Gold Arrow

Fotografía tomada de Pexels

Por Carlos Andrés Cano Fernández

– Mañana cuando estemos formados en el patio y el padre provincial esté hablándonos, los interesados me pasan un condón con un papel que diga su nombre -, dijo Robinson susurrándole al salón desde la última fila, como buen repitente. Las ideas revolucionarias y de libertad fundadas por grupos juveniles, ya existentes, de pensamientos leninistas y marxistas a nivel nacional empezaban a aflorar en las cabezas de unos adolescentes de séptimo grado.

– Necesito entrar, es la ocasión para terminar de conquistar a Susana, es innegable que no le soy indiferente, lo veo en sus ojos cuando delante de todos se confunde en la clasificación de los lepidópteros y me mira clamando ayuda, clamando mi amor –, suspiraba Acevedo hasta que lo sacaron del letargo con un grito: – “¡Ey Acevedo!, despierte, deje de pensar en bobadas, no ve que nos van ganando, o si no diga y conseguimos a otro”- , era Robinson, el adalid multifacético, que ahora hacía las veces de capitán del equipo.

A la hora del almuerzo Rafael Acevedo siempre salía del colegio a visitar a su mamá que trabajaba cerca aprovechando el privilegio de tener dos horas libres antes de la última clase. Pasaba la séptima, atravesaba la plaza mayor en diagonal hacía el occidente para bajar por la calle once hasta cruzar la carrera décima, pensando, ese día, en la manera de conseguir un condón pero el resto de sus jornadas urdía en inocentes estrategias con las cuales cautivar a Susana, mientras caminaba, cuando los ánimos exaltaban se imaginaba en unos años llegando a donde su mamá luciendo los sombreros que a diario veía en las estanterías de la once, fantaseaba caminado orondo por la calle peatonalizada con una sombrilla como bastón y con un Borlino o un Mónaco o con el Barbisio Ranger o el Barbisio Titán o con, el que más le gustaba, un Gold Arrow sobre su cabeza. Esta era la rutina diaria a la hora del almuerzo de Acevedo, salir del claustro, mirar la estatua de Camilo Torres Tenorio, no Torres Restrepo, en la plazoleta de su colegio quien lleva orgulloso en su mano izquierda el memorial que nunca llegó a la mesa de la Suprema Junta Central de España, ya más abajo, pasar rozando las charreteras del libertador llenas de regalos excretales de las docenas de palomas que lo hacen su morada diurna, admirar los edificios perimetrales e inmemoriales que le hacen venia al venezolano y seguir hasta llegar al pasaje Gómez para almorzar con su mamá.

– Hola hijo. ¿Cómo te fue?-

– Bien má, la bendición.

– Dios te bendiga, ¿ya les recogieron la plata del encuentro con Cristo?-

– Sí, ya, eso fue lo primero que nos pidió Emma esta mañana, pero ahora necesito más plata para comprar un libro que nos pidieron hoy- , mentí instintivamente.

-¿Libro de qué?-

-¡Para el colegio mamá!-, dije con aire de obviedad para distraer.

-Sí, pero, ¿para qué clase?-

-Para español, la profesora dijo que era barato-

-¿Qué libro es? Yo lo compro más tarde -.

-No, dame la plata yo lo compro ahorita de subida -.

– Pero dime que libro es, de pronto ya está en la casa y no hay necesidad de comprarlo.

– En la casa no está, estoy casi seguro.

-¿Cuál es el nombre? Yo misma te lo compro -, me dijo desesperada.

-No lo sé, no lo anoté, por la noche te lo digo -, respondí resignado.

Subiendo de nuevo para el colegio, después de almorzar, acongojado por no conseguir la plata para comprar la más importante de las tareas en lo que llevaba del año y que le daría por primera vez luz propia, la luz que no le daba ser el que mejor notas tenía en el salón y que lo hacía merecedor de la beca anual, la luz que lo alumbraría cenitalmente para que Susana pudiera verlo sin las sombras masculinas que lo abrumaban. Sabía que una vez adentro para la última clase no tendría oportunidad de comprar nada, ya que a la salida, a las cuatro, la ruta escolar lo estaría esperando para llevarlo a su casa y no salir de ella hasta el otro día, en el momento que los dedos neblinosos de la Aurora en la Atenas suramericana empezaran a destellar, cuando la ruta pitaría para que Acevedo subiera y trasportarlo directo a la fachada del colegio. Subió por la once, viendo de fondo, acercándose mientras caminaba, el costado de la plaza que representa el poder religioso del país enmarcado por la bendición verde de la cordillera oriental, atravesó la plaza de Bolívar en diagonal hacia el sur oriente jugando a no pisar las líneas de la cuadricula en el piso de la moderna explanada de concreto y ladrillo, miró de vuelta al libertador y a Camilo Torres, e irremediablemente entró.

–        “Alumnos y alumnas, en razón de que nuestro claustro es un remanso de historia patria y que por nuestros pasillos se han educado muchas de las grandes personalidades del país, personas que han dejado el nombre de nuestra institución muy en alto dándonos el prestigio académico y humano con el que hoy contamos a nivel nacional, queremos comunicarles a toda la comunidad Bartolina que hoy tendremos la visita anual de nuestro ya conocido padre provincial Pablo Mistral y la de nuestro vecino, el Presidente de la Republica que aparte de venir a discutir sobre el presupuesto que el gobierno anualmente nos confiere también viene a visitar los restos de su padre, uno más de nuestros emblemáticos exalumnos, que yacen en la cripta de nuestra amada institución. Lo anterior aparte de ser un acto meramente informativo también tiene la intención de advertirles, aunque está de más, que de nuestra conducta no solo depende la imagen propia si no la de todo un país que pone en ustedes las esperanzas para un mañana más prometedor dónde reine la paz que Jesús supo dar a sus discípulos. Quiero ver en ustedes hoy más que nunca las acciones que por años han distinguido a la comunidad Jesuita, no queremos ningún episodio de indisciplina, ni antes, ni durante, ni después del acto que dará inicio a las diez de la mañana en el patio principal. No siendo más que Dios los bendiga.” Emma leyó este notificado de la rectoría en una sección, de las cuatro, de séptimo grado al mismo tiempo que lo hacían todos los directores de las secciones de los diferentes grados. Además de ponerle el tono sacerdotal y amenazante al comunicado ella no dejó de dar sus propias recomendaciones:

“- No quiero ver las risas de siempre al final de la fila, ni tampoco ver a ningún alumno sin su uniforme completo, los niños con sus corbatas bien puestas y las niñas con el cabello bien recogido”. Robinson regocijado en el poder que le daba ser el fundador intercambiaba cómplices gestos con sus compañeros, sabía que la prueba para dar entrada a su clan era ahora mucho más heroica.

La mayoría atemorizados por una citación a los papás o por la expulsión del colegio, guardaron sus condones, otros los tiraban en el inodoro para desaparecer cualquier prueba futura, otros los regalaban, como lo hizo Bohórquez. Sergio Bohórquez sabía lo que significaba entrar en ese grupo para Acevedo por eso decidió regalárselo, así este nunca quisiera llevarlo a almorzar con su mamá por más que le rogara, la táctica de Acevedo era decirle a sus plegarias que bueno, que está bien, que hoy si vamos, pero al abrirse las

puertas del colegio para el almuerzo Acevedo salía corriendo aprovechando su estado físico, contrastando con el de Bohórquez, un niño de ojos rasgados, rechoncho, con ademanes femeninos y que se sofocaba al correr.

– Tome, me lo paga cuando tenga plata -.

– ¿No va a entrar?-, dije agarrándolo y metiéndolo torpemente en la maleta.

– No, suficiente con las citaciones que tuve por matemáticas, igual no estoy muy convencido de esas ideas políticas -.

– Eso es solo un pretexto, con el grupo nos van a respetar y lo más importante es que las niñas nos van a ver con los ojitos brillantes, tengo que aprovechar esta oportunidad, escuché a Susana que le decía a Rocío que ya sabía quién sería su próximo novio-.

– Pues Robinson-, me dijo desenvainando la espada.

– ¿Qué?, pregunté angustiado.

– Ayer cuando salí del colegio me fui para el Éxito de la séptima, el de allí, por que Camelo me sopló que algunos boxers de hombre tienen en la parte de adelante un bolsillito en donde los afortunados guardan los preservativos para sus días de suerte y en estos bolsillos hay condones que se pueden sacar sin que suenen a la salida, así que fui, me hice el que buscaba unas medias y saqué el mío, no pensé que fuera tan fácil. Camelo tenía razón-, me dijo orgulloso sin dejar sus gestos afeminados.

– ¿Fue, sacó el suyo, sabiendo que dicen que el dueño donde vea a un alumno de chaqueta gris robando allá lo trae de una oreja desfilando por toda la séptima directo al pelotón de fusilamiento rectoral y ahora le da miedo entregarlo cuando estemos formados?-.

– Sí, no quiero arriesgarme, nos pueden echar por eso -.

– Nunca nos van a pillar, siga con la historia, salió del Éxito y…

– Salí del Éxito y caminé para coger el Transmilenio como todos los días, pero me antojé del cono de la esquina, de los que venden en la Jiménez con séptima y ahí, delante mío estaban ellos, haciendo fila también, es que esos conos son deliciosos -, no había terminado y ya tenía la lengua saboreando el labio superior.

– ¿Ellos?, ¿Quiénes? -.

– Pues Robinson y Susana. Él le decía que no dejaba de pensarla mientras la consentía fabricándole tirabuzones, ella no decía nada solo se sonrojaba y sonreía, se notaba que le gustaban sus halagos –, dijo esgrimiéndome el acero dejándolo a centímetros del corazón.

– Maldito, maldito-.

– Yo creo que ya son novios-, me dijo hiriéndome fatalmente.

Acevedo minutos antes de la formación se metió al baño con la espada envenenada aún clavada en el pecho y desangrándose en lagrimas, abrió el regalo de Bohórquez, lo desenvolvió, lo estiró, sopló y escupió furiosamente adentro de este, cuando creyó que era suficiente le hizo un nudo en la punta y lo volvió a guardar en el empaque. Sacó una hoja de cuaderno, escribió una nota y su nombre y la guardó junto al condón en el bolsillo.

A media mañana el ambiente colegial era tenso, los alumnos prevenidos de no hacer ningún movimiento que no le gustara a sus directores y los profesores atentos a cualquier actividad que no obedeciera a las enseñanzas del claustro. El padre provincial y el presidente, este último acompañado de la primera dama, estaban en el segundo piso y los alumnos en líneas paralelas en el patio. Robinson por ser el más alto estaba de último en la fila, Acevedo, por razones contrarias, al otro extremo, era el segundo. Las miradas nerviosas más los murmullos de las cómplices alumnas, incluida Susana Franco, hizo que la prevenida Emma se instalara detrás de Robinson para poder controlar mejor cada parpadeo. No eran muchos los osados a pertenecer finalmente a la asociación, no había señal alguna para hacer pasar el testigo hasta las manos de Robinson así que los pocos temerarios dudaban cuando mandarlo a rodar de mano en mano. En mitad de la homilía del padre provincial llegó el primero de los testimonios a manos de Robinson, este disimuló y nerviosamente trató de guardarlo en el bolsillo derecho de su pantalón pero no atinó y el papel con el condón, sin decoro, cayeron al piso, Robinson para no llamar la atención siguió con la cabeza en alto, fingiendo aprehender las recomendaciones cristianas, pero con los pies tanteaba tratando de encontrarlo y poder dejarle el zapato encima perpetuamente, cuando movía los pies una voz desde atrás le susurró al oído:

“Gracias Robinson por darnos la oportunidad de ser parte de un movimiento del que estoy seguro va a emancipar la masas estudiantiles dentro y fuera del colegio, firma el nuevo miembro: Gutiérrez.“, era Emma que leía y que lo sentenció diciendo: ”-¡Qué lindo Robinson!-”. Detrás del primero llegaron cuatro más, que iban directo a las manos de la última en la fila, los que llegaron después tenían, aparte del nombre escrito en un papel como se había acordado, el dibujo de un martillo y una hoz o la reproducción de la estampa del Che que reposa en la plaza, que lleva el nombre del medico argentino, de la más reconocida universidad pública de la capital o esténciles a blanco y negro de Camilo Torres Restrepo, no Torres Tenorio, con el cuello clerical y fusil al hombro, pero el último que Emma tuvo en sus manos fue el condón abierto de Acevedo con una nota que leyó atónita: “Yo también he pensado en Susana, y mucho. Atentamente: Acevedo”.