La marca de Caín en HD

Los periódicos en Estados Unidos titulan los brutales ataques ocurridos dentro de escuelas y teatros, como el de la primaria Sandy Hook de Newtown, bajo la denominación de masacres. La palabra es en extremo acertada en tanto que afirma una situación de indefensión por parte de las víctimas, que no radica en que el asesino porte un arma o que muchas veces los muertos resulten ser personas sin mayor conexión con él, sino que se relaciona con la impunidad de un país que permite la venta y porte de armas como si de víveres se tratara. Se escucha entonces al comentarista godo y arcaico culpar a la televisión y los videojuegos porque son muy violentos y sangrientos, mientras que omite de forma extraordinaria que la regulación que permite el libre tráfico de pistolas es más antigua que los programas que usa como chivo expiatorio

No es entonces el Estado el culpable de estos crímenes, los cómplices intelectuales son los medios violentos  y sangrientos.  Las pistolas (que les vendemos) no son las que matan las personas; las personas (perturbadas por tanta sangre que les venden a través de la pantalla) son las que matan las personas.

Y negar que la televisión y los videojuegos sean violentos tampoco es  la respuesta porque resulta un argumento hipócrita. Los videojuegos miden el rendimiento de sus usuarios en muertes y la televisión se complace en ser en extremo realista a la hora de simular un tiroteo. ¿Se debe censurar la violencia para no herir o para que no provoque a la audiencia? Esta pregunta no es la correcta para abordar el problema. La televisión tampoco nos coloca una pistola en la cabeza y nos obliga a salir y cometer asesinatos a diestra y siniestra. No somos mansas ovejas que pastan canales y programas de medio día. Nosotros sintonizamos el canal, nosotros compramos las pistolas. La pregunta no es si la televisión nos hace más violentos, es si nosotros somos los que hacemos más violenta la televisión.

Dejemos de ser políticamente correctos y aceptemos que la razón por la disfrutamos una película como Wanted o el capítulo de la masacre en el Seatle Grace de Greys Anatomy es porque hay algo dentro de nosotros que se mueve cuando el disparo suena y la sangre comienza a correr. Los productores conocen este secreto. Saben que los segundos en que el hombre con el arma camina por el pasillo son tan largos para él como para los televidentes, quienes difícilmente apartaran los ojos de la pantalla hasta comprobar a quien le vuelan la cabeza en esta ocasión.

Mejor aún las series de seguimiento criminal o los documentales sobre armas que se transmiten en los canales bajo la premisa de educar en vez de malversar. Todos ellos tienen algo en común y es que hacen uso de la inerte atracción que tiene la violencia para el ser humano. Un arma es un símbolo de poder casi divino, pues tiene la capacidad de terminar una vida. La violencia es también un relato histórico de nuestra naturaleza. La historia de Caín, la segunda historia de la humanidad es un relato sobre la capacidad del hombre de matar; por odio, por celos, pero sobre todo porque está en la capacidad de hacerlo.

En ese sentido el debate sobre la violencia en la televisión tendría que abandonar la ambigüedad moral que presenta y, en vez de criticar sus contenidos, preguntarse por qué a medida que avanzamos tecnológicamente esa sed de sangre se va haciendo más visible, hasta el punto que debe ser reflejada en nuestros medios de entretenimiento. Sigue siendo un debate moral, después de todo ¿qué es más moral que un debate sobre la naturaleza del hombre?