Tan exagerados

Disclaimer: Catalina es una gran amiga mía. ¿Influye eso en lo que voy a escribir? Por supuesto. Si ella no fuera mi amiga, mi opinión sería exactamente la misma, pero no la estaría compartiendo porque no me importaría ni poquito todo lo que ocurrió a partir de su columna sobre Miley Cyrus. Escribo porque soy su amigo, pero escribo lo que escribo porque es que pienso.

Quisiera comenzar con una pregunta: ¿Cuál es el punto crítico de esta discusión? Como suele suceder cuando una polémica se da entre muchas personas, el desacuerdo abarca más que las afirmaciones de los unos y los otros: ni siquiera se puede decir con certeza qué es lo que se está discutiendo. Yo quisiera poner el énfasis en el lugar que ocupa el plagio dentro de nuestros preceptos morales porque creo que sólo así se explica el tono que ha tenido la discusión. Sin embargo, me siento mal si me salto el camino hasta allá. El plan entonces es el siguiente: primero voy a hacer un recuento de la discusión y luego pasaré al punto que en verdad me interesa.

La historia va así. Catalina escribió una Columna que se parece demasiado a otra columna escrita por Lisa Wade. Ella explicó que cometió el error de no citar y que fue  por descuido, no por mala fe. También corrigió el texto que inicialmente salió publicado e incluso se puso en contacto con la propia Lisa Wade para ofrecerle sus disculpas y contarle lo que pasó. Wade lo contestó que todo bien y le envió una carita feliz. Sin embargo, mucha gente piensa que la historia que cuenta Catalina es una mentira para salvar su reputación. Se diría que hay que revisar el texto y así se resuelve la discusión, pero la lectura del mismo ha arrojado tantos resultados como combinaciones posibles había.

Es tal la disparidad entre interpretaciones que todos cuestionan las motivaciones de los demás. A los indignados los acusan de odiar a Catalina y de leer con mala fe. A los defensores, de apoyarla incondicionalmente. Yo añadiría que esta diversidad de opiniones se explica sólo parcialmente cuando se habla de la motivación de los involucrados en el debate. Es verdad que Catalina tiene sus groupies como también tiene sus trolls. Pero, más allá de este hecho, el punto sería que cada cual traza su propio límite entre lo que es plagio y lo que es inspiración. Más aún: cada cual le da mayor o menor importancia a la propiedad intelectual. Por eso el mismo texto se presta como evidencia para sostener distintas posturas.  Los que no le creen a Catalina privilegian dos frases infames (las que irían luego entre comillas) y privilegian el hecho de que ambos textos, el suyo y el de Wade, comparten una línea expositiva. Yo no le doy tanta importancia a esto último porque esa estructura respeta la cronología de lo que se habló acerca de Miley Cyrus en el mundo de la farándula. Tanto Catalina como LIsa Wade dicen primero lo primero y segundo lo segundo. Tampoco le doy importancia a esas dos frases porque le creo a Catalina cuando dice que fue un error.

Por el otro lado, los argumentos a su favor son dos. Primero, que el texto en cuestión está lleno de frases y opiniones que son muy propias de Catalina, como lo señala Miguel Iriarte. Eso reduce la acusación de plagio a proporciones que se escapan de cualquier marco legal. No cabe duda de que ella escribió esa columna. El cargo en su contra sería entonces no querer que los demás supieran de dónde fue que sacó un enfoque en particular. Y justamente allí es que cabe el segundo argumento. Resulta que el nombre de Lisa Wade es mencionado dentro del artículo de Catalina en su versión original. A mí ese punto me parece contundente y creo que Catalina lo expone muy bien:

Lo más frustrante de toda la historia es que el nombre de Lisa Wade sí aparece en el artículo en la versión original que publiqué, con lo cual la acusación de plagio resulta doblemente ofensiva. Cuestionan mi integridad como periodista, pero además me creen lo bastante imbécil como para plagiar un texto y mencionar al autor que lo escribió. Entiendo que la verdad no es suficiente cuando las circunstancias parecen indicar lo contrario. Entiendo que es un problema de confianza y que no le puedo pedir a todos que confíen en mí. Pero, por favor, si no creen que soy honesta, al menos no piensen que también soy estúpida. Dicho de otra manera, si fuera la experta plagiadora que están pintando, el sólo hecho de haber mencionado a Lisa Wade debería ser suficiente para que me den el beneficio de la duda.

¿Y se le dio el beneficio de la duda? Algunos parecen haberse calmado después de leer su respuesta, pero hay otros que están todavía más indignados. La polémica tomó un nuevo aire porque Catalina, en el mismo texto que acabo de citar, planteó una reflexión sobre el carácter colectivo de la creación de ideas. Ahora dicen que ella se está escudando en que la cultura es un cadáver exquisito. Es claro que la racha de malentendidos continúa. Parecen no haber notado que el texto en el que Catalina pide disculpas y reflexiona sobre el carácter colectivo de las ideas está claramente dividido en dos partes. En la primera, Catalina pide disculpas y, en la segunda, reflexiona sobre el carácter colectivo de las ideas. El lector perspicaz puede constatar este hecho si se fija en que la primera parte está precedida por el número «uno» y la segunda parte está precedida por el número «dos». Pensaría que sobra la aclaración pero resulta que no. No importó que Catalina hubiera dedicado una página entera a reconocer que cometió un grave error. No importó tampoco que la segunda parte fuera introducida como una forma de aportar algo a la discusión. La gente leyó lo que quiso leer: que Catalina es incapaz de aceptar que debe suicidarse.

Por supuesto, estaba cantado que eso iba a pasar. Sólo había que mirar la trayectoria moralista que ha tenido el debate para anticipar este resultado. «¿Catalina entra al paredón y justo en ese momento le da por cuestionar las reglas del juego? Qué conveniente». Es obvio que la reflexión que ella propuso busca atenuar la gravedad de su error. El matiz que se pierde cuando la acusan de evadir su responsabilidad es la diferencia entre una reflexión conveniente y una pertinente.

¡Por fin llegué adonde quería!

Sí, las ideas son de todos. Sí, es muy difícil definir lo que es plagio. Y sí, eso viene al caso, no sólo porque es un tema muy interesante, sino también porque muchos quieren expulsar del juego a Catalina cuando lo que se merece es una tarjeta amarilla.

No creo que este texto llegue a toparse con lectores que me vayan a discutir el hecho de que las ideas que tenemos no son más que un remix de las ideas que otros han tenido. Pero, por si acaso, les ofrezco algo mejor que citas: links. Si quieren algo ligero, esta serie de videos es absolutamente espectacular y está llena de ejemplos de «plagio» que celebramos, como estos de Led Zeppelin:

Si quieren algo que les dure más tiempo. Acá encontraran a Matt RIdley argumentando que, para dar una explicación de nuestro vertiginoso ritmo de cambio, tenemos que hablar del intercambio de ideas. Los estoy mandado a una TED, pero lo que en verdad recomiendo es el libro del que sale esa charla. Finalmente, para los que quieran la carreta en términos teóricos, acá está Susan Backmore llevando hasta extremos fascinantes el concepto de memes que propuso Richard Dawkins. El resumen es que la evolución de la cultura no es una metáfora sino un hecho, y nosotros somos un vehículo híbrido que transporta tanto memes como genes. Nuestro papel como autores es semejante al papel que tiene el desierto como autor de camellos.

Ahora bien, no estoy diciendo que deberíamos abandonar la figura del autor. El sistema de citas y referencias que tenemos nos permite organizar las ideas y obedece a la sorpresa que todos hemos sentido cuando nuestro propio pensamiento llega a lugares antes desconocidos. En un plano teórico, es claro que todas las ideas «nuevas» son más bien el resultado de asociaciones que estaban prácticamente en el aire. Pero, en el plano vivencial, nos sentimos muy orgullosos cuando la evolución de la cultura ocurre justo detrás de nuestros ojos. Toda idea nueva es una idea que era obvia segundos antes de aparecer, pero sigue siendo más fácil repetir exactamente lo que otro acaba de decir que repetir algo ligeramente distinto. Sin duda cuesta menos tiempo, y el tiempo —como bien dicen por ahí— es dinero.

En su reflexión sobre este tema, Catalina dice que nosotros le ponemos precio y le asignamos dueño a las ideas de forma arbitraria. Yo no estoy de acuerdo. Creo que en esa frase Catalina confunde la causa por el efecto. No son nuestros modelos económicos los que nos invitan a pensar en términos de propiedad intelectual; es la experiencia de tener una idea propia la que nos lleva a defender ese tipo de modelos económicos. Nos sentimos apegados a nuestras ideas porque, aunque el pensamiento se manifieste en nosotros, desde nuestra perspectiva la experiencia de pensar se siente al revés. Todavía decimos que «salió el sol» por una buena razón.

Como verán, mi intención no es elaborar un discurso postmoderno para decir que Catalina está en la vanguardia cuando comete el error de no citar en sus textos. No, la reflexión que quiero compartir es mucho más humilde: hay que bajarle el tonito santurrón y moralista al tema del plagio. Podemos vivir con la contradicción de alimentar nuestro pensamiento con las ideas de los demás y decir que es nuestro. Vale. Pero no olvidemos que es una contradicción, especialmente cuando queremos castigar a alguien. Los juegos tienen reglas y dar crédito a los demás (cuando no podemos maquillar una ideas para que parezca nuestra) es la regla de nuestra producción intelectual. Pero, si el crédito en el fondo es de todos, es obvio que nos vamos a seguir topando con este problema. Por eso digo lo de la tarjeta amarilla, porque no podemos jugar un deporte de contacto y esperar que no haya faltas.

Cuando los lectores de Catalina asumen el papel de los indignados actuan como si el daño fuera irreparable. Dicen que repetir ideas es como robar cosas, pero esta analogía es pobre cuando menos. Los objetos tienen un límite claro que nos permite saber dónde comienza y dónde termina una cartera; los podemos medir, los podemos pesar, los podemos contar. Las ideas no son así. Estamos obligados a trabajar con límites difusos y tenemos que aprender a leer contextos para determinar si nos debería llamar la atención un caso en particular. Hay casos, como éste, en que el autor no se siente agredido. Hay casos, como éste, en que no es claro que hubo plagio. Hay casos, como éste, en el que rectificar es fácil y nadie pierde plata. Hay casos, como éste, que nos deberían tener sin cuidado.

Cierto es que siempre existe un contrato tácito entre el autor y el lector. Entre otras cosas, el autor promete sin decirlo que la obra tiene sentido y también que es original. Todo esto a cambio de atención. En la mente de muchas personas, Catalina rompió ese contrato y, consecuentemente, se sienten ofendidos, La pregunta que inmediatamente surge es si ella cometió esa falta intencionalmente y el hecho de que la respuesta no sea obvia debería invitarnos, como ella misma dijo, a darle el beneficio de la duda. Sin embargo, por el puro ejercicio argumentativo, supongamos que lo hizo intencionalmente. ¿En serio les parece tan grave?

Todos, absolutamente todos, cometemos este crimen cotidianamente. Repetimos las opiniones que le oímos a otros como si fueran nuestras porque eso nos hace parecer más inteligentes ante nuestros amigos. La diferencia está en el contexto, claro, pero la diferencia no es tan grande como para pasar de la risa a la crucifixión. Cuando pillamos a alguien robando una idea en una conversación nos burlamos como si estuviéramos contemplando una caída aparatosa. Creo que sería mucho más maduro de nuestra parte si nos pudiéramos reír también cuando pillamos a un profesional en ésas.

Ya escucho las objeciones de ustedes. «¡Nada de risa. Es un problema de principios!» Bueno, pero les pregunto: ¿Por qué? Si la razón es que el mundo colapsaría si no respetamos la propiedad intelectual o que cada cual se merece el reconocimiento que le corresponde, les diré que no sean tan dramáticos ni tan ingenuos. La propiedad intelectual es un juego que consiste en distinguir entre las ideas que relacionamos para producir otras parecidas y las ideas que simplemente repetimos como loros. Hay casos más claros que otros, como cuando alguien copia un texto palabra por palabra. Hay contextos más delicados que otros, como la academia. Si Catalina se hubiera ganado un premio Nobel con esa columna, se justificaría este nivel de indignación. Pero no. Ni cerca. ¡Era una columna en Pulzo! —¿A lo bien no les da un poquito de risa?—. Mi punto es que la propiedad intelectual es importante pero no sagrada. No deberíamos crucificar a los infractores y menos cuando ni siquiera estamos seguros de que hicieron trampa.

Escucho más objeciones: «¡Pero necesitamos que se respete la propiedad intelectual para que haya pensadores profesionales!» Mi respuesta a eso es que Catalina sí respeta las reglas del juego. Incluso si suponemos que lo hizo adrede, las respeta cuando pide disculpas. Quien se toma el trabajo de hacer trampa en secreto, respeta las reglas. La institución de la propiedad intelectual como tal está a salvo, no se preocupen. Pero más allá de esa disputa sin fin sobre sus intenciones, lo que de verdad debería importarnos es que Catalina ha escrito cientos de columnas que demuestran su respeto por las reglas y, la única vez que ha fallado, aceptó su error.

«¡Pero no merece ser una columnista profesional!» Si en serio creen eso, están olvidando qué es lo que distingue a un profesional de un aficionado. No es la plata que ganan y ni tampoco la seriedad con que se toman las cosas. Es la consistencia de sus resultados.Todos podemos tomar fotos espectaculares, pero un fotógrafo profesional conoce su oficio lo suficiente como para ser más consistente que el resto y por esa garantía es que le pagan. Catalina es profesional porque ha demostrado que es capaz de producir textos interesantes y originales regularmente. Si ella no se tomara las cosas en serio, no podría sostener ese ritmo. La seriedad, sin embargo, es un problema secundario.

En definitiva, no hay ninguna razón para juzgar a Catalina con la crueldad con la que la juzgan. Dudan de su palabra a pesar de que no la conocen. Se apresuran a suponer que fue plagio a pesar de no es fácil hacer esa distinción. Describen el episodio como el peor de los crímenes a pesar de que ni siquiera hubo víctima. Creen que ella está atentando contra la institución de la propiedad intelectual a pesar de que hizo lo que tenía que hacer: pedir disculpas y rectificar su error. Cuestionan su profesionalismo a pesar de que ha demostrado que es capaz de escribir columnas de alto nivel de forma consistente. Y, ¿todo esto para qué?

El día de mañana Catalina seguirá publicando y, si mantiene la trayectoria, sus columnas serán cada vez mejores. Tendrá sus descaches, de eso no cabe duda, pero ninguno será tan grave como éste, que no lo fue tanto. Quienes decidieron que no van a volver a leer lo que ella escribe pecan por ingenuos, por moralistas, por hipócritas, pero, lo que es más lamentable, se van a perder de muchos textos interesantes y de uno que otro maravilloso.

  • No alcanzo a ser Santi

    Jajajaja el gordo más imbécil que conocí. ¿Escribes esto porque piensas…? ¿Porque piensas que repitiendo hasta la saicedad -a manera de credencial académica- que eres el hijo de la farandulera Diana Uribe tienes alguna clase de superioridad intelectual y ese es el mayor mértio de tu vida? Jajajajaja. Mi madre no vende humo, sino verduras, ergo no me da para ser tú, con tu “tonito” amoral. Lo siento; por eso no publico y ahora te rajo desde el anonimato. Además, es que tanto talento para “pensar” y “argumentar” sólo puede caber en un cuerpo tan enorme y yo soy débil en todos los sentidos que te puedas imaginar y también en los que no. Asimismo, gran parte de la gente que te rodea. Tú sí que sabes irte lanza en ristre contra los mojigatos, púdicos, sesgados y obtusos que osan ejercer, de manera mezquina, tu misma actividad genérica que es PENSAR. Y lo haces en esta clase de portales, hay que agregar. Pero ¡Es una columna en HojaBlanca, el pasquín virtual de la misma CatalinaPorDios que defiendes, otra adalid del argumento sólido y nada ligero (?)! -¡”A lo bien” no les dará un poquito de risa a tus lectores(excluyendo a tu mamá y a tus amigos. Ellos no valen)? Mi punto es que eres el rey del universo porque juegas go en Colombia, piensas mucho y tu intelecto ha crecido en proporción formal y material a la manera como ha crecido tu estructura osea. Sigue pensando así y que cada palabra tuya ilumine las mientes de los insensatos y pobres de espíritu como yo. Amen.