“American Tune”

En invierno pasan muchas cosas melancólicas y tristes. A pesar de los años que llevo en Chile, el invierno todavía me da duro. Todavía me cuesta salir un día y de repente ver todo gris y tener que atravesar una niebla densa. No voy a olvidar ese día que salí muy temprano, extendí el brazo y mi mano se perdió en la niebla; no la podía ver. El invierno sigue siendo para mí esa época del año en la que hay total ausencia de luz y la vida se convierte en un sótano. El invierno es un túnel de unos cuatro meses, que se atraviesa lentamente para no resbalar en el piso mojado, para no caerse sobre el hielo.

A muchos este frío les acomoda. A mí me enferma. Santiago se vuelve invivible, el esmog es una manta insoportable: los ojos pican, la garganta molesta, y uno añora que llueva, que llueva ojalá con violencia para que el cielo se despeje y podamos respirar de nuevo. Pero después, cuando llueve, uno putea la maldita lluvia que congela más todavía.Lo bueno de la lluvia es que cuando cesa se puede ver la cordillera, preciosa, nítida, como si la tuviera a un metro de mis narices.

Fue en un invierno, hace ya cinco años, que una canción le dio el verdadero sentido a esta época. Un amigo que vino de Colombia me encargó que le llevara un libro a un personaje, un chileno que viajaba a Buenos Aires. Mientras iba en el metro, se largó uno de esos aguaceros que parece que el cielo se va a caer y justo cuando salí, en una estación que se llama Cristóbal Colón, escampó. Como ya era de noche, las lámparas del alumbrado público se reflejaban en las veredas mojadas. Me acomodé la capucha de mi abrigo y metí las manos (con guantes) dentro de los bolsillos y empecé a caminar. Cada vez que pisaba el pavimento chasqueaba el agua y sentía que con cada paso se me iba el corazón, como si tuviera una pena enorme. No sabía si estaba tan agobiada, a lo mejor hasta ese había sido un buen día, pero el frío en los huesos es el conducto por el que llegan a la memoria todas las tristezas de la vida juntas.

Por fin llegué al edificio de la persona que recibiría el libro; el chico – que hoy es uno de mis mejores amigos – tenía un nombre rarísimo y el conserje no lograba ubicar el departamento. Me pidió cinco minutos para hacer consultas y se metió al fondo del pasillo, pero dejó la radio encendida. No sé en qué emisora. Sólo sé que el tiempo se detuvo. Nadie que viviera en ese edificio bajó por las escaleras o por el ascensor, el citófono no sonó, mi celular no sonó. La vida, que pocas veces tiene esos detalles tan gratos, se estuvo quieta los casi cuatro minutos que dura la canción.

Sentí unas ganas terribles de llorar, pero me pareció ridículo llegar con los ojos aguados adonde el destinatario de mi libro. Me pareció ridículo, no lo niego, llorar solamente porque una canción se juntó con el invierno convirtiendose en una emoción indecible, y no por una pena real, concreta.

Tuve la garganta reseca mientras aparecía el conserje, y la letra de la canción me daba vueltas en la cabeza pero por fragmentos. No supe cómo se titulaba, y la voz suave y honesta del cantante me decía que no conoce una sola alma no esté aporreada, que no conoce ningún amigo que se sienta a gusto. En ese momento, pensé que su voz era la voz perfecta para cualquier invierno y sólo quería tenerla atrapada en mi mp3 para que me acompañara por todos los caminos con charcos y sin ellos.

Cuando cumplí con el encargo y le dejé el libro a su destinatario, pasé por la conserjería de nuevo y le pregunté al conserje qué emisora estaba escuchando, pero él se encogió de hombros, No sé, me dijo, la cambié porque me hace dormir esa música.

Ya en el camino de regreso al metro no me acordaba sino de la melodía y se me había borrado de la memoria el único verso que logré retener en ese rato mientras esperaba que el conserje llegara. No hice más esfuerzos por buscarla, hasta que un año después, más o menos, llegó mágicamente a mi correo el tráiler de un libro musicalizado con esa canción rarísima, tan rara que contrarresta la melancolía del invierno de la forma más extraña: acentuándola. Desde entonces me acompaña.Fue una alegría y un alivio saber finalmente que se trataba de “American Tune”, de Paul Simon. (El libro aquel del tráiler es tan maravilloso como la canción, pero esa es otra historia).

Coda: Adolfo Zableh la descubrió hace poquito y a él también se le encogió el estómago cuando la escuchó. Acá cuenta por qué.