Refracciones, no reflejos.

El mundo lucha diariamente contra dos grandes demonios: la vejez y la fealdad. Los hombres y mujeres del siglo XXI se caracterizarán, para quienes nos estudien en el siglo XXXI, por su obsesión con la juventud y la belleza. Ahora no nos damos cuenta, no. Y está bien: que cada quien se esculpa como mejor pueda, porque todos tenemos derecho a sentirnos bien con el reflejo que nos devuelve el espejo al mirarnos en él. Por lo menos yo nunca he estado (y creo que no estaré) conforme con la que veo en él todas las mañanas. Y odio la palabra “autoestima”.

Tengo una amiga a quien quiero mucho, pero que aplica sus criterios de belleza con una crueldad terrible. La llamaré ‘E’, y es una profesional brillante; una gran mujer, que no soporta mis gustos y que, si existiera una operación que le compusiera a uno la fallida glándula del (buen) gusto, ella me la regalaría. El caso es que estábamos discutiendo acaloradamente de un tema y ‘E’ pontificó, así, sin anestesia, que los tipos que a mí me gustan «deberían agradecer haber perdido la virginidad: eso ya en sí es un milagro». Fue una broma, sí, porque a ‘E’ le gusta verme enojada y hacerme pelear; ella sabe que siempre estoy sobregirada en la cuenta corriente de la paciencia. Pero la verdad es que su criterio no es muy descabellado. Viéndolo bien, su comentario hace parte de la vara con la que somos medidos todos los días, y el que a ciertos bichos raros nos resulte indiferente el físico de las personas no cambia las cosas.

Reconozco, sin ninguna vergüenza, que me pasaría por alto al modelito de la valla de Calvin Klein que tengo cerca de mi casa, y cuando siento envidia de una mujer es por inteligente más que por bonita. Respeto profundamente a todas aquellas que, por razones muy válidas, se hacen (o dejan) inyectar, coser, zurcir y rellenar según las exigencias de la belleza. Pero me parece ridículo por una sencilla razón: envejecerán igual. Y, si tienen suerte, durante esa vejez se conservarán igual de frescas y hermosas que ahora, pero, ¿qué con eso?, ¿es que acaso al mundo no le molesta un poco tanto exceso de perfección?

Ese es nuestro problema. O bueno, creo que el de un gran sector de las sociedades (para no meter a todos en el mismo saco y dejar fuera a los que, como yo, nos molesta la perfección absoluta, tipo Elizabeth Taylor): esa persecución feroz de la aburrida perfección.

‘E’ no es la única que considera que todo entra principalmente por los ojos. Y todos alguna vez hemos soñado con un hombre y/o mujer cuya apariencia nos parece perfecta, y hemos alucinado con su compañía. Pero también es cierto que cuando nos miramos al espejo, el reflejo no nos devuelve a un monstruo deforme, sino a alguien normal, aceptable, al que todos le extenderíamos la mano, y eso nos da la conformidad justa que se necesita para pasar bien el día, y para no ir por ahí discriminando en una lista al feo del bonito.

No piensen que mi conclusión tiene que ver con ese lugar común de la ‘belleza interior’, ni demás clichés. Sin ánimo de descubrir el mediterráneo, la belleza está en el ojo de quien contempla (alguien ya lo dijo pero no sé quién fue) y lo que me parece bello a otro le puede parecer feísimo. No digo nada nuevo, lo sé. La verdad es que todo esto comenzó porque me gusta mucho un amigo (aunque él no lo sabe, por supuesto), a quien llamaré ‘B’. Pero ‘E’ lo encuentra de lo más feo. Si yo lo describiera, sería totalmente imparcial: no lo encontraría tan bajito, porque yo no paso del metro con sesenta y cinco; sus ojos me parecerían preciosos a pesar de sus gafotas, y sus cejas, con todo y lo torcidas que se ven a veces, me parecerían el marco perfecto de su rostro. Tal vez sucede que la nobleza de ‘B’ es su mejor apariencia y que sé que a él, al igual que a mí, le sofoca la perfección que sobra en este siglo: suficiente, si no para verlo divino, al menos para guardar esperanzas.

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  • Margarita

    Totalmente de acuerdo, y eso no tiene nada que ver con la apariencia de uno, una amiga decía que solo a las feas, le gustan los feos, que es como darse moral, pero NO es cierto, lo que si puedo afirmar, es que con los años, se empieza a admirar la belleza física de otra manera, es decir, a mi me encantan los feos, creo que en mis andares solo he salido con dos o tres lindos y vivo con un re-feo, que me trae loca, pero desde hace unos meses he empezado a admirar la belleza física tipo Calvin Klein, con cierto agrado y extrañeza.

  • Luis

    “Beauty is in the eye of the beer-holder” que traducido literalmente quiere decir que la belleza está en los ojos del que sostiene la cerveza. Pues sí, la belleza es subjetiva, ¿o no? A lo mejor los modelos que tenemos en frente (o al lado de la casa) condicionan, a veces demasiado, nuestra idea de belleza, ya sea porque esta vaya en contra o a favor del modelo. De eso no sé. Lo que sí me pregunto – y le pregunto – es: dónde empieza el interior y dónde el exterior. ¿Es que acaso toca disecar al individuo en cuestión para encontrarle la “belleza interior”? Ese dualismo es lo que nos tiene fregados con “J”. En vez de pararle bolas a “E”, más bien mire a ver cómo hace para que “B” le pare bolas a usté. Tanto amor platónico es muy bueno para la literatura, pero no sólo de libros vive el hombre – ni la mujer.

  • jorge

    Laurie, qué te hiciste en el pelo?

  • Yo estoy contigo. Me gusta más la belleza interior y esa me embellece a la gente por fuera. He salido con unos personajes que se parecen bastante a tu B y otro poquito y me pueden decir lo que quieran pero a mí ese argumento de la belleza por fuera no me caló. Yo eso ni lo noto si no hay un fondo. Me valen huevo la belleza o la inteligencia si no hay por ejemplo, amabilidad y esas cosas.

    No me parecen ni tan lindos ni tan inteligentes los que no saben tratar bien a los demás. Y ya.