Mayo 16, 2013

Por Rafael David Medina Angarita

“The creator has a master plan.”

Pharoah Sanders

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No quiero comenzar con esa frase contundente y redonda, la que con su carácter y sonoridad le da inercia y trayectoria a nuestras conversaciones, a todo lo que te digo. Hoy es Jueves pero la noche es una noche tranquila, casi como un lunes festivo por la tarde. De pronto quiero verte, pero ya no estás. Y ya casi no recuerdo tu rostro.

1998

Era de noche en el drogatorium/discoteca de la 34 con séptima. Tú trabajabas en la barra y eras hermosa. Recuerdo entrar en el baño detrás de tí y cerrar la puerta, tomarte entre mis manos y sentir el miedo que se transformaba en una cosa frágil y pesada, que se deslizaba por mis dedos, que llegaba a mis labios y se aglutinaba y se expandía en el contacto húmedo con los tuyos. Te levanté sobre el lavamanos, abrí tus piernas y sólo recuerdo besarte y morderte muchas veces. Ahí sucedió todo: el gran hueco-volcán que lo agrietó todo. Y ya no pude soltarte jamás.

2001

En el supermercado del Park Way la luz blanca iluminaba el espacio como un ruido de estática ultrabrillante, como un éter de alta definición patentado por la 3M o una de esas compañías que siguen construyendo y definiendo objetos y materiales que terminan siendo rotos y modificados para siempre y conforman al final ese espacio alterno y desplazado que son todos los supermercados. Recuerdo que tenías un suéter violeta con flores amarillas pixeladas que me gustaba mucho. Siempre que te lo ponías -y por alguna razón misteriosa o por simple ilusión óptica- tus cachetes rojos se ponían más rojos y tus ojos brillaban más. Y era mejor todo. Tu suéter era una especie de talismán hasta para pedir plata o vender los animales raros que construíamos con basura reciclada, pedazos de plástico transparente y alambre de cobre y que nos quedaban tan bien, aunque no entendiéramos ni supiéramos para qué servían o su concreto valor estético, si es que algo así existe.

Aquel día nos mirábamos con una sonrisa amplia, tranquila, mientras caminábamos entre los estantes del supermercado. Las latas de atún y maíz dulce dibujaban un muro de ladrillos extraños. Podía verte entre los vegetales y las frutas y alternar la profundidad de campo de mis ojos entre tú y un racimo de bananos. Pasé por la sección de carnes y esta vez abría un paquete de jamón del que sacaba las lonjas frías y húmedas que enrollaba en mi mano y colocaba en mi bolsillo mientras te acomodabas un pedazo de queso o una esponja de metal debajo de tu camiseta. El camino se extendía por todos lados y éramos anarcogourmets, pequeños terroristas de la cleptomanía de supermercado. Una lechuga debajo de la chaqueta, un frasco de aceitunas en el bolsillo grande del pantalón, latas de cerveza en la cintura.

Tomábamos rollos de papel higiénico, tomate de árbol y maracuyá, afeitadoras desechables, todo lo que se nos atravesaba. Nuestra habilidad reñía cada instante con el sentido común y los volúmenes de nuestra ropa que poco a poco se hinchaban, casi a reventar. Nada de eso nos detenía. Recuerdo nuestra risa en la sección de carnes, la explosión blanca en la nevera de los lácteos, mientras nos tomábamos una media de aguardiente. Todo era gratis, disponible. Y todo era bueno.

En la caja registradora pagamos algún artículo minúsculo y barato, siempre una hogaza de pan o una chocolatina jet. Ese día era la chocolatina y recuerdo abrirla y ver en la laminita de regalo una constelación de estrellas que se parecía a una mancha de humedad en el piso justo frente a mis pies. Desde la puerta el vigilante nos miraba. Sus ojos entornados eran un par de esferas negras brillantes llenas de astucia e ideas conspiratorias dirigidas hacia nosotros. Normalmente soy muy valiente pero en ese momento un frío corrió por mi espalda. Te dije “corre” muy bajito y no me entendiste. Mientras decías algo que tampoco entendí te tomé del brazo y fuimos hacia la puerta, acelerando a cada paso la marcha que presagiaba algo espeso e informe. Corrimos. El vigilante abrió sus ojos e iniciaba la marcha hacia nosotros, inclinando su cuerpo hacia adelante mientras acomodaba su gorra. El movimiento era inevitable, ambas masas con inercia irreversible y en curso de colisión.

Corríamos. Las puertas eléctricas se abrían y el sol, como un chorro de luz, atravesaba el espacio entre el plexiglass manchado y lleno de afiches de la salida, mezclándose con la luz fluorescente. Tú cruzaste primero y la sensación de libertad me invadió por un milisegundo, justo antes de sentir el tirón en mi chaqueta y la cara desencajada del vigilante. Mis pies no pueden avanzar más, la caída se hace inevitable y me desplomo torpemente, trayéndote conmigo al suelo. El grito del vigilante se estira, como en una secuencia a camara lenta, el sonido se apaga y se hace lento como un disco en baja revolución. Todas las cosas se dispersan y el aire se llena de caramelos, desodorantes, papel higiénico, tomates, arbolitos de bróccoli, un paquete de lentejas, la botella plástica del desinfectante, todo congelándose por un instante en el aire y cayendo sonoramente en el pavimento. Como una avalancha de colores.

2003

En medio de la gente y el ruido del parque nos las arreglábamos para dormir en la grama. Yo con un minidisc viejo y rayado, tú con aquel mp3 coreano que cuidabas tanto. Muchas veces nos quedábamos simplemente tirados, cada uno con su cabeza ensimismada entre los audífonos y tomando un sorbo de la caja de vino a intérvalos regulares. Una tarde tomé el plug de mi discman y lo saqué de su lugar, haciendo lo mismo con el tuyo para intercambiarlos. Nos reímos un poco de la salsa que escuchaba en ese momento y que tú oías ahora. Luego mis oídos se llenaban con la onda envolvente y sísmica de un concierto para piano que no recuerdo pero que me movía de una forma brutal. Escuchar tu música viéndote sobre la hierba me golpeaba con esa ternura incómoda y triste que evitaba siempre. Entre el espacio y las cuerdas que lo llenaban todo ví tu cara intentando descifrar si me gustaba, transformada luego en una mueca de dolor. Luego tomabas con ambas manos tu pierna prensada por el calambre.

Diciembre, 2004

Me asomaba al balcón y el cigarrillo se asomaba conmigo también, en silencio. La gente caminaba dos pisos más abajo, ensimismadas, sin ninguna consciencia del espacio arriba de sus cabezas, en esa especie de caos controlado y lento de las calles cuando se ven desde arriba. La colilla llegaba a su fin y antes de lanzarla escogía a quién podía intentar tirársela. La disparaba con un movimiento rápido del dedo medio y el pulgar, describiendo con su trayectoria incandescente una parábola perfecta que muy pocas veces, como en ese momento, le caía en la cabeza a alguien. No podía dejar de pensar que con ese pequeño acto podía modificar su camino y su vida para siempre, hacerlo detener y sacudirse el pelo y la ropa para evitar (o producir) su muerte por arroyamiento tres cuadras más adelante.

Para entonces ya estabas en cama con todo aquello oscuro que empezaba a llenar tu cuerpo. Vivíamos en un viejo edificio del centro que se había llenado de gente de la calle y familias que llegaban de lejos. Esa noche empezó a dolerte la espalda y la pierna como nunca, y la medicina no parecía hacer nada. Llevabas varias noches sin dormir, con tu cara drenada por el dolor y un cansancio esencial. Te daba masajes con un líquido que olía a astrigente, pasando las manos por tu piel amarilla. Si el corazón tiene el tamaño de un puño el mío se sentía apretado y temblando, listo para partirle la cara a alguien. Me mirabas desde algún lugar desconocido, con tu vista nublaba por las lágrimas.

Enero 21, 2005

Era viernes por la noche y la casa de Leopoldo estaba llena de gente. Llegué directo a la habitación donde lo encontré fumando en bermudas con una rubia adolescente que dormía en el piso y que por sus movimientos intempestivos parecía tener una pesadilla terrible. Me miró y con una seña caminamos en silencio hasta el mueble viejo donde guardaba las cosas.

Compré dos gramos de H, cuatro pepas y ocho ácidos. Leopold hizo algún comentario sobre la compra y se despidió chocando los nudillos con una carcajada escandalosa. Salí a la calle y caminé muy rápido por el barrio que conocía tan bien, mirando hacia el suelo sucio. Por un momento sentí que no me movía, como caminando en sentido contrario sobre una cinta transportadora llena de latas, bolsas de basura destripadas y gatos traumatizados que iban apareciendo como en un carrusel oscuro. Los edificios tenían rejas de metal cubiertas con láminas de zinc y avisos muy viejos remachados en una especie de ensamblaje espontáneo, como barcos antiguos sobre un mar de óxido. La lluvia minúscula pero constante ayudaba a completar el cuadro y llenaba de brillos y reflejos el piso y todas las calles.

En la casa todo olía a cosas rancias y alcohol isopropílico. Estabas tumbada en el colchón sobre el suelo de la sala y podía escuchar un gemido suave y triste. Desde hace días apenas te movías y corrí a preparar la jeringa. Unos minutos después terminaba la inyección entre los dedos de tu pie y abría un poco la válvula de oxígeno. Tus ojos se entornaban un poco más y entonces respirabas mejor, tu queja se apagaba. Esperé hasta las cinco de la mañana y preparé otra dosis desproporcionada y espesa que dejé lista en la jeringa, sobre unas enciclopedias que hacían las veces de mesa de noche. Ya estabas despierta y traje un vaso con agua. Machaqué las pastillas marcadas con caritas felices y los ácidos en un plato y mezclé todo en un líquido turbio que tomaste con dificultad. Me tomé el bagazo que quedaba en el fondo del vaso y era amargo. Te dí otro poco de agua limpia y tu cara se ablandó un poco. Tampoco te había gustado mucho.

Una hora después abrí las cortinas y ya empezaba a aclarar con muy pocas nubes en el horizonte. Detrás de un edificio un pájaro se escuchaba solitario, como si su sonido no pudiera atraer más a ninguna compañera y se empeñara en cantar inútilmente. Puse música para acompañarlo y ya tu rostro se iluminaba un poco y poco a poco. El aire se llenó de sonidos suaves y abrías los ojos, mirando a través de la ventana y hacia el único árbol que se veía desde la sala. Como pude arrastré el colchón contigo hacia el balcón y te acomodé un poco, quedándote reclinada sobre varias almohadas sucias y cobijas de flores, mirando hacia el sol que se asomaba entre los edificios de ladrillo del barrio. El efecto masivo del cóctel y la necesidad de liberar de una vez por todas ese dolor hacían su trabajo. El playlist que había preparado para la ocasión continuaba sonando y reproduje las canciones que escuchábamos siempre: las que no me gustaban pero te gustaban y las que no te gustaban también. La mañana transcurría fría y empezaba a entrar el sol y tus ojos se llenaban de lágrimas. Sonreías. Tomé la jeringa y pasé a la segunda parte del plan mil veces conversado y tantas veces aplazado. Apreté suavemente y el líquido marrón entró en tu brazo sin esfuerzo.

Encendí un cigarrillo y me senté a tu lado. Ya la luz lo inundaba todo.