Taxi

Por María Vélez Giraldo


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En ese tiempo igual que ahora, la ciudad era un caos. Lo que la hacia distinto, la hacía distinto la mezcla de un invierno furioso y un alcalde corrupto que se robó la plata de las obras y dejó las calles como llagas abiertas. Vías intransitables y una lluvia constante que enturbiaba el aire y la vista por los vidrios empañados era el escenario diario de los taxistas. Algunos iracundos, negativos, cansados y enfermos del estrés por el tráfico perpetuo, trataban a sus clientes con un último aliento de cortesía, uno mínimo, que no inspiraba a nadie dejar algo de propina. Pero había otros, otros taxistas, más felices en medio de la hostilidad que revelaban armonía en los gestos, en la calidad de sus voces y es aquí donde entra José Jairo. Siete años disfrutando su labor, disfrutando de la gente y del amasijo urbano entre el cual se movía al mando de su taxi, un Hiunday Atos 2008 en perfecto estado con motor Diesel muy potente. Llantas finas y gruesas. Asientos de piel. Radio con pantalla táctil y bluethoot incorporado con música para todo tipo de clientes. A Jairo le gustaba moverse entre los ricos, en las calles del norte, recoger gente en la zona rosa, zona transitada por mujeres que en sus manos llevaban bolsas de almacenes caros, y que se cruzaban, por supuesto, con otras manos de relojes finos. Eso era lo típico, de día, De noche, el cuento era otro.  Hombres y mujeres que ya no se cogían de la mano sino un poquito más abajo de la cintura. Hombres con hombres mostrando su amor con una especie de satisfacción épica. Mujer con mujer cogidas de la mano, apenas así, muy discretas. Sin éxito, solteros desdichados con tufo violento y voz enredada, implorando, de dama en dama, misericordia en la noche de copas.

Bogotá de noche en la zona rosa.

Captada por los ojos de José Jairo.

Una noche, estos ojos se clavaron fijos en una mujer saliendo del casino Rock and jazz. Eran las 2 de la mañana. En cuánto la vio, sus pupilas incendiadas de brillo rogaron impacientes que la mujer pidiera su servicio. Dio gracias al cielo en cuanto vio sus pasos dirigirse al taxi, a su taxi, el sonido de los tacones en el suelo le avivaban su aliento y cuándo entro la dama, el hombre ya tenía taquicardia. Buenas noches le dijo, José Jairo respondió el saludo, aunque no con elocuencia por eso de los nervios y es que la mujer si era deslumbrante, con esos ojos y esa sonrisa de dientes blancos y el hueco que se le hacía en los cachetes, pero lo que si hizo, lo que hizo fue acomodar el espejo retrovisor, mirarle las piernas que se le transparentaban por las medias veladas. Apenas, como un lejano susurro, la escuchó decir que la llevara a una dirección en rosales, lléveme a la 97 con 11, por favor, algo así dijo, y el hombre se fue despacio, alargando el viaje mientras daba rienda suelta a fantasías. La mujer lo notaba viéndola por el espejo, pero poco le importaba, al contrario parecía disfrutarlo porque se puso más coqueta, se acarició las piernas y tiró su cabeza hacia atrás inflando el pecho. José Jairo supuso que era prostituta, pero no, Es demasiado elegante, pensó después, tampoco era tan ingenuo para creer que la mujer se fijaría en él. Fuera o no prostituta.

A esa hora la ciudad era fluida, en la calle no había nadie excepto uno que otro ser deambulando como zombi.

– ¿ Y si ganó?- Por fin se animó Jairo-.

-No me fue tan mal, en este casino pierdo muy poquito, disculpe ¿le molesta que fume? y cruzó las piernas lentamente mientras él miraba.

-Ná.

Generalmente, José Jairo no lo hubiera permitido, pero en ese momento nada era grave. Incluso, si moría, si el cielo de repente lo llamaba, hubiera dicho gracias vida, estoy listo para morir sin inconvenientes.

-Lindos asientos. Nunca me había montado en un taxi con asientos de piel. Usted debe de ser un hombre muy elegante.

José Jairo tragó saliva.

– Hago lo que se puede, seño… señoorita

– Me iba a decir señora, ¿verdad?

– Pero solo por despiste, porque usted se ve joven.

Silencio.

El humo se ensanchaba por el interior del taxi. Cada vez que la mujer se disponía a inhalar, con el cigarrillo muy suave entre los labios, le lanzaba a José Jairo una mirada sugestiva.

-Y cuénteme…- dijo ella, buscando su nombre en la planilla que colgaba del asiento del copiloto-. Jaaiiroo José, ¿Qué signo es usted?

Él sonrió.

-Escorpión. ¿Y ud? Seño, señorita…

-Gloria, y soy géminis.

-Y ¿Cómo son los escorpiones?

-Son así, como usted.

José Jairo se sentía flotando en nube blanca de algodón. Entendía poco de ese juego, pero si soñaba, prefería no saber. Y optó por no pensar. En la bomba más cercana, sobre la carrera séptima, ella le dijo que se moría de hambre. Él no quiso parecer atrevido, le dijo que la esperaría con gusto pero ella le dijo que por favor, que no fuera bobo, que lo invitaría a una hamburguesa del corral.

Se bajaron del taxi. La noche estaba helada, una luna llena colgaba del cielo despejado. Adentro, José Jairo masticó con lentitud, cuidadoso de no abrir la boca cuándo hablaba. Ella en cambio apenas le dio un mordisco a la enorme hamburguesa que había pedido.

-Pensé que tenía hambre.

-Se me quitó de la nada, a veces me lleno con solo ver la comida.

-Por eso se mantiene en forma.

Sonrió. Y otra vez los dientes blancos, el huequito en los cachetes. Por poco se le iba el aliento al hombre.

-Cuénteme José Jairo, ¿qué piensa de la vida?. usted parece feliz, ¿Le gusta a usted su vida?

– Si señooo… señorita

-Me iba a decir señora otra vez ¿verdad? se me notan más los años bajo estas luces blancas como de interrogatorio.

-No, no es eso, sino que a veces yo soy como

-No importa, no quiero hablar de eso, más bien cuénteme qué opina de la vida

-Pues que si, que me gusta, para que le voy a decir que no mi doña, perdón, señorita

-Gloria, más bien, si ahora vamos en el doña me voy a deprimir, siga, me interesa saber..

-Ah pues que si doña Gloria, digo, señora, ¡ah! que bobo, señorita

-Gloria, a secas, me gusta más

-Gloooria, por Dios, qué tonto soy – Dijo José Jairo jalándose el pelo hacia arriba-.Me gusta la vida, si, si, no está mal. Y a usted, la suya.. ¿le gusta su vida?

– Qué importa, vamos en usted, y usted parece disfrutar su trabajo

-Cuándo hay mujeres como usted

Ella no dijo nada más. Se quedó con la mirada perdida en el infinito, y cuándo él se disponía a poner un tema menos trascendente ella lo detuvo, con las palabras en la lengua, y le dijo que por favor se callara, que quería silencio, que quería pensar.

Él no dijo más nada. Fin de la escena. En el taxi seguía su melancólica, pero el mismo, incluso más, atrevimiento en la forma de cruzar las piernas y de inhalar el cigarrillo mientras le lanzaba miradas fatales de deseo, por el espejo, a José Jairo. Confundido con porqués, se limitó a sentir.

-¿Le molestaría ir más rápido?

José Jairo aceleró con algo de furia, sintiéndose dueño del volante, de ella, del suelo, fascinado con la noche, con la luna y el cielo despejado hasta que llegó el momento que tanto temía. Justo en frente de su casa  lamentó la situación de despedida. Era el fin de lo más grato que le había pasado en siglos, pero justo cuándo se hundía en la incertidumbre,  la voz de gloria lo sacó a tierra firme, no, a cielo azul y le dijo

-Todavía no puedo llegar. No se supone que así sean las cosas. Todavía no puedo, no puedo…… -Siguió diciendo no puedo mientras volteaba su cabeza en  negativa-.

-Como usted quiera, ¿A donde vamos?

-No se, todavía no puedo llegar.

El motor se puso en marcha.

-Ande más rápido, se lo suplico, no hay tráfico y cosa rara el cemento está seco, siéntase dueño del mundo y hunda más el acelerador, hágale.

Volvió a lanzarle una de esas miradas preciosas. Al principio temeroso, pero luego inflado de valor fue acelerando cada vez más hondo. Ciego ante los semáforos atravesaba la ciudad a la velocidad de la luz. Ella le dijo que pusiera música y él puso los Rolling Stones (el cd lo tenía destinado para este tipo de público de la zona rosa). También le dijo que se dejara llevar, que lo notaba nervioso. El hombre dejó de ser   dueño de si mismo. Recorrieron la séptima rumbo al lejano norte hasta casi llegar al peaje de Chía. Justo hasta ahí ella le pide que se devuelvan.Pero justo en frente de su casa volvió a pasar lo mismo.-No se supone que sean así las cosas.-No entiendo

-No importa. Pero todavía no puedo llegar, vámonos.

Empezó a tocarse la cara, las manos, las piernas muy angustiada y temerosa.

-Sigamos por favor. Lléveme lejos, al sur si quiere, pero sigamos.

José Jairo, un poco confundido siguió andando. Tenía dudas, algo de reservas le nacía en las entrañas, brotaba en su intuición una pequeña alarma pero poco caso hacía, su atención toda dirigida a la mujer que le mostraba con indecencia las piernas. Y no solo eso, era mucho más, era mucho más lo que lo hacía cumplir sus palabras como si fueran órdenes, y así, el taxi se fue rumbo al sur, por la séptima, luego bajó a la caracas, subió unas cuadras, atravesó la candelaria, también las cruces, subieron más, hasta Egipto alto y la mujer se fue quitando la chaqueta, el saco, prendió un cigarrillo y abrió la ventana. El aire entraba glutinoso y apretado.Jairo José escondía su asombro. Si su exterior hubiera sido fiel a su emoción interna, el hombre debía de estar boquiabierto, ojos inmensos como platos, pero su forma de expresarse era discreta y no le gustaba teatralizar. Se fueron sumergiendo en calles espantosas. Un fondo siniestro mordía  las calles,  alaridos y pasos turbulentos se iban disolviendo entre la superficie nublosa de las tabernas. Personas nocturnas eran casi atropelladas por la velocidad del carro y gritaban hijo de puta, iracundos por la salvajada del taxista. Pero ella decía dale más, dale más rápido, y el no podía hacer otra cosa que hacer caso. Y así fue que siguieron andando por vientos arsénicos, túneles carnicientos, música ensordecedora, chispas de cables estropeadas, caras achicharradas, chillidos de ratas y aroma de orines. Se respiraba sensación de desdicha ajena.- Siga más, más rápidoY siguió más rápido. -Más, acelere más. Y aceleró un poco más.-¡Máaaaaaaaas!- Gritó, con un notable aullido de locura-. El sonido de las llantas chillando en el suelo.  Calles con basura. Gente nocturna de cara cadavérica aparecía de vez en cuándo. El hombre estaba palpitante, incendiado de adrenalina, hasta que sintió una punzada en el pecho y se asomó por el espejo a ver a Gloria. Pero estaba todo igual. Seguían, vertiginosos, por las calles, hasta que en un momento metidos en un callejón sin salida, José Jairo tuvo que frenar en seco para no chocarse contra un muro. Ella por poco da a parar en el vidrio de adelante, pero no pasó nada, sana y salva se volvió a acomodar en su sitio y a cruzar las piernas muy coqueta. Devuélvase por favor, le dijo, es hora de llegar a mi casa, por favor. Y volvió José Jairo a poner timón en dirección al norte, desde los rincones de ese barrio inédito, umbrío, hasta llegar a Egipto, bajar a las cruces, vuelta a la candelaria y carrera séptima rumbo a la casa de Gloria, por tercera vez.  Parados otra vez en la puerta de su casa José Jairo le escucha decir, casi en susurros «Qué raro, no se supone que deban terminar así las cosas».

Se vuelve a tocar la cara, las piernas, los brazos, su corazón sigue latiendo. «Qué raro» vuelve y dice una y otra vez. El desconcierto de José Jairo es aplastante, pero no dice nada. Muy rápido se baja del carro con la intensión de abrirle la puerta a la mujer, pero justo en ese instante, con él fuera del carro dirigiéndose a su puerta, a la de Gloria, una camioneta ford 4×4 veloz, con música a todo volumen se choca violenta contra el Hyundai Atos de Jairo. Gloria adentro y el hombre angustiado la saca llevándola entre brazos, alcanza a oírle, moribunda y temblorosa «ahora si, ahora si».

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