Sobre la naturaleza del debate de la homosexualidad


Bandera gay.

Prefacio 

En este momento, usted está leyendo las palabras número diez, once y trece de un texto que tiene seis mil ochenta y tres. Tan largo es este escrito que me puedo dar el lujo de hacer una introducción en la que digo que es muy largo y eso casi no altera su extensión. Quedan advertidos.

Esto es un manual de esgrima, al menos en sentido figurado. Se recopilan las posturas discursivas que articulan el debate en torno a la homosexualidad. Podrán encontrar una lista de ideas que se utilizan para defender la homofobia y los argumentos correspondientes que sirven para derrotar esa postura. Con un poco de suerte, habrá también una sorpresa al final.

Ahora bien, de algún modo u otro, los puntos acá consignados podrían servir para considerar asuntos no sólo de la L y la G, sino del resto de la sigla LGBTTI. Sin embargo, no menciono ni una vez la existencia de gente bisexual, transexual, transgénero o intersexual. Mi ejemplo más recurrente es la relación homosexual entre dos hombres. Por demás, me fue imposible no entrar en el juego de las etiquetas. Utilizo casi indistintamente los términos gay y homosexual, además uso expresiones como «los homofóbicos» y «las comunidades homosexuales», sin más. Elegí escribir de esta manera en aras de la comodidad expositiva. Espero que puedan disculparme.


Publicidad de lanas.

Las reglas del juego 

Hay que considerar, antes que otros, los puntos de vista religiosos. Esto se impone como una prioridad porque los argumentos de este tipo apelan a una jerarquía en la que deberían ser lo más importante. En efecto, si Dios existe, si se comunica con nosotros a través de las Sagradas Escrituras y si, además, las hemos interpretado correctamente, entonces prohibir la homosexualidad sería justo dado que la Biblia dice que está mal. Afortunadamente, estamos hablando de tres condicionales enormes  y no se sabe bien cuál de ellos implica un salto más brusco. Por un lado, no hay forma de demostrar que Dios existe o que su existencia es siquiera probable y, por el otro, tampoco es posible demostrar que la Biblia refleja Su voluntad o que una interpretación de la misma es mejor que otra. Aquellos que creen en el dios judeocristiano no parecen tener problemas diciendo que está mal lapidar a una mujer adúltera. En ese sentido, no veo porqué no hacer una omisión similar y decir que tampoco está mal ser homosexual; en ambos casos es preciso ignorar pasajes muy explícitos de la Biblia. Todo esto me lleva al asunto central y es que, en últimas, la razón por la que no podemos regirnos por principios religiosos es que, incluso si todo el mundo creyera en Dios, no podríamos ponernos de acuerdo al momento de especificar Su naturaleza y mucho menos al momento de interpretar Su mensaje. No es posible generar acuerdos sin sacar a Dios del camino porque la Biblia no se deja interpretar literalmente. A veces es demasiado violenta y a veces demasiado críptica. Entiendo que debe ser difícil para una persona religiosa ver con impotencia que la ley permite pecados que la Biblia condena. Pero, a manera de experimento mental, supongamos que un tal Francisco conoce la verdad absoluta sobre el universo. La cuestión es que el Estado laico, al tiempo que obstruye la verdad de Francisco, lo protege a él y sus a sus ideas de otras personas también religiosas. A diferencia de Francisco, éstas no tienen la verdad pero, al igual que él, quieren imponerse.  En definitiva, un Estado laico no sólo protege a los ateos de los religiosos; protege a los religiosos de otros religiosos.

Listo: hemos completado un pequeño paso para este texto pero un gran salto para la humanidad. En el marco del Estado laico, todas las ideas que se quieran defender deben contar con argumentos cuya base no implique actos de fe. Las personas homofóbicas tienen que dar razones para justificar leyes que las comunidades homosexuales desean cambiar. O, si se quiere que lo diga al revés, las personas homosexuales deben dar razones que pongan en evidencia el carácter inadecuado de las leyes actuales. La regla de este juego es que los argumentos tienen que apoyarse en el principio que articula nuestro marco legal. Aquel que dice, palabras más o menos, que la libertad de una persona se extiende hasta donde comienza la libertad de otra.


Ángel y demonio.

Lo bueno, lo malo y lo neutro

Hay personas que piensan que no se puede ser gay y buena persona. Esa idea es una petición de principio. Se puede ver claramente la trampa detrás de esta postura porque nos invita a pensar, de entrada, que si los homosexuales hacen cosas buenas es a pesar de ser homosexuales y si hacen cosas malas es porque son homosexuales. Estoy seguro de que podríamos encontrar a millones de personas homosexuales que pasan cualquier estándar ético. Lo mismo podríamos encontrar a heterosexuales criminales. Ninguna de esas cosas importa, sin embargo, porque lo que tenemos que preguntarnos es si ser gay, en sí, tiene algo de malo. Jugar a tomar estadísticas implicaría partir del prejuicio, de modo que estaríamos discriminando nuestra búsqueda con criterios inútiles. Aunque resultara «exitoso» el hallazgo de muchas personas homosexuales intachables, es tremendamente agotador y además absurdo argumentar de esta manera. Hecha esa aclaración, es evidente que la orientación sexual de alguien no tiene por qué hacerle daño a otras personas: ni siquiera es un acto.  Este punto es absolutamente determinante. En el plano legal la homosexualidad no tiene nada de malo.

Se sigue que todo Estado laico en el que se prohíba la homosexualidad está en mora de enmendar ese error. Ahora, ¿podrán casarse y adoptar hijos? El típico argumento en contra del matrimonio gay consiste en señalar que se trata de una institución sagrada. Esto es válido pero sólo hasta cierto punto. La Iglesia puede negarse a casar parejas homosexuales porque choca con la doctrina, pero nadie le está pidiendo a la Iglesia. El matrimonio es también una figura legal, un derecho de cada individuo que trae consigo ciertas ventajas burocráticas (y ciertas desventajas vitales). En muchos sentidos, el debate acerca del matrimonio gay es sólo una versión reencauchada de la pregunta por el carácter moral del comportamiento homosexual. Tal vez habría que ponerle otro nombre al matrimonio civil para que no se despierten fricciones, pero más allá de eso, no tiene sentido negar ese derecho. En cuanto a la adopción —¡ah!— aquí es que nuestro tema comienza a revelar sus múltiples facetas.


Familia

La gente teme que los niños adoptados por parejas homosexuales desarrollen a su vez este comportamiento. Digo la gente y no sólo los homofóbicos declarados porque sospecho que este punto reúne a un grupo más amplio de personas. Imaginémonos a alguien profundamente liberal en el sentido más técnico del término. Esa persona podrá pensar que no le gusta la idea de la homosexualidad, pero le gusta tanto la idea de los derechos individuales que, cuando tiene que elegir, opta por la segunda. Entonces apoya todo el movimiento gay y se manifiesta a favor de sus derechos hasta que llega el tema de la adopción. Allí es evidente que hay otras personas «afectadas» y su postura cambia. Lo que esto revela es que no podemos evitar hacernos  la pregunta de si está mal ser gay en un sentido intrínseco. El bando homofóbico teme que si la homosexualidad pasa a ser algo bien visto, llegará el día en que sea vea demasiado. La versión más desnuda de este discurso arguye que, aunque la homosexualidad de alguien no le haga daño directo a otras personas, ella está mal en sí y es peligroso que se propague. Esto huelga la pregunta: ¿qué criterios, además de la libertad de otras personas, existen para decir que algo está mal? Suponiendo que la homosexualidad se comporta como un virus a escala social, ¿por qué querríamos evitar «el contagio»? Consideremos por un momento que esta misma dinámica entre la esfera social y la esfera privada se ve en el caso del analfabetismo. Una persona que sea felizmente analfabeta no le está haciendo daño a nadie. Sin embargo, el analfabetismo en sí es corrosivo para el tipo de sociedades que hemos construido. Si a la gente se le olvidara leer de la noche a la mañana, nuestra civilización colapsaría porque no podríamos comunicar toda la información escrita de la cual dependemos. Ése el tipo de argumento que se quiere construir en contra de la homosexualidad. La pregunta es qué criterio serviría como base para hacerlo.

Pues bien, se supone que el núcleo de la sociedad, su unidad mínima, no es el individuo sino la familia. Algunas personas temen que en un mundo con muchas personas homosexuales habría pocas familias; es decir, —y acá está la trampa— pocos grupos conformados por mamá, papá, niño, niña y Roco, el perro de la casa. Como consecuencia, algo le pasará a la sociedad. No sé muy bien qué. Ciertamente, no puede ser un problema demográfico. Que todo el mundo deje de tener hijos es, si mucho, igual de dañino a que todas las personas se dediquen a tener hijos. Por demás, cualquier argumento que involucre asuntos demográficos es fácil de refutar porque contamos con métodos de fertilización artificiales. Aunque toda la población del mundo fuera homosexual, bastaría con donar óvulos y esperma para que la especie estuviera a salvo. La cuestión entonces no es que la humanidad esté en peligro. Ni siquiera podría decirse eso de la sociedad. Lo que está en peligro es el tipo de sociedad que ciertas personas quieren, porque, en últimas, de fondo se esconde el supuesto de que está mal ser gay, a pesar de que ninguna persona sufra daño por ello. Habida cuenta de la necesidad de un Estado laico, ese prejuicio resulta muy curioso. Precisamente porque sabemos que no sabemos qué tipo de vidas se deberían llevar, decimos que la ley sólo puede tomar por malos actos de una persona que afectan a otra. Lamentablemente, este límite que marca la duda es olvidado. Con frecuencia se escucha que la homosexualidad está mal y no puede difundirse porque no es natural. Debe quedar claro que podríamos aferrarnos a la idea de que para definir lo malo necesitamos pensar en algún tipo de consecuencias que otras personas sufran. Pero bueno, por el puro ejercicio, vamos a nadar en el pantano de las definiciones.

La naturaleza de las cosas 

La palabra naturaleza tiene diecinueve acepciones según la Real Academia. Es alguna de ésas —tal vez la que yo usé en el título— la que se esgrima en contra de la homosexualidad. Entiendo cómo se usa la palabra, pero no veo cuáles son los criterios que pueden servir para articularla en este contexto: no sé a qué se refiere.  Y, lo que es más importante, no comprendo qué tiene de malo «salirse» de ese campo natural que no podemos definir.

Si natural es aquello que ayuda a la supervivencia de la especie, nos topamos con las siguientes afirmaciones. La violación, a la larga, es beneficiosa; no tener hijos, independientemente de la orientación sexual de un individuo, es un crimen contra la naturaleza; el voto de celibato es el más explícito de todos los crímenes pues es evidente su carácter intencional y sólo puede redimirse en la actualidad gracias a las técnicas de inseminación artificial; a su vez, las personas homosexuales pueden optar por este modo de vida con tal de que tengan hijos artificialmente. Dudo mucho que haya partidarios de todas estas conclusiones. Por demás, da la casualidad de que nos encontramos en un contexto en el que la supervivencia de la especie depende de que no nos sigamos reproduciendo al ritmo de siglos pasados.

Ahora bien, si natural es simplemente lo que hacen otros animales, entonces he acá una lista de los cientos de especies que exhiben comportamiento homosexual. Mi punto, sin embargo, es que no hace falta ganar la disputa de esa manera. Ningún otro animal usa prendas de ropa, hace llamadas por celular o juega fútbol. No me parece que se siga de eso que la ropa, los celulares o el fútbol son malos. A primera vista puede que el lector piense que mi analogía es completamente falaz pero lo invito a que ubique la diferencia relevante entre, por ejemplo, un hombre que penetra analmente a otro y alguien que patea un balón. ¿Acaso no están ambos satisfaciendo impulsos «naturales»? ¿Es el placer algo que atenta contra la naturaleza o algo natural? Un reloj está hecho para dar la hora. Si yo lo uso como cuchara, ¿estoy atentando contra su naturaleza o simplemente lo estoy usando como cuchara? Puede que semejante acto parezca ineficiente, tal vez estúpido, pero ¿malo? La sexualidad ocupa un lugar central en nuestras vidas y por eso estos ejemplos pueden sonar demasiado triviales. Los juegos sexuales entre hombres o mujeres tienen el potencial de ser bastante más agradables o repulsivos que la práctica de usar un reloj como cuchara. No obstante, fíjense en lo absurda que suena la idea de que para las cosas importantes o simbólicamente cargadas  debemos, por obligación moral, atenernos a lo que parezca más natural y para las triviales sí podemos ser exploradores.  La historia cultural de la humanidad cuenta todo lo contrario. Vista así, es una lista infinita de necesidades apremiantes y anhelos profundos que se apaciguan con prácticas nunca antes vistas. Por ejemplo, pienso en alguien que, en lugar de morirse de frío con la esperanza de que su especie evolucionara piel gruesa, se puso encima la piel de un animal que cazó.

Si me piden un ejemplo de algo que viole la naturaleza en vez de explorarla, se los tengo: algo que viaje más rápido que la luz o cuerpos celestes que se repelan en lugar de atraerse. Igual, si nos topáramos con alguna de esas cosas, reformularíamos nuestra noción de lo natural. Y problema resuelto.


God made me gay.

No puedo evitar mencionar que hay un asunto religioso detrás de la lectura de la homosexualidad como una aberración antinatural. Se habla en términos de biología y anatomía, pero el punto, una vez más, es que si Dios nos diseñó de cierta manera y quiere que entendamos las señales que nos ha dejado para que vayamos por buen rumbo, entonces explorar puede tener su lado negativo. Pero no volveré a tratar el problema de la voluntad de Dios y las leyes humanas. Lo menciono acá porque es importante darnos cuenta de que naturaleza es una palabra que ni siquiera cuando tiene connotaciones religiosas está bien definida. Reemplácese «natural» por «acorde al diseño divino», en últimas, «lo correcto», y se verá que la idea tiene más sentido.

Para los que sigan interesados en la pregunta de si se nace homosexual o es una cuestión de crianza, no hay consenso acerca del origen de este comportamiento. Algunas personas, homosexuales incluidos, prefieren pensar que es una cuestión de nacimiento. La ventaja con esta postura es que pedirle a alguien que deje de ser gay sería tan estúpido como pedirle a alguien que cambie de color de piel. No obstante, si se quiere argumentar que la gente nace gay, hay que afrontar la engorrosa tarea de explicar cómo es que el «gen gay» logró acompañarnos a lo largo de la historia. La dificultad es evidente: nuestros antepasados no pudieron haber sido exclusivamente homosexuales porque no serían nuestros antepasados. Por otra parte, los que quieren decir que es un asunto propio de una decadencia cultural tienen que explicar cómo es que podemos encontrar placer tan fácilmente en algo que no tendría una razón «natural» para ser placentero. Se supone que el placer habla en nombre de las cosas que le gustan al cuerpo, luego está relacionado con el tipo prácticas que causaron que nuestros genes evolucionaran del modo en que lo hicieron. La necesidad de un punto medio resulta evidente. En mi opinión, no es cierto que nacemos heterosexuales y algunos se desvían, ni que nacemos con una inclinación o la otra. Más bien nacemos «sexuales» y culturalmente enfocamos ese deseo en uno o varios tipos de modelos ideales. La gente heterosexual ni siquiera siente deseo por todas las personas del otro sexo. Muchas le parecen demasiado feas y prefieren no expresar su deseo en esa dirección. No descarto que los genes puedan tener una influencia más precisa. Lo gracioso es que, para colmo, el determinismo genético es absurdo porque los genes operan en contexto. La manifestación fenotípica de un gen depende tanto de los demás genes que comparten el mismo vehículo (organismo), como de las sustancias que entran en contacto con el organismo, el entorno ecológico y, además, las experiencias vitales que se lleguen a tener. En otras palabras, de muy poco nos sirve hablar sobre los millones de factores que pueden influir en la orientación sexual de un individuo si queremos llegar a una regla.

Mientras investigaba para escribir este texto me encontré con un aditamento a la vieja idea de que la homosexualidad es una enfermedad. Se trata de una supuesta correlación entre ser gay y tener tendencias suicidas. En principio, habría que mirar con cuidado las estadísticas que sirvieron de sustento para decir algo así. Dudo mucho que ese patrón exista. No sólo tendría que haber más suicidios de gente homosexual que de cualquier otro grupo, como abogados u otra distinción arbitraria que se nos ocurra, sino que tendría que ser un número significativo en proporción a la cantidad de gente homosexual que hay. En todo caso, si el resultado llegara a darse, parece que eso hablaría más de las tendencias suicidas que tiene la gente que ha sufrido tan terrible discriminación, que de cualquier otra cosa. Digamos, pues, que este supuesto descubrimiento no me va a desvelar. Lo que me llama la atención es que al menos es un intento por darle a la homosexualidad una consecuencia que dé pie para hablar en términos clínicos. Mucha gente ha tenido la costumbre de llamar enfermo a alguien homosexual pero ni siquiera se molestan en explicar qué consecuencias negativas tiene la enfermedad para el que la «padece». Prefiero la ridícula idea de que hay un conjunto de genes que logró sobrevivir a la presión evolutiva y que cuentan entre sus consecuencias con el poder de hacer que el organismo en el que se encuentran enfoque su energía sexual en otros del mismo género y, además, se suicide. Lo prefiero —iba diciendo—  a la idea de que la homosexualidad es una enfermedad que no tiene nada de malo. Para que una enfermedad sea considerada como tal tiene que tener rasgos fisiológicos visibles y además provocar daños en el organismo. Por su parte, la idea de la enfermedad mental es una excusa perfecta para proyectar prejuicios. Hablamos de mentes dañadas, pero lo que vemos son cuerpos sanos y comportamientos que no nos parecen normales. El debate en torno a la locura es profundamente interesante porque podemos cuestionar su existencia incluso cuando nos enfrentamos con los casos más extraños. El comportamiento homosexual, sin embargo, es tan simple e inocuo que ni siquiera vale la pena sacar todas las armas conceptuales. La homosexualidad de un individuo comprende sólo una pequeña parte cuando se miran todos los aspectos que componen su vida. Llamarlo locura habla menos del «loco» que de la persona que hace el diagnóstico. Guardadas las proporciones, es como decir que alguien está enfermo mentalmente porque le gusta la remolacha.


Estatua de Alan Turing en Bletchley Park, hecha por Stephen Kettle.

La escala social

A la luz de todo esto, cabe preguntarnos —ahora sí— por la posibilidad de que las parejas homosexuales tengan el derecho a adoptar niños. Pese a que deben ser  muchísimos los factores que ayudan a configurar la orientación sexual de un individuo, no es del todo absurdo suponer que tener papás o mamás homosexuales ayuda a que los niños adoptados no descarten tan rápido esa opción en sus propias vidas. Esto hace que el debate se vuelva más complejo porque ya no podemos contentarnos con argumentos liberales. Cabe la posibilidad de insistir en que no  es una consecuencia necesaria, ni siquiera algo particularmente probable, que un niño adoptado por una pareja gay se vuelva, a su vez, gay.  Sin embargo, la gracia de haber dicho todo lo que hemos expuesto hasta ahora es que no tenemos por qué escudarnos en esa duda. ¿Qué importa si los niños adoptados eligen la misma orientación sexual de su familia? ¡La homosexualidad no tiene nada de malo! Para colmo, es evidente que muchos niños corren terribles fortunas porque tienen que crecer en hogares que no estaban dispuestos para recibirlos. Una pareja que desea adoptar es ideal en ese sentido. Está compuesta por individuos que tienen la intención de amar a los niños que lleguen a estar bajo su custodia y además plenaron sus vidas a largo plazo con esa idea en mente. El último problema que nos queda en el marco de la adopción es la discriminación que pueda sufrir el niño si es estigmatizado.  Eso nos deja dos opciones. La del uróboros, que sería seguir discriminando a las parejas homosexuales porque son discriminadas. O la sensata: permitir la adopción a sabiendas de que eso mismo ayudará a que se vuelva un asunto cada vez más aceptado. Simultáneamente, habría que desmontar con argumentos la discriminación que sufren las personas homosexuales, algo que vale la pena hacer en cualquier caso.

De taquito resolvimos la pregunta de si está bien que haya profesores abiertamente homosexuales. Esta interrogante se plantea de vez en cuando, alimentada por los mismos miedos que existen ante la posibilidad de la adopción por parte de parejas gay. Se pueden dar dos respuestas. La una es que se trata de una pregunta tonta porque no es ni bueno ni malo.  La otra es que mientras logramos la transición hacia un marco más tolerante, está muy bien porque, a cambio de nada malo, permite que los niños entren en contacto con la diversidad del mundo en el que viven. Esta es una idea que le duele muchísimo a personas homosexuales en todo el mundo. Una de las metas de los movimientos de orgullo gay es precisamente que no tenga que haber orgullo gay. Es horrible andar caminando por el mundo con etiquetas encima. Lamentablemente, este ha sido el destino de todas las luchas de grupos marginados. Antes de que la gente dejara de preguntar si estaba bien que hubiera profesores negros, los profesores negros se vieron obligados, entre otras cosas, a ser excelentes profesores y a ser una suerte de bandera que ondeaba la institución que los contrató, para mostrar que estaba en contra de la discriminación. ¿Cómo ignorar algo sin antes acostumbrarnos a ello?


Barack Obama.

El recorrido de estas cuestiones esencialistas se completa ahora que podemos volver a considerar la idea de que la familia es el núcleo de la sociedad. Lo que habría que entender es que una familia es un grupo de individuos que comparten vínculos muy fuertes y responsabilidades tanto económicas como sociales. Ese grupo puede estar conformado de muchas maneras y lo único verdaderamente fundamental es que se apoyen entre sí y se encarguen de educar y cuidar a miembros de las generaciones futuras. A pesar de que ha habido una idea fija de familia, la experiencia nos ha mostrado que existen maneras muy distintas de lograr este núcleo. A mi parecer, eso es una feliz revelación. Quiere decir que hay más libertades para que los individuos decidan en qué modo quieren llevar sus vidas. A muchas personas les parece terrible esta idea. Sin embargo, con todo lo que hemos visto hasta ahora pienso que es justo decir que ese miedo obedece a sensaciones casi viscerales, a prejuicios.

Cuestiones de convivencia

Así pues, siguiente en la lista de objeciones en contra de la homosexualidad, nos encontramos con una idea más humilde. Muchas personas admiten que no se puede argumentar con éxito que la homosexualidad es éticamente reprochable, pero afirman que sí lo es estéticamente. Por supuesto, las cosas no son en sí mismas feas o bonitas. Juicios de este tipo son los que peor esconden que están articulados a partir de una relación de criterios más o menos flexibles. El punto es que, si bien podemos decir que no es cierto que «lo homosexual» sea de suyo feo, no podemos obligar a nadie a que cambie de mirada. Dicen que se ve feo. Feo que hombres o mujeres se tomen de la mano, feo que se den besos en público, feo que haya chicas con ademanes masculinos y chicos con ademanes femeninos. Pero, ante todo, fea, horrible, la idea de cualquier dinámica sexual. No creo que la gente homofóbica se haya dedicado a ver porno para constatar esa impresión. Parece más bien que tienen una idea abstracta que no pueden sacar de sus cabezas cuando ven a alguien homosexual y, más aún, cuando ven a una pareja junta. (Habrá que dejar para otro día el fascinante caso de contraste que resulta de la aceptación del porno lésbico y el rechazo del porno gay. Por mi parte, confieso que me da algo de miedo ver porno gay y en cambio me da casi lo mismo ver porno lésbico o porno heterosexual).

Nótese que ya nos salimos del marco legal y aquel relativo a la naturaleza. Nuestro problema ahora no es un asunto de justicia o definición sino de convivencia. De cualquier manera, eso no le quita peso a lo que vamos a trabajar. Hay gente que sufre profundamente cierta presión cuando siente que lo mejor es esconder su orientación sexual. Del otro lado, hay gente muy afectada porque considera que está siendo obligada a ver las manifestaciones de la cultura gay. Traje los zapatos de ambos bandos y procuraré entablar un diálogo para ver qué vamos a concluir sobre este asunto.

Espero que estemos de acuerdo en que son desagradables las exhibiciones de odio. La idea no es que nos tiene que agradar todo el mundo y que por eso el odio está mal, sino que, más desagradable que las mismísimas cosas que nos molestan de los otros, sería un mundo en el que todos restregaran sus prejuicios en la cara de los demás. Alguien podrá ser obeso y otra persona podrá encontrar desagradable este hecho, pero de ahí a que éste último se ponga a gritar insultos en la calle hay un gran salto. Otra analogía para decir lo mismo se nos presenta cuando consideramos el color de piel. Por mucho que lamentemos el racismo, no es posible obligar al racista a que piense distinto. Cabe tratar de persuadirlo, pero si se empeña en su opinión, lo único que se le podría exigir en sociedad es que no trate mal a ninguna persona de otra raza. Insisto en que acá las leyes no pueden ayudarnos tanto. Hay situaciones que se pueden legislar, como contextos laborales, pero hay otras que no.

El alegato que debemos considerar entonces es ése que dice que las personas gay no deberían exhibir su orientación sexual. Básicamente, el homofóbico está diciendo que lo están obligando a ver cosas que no quiere ver. La ley, por supuesto, debe favorecer a la pareja gay que se besa en la calle. Después de todo, en principio ellos no se besan para molestar al homofóbico sino para expresar su afecto. Cierto es que eso abre la posibilidad de que se den besos para molestarlo, pero ni modo. No hay otra manera de solucionar esta disputa. Visto al revés, sería absurdo que las personas gay exigieran restricciones a demostraciones de afecto heterosexuales. Ahora bien, si la persona homofóbica conoce los argumentos que hemos presentado hasta ahora, lo que nos está diciendo no es que cambiemos la ley. Es algo mucho más simple. Dice que le molesta ver cómo cada vez se difunde más la cultura homosexual.


The L. Word.

Ante eso, mi sugerencia para el homofóbico sería que, cuando se encuentre en situaciones incómodas, mire hacia otro lado, cambie de canal o se vaya del  lugar, pero eso le parecerá obvio y no aliviará mucho su impotencia. Precisamente ese tipo de frustración es la que motiva a algunas personas a creer que la existencia de la homosexualidad como parte de nuestro panorama cultural está siendo forzada. La idea sería que muchos están siendo obligados a ver cosas que consideran desagradables, por culpa de unos pocos. Ya se insinuó que es muy difícil marcar la diferencia entre actos cuya intención es que otras personas los vean y actos que obedecen al desarrollo de la personalidad. Sin embargo, bien podemos especular acerca de la tasa entre estos comportamientos, distintos en intención, pero iguales en apariencia. No cabe duda de que el activismo gay existe, pero resulta increíblemente exagerado decir que toda demostración de orgullo gay tiene la intención de serlo. Mientras que ejercer el libre desarrollo de la personalidad es una necesidad, ser activista resulta muy agotador. Por el bien de esta discusión supongamos, no obstante, que todas las «actos gay» con los que tenemos contacto obedecen a la lógica del activismo. Si en efecto las personas homofóbicas se topan de manera frecuente con el mundo pro-gay, eso sólo puede indicar que hay muchísimas personas que son homosexuales o que colaboran felizmente con la difusión de la cultura gay. El bando homofílico no puede ser pequeño porque es demasiado fácil ignorar a las minorías. Piénsese en todos los grupos de personas que sufren cierto grado de frustración porque nadie nota su existencia. La gente que hace voluntariados trabaja arduamente con la intención de fomentar ese tipo de pensamiento social. Aún así, nadie opina que los voluntarios están forzando su cultura al resto de la sociedad. Es más: resulta difícil encontrar a alguien que le dedique un pensamiento al mes a la existencia de los voluntarios. Y se puede decir lo mismo acerca de miles de causas alrededor del mundo. Qué fácil es ignorar a los que quieren salvar a cierta especie en peligro de extinción o a los que creen que se cometen injusticias en tal región del mundo. Súmese a esto lo complicado que resulta salir del clóset y llegaremos a la conclusión de que debe haber mucha, muchísima gente homosexual si es que las personas homofóbicas se sienten obligadas a ver. Decir que los partidarios de la causa gay están haciendo demasiado escándalo es entonces doblemente ridículo. Esta opinión parece ignorar la larga historia de violentas discriminaciones que ha ejercido el mundo homofóbico y, además, sigue creyendo que sólo un número diminuto de personas imposiblemente ruidosas es gay. En conclusión, no hay nada de malo, injusto o siquiera extraño en el hecho de que haya series de televisión como Queer as folk, bares gay, banderas de arcoíris en las calles o gente abiertamente homosexual.

Nuestro interlocutor hipotético podrá decir que no es sólo «tener» que mirar lo que le molesta; es también «tener» que guardarse sus comentarios. Digamos que él no va a matar a nadie, ni siquiera va a insultarlos cuando se cruce en su camino. Lo que quiere es evitar tener contacto con personas homosexuales, acaso fruncir el ceño y, sobre todo, dejar de sentir que no puede decir lo que piensa porque sería políticamente incorrecto. Pues bien, tiene toda la razón. Lo curioso es que muchas personas apelan a su derecho de libre expresión como si los comentarios de reprobación que reciben fueran una imposición legal. Sí, cada cual tiene derecho a pensar y decir lo que quiera. El problema es que el argumento dado en defensa es también la justificación de los atacantes. Así como alguien tiene derecho a publicar un artículo en el que se denigra a las personas homosexuales (con tal de que no incite a la violencia), los lectores tienen derecho a inundar la sección de comentarios con ataques a esas posturas homofóbicas. Touché.


Mujeres en una manifestación anti-homosexuales.

Hoy en día existen pocos contextos en el mundo en que personas abiertamente homosexuales no sufren algún tipo de discriminación con frecuencia. A pesar de eso, estoy seguro de que es más fácil ser homosexual en el 2012 de lo que fue en décadas pasadas —ni hablemos de siglos—. Y más que esperanza, tengo confianza en que esta tendencia va a continuar.  Eso quiere decir que el mundo será un lugar cada vez más incómodo para las personas homofóbicas que se resistan a cambiar de opinión. Puede que todavía sea muy fácil nadar en contra de la corriente, puede que pasen muchos años hasta la mayoría esté familiarizada con todos los argumentos que hemos expuesto hasta ahora. El punto, no obstante, es que los tiempos van cambiando y tengo la sensación de que la homofobia irá revelando cada vez más su naturaleza de fobia; es decir, algo que impide disfrutar la vida en ciertos contextos. Como el claustrofóbico, el homofóbico conocerá muy bien el estrés si no puede sentarse en un parque, caminar por la calle, ir a bares o prender el televisor sin encontrar aquello que le genera ese temor irracional. El debate en torno a la homosexualidad no favorece al bando homofóbico porque es imposible que estas personas traduzcan sus prejuicios a argumentos sin que se caigan casi solos. Después de perder muchas batallas podrán decir únicamente que les parece fea la homosexualidad y que tienen derecho a expresar su opinión. Eso podrá ser un escudo que los  ayude a que entendamos sus posturas, pero jamás una espada que las justifique. Se me ocurre que debe ser bastante incómodo ser  homofóbico.

Ellos y nosotros

En la introducción de este texto prometí que habría una sorpresa al final. Por fin hemos llegado a ese momento. El lector que esté de acuerdo con todo lo dicho hasta ahora seguramente habrá quedado con la sensación de que las personas homofóbicas son prejuiciosas e irracionales porque creen que hay maneras incorrectas de llevar una vida sexual y no pueden dar buenos argumentos para defender esa idea. Esa sensación corresponde perfectamente con las intenciones de este texto y no planeo decir algo distinto. Lo que faltaría agregar es que nosotros también somos prejuiciosos e irracionales. ¿Es ésa la sorpresa? No. Eso es algo que se dice con frecuencia y que hace quedar bien a quien lo dice. La sorpresa es que somos irracionales y prejuiciosos en el mismo sentido. Nosotros también tenemos el imaginario de que existen comportamientos sexuales incorrectos a pesar de que los mismos argumentos que hemos presentado sirven para destruir nuestros propios tabúes. El caso paradigmático que quisiera recordar para que nos pongamos en la incómoda situación de las personas homofóbicas es el incesto. Los reto a que me digan, en un plano racional, qué tiene de malo tener relaciones sexuales consensuadas con miembros de nuestra propia familia. Si están pensando en bebés que nacen con cola de puerco, tengan en cuenta que existe un espectro increíblemente amplio de cosas que no llevan a un embarazo. Existen los besos apasionados, las caricias sensuales, el sexo oral, el sexo anal, los juguetes sexuales, los látigos y, por supuesto, los métodos anticonceptivos. Se pueden vivir relaciones felices y plenas en el marco del incesto con tal de que no haya procreación. Entonces les pregunto: ¿dirían ustedes que una pareja compuesta por un hombre de 46 años y su hijo varón de 25 es algo que no les incomodaría profundamente ver? ¿Estaría bien que personas incestuosas se casen y que adopten niños? Hagamos otro intento. Piensen en una pareja de hermanos específica que conozcan y pregúntense cómo reaccionarían ustedes si se enteraran de que tienen tríos con su madre. ¿Se alteraría de algún modo su amistad? ¿Pensarían distinto de ellos?


John Philipps, de The Mammas and The Pappas, y su hija Mackenzie Philipps, quienes tuvieron una relación consensuada de al menos 10 años.

Digo todas estas cosas con tono retador porque me parece fascinante experimentar prejuicios de esta índole en carne propia. La verdad es que siento que el incesto es algo desagradable, y tengo muy presente a quiénes me parezco cuando digo eso. Por demás, podríamos pensar en la coprofilia y cualquier otra filia impopular que no le haga daño a nadie. El punto entonces es que la diferencia entre las personas homofóbicas y nosotros, gente racional, comprensiva y abierta a la diversidad, es que ellos son cada vez más anacrónicos y discriminan a gente muy concreta que no quiere ser discriminada. Nosotros tenemos la fortuna de haber sido educados acorde al espíritu de nuestro tiempo; al parecer, nadie quiere defender las prácticas que no aprobamos. Sin embargo, si hubiera un movimiento de los incestuosos, me temo que nos veríamos obligados a recibirlo. Nada de esto es una excusa para que las personas homofóbicas se sientan tranquilas con sus prejuicios. Más bien es una manera de decir que tener la razón, como es nuestro caso y no el de ellos, implica un poco de suerte.

  • The Mammas and The Pappas

  • Todo iba bien… ¡hasta la sorpresa! De verdad me rayó la mente el saber que los buenos argumentos para aceptar a todo el mundo haga lo que haga si no daña a nadie aplican a cosas que en este momento se me antojan repulsivas.

    Buen artículo que leí en dos tandas en mis viajes en metro…

    P.

  • Un gran artículo, cuesta mucho tomar una cita para que cualquier persona se interese en leerlo todo, solo porque crea una necesidad de seguir con cada párrafo.
    A mi juicio, es completamente acertada la manera en que debate todo lo que toca la homosexualidad.

  • leah

    Excelente y muy completo. Por mis creencias religiosas (y una razón científica) no me parece bueno que una persona sea gay, pero mis derechos terminan donde empiezan los de los demás y nadie por ningún motivo tiene derecho a pisotear la dignidad, la vida y los derechos de otra persona. Como me dijo alguien por ahí: Cada cual hace con su c..lo lo que se le da la gana mientras no le haga daño a nadie.