La historia del grafitti

Fotografía de Pexels

Por Iván Andrés Carvajal Carvajal

Yo nunca he sido amigo de la pelea. Pocas veces me he visto envuelto en una. Y cuando ha sucedido, he reaccionado por respuesta, nunca por iniciativa. Y ahí, esa tarde, creo que no respondí ni inicié nada.

Sucedió a las cinco y cuarentaicinco de la tarde. Esa hermosa hora del día en que la luz del sol sobre Bogotá tiene la misma temperatura de los faros. El paisaje es un conjunto de manchas amarillas trazadas de forma aleatoria por el sol que cae y las nubes que permiten su paso inconsciente, libre, sobre la irregularidad de ángulos que componen todas las estructuras urbanas y que desde el oriente se perciben en contraluz hacia el occidente. El cuadro está salteado aún del mismo amarillo con secuencias punteadas formadas por las largas líneas de faros sobre los andenes, largas líneas que hacen cortes transversales y que se suspenden cuando quieren y no cuando uno espera. Y con beligerancia dentro del encuadre, aparecen los edificios más altos de Bogotá con sus propias iluminaciones, contribuyendo a la imagen de una ciudad que se renueva y que avanza. Y realmente sucedió. Sucedió el catorce de junio de dos mil doce, a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde en Bogotá. El día del decimotercer aniversario del accidente. La particular coincidencia me obliga a mencionarlo aun siendo un hecho completamente aislado. Del accidente podré hablar en otro momento. Y tengo pruebas de que sucedió. (Y del accidente también. Sí que las tengo.) Tuve la precaución de registrar en fotografía algunas imágenes que me interesaban y que, a mi modo de ver consolidan una prueba del suceso. Esa tarde caminaba desde mi casa en La Macarena hacia el Centro. Tomé la carrera cuarta hacia el sur y llegué a una bifurcación de caminos cuyas opciones fueron, a la  derecha, el descenso a la carrera quinta y el paso por una obra inconclusa en el puente sobre la veintiséis, una de esas obras que parece que no avanza, no, carajo, no, parece que retrocede, como suelen decir (solemos) los rolos o los cachacos, sobrenombres para los nacidos en la capital. A la izquierda, el Barrio Bosque Izquierdo, de audacia arquitectónica sobre los caprichos topográficos que descienden de los cerros orientales. Escogí la izquierda y desemboqué en un largo puente peatonal sobre la veintiséis antes de transformarse en carrera tercera. Pero antes del puente peatonal tuve que detenerme en un pequeño muro, o mejor una columna de ladrillo que llamó mi atención porque tenía escrito en tiza, de forma vertical, de arriba hacia abajo y por sílabas separadas, una bajo la anterior, ME, GUS, TA, TU, BO, CA. Empecé a especular sobre el origen de aquel mensaje a la vista de cualquier peatón. La explosión de posibilidades fue tal que consideré aquella columna, con aquella inscripción, como un descubrimiento inspirador y le hice un homenaje tomándole una fotografía. Hace poco me enteré de la verdadera historia de amor que llevó a alguien a decir aquello de forma anónima y pública. Y aunque ya fui autorizado para contarla, ese no es el centro de este relato. Lo importante es que tomé la fotografía preguntándome cuál fue el impulso que llevó a alguien a escribir algo para que lo lea todo el que pase por ahí. Ahora no solamente veo lo que alguien hizo en los muros de la ciudad, también imagino quién es ese alguien. Y cuando abandoné el muro, avancé observando en los andenes el contraste entre las líneas rectas de cuando fueron pavimentados y las grietas y quiebres del uso. Aquí hay más huecos en las aceras que en las calles pero pocos peatones parecen notarlo. Continué por sobre el puente peatonal, me detuve a la mitad y después de disfrutar el occidente y fotografiarlo, vi hacia el otro lado del puente, al final, a la mujer con la que casi me enfrenté aunque no haya nada que demostrara el enfrentamiento. Ese  enfrentamiento no fue. Fue nulo. Fue solo la sensación de que fue. Fue solo una profunda respiración y una rigidez muscular general que no duró más de quince o veinte segundos. Tal vez menos. Fue solo una extraña mirada sin cortes durante veinte segundos con una desconocida disfrazada, tal vez armada y que evidentemente se sentía amenazada por mí y también pensaba que yo estaba armado, a pesar de mi absoluta indefensión. La vi desde lejos con su cuerpo inclinado, lanzándose a la calle, justo después del paso de algún vehículo, casi rozando sus líneas traseras. Este tipo de comportamientos anormales, tan comunes en la ciudad desde que empezó esta década, siempre me seducen y me conducen a fotografiar sus detalles. Su atuendo era extraordinario y no puedo borrarlo de mi memoria: botas industriales, medias de malla y pantalones cortos brillantes ajustados, una pequeña falda de tul que se elevaba con el viento y emulaba un tutú; sobre el torso una armadura con lentejuelas, un corsé o algo similar; pluma de pavo real pendiendo de su oreja izquierda, el rostro de Elvis tatuado en el brazo del mismo lado, gafas muy gruesas y muy oscuras, gorro de lana y, lo que llamó mi atención más que cualquier otro detalle, una cámara Pentax K1000 colgando de su cuello. Cruzó y sin detenerse a observar su muro objetivo, le hizo un corte transversal con pintura en spray que sostenía primero en su mano siniestra y luego en su diestra. Rasgaba el muro de un lado a otro, levantando el dedo del obturador de la lata solo para cambiarla de mano. Identifiqué inmediatamente la cámara que rebotaba sobre su pecho: una Pentax K1000 igual a la que usé en la Campaña Ráfaga de Obturador¸ en el noventaicinco, y la misma que llevaba en el accidente, la que resultó intacta, la que aún conservo aunque ya no funciona. Poco a poco me acerqué apuntándole con mi cámara… Con la cámara de mi teléfono, para ser honesto, actuando en consecuencia con las particularidades del mundo que me correspondió conocer. Aunque ya no existe el problema, yo sigo jugando a ajustar manualmente el foco o a encontrar el diafragma adecuado, de acuerdo a la luz, la velocidad con la que quiero obturar, la calidad de la película… Nada sucede así. Simplemente me acerco tratando siempre de conseguir un buen encuadre. Después de hacer los primeros trazos, se retiró del muro y regresó al andén, de nuevo esquivando otro vehículo con un pequeño vuelo, dúctil y temerario. Supuse que ella necesitaba observar de lejos la composición de su obra. Puso la lata en el suelo, en la frontera entre la ciudad con motor y ruedas y la ciudad con pulmón y piernas, completando la formación de un ejército de latas de todos los colores, calibres y composturas. Tomó otra lata y se lanzó de nuevo a la calle sin dar una sola mirada de precaución. Yo esperé. Tuve la impresión de que ella buscaba la cercanía vertiginosa de los vehículos. Lo hizo una y otra vez. Se paraba en el filo del andén, a veces esperaba mucho tiempo y de repente pasaba la calle hasta el muro, pero siempre a punto de ser embestida a cincuenta o sesenta kilómetros por hora, y regresaba de la misma forma después de hacer algunos trazos. Poco a poco me acerqué empuñando el teléfono y con el pulgar listo para obturar. No capturaba todo lo que veía, tratando de conservar alguno de mis principios fotográficos. Como aprendí en la Campaña Ráfaga de Obturador, todo debe ser interesante en el momento del disparo. Logré llegar al final del puente sin que ella notara mi presencia. Me detuve. Imaginé que no sería grato para ella ser fotografiada de forma subrepticia, así que me acerqué buscando que notara mi presencia y mi intención, cuanto antes. Caminé despacio pero continuo y cuando estuve a nivel de la acera, avancé concentrando la mirada sobre la pantalla del teléfono hasta que percibí la nitidez del rostro de Elvis en su brazo. Sentí que me había acercado demasiado. Alcé la cabeza y me detuve. Ahora había, quizás, un metro y medio entre los dos. Ella solo se dirigió a mí con su oído izquierdo y un pequeño temblor empezó a ocurrir en sus rodillas. Tal vez se inquietó al escuchar mis pisadas o el motor de un viejo Volkswagen Escarabajo que venía subiendo. Yo también lo oí. Reconozco ese sonido a medio tabaco de distancia. Y me atrevo a decir que ese sonido, el ronquido sonriente y creciente del motor del Escarabajo subiendo en tercera por la tercera, ha sido parte de la composición sonora de cualquier lugar que pueda llamarse ciudad. Se mantuvo inmóvil pero justo cuando aproximé el pulgar a la pantalla, en el momento en que el rugido del Escarabajo fue más cercano y furioso, desapareció del encuadre. Saltó una vez más al abismo. Supuse que sus medias de malla, un poco quemadas a la altura de sus gemelos, habían sido tiznadas por el humo de cada tubo de escape con el que se habían encontrado. Antes había pensado que eso era un rasgo deliberado de su vestuario. Rayó la pared y regresó a mi lado. Esta vez cayó más cerca de mí. Sin embargo, parecía ignorar mi presencia. Solo apuntaba su nariz hacia el muro. Yo no había bajado la guardia y decidí encuadrar de nuevo y obtener por fin mi cometido. Encontré en el mismo plano todo su perfil: su brazo tatuado, su cuello, su pluma, su invernal gorro, su Pentax K1000, sus enormes anteojos negros con correa por detrás de su cabeza y sus fosas nasales que intempestivamente se expandieron y, con un violento giro de su cuello, se dirigieron hacia mí. De inmediato bajé el brazo y me olvidé de cualquier intención fotográfica. Su nariz se abría y cerraba al mismo tiempo que dibujaba un pequeño círculo en el aire. Parecía recorrer mi rostro con su mirada. Una mirada a través de un enorme par de lentes oscuros. Unos lentes absurdos. Creo que dejé salir una pequeña bocanada de aire de mi boca, causada por la burla que me produjo ver de cerca esos lentes, aparentemente diseñados para soldadura. Y creo que ella me escuchó. Escuchó mi burla pues inmediatamente dispuso todo su cuerpo hacia mí, con una rodilla delante de la otra en una actitud sumamente agresiva. Además rasgó con sus dedos su muslo y su costado hasta meter su mano dentro del tutú, por detrás de su espalda. Solo pude sospechar que estaba armada y por eso no me moví. Creí que tendría un arma blanca y que trazaría una parábola con su brazo hasta clavármela en el cuello. Vi las venas y tendones dilatándose en el brazo que terminaba en esa mano aún escondida. Luego el sonido de la lata cayendo de su otra mano al suelo. Y con esa misma mano retiró sus lentes y los dejó colgar sobre la Pentax. Sus ojos eran enteramente amarillos y absolutamente anómalos. Uno de ellos era más pálido que el otro. Uno se mantenía fijo y el otro temblaba sin control. Yo pasaba de un ojo al otro, explorando y descubriendo asimetrías, mientras pensaba que toda esta tensión iba a dar como resultado una puñalada. Tal vez ella debía estar pensando que yo estaba armado. Tal vez ella no lo está. Aunque, si me lo hubiera preguntado, quizá inconscientemente hubiera dicho ¡ARMADO ESTOY!, como acostumbrábamos decir en coro en la Campaña Ráfaga de Obturador¸ levantando la cámara con el brazo estirado. Levanté el brazo para volver a encuadrar y tuve la impresión de que ella escuchó el aire levemente cortado por mi brazo o tal vez el roce del teléfono con mi pantalón. Sus piernas provocaron un pequeño impulso amenazante. Mi brazo quedó donde llegó y mi mirada se mantuvo en la suya. Sus ojos parecían haberse secado por completo. No sé si sería justo hablar de “su mirada”. Ella reaccionó al movimiento de mi brazo pero sus ojos no se movieron de su sitio. Tal vez ella no veía lo que yo tenía en la mano así como yo no veía lo que ella tenía en la suya, tras su espalda. Creo que pasaron veinte segundos después de los cuales dio un paso atrás sin aislarse de mí, giró aún con la mano dentro del tutú. Caminó unos cuatro pasos lentos hacia el sur. Se detuvo. Sacó su mano empuñando cuatro cortas varas, que con una sacudida de su brazo se convirtieron en un bastón, un bastón blanco. Tanteó un poco el suelo hasta que  encontró una grieta en el andén. Y se fue siguiéndola hasta que terminó algunos metros más adelante. Luego caminó más lento y cauteloso hasta que encontró con su bastón una línea de baldosas punteadas, sobre la cual se fue caminando ágilmente. Yo alcancé a dar un solo paso y tuve que detenerme porque ella se detuvo. Creo que me oyó como oía los motores. No se dio la vuelta como yo esperaba. Solo dirigió un poco su oído izquierdo hacia mí y después de unos segundos, emprendió de nuevo su acelerada marcha. Tuve que verla descendiendo por la tercera y aunque quise volver a la cámara, consideré que no valía la pena. Mis ojos se quedaron en ella sin ningún lente de por medio. La vi sin cortes hasta que desapareció. Luego cerré los ojos y traté de oír sus pasos. Su olor a pintura se quedó junto a las latas abandonadas en fila sobre el andén. Cada día he venido a tomar una fotografía del grafitti y cada día ha cambiado contundentemente. A ella nunca la volví a ver. He pensado llegar a tener mil fotografías del grafitti y cuando eso suceda, construiré una animación primaria, básica: mil fotografías impresas en papel, una tras otra, componiendo un pequeño libro para ser tomado por el lomo con una mano y con la otra pasar las páginas a la velocidad que el pulgar permita. Ese libro será para ella y lo tendrá si la vuelvo a ver. Y ella percibirá su obra aunque no la pueda ver.