La resaca

Por David Camilo Manrique Maldonado


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Cuando despertó la música había terminado. Su espalda se encontraba gélida y los pies le pesaban como si fueran pedruscos de río. La acera era su lecho, y nada tenía que decirle su memoria sobre la noche anterior, salvo que en la fiesta de fin de año reinó el exceso. La fuga de sus pensamientos parecía retratarse en el ambiente: el pavimento se perdía en la niebla y en el aire turbio se refundían las figuras distantes.  Tuvo a bien despejarse con un cigarrillo, pero por desgracia sus cerillos estaban mojados: se levantó entonces, magullado, y partió somnoliento en busca de fuego.

Conforme avanzaba, el viento azotaba su espalda, lo que le provocaba un misterioso alivio, y sus pasos recuperaban la ligereza y el ánimo; le hubiera importado poco tropezar con deudas impagables al doblar la esquina, o ser abordado por los ladrones que espolea la abstinencia. No obstante, le confortaba la soledad con que se revestían las calles cada primero de enero. Mas eso hubo de cambiar cuando su caminata fue interrumpida por un murmullo celeste; poco dejaba ver la niebla, pero las vigas resonaban de tal modo que no tuvo necesidad de ojos, sobre él se abalanzaban los edificios. Empero, siguió con las manos en los bolsillos, caminando sin ningún apuro, escuchando el concierto de las vigas, las cuales nunca cedieron. Aquel túnel lo llevaría a un rellano donde el césped crecía sano, dividido por abundantes hitos blancos; llegó a dudar que se encontrara en la ciudad.

Intentó de nuevo recordar, pero no consiguió más que fragmentos: había bailado con “la flaca,” una amiga íntima, mientras afuera se desataba la tempestad, luego tomó algunas copas, rompió un cenicero y después… nada… nada con respecto a aquel barrio o a su parque tan… particular; de lirios viejos que, si bien llamaban a las moscas, retenían al menos buena parte del rocío. “¿Era todo aquello un delirio?” se preguntaba sin cesar: no conseguía un cigarrillo, ningún teléfono público parecía estar cerca, y empezaba a sentirse enfermo; sus tripas emitían ruidos de batracio. Sobrevino entonces otro murmullo, no muy lejano, y divisó al aproximarse un corro de abrigos y paraguas oscuros, en torno a un mojón nuevo; celebraban un entierro. Cuál no sería su sorpresa cuando vio allí a su madre y a su hermana, pálidas en extremo; sin embargo, le sorprendería aún más saber a quien pertenecía el féretro.

“Pero, ¿qué es esto, me han visto cara de fruta para meterme en un guacal?¿No podían comprar una caja más decente?…¿Tanto me quieren?…¡Hubiera sido mejor que me arrojaran a los buitres y a los perros!” gritó indignado, al ver que el cajón donde descansaban sus restos carecía de forro y ornamentos. Mas los presentes ignoraron su desprecio; eran sordos a la par que ciegos, pues francamente el maquillaje tampoco le favorecía: la abundancia de rubor y los labios amoratados lo hacían ver como un… payaso, por decir lo menos. Cualquier otro muerto hubiera pensado que todo aquello era producto de una broma, pero este sabía que se lo debía a un alma mezquina, y eso encendía su cólera. Así que confrontó a su madre, quien iba ataviada con un vestido nuevo y un velo fino que, olvidando el color del duelo, la confundía con una novia de plata, y no hubo de descansar hasta decirle a voz en cuello una buena sarta de calificativos como: “bruja, tacaña, estafadora, miserable, suripanta y atea”… aunque se ha de decir que el finado no era muy devoto. Mas la aludida y los convidados también pasaron estas manifestaciones por alto. Optó entonces por callar; allí se encontraban varios vivarachos que nunca le inspiraron el menor respeto, pero el conjunto de miradas vacuas logró perturbarlo. Por otra parte, comprendió que en aquellas despedidas los protagonistas son los que se quedan, es decir, que los funerales son cosas de vivos.

Escuchando aquí y allá los cotilleos, el muerto pudo observar que los dolientes se dividían entre los que hablaban de dinero abrumados de dolor, y los que hablaban de dolor pensando en el dinero: su madre, por ejemplo, se declaraba consternada por los precios: “¡por dios, uno ya no se puede morir en este país, esto es un abuso!” decía, incapaz de controlar el temblor de sus labios; en cambio su tía recordaba lo corta que es la vida, sin dejar de anotar lo grande que le quedaba el traje al muertito. Otros simplemente se exhibían cual pavos reales, como su padre, hombre grave y adusto que no tuvo reparo en asistir acompañado de su querida, una veterana tan colorida que era imposible identificarla con una cualquiera. Ah, pero lejos de desentonar ella era una brizna de paja. En la cumbre de la parafernalia, se acercaron al féretro uno tras otro para dar la última despedida al difunto: hubo desconocidos que golpearon adoloridos el cajón, concurrieron también los ancianos, quienes contemplaron silenciosos el memorando, algunos allegados hasta pidieron deseos, como si se estuvieran entrevistando con un genio. De todas estas conferencias, la que mayor impresión le dejó fue la de su hermana: quien con una sensatez, por él desconocida, sólo se acercó para pincharle el cuello con una aguja.

Después de la monserga del sacerdote, al que tuvieron que recordarle más de tres veces a que hermano despedían, comenzó su faena el sepulturero, quien llegó cargado de diligencias, a sabiendas que vivía de una cosecha ingrata. Todos, hasta el mismo sepulturero, tuvieron que sufrir por esas prisas; la maquina sufrió un desperfecto y el ataúd terminó por ladearse, arrojando fuera de sí al cuerpo, el cual tocó tierra poseído de una rigidez antojadiza; no poco fue el espanto de la comitiva, al ver que el cadáver se contraía de una manera sospechosa. Tras unos segundos, que los niños sabrían llenar de superstición, se aventó el sepulturero al fondo de la zanja y devolvió el muñeco a la caja. Una lucha que concluyó como mejor pudo, pues tanto manoseo ya estaba generando suspicacias; la nueva posición que había adquirido el cuerpo no le dio otra opción sino colocar una gran roca sobre la caja. Vino entonces la primera palada de tierra, y con ella el facturar de las plañideras; por aquel aluvión, pocos escucharon la pregunta que un entusiasta hizo al sepulturero, pero a todos les bastó cuando este respondió encogiéndose de hombros, y trabajando luego más aprisa. La corona de flores, casi calva, desaparecería en breve bajo el temporal de tierra; aún después del trago más amargo, la celeridad de las paladas despertaron en el muerto una sed antigua.

Pasado el tiempo de prudencia los menos se marcharon, la familia aguardó otro poco hasta grabar en su memoria la ubicación de la lápida, y también se retiró, unida. Él quiso seguirles, veía en los epitafios los versos de un agobiante poema, sin embargo, su paso tornóse lento y quedó rezagado en los linderos; sin mirar atrás, ellos se perderían en la niebla. No poseía dracmas, ni liras, no sabía donde encontrar un río y un barquero. Exploró por un tiempo la fantasmagórica selva, hasta que rendido, atracó en un cinema; la fila era la madre de todas las filas, y no parecía moverse, no obstante, su tiempo ya no era una cosa que le importara.

Mientras especulaba sobre el reparto que podía venir más adelante, sintió de pronto en su espalda el índice de las naciones, pero al volverse, con una cautela innecesaria, sólo halló a una mujer mal bronceada…

– Do you have a cigarett? -preguntóle la recién llegada.

– No hablo su idioma – respondióle Pedro, con agua todavía en las fauces.

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