En el nombre del padre, del hijo…

Tomado de: http://www.flickr.com/photos/mdconnell

Yo no respeto a los sacerdotes. Tampoco respeto mucho a las religiosas. Y, honestamente hablando, tampoco respeto a la religión católica. El respeto es algo que se gana, y a decir verdad, ni los curas, ni las monjas, ni los santos ni mucho menos el Vaticano se lo merecen. (Sálvese el que pueda). Tal vez mis recuerdos contribuyan a entender esto.

Hasta los 16 años fui católica. Mis abuelos lo eran. Mi mamá aún lo es. Rezaban el rosario todos los días. Se confesaban. Comulgaban. Desde luego eran buenas personas, pero yo nunca creí que lo fueran por su piedad, sino por su personalidad y por el amor natural que sentía hacia quienes eran parte de mi familia. Sin embargo, la religión es algo que muchas veces le meten a uno en su casa, por las venas. Lo dan de mamar con la leche o bien luego a costa de reglazos. A mi nunca me gustó la misa del domingo, me fastidiaba el rosario, me cargaban las eternas horas de modorra frente a un hombre que hablaba y hablaba y hablaba sin descanso de lo intrascendente. Pero lo soportaba.

Mas uno a veces sospecha, y una sospecha es como una espina que molesta, aunque no la veamos para sacarla. Durante doce aos estudié en un colegio católico dirigido por unas estrictas religiosas de una congregación franciscana, que dizque practicaba las tres enseñanzas vitales del Poverello de Asís: pobreza, obediencia y castidad. De las monjas aprendí muchas cosas: disciplina, rigor, responsabilidad, firmeza, malgenio y un odio aterrador y desmedido por las manualidades (léase costura, tejido, etc), las “labores del hogar” y la cocina. Lo gracioso es que – y de esto me di cuenta muy tarde – ellas pretendían enseñarme de veras cómo ser una buena señora de su casa, de esas que le planchan la camisa al marido, cocinan para él y le cosen el botón de la camisa, y a llevar una vida piadosa y acompasada con la pasión de Cristo.

Un primer fiasco me lo llevé cuando una de las monjas, mujer habitualmente de rostro y actitudes amargas, gritona y con poca paciencia, me pidió que deshiciera el cosido de un botón. Estamos hablando del año ‘99, más o menos. Me disgustó el llamado de atención y la madre lo notó y entonces ladró: “¿Cómo va a pegarle el botón a las camisas de su marido, ah?” Y eso fue ají para mi. Recuerdo haberle echado en cara que la sumisión tal vez era practicable en su mundo religioso y ante Dios, pero que entre el cielo y la tierra hay una enorme distancia.

El segundo fiasco me lo llevé en vísperas del jubileo. Si usted alguna vez fue católico, nunca podrá olvidar las sagradas fiestas y una de ellas fue el Jubileo del Nuevo Milenio (2000 años del nacimiento de Cristo) que comenzó a festejarse en 1999. En manada, como deben ir siempre las ovejas del Señor, mis compañeras y yo fuimos llevadas para ejercer nuestro obligatorio examen de conciencia frente a un cura, que, para variar, esta vez no usaba confesionario. Ese día comprendí que el acto de confesarse, de contarle los errores, pillerías y pensamientos turbios de poca monta, a un ser que cree tener el poder del Altísimo en su sotana, es casi una humillación. Una aberración. Digo esto porque el sacerdote, un hombrecito rayando la ancianidad, que lucía dos enormes lentes modelo “culo-de-botella”, me preguntó si yo “menstruaba”. A los quince años (y creo que a los veinte y a los treinta) ese es un tema que se habla en la privacidad de la casa o en confianza con las amigas más íntimas, y no de buenas a primeras ante un desconocido, que por muy sacerdote que sea, sigue siendo un nadie en nuestras vidas.

Rasgar la religión del cuaderno era algo imposible en esos años, y por eso las historias continuaron. No todas – que son muchas – caben en este artículo, pero la última me sucedió poco antes de viajar a Santiago y fue la más terrible de todas: un sacerdote de toda mi confianza rompió su secreto de confesión conmigo y le contó a la mujer más “piadosa” – entiéndase chismosa – del barrio un pecado inconfesable en estas líneas. Un pecado que, cometido a mis 16 años, debió haber enojado mucho al Altísimo, pero que también fue el jugo de comidilla de quién sabe qué tipo de “mujeres piadosas” de boca, pero viperinas de lengua. Una vez en Santiago le expliqué a mi mamá mis razones, me saqué del cuello una cadena de plata pura con un dije del Sagrado Corazón de Jesús, y devolví el rosario a una caja de la cual nunca debió haber salido. Creer o no en Dios dejó de ser para mi una discusión religiosa, se transformó en filosófica y, créanme, no terminaríamos nunca si la propongo acá.

Sacerdotes que violan niños, sacerdotes que violan muchachas y muchachos, sacerdotes y sobre todo altos prelados que han sido testigos de injusticias y torturas y las han pasado por alto, son noticia histórica y diaria. Pienso que hay que sospechar de un hombre que reprime su vida sexual para “servir a Dios”, ente que por lo demás no puede ver ni sentir. Respetable, claro, lo digo antes de que me acusen de intolerante, pero antinatural. Nuestro cuerpo, y esto es algo inevitable, está hecho para sentir, disfrutar, gozar. Sudamos, orinamos, nos movemos, nos duele. Aprendemos a reprimir en público y a tener confianza en privado. ¿Ustedes pueden creer sinceramente que los sacerdotes y las religiosas son ajenos a eso? ¡Pero si justo porque no son ajenos a su cuerpo es que suceden casos abominables de pedofilia!

No es necesario, entonces, plantear teorías muy sesudas para concluir que la Iglesia Católica es una institución de poder bastante dañina, una institución meretriz. De sus huestes, poquitos se salvan con honra, porque por fortuna no todo es impolutamente blanco o definitivamente negro en la vida. Hace poco un amigo español residente en las Canarias me decía que peores que los católicos son los musulmanes, que de nuevo se han concentrado en España, y que sus actos represivos y su fanatismo son tan execrables como entre los católicos. Creo que lo terrible es el poder que puede llegar a tener una institución religiosa en una sociedad, al punto de que queden impunes sus propios delitos (o pecados). Pero supongamos por un instante que existiese esa superchería conocida como infierno (además del que son los otros): pues bien, allí deberían ir en saco todos los señores de la Religión. Enter.

  • Sixto

    ¡Qué tal hubiera espacio para escribir más! Los horrores en número, que han cometido y continúan haciéndolo los religiosos, llegan al infinito. Buena reflexión, felicitaciones.

  • !Aleluya, aleluya¡ Laurita, así es.