Aguijones contra la mediocridad imperante

En la Revista Semana del 30 de julio al 6 de agosto se encuentra un artículo titulado Asesinos por imitación (http://www.semana.com/cultura/caso-james-holmes-asesinos-imitacion/181667-3.aspx). Éste  se basa en la llamada “masacre de aurora”, donde James Holmes disparó y asesinó a doce personas en el estreno de El Caballero de la Noche asciende. A lo largo del texto se hace un recuento sobre los hechos, del perfil del asesino y sobre otros casos de donde el victimario dice basarse, o “inspirarse”, en literatura o música para llevar a cabo sus macabros actos. Además del contenido hay dos elementos llamativos en el artículo: el primero es que se encuentra bajo la sección de cultura y el segundo es que se plantea la siguiente pregunta: ¿Por qué en Estados Unidos?
 


Imagen sacada de la Revista Semana

Antes de suspirar y pensar “gracias a Dios eso no pasa aquí” hay que preguntarse ¿Por qué se encuentra este artículo en Cultura? ¿Dónde está lo cultural? ¿Es acaso un síntoma de la decadencia de la cultura estadounidense causada por el entretenimiento? ¿Acaso los asesinos estadounidenses son más cultos que los asesinos colombianos porque antes de cometer su actos vieron una película, oyeron una canción o leyeron un libro?  Más aún, ¿la violencia se puede tipificar a través de una cultura? Ahora, la pregunta ¿Por qué en Estados Unidos? puede generar una sensación de seguridad en el lector colombiano. Como si este tipo de eventos ocurrieran únicamente en el país del norte, y no en la cotidianidad de este país. No obstante, pensando de este modo se podría incluir en este “tipo” de actos violentos a  la “Masacre del  Pozzeto” y a Campo Elías Delgado, quien  habría estado motivado (o bajo la “influencia”)  del libro El Extraño Caso del Doctor Jekyll y el señor Hyde, escrito por Robert Louis Stevenson. Pero una masacre no es más loable que otras por ser cultivada desde las letras o la música, no obstante, sí es más llamativa para los medios de comunicación. Este ruido que se genera sugiere que en este país no suceden masacres, y se evade que la historia en Colombia está cimentada en matanzas y guerras, por la desigualdad, la corrupción y el arraigo y proliferación de ideologías que se han buscado erradicar por ciertos grupos sociales. Por fortuna, hay artistas que han plasmado y retratado en sus obras duros episodios de la historia nacional, que no obviaron una realidad y reflexionaron sobre ella desde la plástica. Débora Arango es una de ellas.

Esta artista antioqueña se enfrentó a una sociedad conservadora con sus acuarelas de mujeres desnudas, y sus obras que satirizaban el ambiente político y social de las décadas de 1940 y 1950. El desnudo es un elemento clave en la obra de esta artista, puesto que fue la primera mujer en abordar el cuerpo femenino ante un vasto rechazo social. Débora Arango luchó contra el clero que amenazó con excomulgarla, se alejó de sus maestros Pedro Nel Gómez y Eladio Vélez por falta de apoyo, buscó aprender la técnica del mural en México (país donde su obra sí fue valorada) hasta que tuvo que regresar a Colombia para cuidar de su padre quien se encontraba enfermo. La sociedad goda empujó su obra al olvido, a pesar de sus luchas, sin embargo, ésta empezó a ser reconocida en años posteriores: “A partir de entonces, y como si Colombia despertara de un largo y tortuoso letargo, la obra de Débora Arango empieza a ser admirada y estudiada en su verdadera dimensión  histórica, ética y estética. Una avalancha de premios y homenajes, quizás un poco tardíos, conmueven el alma de Débora. A lo que ella sonríe porque recuerda lo que un día predijo: que el medio cambiaría y se haría más comprensivo.”[1].Es una lástima que esto último no sea cierto en su totalidad, pues el medio aún no se ha hecho más comprensivo; solo hay que pensar en el procurador Alejandro Ordoñez y la forma en que obstaculiza los derechos de las mujeres con diatribas morales. No obstante, hasta sus últimos años Débora continuó con un ojo crítico a pesar de las adversidades, tal como lo expone Ángel Galeano H.: “Débora ha llegado a sus noventa y siete años con la rebeldía intacta. Sus declaraciones siguen siendo aguijones contra la mediocridad imperante, tal como hace casi 70 años cuando escandalizó a los más conservadores y timoratos con sus desnudos.”[2]

En el Museo Nacional de Colombia se exhibe hasta el 19 de agosto Sociales, Débora Arango llega hoy (http://www.museonacional.gov.co/sites/debora_arango/). La exposición presenta a la antioqueña desde dos ángulos: “lo social” y “la social”. “Lo social” hace referencia al ámbito político y social de país, y “la social” muestra los retratos que hizo la artista de sus amigas de la sociedad de Medellín. Esta división es evidente en la distribución de las obras: “lo social” está dispuesto a la altura del espectador, mientras que “la social” se encuentra arriba. Esto es explicado en el texto curatorial: “Es así como resultan dos niveles de lectura evidentes en la sala: el primero está subscrito a la idea de “lo social”, implícita en los fenómenos sociales de base y sustento de nuestra identidad. En un segundo nivel se ubica “la social”: retratos de amigas, compañeras y conocidas de la artista, mujeres de alta sociedad que contemplan lo que ocurre abajo, una puesta en escena que se vale de la metáfora de clases para ubicar lo sucedido y lo permanente en esta sociedad”[3]. Sin embargo, tanta metáfora está en contra de la visibilidad de las pinturas. Es una lástima que el visitante no pueda acercarse a observar, detallar y señalar cómo se diferencia el  trato pictórico de “lo social” y  “la social”.
 


Foto tomada por Andrés Pardo en la exposición
 
 
Entre las acuarelas y las pinturas que se pueden detallar de forma más cómoda  se encuentra  Masacre de 9 de abril. Ésta, como se puede deducir por su título, hace referencia a los hechos ocurridos en el país tras el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán. Es importante detenerse en el título, no se llama El Bogotazo, puesto que fue un acontecimiento que generó violencia a lo largo y ancho del país, no sólo en la capital, como lo plantea David Bushnell[4]. De esta forma, la artista no localiza la violencia, como si se tratara de cuestiones que atañen una región o una ciudad específica. En esta acuarela la perspectiva y una proporción correcta de la anatomía no son esenciales, la antioqueña se deshace de esos conceptos. No significa que ésta sea una mala obra (es común concluir que una obra es buena o mala dependiendo de la fidelidad que mantenga de  la realidad), pues su fuerza está en el manejo de los materiales y la expresividad de los personajes.

El lugar que se representa en la acuarela Masacre de 9 de abril parece ser una iglesia. En el campanario una mujer con los senos visibles toca las campanas, mientras que un monje busca refugio entre las piernas de ella. En la parte derecha otro monje desciende del campanario con ayuda de otros, sus piernas quedan expuestas al aire al intentar alcanzar una escalera, mientras que otros monjes observan el descenso. En la parte superior izquierda unos soldados asesinan a otros personajes, mientras que en la parte inferior izquierda un cuerpo (o mejor casi un esqueleto) es arrastrado por otros hombres. Esto último puede hacer alusión a Juan Roa Sierra, quien fue el presunto asesino de Gaitán y quien murió luego de ser linchado. En el centro de la acuarela un cuerpo es cargado en una camilla por otros personajes que sonríen y gritan con júbilo mientras alzan sus armas (en una está escrito: Viva Gaitán).
  


Imagen sacada de http://www.museonacional.gov.co/sites/debora_arango/galeria/index.html
 
Es extraño que un evento tan violento sea tratado mediante la acuarela, técnica que requiere de gran detalle, cuidado y sutileza, donde aguadas finas van componiendo figuras grotescas. Hay que detenerse en la técnica, así como la misma Débora lo hubiera preferido, tal como lo expresó en una entrevista publicada en el periódico El Liberal de octubre 3 de 1940: “yo hubiera querido que las criticas de entonces –y las de ahora y las de después-se refirieran a mi manera de pintar, a mi técnica, a mi arte, en una palabra; pero, por desgracia, todo el furor se estrelló contra los temas.”[5]Débora usó un medio suave para tratar temáticas duras. A diferencia de sus pinturas, en sus acuarelas se detallada un trazo que parece más intuitivo, se observan figuras que no están encerradas por una línea. Por ejemplo, en una acuarela, un ojo puede ser una mancha que se sale de la cara, mientras que en las pinturas todo está contenido dentro de los límites de la línea. Una forma clara de observar esto es aislando dos personajes de una pintura, Los que entran y los que salen de 1944, y de una acuarela, Paz de 1957. El personaje en ambas es similar: un hombre con tez verde, dientes afilados, orejas puntudas, y pelo que cae sobre a frente. Sin embargo, en la acuarela (recuadro derecho) se observa una pincelada más libre, mientras que en la pintura (recuadro izquierdo) se detalla una pincelada contenida dentro de los límites del contorno.


Foto tomada y montada por Andrés Pardo
 
Con esta exposición se pone en evidencia para las generaciones más jóvenes, y para aquella generación contemporánea a Débora Arango que no pudo ver sus obras por la censura y rechazo social, la calidad de una artista para quien el arte no tenía nada que ver con la moral (como ella misma expresó). Artista que plasmó en su obra una época de violencia que no ha terminado, y que ha sido olvidada y obviada por artistas más jóvenes, tal vez por considerarse una temática anticuada.
 
 
 
 

 


[1] GALEANO H.,Ángel. El arte, venganza sublime.Bogotá:Panamericana; 2010, p. 105.

[2] Ibid., p. 106.

[3] Texto situado en la entrada de la exposición.

[4] BUSHNELL, David. Colombia una nación a pesar de sí misma.En:El 9 de abril. Bogotá. 2000 .p. 278.

[5] Texto de El Liberal de octubre 3 de 1940 expuesto en la muestra.