El presidente de Schrödinger

La voz del locutor que anunció la muerte del presidente no tuvo un tono tan impactante como el que la replicó:

-se murió ese hijueputa.

Fue un comentario espontáneo. Salido del corazón o de la cerveza que se balanceaba precariamente en la barra del bar. Fue puntualizado con el madrazo, para recalcar que toda su argumentación se basaba en esa expresión, que efectivamente se trataba de una opinión y que por eso mismo tenía la misma validez dentro de las cuatro paredes de un edicto divino.

Después le siguieron otros comentarios acerca de la muerte del presidente. La mayoría enfocados en preguntarse hace cuanto estaba muerto, otras acerca del final de ese antagonista que después de tanta lucha interna y patriótica parecía nuestro enemigo natural. Todos hablaban (sin quererlo) de aquella figura que habían visto soltando discursos tan espontáneos que en algunos casos solo podían parecer producto o de un político populista brillante o de un parlanchín sin pelos en la lengua. Aunque nunca usamos el término, lo llamábamos comandante, no por alguna especie de simpatía con sus ideologías, sino porque evocarlo significa representarlo como lo vimos siempre en la pantalla. El Chávez que vivió y murió como presidente de Venezuela.

Lo más interesante del mito de Chávez es la forma como las personas que lo conocieron al igual que yo, a través de las escasas noticias del medio día, parecen haber personalizado a ese hombre como si fuera el antagonistas de alguna novela. Sienten hacia él una antipatía natural que solo puede ser explicada bajo la pasión que despertaron sus disputas con Uribe y que lo dejaron como el permanente villano de la historia de nuestro país. De él se conoce en general muy poco. Se sabe que fue un tirano, que no hablaba como lo hacen los políticos, que lo callo el rey de España, que odiaba al imperio, que tenía relaciones con la izquierda de Colombia… Se saben estas cosas y se repiten como si fueran una lección en los libros de texto del colegio. Lo conocemos por los adjetivos que lo rodean (gordos, bonitos, ridículos y ostentosos) pero en nuestra aparente ignorancia de la gramática nos olvidamos del sujeto y el complemento.

Por eso me resulta tan difícil creer cuando un amigo que vive en Venezuela llora a su presidente y cambia su foto de perfil por una caricatura del comandante. Me resultan extraños sus relatos del hombre en la plaza. Que conmueve corazones y por el cual se hace fila para ver durante 3 segundos su cadáver.

Ese es Chávez. El hombre entrecruzado entre esas dos paradojas que representa el hecho de ser popularmente amado y despreciado. El hombre que sirve a Dios y al diablo al tiempo, el tirano y filántropo, el censurador y libertador, el de sonrisa diáfana y ojos furiosos. El presidente parece estar en dos lados al mismo tiempo, como si su aura le permitiera ser dos personas. Y nos presenta la paradoja de Schrödinger (curiosamente literal, mirando el transcurso de las noticias antes de que Maduro diera el anuncio oficial); el presidente está vivo y muerto.