Dos treinta y dos

Fotografía de Pexels

Por Albert Alejandro Martínez Murcia

Rafael sacude su muñeca izquierda para ver la hora en su reloj, guarda cada uno de los archivos que tiene abiertos, revisa una última vez su correo y cierra la sesión. Hoy ha trabajado dos horas extras. A esta hora casi nadie recibe llamadas. Se quita la diadema y siente caliente la oreja izquierda, el oído resentido y un dolor de cabeza por las diez horas con el auricular puesto.

Sale a la calle con el maletín terciado. Sube por toda la cien para esperar el bus en la esquina de la once. Pasan casi veinte minutos hasta que por fin llega la ruta dos treinta y dos. El bus empieza el recorrido de vuelta, así que siempre hay sillas disponibles. Pone su cabeza contra la ventana y espera a que el vallenato, el cansancio y la noche lo vayan adormeciendo. Tiene un camino de casi dos horas por delante. El bus avanza despacio, es viernes y la carrera once es un hervidero. Las latas y las sillas aún guardan el calor de la tarde, pone su maletín de almohada y recoge las piernas contra el respaldo de la silla de adelante.

Se sabe de memoria el recorrido, las luces amarillas sobre el pavimento, las parejas caminando de la mano, los jóvenes que esperan a más jóvenes para salir a tomarse un trago. ¿Por qué no está ahí con ellos? ¿Por qué se va a su casa a pesar de ser viernes? ¿Debería bajar del bus, meterse a un bar y pedir una cerveza? ¿Alguien le hablaría mientras bebe solo? No lo cree, los que toman sin compañía son alcohólicos, los que están solos el viernes son perdedores. Se avergüenza de su soledad, mira la silla de al lado que sigue vacía. La desesperación le sale por los poros, le dicen sus compañeros en la oficina. El que muestra el hambre no come.

Carros deportivos, mujeres esbeltas y elegantes, hombres abrazando a esas mujeres dentro de los carros detenidos. Le gusta consolarse pensando que ellos también están atrapados en el tráfico. Desde el bus alcanza a ver las vitrinas, la ropa, las joyas, los relojes, los teléfonos ultralivianos e inteligentes. ¿Es todo eso lo que desea? ¿Es por eso por lo que trabaja? Desde el colegio ha sido inseguro. ¿Si tiene un mejor teléfono, un lindo carro y ropa costosa dejará de temer? ¿Depende su autoestima del dinero?

Su cabeza se calla. La ve.

Una mujer corre. Las piernas manchadas con lo que parece ser sangre. No avanza rápido, tiene tacones puestos y una falda corta que le incomoda el paso. Lleva la mirada fija hacia adelante y avanza por entre la gente que abarrota los andenes. A veces se adelanta y parece perderse, pero el bus en un arrancón vuelve a alcanzarla, incluso la sobrepasa. Sigue caminando hacia el sur, a la par de los coches. Rafael quiere detenerla, preguntarle, probar la mancha entre sus piernas. No está seguro que sea sangre. La iluminan los carros en fogonazos intermitentes, no puede ver su cara, pero su silueta le llega nítida. Los tacones la hacen ver alta, las piernas largas y tensas, los senos se le mueven entre la blusa que lleva a medio abotonar. Tanta rabia la hace ver ridícula. ¿Y si la robaron? ¿Y si realmente sangra? La gente no se detiene a mirarla, la ojean como a una indigente, de soslayo como a los locos. La ciudad es indiferente a los seres trastocados. Él hace parte de esa ciudad y por eso sigue en el bus, por eso no se atreve a bajar.

La ha acompañado en silencio por casi diez cuadras. Frente al Gimnasio Moderno siente que la va perder del todo. El semáforo tarda una eternidad. El bus la alcanza frente a la embajada de Indonesia. Llegando a las setenta y dos se levanta de la silla sin dejar de verla, aunque ella mire al sur realmente lo busca a él. Va hasta la puerta trasera, oprime el botón del timbre y espera a que el bus se detenga, pero el conductor acaba de encontrar un resquicio por entre el tráfico, no va a parar hasta que le dé la gana. Ese avance lo aleja de ella al menos una cuadra, teme perderla de nuevo. Cuando por fin abre la puerta se baja en el carril del medio, la busca y al primer vistazo no está. Cuando entrecierra sus ojos miopes cree verla acercarse. Suda, está nervioso y sus gafas se empañan por su respiración agitada. Alcanza a sentir el olor amargo de sus axilas. Se paraliza de vergüenza y cuando la mujer le pasa al lado no es capaz de decirle nada. La sigue con la mirada, aprieta los puños para darse ánimos y empieza a correr tras ella. Ya sabe qué decirle pero no sabe cómo.

La sigue de cerca para asegurarse de que no le pase nada más. Atraviesan la setenta y dos y siguen caminando por la once hasta que la plaza de Lourdes se traga la avenida. Pasa la calle sin mirar y él la sigue de cerca. Frente a la iglesia ella se detiene y se queda mirando, ausente. Él sigue la línea imaginaria que describen sus ojos y se encuentra con el reloj que marca las cinco y cincuenta y ocho. Se interpone entre la iglesia y ella. Le pregunta si está bien. Su mirada sigue fija atravesándolo. Rafael no deja de ver su boca entreabierta, sus labios carnosos, sus ojos miel y su nariz respingada. Le repite más fuerte la pregunta: ¿Está bien? ¿Necesita algo? Ella sigue sin mirarlo y él, desesperado, le toca un hombro para intentar traerla de vuelta. Siente que se va. Ella jadea sin mirarlo, y entre inhalar y exhalar le tiritan los labios. El aliento se le hace vaho. Tiembla. Rafael se quita la chaqueta y se la cuelga a sus hombros. No puede evitar olerle el cuello y ver la cadena de lunares que le llegan hasta los senos. Cuando ve su camisa desabrochada y los encajes del sostén tiene una erección. Las mejillas se le encienden de vergüenza.

Sigue temblando, así que Rafael la abraza, en un movimiento robótico. El tronco hacia adelante, con las piernas alejadas. No quiere hacer notoria su erección. Se siente observado, estúpido, morboso. Corrige el abrazo, lo estrecha. Ella vuelve a respirar profundo y a tiritar de frío. Esta vez el aliento le hace cosquillas en el oído a Rafael. Ha olvidado el dolor que tenía al salir de la oficina.

Se separa y vuelve a mirar su cara, que no ha cambiado de gesto. Toma sus manos, las revisa buscando algún corte. Hace lo mismo con los brazos, donde encuentra más lunares. Le palpa la piel de la espalda, el abdomen, los iliacos. Como un niño que pica a un perro muerto. Se agacha, le ve las piernas, la mancha es muy débil para ser de sangre. A pesar de examinarla ella no se inmuta. ¿La besaría, le quitaría la ropa y seguiría igual? ¿Qué harían los borrachos en Lourdes si lo ven en la mitad de la plaza teniendo sexo frente a la iglesia? Le aterra lo que puedan pensar.

La abraza de nuevo, le besa la boca. Le deja la chaqueta y se aleja caminando hacia la trece. Espera otra vez la ruta dos treinta y dos. No tarda en pasar. Se siente estúpido, tiene que irse de pie.