La voz del silencio

Por: Alejandra Garzón Valero*

La noche del 14 de septiembre de 2002, seis hombres armados del Bloque Central Bolívar, perteneciente a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), tocaron la puerta de la casa de Doña Libia, esposa de Félix Ortiz Vásquez, miembro de la coordinadora metropolitana de la población desplazada. Libia se levantó del sofá en el que se encontraba junto a su hijo menor, que para entonces sólo tenía dos años de edad, y giró lentamente la chapa de la puerta mientras los hombres empujaban con fuerza. Ellos entraron rápidamente a la vivienda. Dos de los seis paramilitares apagaron la luz, voltearon colchones y miraron debajo de las camas. Iban de un lugar a otro, guiados por la desesperación. Mientras ellos buscaban, el hijo de doña Libia lloraba de manera incontrolable tal vez por la oscuridad, dice ella, o quizás al ver a esos hombres encapuchados que no lograba reconocer.

Al parecer, el llanto del niño fastidió a uno de los paramilitares, quien rompió el silencio, diciéndole a Libia:

-Calle a ese hijueputa

-¿Cómo quiere que lo calle, si él lo que tiene son nervios? respondió ella.

El hombre que le había hablado, la cogió del pelo fuertemente y la golpeo, mientras otro buscaba algo desesperadamente. Uno de los paramilitares que se había quedado fuera de la propiedad, dijo:

– ¿Qué hacemos con estos hijueputas? ¿Los matamos?

-El otro hombre le respondió: No. Déjelos, él no está aquí. Entonces le preguntó a Libia ¿Dónde está él? (se refería a Félix)

-Inmediatamente, Libia respondió: Él no está acá, está trabajando en Puerto Boyacá con una empresa.

-A lo que el hombre contestó con una pregunta: ¿En una empresa de las Farc?

-No, él no tiene nada que ver con las Farc, él está trabajando, respondió ella, mientras los hombres golpeaban al niño con la cacha de sus armas.

-Minutos después, se dirigieron de nuevo a la mujer diciéndole: Bueno, mañana volvemos, y usted nos debe tener listo el informe de dónde está su marido, porque usted bien sabe dónde está.

Esta es una las de tantas veces que Félix Ortiz se ha escapado de la muerte. No sabe si la suerte lo ha acompañado o quizás, como dice él, es solo el destino que aún lo necesita vivo. La noche en que los paramilitares irrumpieron en su finca, a las afueras de Bucaramanga, él se encontraba en Bogotá. Desde hacía ya más de tres meses que había salido de Santander. Huyó por el rumor de que los paramilitares lo estaban buscando para matarlo luego de las negociaciones de paz que se adelantaron en el Caguán en 2001, de las cuales fue parte como representante de la sociedad civil. También salió al ver cómo sus compañeros de lucha de la coordinadora fueron cayendo uno a uno asesinados a manos de las AUC.

***

Félix Ortiz Vásquez, supera los 55 años, es padre de siete hijos, trabajador incansable, líder y defensor. Es aquella voz resonante en el silencio, en el que se ha tratado de ocultar el flagelo de la violencia. Su cabello ya está pintado de gris, su rostro mantiene una expresión fuerte: ceño fruncido, mirada penetrante y gorra siempre puesta. Él aparenta muchos más años de los que tiene. Quizás sean el resultado de todo lo que le ha tocado vivir, pero más allá de los sucesos trágicos de unos años “bien vividos”, es difícil saber a qué se refiere exactamente. Sin necesidad de preguntarle lo aclara, continúa diciendo que han sido bien vividos porque han sido años de una batalla justa, años en que nunca ha dejado de creer en el cambio. Se enorgullece al señalar que aún cuando ha tenido muchas razones para entrar a la vía armada, nunca lo ha hecho, pues cree firmemente que el objetivo de su lucha es el lograr que la guerra no persista. Ese deseo que tantos seres le ha arrebatado es también un esfuerzo para que se reconozca a las víctimas como personas dignas.

Luego de unos pocos segundos de silencio, lo miro fijamente y le pregunto: “Pero… ¿de dónde salió su determinación? ¿Qué lo llevó a convertirse en un líder de los desplazados, en un defensor de derechos?”. Inmediatamente la expresión de su rostro cambia. Pareciera que su corazón se llenara de un dolor inmenso ante los sucesos que me va a contar.

Empieza señalando que la situación en la que él vivía cambió radicalmente la tarde en que su padre fue asesinado por los paramilitares en la finca de la familia ubicada en Teorema, Norte de Santander, en 1986. Exaltado dice: “A mi padre lo asesinaron de la manera más cobarde, le pegaron 18 tiros, luego lo botaron en una carretera cerca de la finca, donde permaneció por casi tres días”. Ante este hecho, Félix y su familia hicieron las denuncias pertinentes, pero como suele suceder en este país, no se resolvió el caso. Además, el padre fue acusado de guerrillero. Entonces a Félix y a sus cuatro hermanos no les quedó más alternativa que vender la finca y salir de ahí. Cada uno arrancó a distintos lugares del país: él llegó a Barrancabermeja.

Cuenta que con la muerte de su padre se convenció más de que hay una batalla que dar. Así que cuando llegó a la capital petrolera de Colombia, se involucró rápidamente con la lucha sindical de los trabajadores y se vinculó a la coordinadora popular. Montó un taller de publicidad donde se hacían pancartas contra el abuso a los trabajadores, así como propaganda del desaparecido movimiento de la Unión Patriótica (UP). Durante el tiempo en que vivió en esta ciudad, los paramilitares empezaron a penetrar fuertemente en la zona. Con esto vino el asesinato de varios líderes de la coordinadora, gente que había trabajado con él. “Empezó una serie de asesinatos de compañeros que han estado al lado de uno. Hasta que le llega a uno”, asegura.

De pronto Félix deja de hablar, guarda silencio por unos segundos. Cuando lo miro abre los ojos y me lanza una mirada fuerte. Me dice que las masacres que ocurrieron en Barrancabermeja fueron dirigidas por el comandante de la Cuarta Brigada de Puerto Berrío. “Fue la armada nacional quien mató al ´compañero´ Manuel Gustavo Chacón, ese ilustre dirigente. Luego del asesinato de este querido amigo, tuve una conversación con el jefe de policía de Barrancabermeja, el cual se atrevió a decirme que a mí hay que acabarme sin testigo”, señala Félix mientras su mirada fija delata la rabia en su interior.

En 1999 llegaron a Bucaramanga, donde intentaron recuperarse. Él sonríe mientras cuenta que luego de establecerse en la cuidad, fundó junto con otros compañeros la Coordinadora Metropolitana. Tan pronto como esta se puso en funcionamiento, se empezaron a sentir las acciones de varias partes de la sociedad que buscaban acallar su voz. Pronto estas acciones constituyeron una persecución total y nefasta contra los amigos, la familia y todos los miembros de la coordinación. Fue una época de angustia, especialmente por la crueldad con que se asesinaba y torturaba a sus compañeros.

Como grupo siempre trabajaron con Pastoral Social Bucaramanga, concretamente con el sacerdote Fabio, quien se reunió con ´Camilo´, comandante del Bloque Central Bolívar de las AUC. Le pidieron que cesaran los crímenes contra la coordinadora, pues solo se trataba de muchachos defensores de derechos. La respuesta fue insensible: “lo único que puede hacer usted, es decirle a esos hijueputas que se abran porque ya está lista la gente que los va a matar”.  Ese mismo día Félix se montó en un helicóptero junto a su hijo mayor y dejó atrás a su familia, sus ahorros, su tierra, su lucha y los compañeros que habían caído por sostenerla. Nuevamente se encontraba huyendo sin más que lo que llevaba puesto a un lugar donde no conocía a nadie.

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Bosa es quizás una de las localidades más peligrosas de Bogotá pero a la vez es uno de los lugares que más alberga a miles de familias desplazadas que llegan diariamente a la ciudad. La vía por la cual se llega a la vivienda de Félix es una calle destapada con múltiples cables de luz que cubren el cielo. Al llegar veo dos entradas. Una me dirige a un pequeño salón, el cual tiene por todo lado ropa y una gran cantidad de zapatos. Félix me explica que lo que veo es un pequeño almacén que posee, pero no se trata de cualquier almacén. Aquí toda la ropa tiene una misión: beneficiar a los más necesitados de la zona, puesto que los precios de venta oscilan entre los mil y tres mil pesos.

Asombrada por lo que escucho y veo, le pregunto por el origen de las prendas. Me explica que una parte son donaciones, pero que la gran mayoría la compra usada y todos en casa se encargan de restaurarla para que sea útil nuevamente.

Nos dirigimos a la sala de su humilde hogar que algunos días es el lugar donde se desarrollan las actividades de la fundación ´Barrio Adentro´. Parte de su labor social es el almacén, así como un trabajo con niños y adolescentes de la zona, haciendo uso de la música y la danza, entre otras actividades.

Desde hace 8 años vive en Bogotá. Llegó un abril. El resto de su familia en septiembre, luego de escapar de los paramilitares. Félix recuerda que al llegar acá la persecución no se detuvo. La primera noche de su llegada fueron sorprendidos él  y otros de sus compañeros de la coordinadora por el Ejército que llegó a una casa en el barrio San Vicente (Tunal), donde se encontraban y se llevaron a uno de ellos con orden de captura en mano.

Dos días más tarde se comunicó con el padre Carlos Julio de la comunidad de los Claretianos. El religioso que conocía la grave situación de persecución a la que Félix se había enfrentado a lo largo de varios años, le dio resguardo durante un año en el convento. Luego de salir de allí, Félix consiguió la casa en la que vive y reactivó sus labores como líder de los desplazados.

A lo largo de estos años se ha destacado como un líder recto. Ha liderado varias tomas que y son muchos los atentados que le han hecho. Sin embargo, esto no ha hecho que deje de denunciar y de ayudar.

Asegura que Acción Social ha tratado de persuadirlo con la promesa de darle un poco más de dinero si deja la lucha a un lado. Una tarde llegó una funcionaria para hacer la usual visita y revisión a la casa de los desplazados:

-Ella le dijo a Félix: Uy, Don, pero usted vive muy bien.

-A lo que él le respondió: ¿Qué esperaba?, ¿luego tenemos que vivir como ratas para que se nos reconozca el dinero que por ley nos pertenece?

-La mujer lo miró con cara de asombro y le preguntó: ¿usted quién es?

– ¿Qué quién soy? Yo soy un ser humano, víctima del desplazamiento, víctima de la violencia. Y ahora víctima del Estado.

 

*Estudiante de Comunicación Social y de Ciencia Política.