forma profunda el estado de cosas: resistir es abrir problemas, no tratar de cerrarlos».

Porque lamentablemente acá la protesta se les va de las manos y no tiene nada que ver con la resistencia: todos terminan distraídos por el fuego artificial de la marcha, la turbamulta y la pelea y ese “gallito”, ese “pulso” entre gobierno y actores sociales es sólo eso, un pulso que no resuelve nada. Sí, yo también me emociono cuando ciento cincuenta mil personas salen con pancartas y protestan de forma creativa. También me emociono cuando escucho ese concierto de cacerolas de un pueblo que reclama lo que por derecho le pertenece. Pero después del entusiasmo me queda todo lo que he expresado en este artículo, todo ese análisis y ese debate que me he cuidado de investigar muy bien. Yo quisiera tener el entusiasmo de Leonor Villaveces e invitarlos como ella a tirarnos siempre la fiesta, y a luchar como este pueblo que no se amedrenta con los gases. Pero sería cinismo de mi parte porque yo estoy también del otro lado: y el día en que sufrí por primera vez los efectos de una lacrimógena, después de que casi me descalabrase la piedra de un manifestante, entendí que con la violencia las únicas que salen heridas, lastimadas, a veces mutiladas, a veces inválidas de por vida, son las ideas.