El jardín de ideas que se bifurcan

La teoría de la evolución es una explicación alternativa a la idea del creador. Como la vida es demasiado compleja para ser un producto del azar,  es difícil pensar que no hay un autor —digamos: Dios— ante la contundente complejidad del mundo biológico que nos rodea y nos incluye. Y sin embargo, no lo hay. Una vez expuestas sus elegantes particularidades, la evolución resulta asombrosa porque nos muestra que los productos de ciertas fuerzas articuladas son más complejos que las obras que sí cuentan con un autor. Choca con nuestra concepción de la inteligencia que lo más elaborado, la vida, ocurrió sin que nadie la pensara.

El caso es que no voy a hablarles de biología. Voy a hablar de música, por lo menos al principio. De hecho, al final estaré hablando sobre el espíritu de nuestra época. Pero no me quiero adelantar.

Mi amigo Bruja y yo ideamos una plataforma Web en la que, como hiciera Darwin con Dios, queremos mandar al compositor al carajo. Nuestra idea es que haya tantas personas involucradas en un proyecto musical que ninguna pueda identificarse como su autor. Por supuesto, para que se dé la evolución la plataforma necesita cumplir con ciertos criterios y no sólo con la participación de muchas personas. A saber: reproducción, mutación y selección. En la página que imaginamos, una idea musical se reproduce en tanto que pasa de la cabeza de una persona a la cabeza de otra. Muta pues cualquiera la podrá modificar, ya grabándola de nuevo, ya poniéndole otra idea al lado. Y finalmente, habrá selección pues algunas ideas caerán en el olvido y otras seguirán siendo usadas. En otras palabras, queremos replicar lo que pasa cuando las cosas vivas están en contacto. Queremos hacer un ecosistema musical. En lugar de estar encerrados en carpetas dentro de carpetas, los archivos de audio tienen que interactuar en un entorno abierto. Nuestra preocupación entonces se transformó en un problema gráfico. Debíamos encontrar una representación visual de la diversidad de conexiones que ocurrirían en la página.

Nuestra solución fue tomar el modelo del árbol: la metáfora oficial de la bifurcación. Cada vez que haya un conflicto artístico, el proyecto producirá una rama de manera que todas las ideas podrán explorarse por su cuenta y luchar por supervivencia. Un mismo proyecto tendría una versión con solos de guitarra, otra sin, otra con acordeón en vez de guitarra, otra con ambos instrumentos, otra con ninguno. El único límite serán las ideas concretas que los usuarios quieran poner en juego, por oposición a todas las posibles ideas. Habiendo un árbol por cada proyecto, en ese entonces imaginamos que la visualización de la página sería un bosque entero, lo cual nos ayudaría a comunicar el vínculo explícito con la evolución. No obstante, al rato abandonamos la idea del árbol y nos entregamos de lleno al modelo del rizoma, que tiene la enorme ventaja de crecer en cualquier dirección y no depende de un tronco principal. El lenguaje de la página se llenó entonces de términos como nodo, supranodo, sendero y además usamos intencionalmente términos evolutivos como genoma y especies exitosas. En lugar de un bosque la idea de la página se convirtió en algo parecido a un mapa de conexiones neuronales.  

Creo que se sorprenderían si vieran hasta qué punto nos dedicamos a resolver los detalles de la página. Definimos cómo haría un usuario para dar crédito a otros si reutiliza ideas ajenas. Concebimos un sistema de votación que ayudaría a mantener la presión evolutiva sobre todas las ideas musicales en la plataforma. Pensamos sobre las ventanas modales en las que los usuarios comunicarían opiniones, sugerencias, letras y partituras. Le dedicamos varias horas al problema de cómo lograr que se aporten mezclas diferentes de cada pista. Incluso se nos ocurrió la idea de que todas las pistas tuvieran una firma de audio muy sutil al principio. De ese modo, cuando la gente descargara cualquier versión de cualquier proyecto para hacer lo que quisiera con ella —cosa que celebraríamos— la firma indicaría que esa canción salió de Fonosíntesis. En fin: hicimos muchos dibujitos y experimentos con la meta de concebir un ecosistema en el que las canciones nunca se darían por terminadas y los más diversos géneros podrían convivir. Sin embargo, no quiero entrar demasiado en detalles porque hay una historia que contar.

¿Estábamos sólo jugando a imaginar o teníamos algún plan para poder realizar esta página? Lo teníamos. Nos pusimos en contacto con un grupo de programadores y ellos nos llenaron de ilusiones. Nos hablaron incluso de inversionistas extranjeros. Por demás, hablamos tanto que llegaron a explicarnos que nuestro uso del término página es terriblemente desafortunado; aunque tenga una dirección Web, nuestra idea, más que una página, es una aplicación. Fue ese impulso el que nos permitió transformar cavilaciones juguetonas en todo un proyecto de gente adulta. Así pues, hicimos una investigación inicial buscando que no hubiera ya una aplicación de esa naturaleza. Recuerdo, por ejemplo, que nos pegamos un susto cuando encontramos Kompoz. Afortunadamente, esa (tan sólo) página tiene mucho de colaboración, pero nada de evolución. Allá los proyectos tienen dueño, no se bifurcan y, para colmo, se declaran terminados en algún momento.

Nosotros continuamos pues con nuestra Fonosíntesis. Pero pronto nos dimos cuenta de que nadie tiene tiempo para hacer cosas, ni nosotros, ni la gente que nos puede ayudar.  La comunicación con nuestros amigos programadores se fue diluyendo en semanas de estar ocupados, llamadas y correos que se contestaban tarde. Y entonces ocurrió el primer golpe. En El Espectador reportaron que salió una aplicación, llamada DarwinTunes, que combinaba evolución y creación musical. (Nótese que antes de quedarnos con el nombre Fonosíntesis, contemplamos la posibilidad de usar Darwin’s Music.) Esta aplicación no es exactamente igual a la nuestra. La mayor diferencia es que la música allá la produce aleatoriamente un computador y los usuarios sólo participan en la etapa de selección. A decir verdad, Darwin Tunes es mucho más consecuente con la teoría de la evolución, pero para serlo debe limitarse a pistas de ocho segundos y nadie puede aportar ideas. Digamos entonces que seguía habiendo espacio para Fonosíntesis aunque la idea ya era menos sorprendente. En cualquier caso, todavía nos quedaba nuestro diseño gráfico. Entonces vino el segundo gran golpe. Hace unos días nos enteramos de la existencia de ThisExquisiteForest, un sitio Web de animación que es la misma mierda que el nuestro. Tan es la misma mierda que tenemos muchas soluciones técnicas comunes en el campo del diseño gráfico y la funcionalidad de lo que nosotros llamamos nodos y senderos. Hicieron exactamente el mismo bosque que nosotros imaginábamos cuando pensamos en un bosque.

Tal vez es apresurado decir que ya no hace falta Fonosíntesis, pero resulta claro que ahora nuestra idea se volvió tan sólo la mezcla explícita entre las tres plataformas que he mencionado (Kompoz, Darwin Tunes y Exquisite Forest). El hecho es que, conforme se vuelve más obvio nuestro proyecto, sentimos menos motivaciones para llevarlo a cabo. No hemos hecho nada en meses y no tenemos recursos. Es demasiado fácil rendirnos. Lo único que puede salvar nuestro proyecto es precisamente la motivación que se esfuma cuando nos damos cuenta de que nuestra idea no es tan nuestra como quisiéramos. Me dan ganas de decir que no es Fonosíntesis la que está en peligro sino nuestro crédito como autores. Por supuesto, puede que nos rindamos, que pasen los años y que nadie salga con el proyecto que quisimos hacer. En tal caso no sé si deberíamos arrancarnos las pelotas con un cortauñas o considerar la posibilidad de que no era una idea tan buena como pensábamos, de que no era una especie exitosa.

Ahora bien, hasta el momento he compartido la frustración que siento, pero no he dicho nada acerca de la alegría que me produce experimentar tan de cerca el espíritu de nuestro tiempo. La paradoja de Fonosíntesis siempre ha sido que ella misma, una propuesta para destruir al autor, es una obra concebida en su totalidad por dos personas. Ahora nos damos cuenta, en un sentido vivencial y profundo, de que ni siquiera somos enanos parados en hombros de gigantes; más bien somos nodos en una red de memes. Queríamos borrar al autor y hemos sido nosotros los que resultaron borrados. Desde un punto de vista individual la experiencia es dura y no del todo agradable. Pero, aunque me cueste trabajo decirlo bien, el hecho es que este texto no está motivado por la frustración sino por lo sobrecogedor que resulta pensar en la velocidad de nuestro tiempo. En cierto sentido me raya que Fonosíntesis pierda su asombro pero en otro sentido no deja de emocionarme la sincronicidad de las cosas. Qué verga respirar el aire de nuestro tiempo.

Durante los meses pasados tuve miedo de contar la idea de nuestra página. Todo el mundo nos decía que tuviéramos cuidado, que seguro alguien se la robaba. Hoy la cuento acá por varias razones. En parte porque me siento de brazos caídos y me parece divertido, con un impulso casi autodestructivo, contar nuestro proyecto secreto a ver qué pasa. En parte también porque me doy cuenta de que, aún gritado la idea, sigue siendo más probable que el realizador de Fonosíntesis, o como se llame, será alguien que está en contacto conmigo sólo en la medida en que está vivo en el mismo tiempo que yo habito. Pero en últimas, publico acá nuestro proyecto secreto porque me doy cuenta de que no hay idea más tonta que la de guardarse las ideas.

  • Alejandra

    I almost died and went to heaven with this cuteness. Muy curioso que quieras ver recompensada tu inteligencia cuando no crees en la autoría, sé que llegaste a algo parecido al final, pero igual debía comentarlo.