A Margarita le gustaba la ciudad

Fotografía de Lawrence Manning, tomada de Corbis

Por Jaime Landinez Aceros

Es una obra de ficción. Los personajes y hechos son producto de la imaginación de quien escribe.

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Margarita se fue la mañana de un lunes sin decirme adiós. Yo sé que tuve la culpa: insistí una y otra vez en que me acompañara, que fuera conmigo, y aunque ella se negara, finalmente decidió ir. “Margarita se enamoró de la ciudad”, me dijo mi madre, pero la verdad es que la ciudad se la tragó, ese monstruo la devoró, para siempre.

Conocimos Bogotá ese martes soleado después de que un funcionario de algún programa de la alcaldía viniera a las veredas del sur oriente buscando quiénes querían reunirse con el alcalde, tomarse fotos con él y participar de un recorrido por las principales atracciones de la ciudad. Según dijo, lo recuerdo perfectamente, se trataba de una política impulsada por la alcaldía que buscaba integrar a la ciudad urbana con la ciudad rural, con las veredas del sur y del sur oriente que también hacían parte de la gran ciudad.

Yo nunca había sentido que pertenecía a algo como la ciudad, y jamás hubiera creído que nosotros también conformábamos aquella gran ciudad. Y por eso presté poca atención a los detalles, excepto por la parte que más me interesó: le imploré, casi lloré a Margarita para que nos apuntáramos, para que fuéramos y conociéramos por fin la ciudad, ese lienzo inmenso que aún hoy, todas las tardes, desde mi montaña veo. Gigante como siempre, gris como siempre; lleno de humo desde el día en que se tragó, para siempre, a mi Margarita querida.

Me había casado con Margarita diez años antes de que abandonara la casita -de que me abandonara a mí- un sábado de agosto de 1975, en la misa de diez de la mañana. La había conocido aquí, en la vereda, mientras yo participaba de los talleres de las Juventudes Católicas Transformadoras lideradas por el padre Liceo. ¡Qué días aquellos! ¡Qué ganas de cambiar el mundo las que me embargaban! Y a Margarita también, y por eso la amé desde el primer día.

Ella también me amaba. Yo la cortejaba y le prometía lo que entonces podía prometerle, ni más ni menos: la casita al lado de la casa de mis padres, las cuatro hectáreas cultivables que me correspondían como herencia y, sobre todo, esa vista hacia la ciudad. Esa vista desde debajo del frondoso árbol de roble, a unos tres minutos arriba de la casita, donde uno podía ver todo ese montón de luces titilando, allá a lo lejos, cuando la espesa niebla lo permitía.

Ella estaba enamorada de mí, es cierto, pero también de esa vista. Semanas después del matrimonio, Margarita pasaba mucho tiempo debajo de ese roble. Por eso le construí un asiento cómodo con un trozo de madera y le planté cayenos y azucenas para que se sintiera feliz, para que se supiera amada; para que mientras tejía, en silencio, echando más vistazos a la ciudad inmóvil que a la lana, pensara también en mí. Y por eso cuando llegaba la temporada de lluvias se entristecía y parecía morirse de frío en la casa; y yo me quería morir de tristeza. Así que le planté también azucenas y cayenos en el corredor de la casita, para que sonriera como en las tardes bajo el roble, para que la neblina no la abrumara tanto. Pero era poco lo que conseguía. Ella resplandecía, nuevamente, cuando desaparecía ese manto gris y podía, otra vez, sentarse a ver la ciudad. O a tejer.

Fue por eso que me sorprendí tanto al escuchar la respuesta que me dio el día en que el funcionario nos comentó, en reunión en la escuela de la vereda, que estábamos invitados a la ciudad. Yo no la quise mirar para que no se sintiera señalada, pero ya todos estaban esperando a que ella se apuntara como la primera, a que asegurara su cupo de una vez y por todas. Pero eso no pasó, ni ella habló del tema cuando caminábamos juntos de vuelta a la casita. Fui yo el que, esa noche, le expresé mi interés por hacer parte del grupo de campesinos que iría a la ciudad, y el que le dije que me importaba poco que se tomaran fotos conmigo sólo para ponerlas en portadas de libros. Ella respondía con silencio. Siempre que algo le atemorizaba, mi Margarita se quedaba callada, no musitaba palabra, la devoraba el silencio. Siempre la entendí, hasta esa noche. Una y otra vez le repetí que quería ir a la ciudad, que quería conocer los edificios y las avenidas gigantes y las plazas y estatuas y las iglesias viejísimas y las plazas de mercado a las que llegaban las moras y granadillas que cultivábamos y que mañana mismo me iba a apuntar. Y ella por fin rompió el silencio, amenazada como se sentía por mi interés manifiesto: “Yo no quiero ir, Arturo. Cuando la gente va a la ciudad se enamora de la ciudad y no regresa al campo”. Yo respondí a carcajadas: “¡Pero yo no me quiero ir y quedarme en la ciudad, Margarita! Mi lugar está aquí, a su lado, en esta cama fría que los dos sabemos cómo calentar todos los días”. Ella se envolvió en las cobijas y me dio la espalda.

Ya no recuerdo si fui yo o fue mi vecina, la señora Antonia, la que convenció a Margarita de que fuera con nosotros a la visita a la ciudad. Y esa visita fue más bonita de lo que esperé. Lo que más me sorprendió fue que la gente caminara más rápido que en el campo, y que todos llevaran una sombrilla en su morral, como quien lleva zapatos o reloj. Mi Margarita también estaba sorprendida. Me tomó la mano con fuerza cuando nos dijeron en la sala de espera que el alcalde ya nos recibiría, y me contó que sintió cierta decepción al verlo tan bajito y tan viejo y con los ojos tan cansados. El alcalde, con esa voz suavecita y pausada, sonaba exactamente igual que en el radio, donde solía hablar con frecuencia. Nos habló de la relación entre la Bogotá urbana y la Bogotá rural, y nos dijo que sin nosotros no habría legumbres en los supermercados. Yo de eso estaba convencido, pero me pareció molesto oírlo decir que en nuestras manos estaba la responsabilidad de impedir que las veredas de la ciudad se convirtieran en la retaguardia de los violentos. ¡Como si a nosotros nos gustara que nos intimidaran con las armas y

nos sintiéramos tranquilos cuando oímos por la radio que vuelan edificios y matan a campesinos como uno!

Nos comentó además que Bogotá, la ciudad, era también nuestra, y que nosotros éramos tan bogotanos como él; es decir, que esa que se veía por la ventana de su despacho era “mi ciudad”, que me pertenecía. Yo pronuncié en silencio, dos veces “esta es mi ciudad”, “debajo del roble se ve mi ciudad”, “yo vivo en la ciudad”, pero me sentí completamente extraño; había más distancia entre mis palabras, entre “mi ciudad” y “la ciudad”, que entre el roble frondoso y las luces titilantes que desde allí veíamos. Se lo comenté a Margarita después de la fotografía que tomó la secretaria del alcalde, y ella

me respondió que no había oído esa parte; pero yo sé que estaba distraída hurgando a través de la ventana, esculcando a través de la persiana más rastros de la ciudad. Me contó, esa noche al volver, que lo que más le había gustado fue la vista de la ciudad desde el cerro de Monserrate, “porque ya conozco la ciudad de frente y por detrás”, me dijo riéndose.

Mi Margarita no dejó ninguna nota para mí cuando se fue. Volví a la casita esa tarde de septiembre, la busqué por aquí y por allá, en el roble y en casa de mis padres y en la de la señora Antonia, pero ella no estaba. La esperé dos días, tres semanas, hasta que me convencí de que no volvería.

Cuando el primer día de octubre llegó, recibí una nota dolorosamente corta escrita por ella, donde me decía:

Ahora vivo y trabajo en la ciudad. Quiero conocerla desde abajo. Trabajo en la cafetería de ese edificio tan bonito y tan grande que vimos cuando vinimos a la Plaza de Bolívar. Todos los que toman tinto aquí son jueces y magistrados y hablan de leyes y códigos y procedimientos. Creo que ya estoy aprendiendo bastante sobre esos temas.

Margarita.

Yo estaba convencido de que había sido mi culpa, de que mi insistencia para que fuera a la ciudad conmigo, ese martes, era la causa de ese nudo que se me había incrustado en el alma. La confusión se apoderó de mis noches, de todos mis días en la huerta, en la casita, que estaba tan sola y maltratada como las flores de cayeno debajo del roble, ahora que Margarita no estaba. Me obsesioné con escuchar las noticias en el radio, buscando rastros de ella, aprendiéndome de memoria calles y plazas y pisos de edificios en caso que la noticia cerrara diciendo que Margarita estaba en esa dirección. ¡Mi Margarita se me iba y yo no sabía dónde buscarla, a dónde ir por ella y no lograba recordar de qué edificio hablaba porque ese día vimos muchos edificios grandes y bonitos! Yo sólo la quería a ella, a sus flores de cayeno y a las azucenas y a nuestra cama fría, que era tan nuestra como ese amor; ese amor que yo sentía tan lejano aunque cada vez pasara horas y más horas observando las luces titilantes de la ciudad gigante: allá, en algún rincón, Margarita no pensaba en mí; allá, en algún rincón, ella me cambiaba por la gran ciudad, ella no quería estar conmigo, quería estar con la ciudad, en la ciudad. Y yo no estaba celoso, yo no sentía rabia. A mí me embargaba el miedo, era miedo lo que me cortaba la respiración por las noches, lo que me hacía soñar y despertar angustiado.

Llegué a la ciudad el primer miércoles de noviembre de ese oscuro 1985, con el único fin de encontrar a Margarita y llevarla de vuelta conmigo a la casita. La terminal de buses lucía como siempre: colmada de personas que a su vez estaban colmadas de historias; cajas y valijas por donde se quisiera pasar; las mismas voces de siempre que, por supuesto, gritaban las mismas palabras de siempre.

Yo sabía que tenía que buscarla en alguno de los edificios que rodeaban la Plaza de Bolívar. Sin estar seguro de cuál, crucé avenidas y observé atento. Cuando sentí que estaba cerca, cuando corroboré que los techos eran de teja y que las calles se achicaban, corrí a la Plaza lleno de emoción.

Pero atravesar la Plaza no fue posible, como quiera que nunca más volví a ver de frente el edificio en el cual trabajó Margarita por unos meses. Cientos, tal vez miles de militares ansiosos, desesperados, nos mandaban a todos hacia “atrás, a sus casas” y yo no entendía en principio lo que ocurría. Minutos más tarde el primer estruendo sacudió toda la zona, me removió los pulmones, me hizo gritar envuelto en pavor y nos mandó al suelo a todos los que caminábamos por esa calle, los vidrios de las ventanas rotos, hechos mil trozos, las sirenas de las ambulancias nítidas, cercanas. Los subversivos (“los violentos” del alcalde) habían tomado alguno de esos edificios, tal vez todos, y yo no supe qué hacer. Corrí, corrí muy rápido, y asfixiado por las ráfagas de humo que aparecían en cada esquina, me escondí en una posada donde muchas personas, también, esperaban atónitas a que se restableciera la vida normal en el centro de la ciudad.

Para muchos, tal vez para todos aquellos que esperaron conmigo en la posada, se restableció esa vida normal una vez que el presidente habló en la televisión y dio un parte de calma; pareciera como si la humareda que emanaba viva desde el edificio fuera un sinónimo de control, de orden. Para mí, en cambio, empezarían los años más tristes de mi vida, los meses más dolorosos, los más oscuros.

De Margarita nadie sabía nada. Incluso llegué a pensar que se había cambiado el nombre, que había ocultado sus apellidos para que yo nunca la encontrara, ni viva ni muerta. En la televisión hablaron de subversivos y jueces muertos, nadie dijo nada de ella, de las mujeres del servicio, de la que estaba limpiando el baño, de la que estaba preparando el café. Y nadie me ha dicho nada hasta ahora. Que la ciudad devoró a Margarita, es la única explicación posible que yo encuentro. Que es cierto que la ciudad es tan grande y está tan viva que se traga a los débiles. Y ella era muy débil: estoy convencido de que nadie la conocía porque mi Margarita no hablaba, guardaba silencio, así como cuando tenía mucho miedo y yo, cariñoso, la envolvía en un abrazo.

¡Y pensar que Margarita y yo hubiéramos visto la humareda desde el roble, y cuando sintiéramos frío nos hubiéramos retirado a hacer el amor en la casita mientras unos y otros se mataban a tiros! Pero ella no quiso estar conmigo en ese momento. Como si la ciudad la quisiera más que yo, ella prefirió dejar de vivir momentos conmigo, para siempre.

Hoy, esa gran ciudad es también “mi ciudad”, como lo sugirió el alcalde aquel martes. Margarita se encuentra en algún rincón de la que es para mí una masa gigante de luces que titilan, de calles que respiran humo y que yo espío todas las tardes, buscando todavía pistas de mi Margarita.

Nadie ha dicho nada sobre ella. Pero tal vez, ahora sí, ella esté pensando en mí.