Vida después del atardecer


Fotografía de Alberto Bejarano.

Los años noventa ya son el nombre de oxidados bares de rock ahora clásicos por la carrera séptima en Bogotá, signo invariable del pasado y de un tiempo grunge; un tiempo que me recuerda una generación para el olvido. Cada ciudad guarda secretamente sus bandas sonoras; son misterios que sólo se revelan parcialmente a los sonámbulos. En mi caso, la séptima es una carrilera de sonidos que marca el tempo de esta urbe, una avalancha de murmullos y silencios que mueren y resucitan cada noche. Acabo de volver a mi buhardilla, solo. Ya todos mis amigos están casados y viven en las afueras de la ciudad o del país y yo soy el que rumia ahora las calles nocturnas, buscando sonidos que nunca fueron míos cuando estaban de moda y cuando yo vivía extrañamente asentado en el futuro. Cada noche, invariablemente, empiezo mi día de bar en bar, siempre por la séptima, entre la calle 19 y la calle 60, vestido como un detective de los años cincuenta, pero con gafas oscuras de los noventa, de esas que empezaban a cubrir buena parte del rostro. ¿De quién creo esconderme? Durante el día me gano la vida haciendo traducciones más o menos comerciales y he encontrado hace poco un trabajo como “hacedor” de trabajos y tesis universitarias que incluyen maestrías y doctorados que yo nunca hice en el vasto mundo de las supuestas humanidades y que ahora le permiten a otros brillar impunemente y a mí, bueno, a mí me sirven para sobrevivir y para darme ciertos lujos que se agotan cada semana en mis cuartos oscuros…a veces compro lotería por internet y no dejo de jugar el mismo número, uno que no quiero revelar para no darme mala suerte.

En los noventa todo parecía distinto para mí y creía dirigirme sin escalas hacia una vida profesoral, cómoda y sin mayores sobresaltos y me burlaba de las letras, estilos y versiones de la vida que veía en mis amigos y en mi época. Me sentía seguro de mí mismo y creía haber encontrado mi supuesto camino entre fenomenólogos alemanes. Esa fue mi vida hasta hace poco. Esta historia, sin embargo, no hablará de mis metamorfosis. ¿De qué hablará? ¿Será una crónica intermitente de mis noches por la séptima…? ¿Será una crónica de un desvivir? No lo creo, aunque nunca se puede saber a dónde lo lleva a uno la escritura, cuando ésta es indecisa y viaja sin ancla y sin tinta (el sonido de esas palabras en francés me devuelve mi rostro-pasado en el espejo, pero eso ya no importa): quizá ese sea el sentido profundo de sentarse a escribir con los ojos-cerrados como si se le estuviera dictando un evangelio apócrifo a un dios fracasado, es decir, sordo, tontamente sordo. No importa. Escribo para sobrevivir, por eso soy una especie de copista fantasma que le hace trabajos a otros a cambio de unas monedas que se truecan por sustancias químicas. Es mi destino. Es de hierro y no rima con nadie.

Me duermo cuando amanece y me despierto al mediodía, pero para mí es como si fuera todavía de noche pues no me gusta abrir las persianas de mi ventana cuando estoy adentro; soy como un topo kafkiano. En la tarde trabajo en los deberes-ajenos que van desde ensayos para publicistas hasta tesis para historiadores que quieren ser especialistas del barroco o del Imperio del Brasil. No me pagan muy bien, pero no me quejo. Ahora no me gusta hacerme muchas preguntas (¿por qué será?…). Si fuera un tipo ahorrador, sabría usar mejor este dinero y tendría una cuenta de ahorros o al menos un marranito casero que me serviría para cumplir un par de sueños atrasados: tocar trompeta, patinar en Coimbra, aprender portugués, tener una tienda de antigüedades. De hecho cuando lo pienso bien, esos sueños confluyen en uno solo. Pero no soy ese ser. Soy un pasajero nocturno de la séptima, eso es todo. No me jacto de nada ni tengo aspiraciones. Soy un fumador activo y voy siempre a la misma Tabaquería. Hay cosas que no cambian. Mis ojeras dicen que pronto cumpliré treinta y cinco años y mis ojos develan una trama: no he escrito un libro, no he plantado un árbol, no he tenido un hijo. De las tres hubiera querido hacer la del árbol. Hubiera querido ser un guardabosque, uno de esos voluntarios mochileros que se echan el mundo encima por una temporada (a veces por toda la vida) y se entregan a un sueño, a una utopía cósmica, lejos de aquí, de las urbes, de la grasa de las capitales. Uno de esos aventureros que terminan casándose con una sueca o algo así. Es lo que suele ocurrir en esos casos. Si hubiera hecho eso a los dieciocho años a lo mejor habría plantado muchos árboles, de largas raíces, habría tenido no uno, sino un par de hijos y habría escrito un par de libros que estarían en las vitrinas de las librerías de Estocolmo esperando convertirme alguna vez en un premio Nobel, de algo, de la paz o del amor y la amistad. Serían crónicas ambientales, con algunas dosis de ficción tercermundista. Pero no, ni yo ni mis libros fantasmas estamos en Estocolmo y no tengo una tibia mujer que me espere al volver de mis madrugadas. Estoy en Bogotá y en mi nevera tengo pegadas algunas fotografías de filósofos alemanes. A mi lado tengo un cactus y una jirafa de peluche. Ustedes juzgarán mejor quien soy. En lo que a mi respecta, no me siento un perdedor, o sí, en parte sí, pero eso tampoco importa mucho ahora. Soy un copista y me basta con esa cruda y filosa verdad.

Mi vida es una instantánea tomada por una desconocida que he creído cruzar un par de veces en los andenes iluminados de las estaciones de gasolina de la séptima donde me siento a esperar el amanecer los viernes y los sábados. A veces me encuentro con viejos conocidos y algunos creen reconocer un viejo nombre detrás de mis gafas. Me siento a hablar con unos y otros y hablamos de todo, salvo de libros, árboles o hijos. Cantamos himnos de los noventa a la luz de la guitarra desdentada que llevo conmigo desde hace un par de años, desde que volví a Bogotá creyendo poder reencontrarme conmigo mismo después de tantas derrotas y auto-exilios melodramáticos. Mi guitarra es mi único bien y por eso hago todas esas traducciones (francés-inglés-italiano-español) y todas esas tareas escolares, lo hago para no tener que volver a empeñarla por la carrera trece, en el centro o en chapinero, donde ya me conocen y me tratan condescendientemente, en las prenderías La mala hora, El Anhelo y La última esperanza. Así es Bogotá. Podrían ser nombres de funerarias o de carnicerías. Mis amigos son ahora los prestamistas de madrugada, su honestidad es brutal y no les interesan ni los árboles, ni los libros ni los hijos.

Vivo en el Edificio Ana María de la Calle 49 y llevo un año sin subir o bajar de la séptima. No se que pueda pasar cuando todo lo transformen y pase por aquí un metro, un tranvía, un tren, o los tres.  Supongo que terminaría adaptándome y mi vida no cambiaría tanto. No lo sé. Por lo pronto, antes de que anochezca salgo con mis tres cámaras, análoga, digital y polaroid y registro todo lo que veo por la séptima. Me dicen que no tiene sentido lo que estoy haciendo y que no debería gastar todo mi dinero en esto. No sé que podría responder. Tomar fotos es tan distinto a tocar la guitarra…o tal vez no haya tanta distancia entre las dos. Esa sería la opinión de los prestamistas y de los desconocidos de las gasolineras.

Esta Bogotá, la mía, se extingue y se irá conmigo. Hay tantas Bogotás como bandas sonoras de cada uno de nosotros, bogotanos perdidos en Bogotá. Mis canciones al amanecer y las fotos que tomo son los libros que no he escrito. Después de todo, qué es escribir. Qué es escribir más que cambiar, perder, mudar, mutar de rostro. Es lo que hago cada noche, a solas o con desconocidos como yo, ah, pero somos tantos, somos miles, o a lo mejor somos uno solo, una sola alma desierta que se niega a crecer, a madurar, a olvidar, a callar. No me importa saber qué somos o que creemos ser, ya he dejado atrás la filosofía y no me desvelan más esas preguntas. He cambiado mis libros por químicos y la diferencia me la he bebido sin falsas moralejas. Bogotá, mi Bogotá, mi banda sonora de los noventa no puede esperar y tengo que salir a atropellar la calle cada noche como si cada amanecer fuera el último, como si cada canción que compongo en la intemperie y es tarareada fugazmente por otros, como si cada foto que tomo y pierdo, fueran escenas de un guión o de una obra de teatro fragmentaria e inconclusa, acordes de una sinfonía sin blue, que no tienen nombre ni director ni público a posteriori. Todo se juega en el instante. Todo se gana, todo se pierde en este instante en el que violo mi mandamiento sagrado de no volver a escribir y escribo. Son instantes de cielo que vienen de otros tiempos, de otros infiernos, de otros pasadizos de la historia que ninguna crónica podrá salvar.

Después de escribir mi vida en este instante cualquiera, podré salir a tocar por última vez con mi guitarra por los amaneceres de la séptima, canciones de Mother love bone, Soundgarden, Temple of the god y Pearl Jam (Nirvana, nevermind…nevermore…) y creeré ser por una vez Eddie Veder, de cuerpo entero, aunque ni mi voz ni mi look den para tanto, y de paso me tomaré un par de fotos y haré un Álbum fantasma con mis canciones propias y ajenas, con mis fotos propias y ajenas y me iré de aquí. Nunca te enamores de una cantante me había dicho mi abuela, cantando un bolero. Que se le va a hacer. Ya es demasiado tarde. Lo que venga después se esfumará entre los olvidos de la ciudad y yo podré finalmente dejar de ser un copista y no pensar en nada más, en nada distinto a mi rostro –velado­– en el espejo.

 

Alberto Bejarano. Escritor semi-heteronímico de “atmósferas”, dedicado a explorar “el mal del montano” en muchas de sus variantes. Sus obsesiones son el absurdo, el minimalismo y la espera.   Próximamente se publicará su primera novela corta titulada “Memorias embolatadas”, en torno a la escritura de unas memorias “cinéfilas” por parte de un hombre retirado llamado Pompilio Téllez. Ha escrito algunos cuentos, publicados en varias revistas. Su primer libro de cuentos  (“Litchis de Madagascar”) se publicó en enero de 2011 en la Editorial El Fin de la Noche en Argentina.

 

Cuentos

Trenes rigurosamente cinematográficos. Ganador del Concurso internacional de relatos Boaventurianos, 2011. Cali

El día que Oppenheimer lloró. Ganador del concurso internacional de relato Radio Nacional de España, enero de 2011

Elías y el Golem. Finalista en el concurso de la revista Archivos del sur de Argentina, enero de 2011

Últimas noticias, en Revista Suma Cultural, diciembre de 2010

Post-easy-rider, Revista Odradek, Medellín, octubre 2010

Hotel Overlook, Revista Siderola, Bogotá, septiembre de 2010

Ciudad Juárez en las rocas, Culturama (España), julio de 2010

Bolaño en la cárcel, Revista La Movida Literaria, Bogotá, abril 2010

El último padrón, en Revista literaria El puñal,  Chile, 2010

Cinema penalty, en “Relatos, cuentos y ensayos sobre cine clubes”, Cartagena, 2009

El día que apagaron la luz, en Revista literaria El puñal, Chile 2009

Flying behrs, Revista suma cultural, 2009

La viudez como forma de vida, Revista Rilttaura, Universidad Nacional, 2009 (ganador del concurso de la revista)

Hart-man, Gaceta literaria virtual No. 2, Argentina, 2008

Ante-cámara, en el libro Bogotá paralela, capital mundial del libro, 2008 (ganador del concurso)

¿Quién (no) es Pierre Languinez?, Revista de segunda mano, Bogotá, 2005