La hipótesis cínica

Pie de foto: Algunos derechos reservados por Diamond Geyser


Hay gente que hace o habla pendejadas profesionalmente. No estaremos de acuerdo en cuáles son esas pendejadas que no soportamos, ni quiénes sus responsables, pero estoy seguro de que todos tenemos una lista propia. A eso quiero agregar una sospecha. Algunos de ellos son embusteros; hablan mierda, no por bobos o ingenuos, sino porque les conviene manipular a una multitud. Los sospechosos de siempre en ese campo son los políticos pero la cantidad de figuras públicas que probablemente no creen en la porquería que venden abarca muchos campos.

Cada vez que encuentro a un hablador de mierda me intriga profundamente pensar qué es más verosímil: que sea tan imbécil como para decir lo que dice o que sea tan descarado como para decirlo sin que la mirada lo delate. Me parece curioso que muchas veces suponemos, a la ligera, que se trata del segundo caso. Mentir pública y sistemáticamente no debe de ser fácil. ¿Cómo son capaces de engañar a gente completamente entregada sin derramar emociones? ¿Es preciso engañarse a uno mismo para lograrlo? No lo sé. Todas estas cuestiones son muy serias pero a mí me interesa otra distinta el día de hoy. Mi pregunta es cómo puede un engañador de éstos, un cínico, aguantarse las ganas de cantar su proeza ante el mundo.

Piénsese en el siguiente y sospechoso caso. Hace poco, unos amigos me mostraron al candidato espléndido para la hipótesis cínica. Se llama José Luis Parise y su historia, según él mismo, es así. Resulta que durante catorce años José Luis se dedicó exhaustivamente a leer todos los testimonios sagrados de las distintas culturas que encontró. Motivado por la decepción en sus estudios de psicología, él buscó la verdad, la revelación espiritual y científica en los diversos testimonios de personajes que dijeron haberla encontrado. Cabe aclarar, como nos recuerda el mismo José Luis en varias entrevistas, que atravesó una intensa crisis durante este período de estudio. Según sus relatos autobiográficos, él creyó, por un fatal momento, que las cosas que leía no tenían nada que enseñarle. El hecho es que por fin salió del túnel y tuvo su revelación. Comprendió que todos estos textos atinaban a los mismos puntos centrales y que la confusión se generaba porque todos se descachaban, cada uno a su modo, al momento de transmitirlos y elaborarlos. Habiendo señalado esas verdades trascendentes con la punta de su dedo, José Luis utilizó todo su arsenal de científico social y desarrolló un método de once pasos que lleva al choconirvana. Allí reúne todas las verdades de las distintas tradiciones de manera tal que no hace falta encerrarse a leer durante catorce años para encontrarlas.

Empezó con vídeos en YouTube. Su éxito progresivo se ve en los atavíos del entorno cambiante que la cámara registra. Pasó de vídeos mal iluminados a una producción cada vez más ostentosa. Ahora dicta conferencias y se da el lujo de argumentar que su éxito es prueba de su verdad porque profeta que se respete debería llevar, como él, una vida envidiable. Y el asunto se pone más jugoso aún. Su salto a la fama coincide con el momento en que empezó a introducir en sus discursos reflexiones sobre el 2012. El hombre sostiene que habrá un momento particularmente iluminador, o algo así, cuando llegue el día que los sabios mayas previeron en su calendario.

Pasemos entonces a la hipótesis cínica. Yo digo que la crisis que tuvo, previa a su revelación, se debe a que ya no pudo dejar de notar que todos sus libros de estudio eran pura mierda. Yo digo que la revelación posterior no fue un asunto de contenido sino de forma. Descubrió qué es lo que tienen en común las distintas fuentes de patrañas y procedió a contemplar la posibilidad de construir la suya. Y lo común no fue el amor al prójimo ni un camino óptimo hacia la liberación del sufrimiento. No fue un encuentro con la Palabra ni la comunión con la naturaleza. Fue, más bien, la poética de la fascinación y la promesa. Es útil conocer las causas del universo, pero también es útil saber cómo hacer parecer que se conocen las causas del universo. Nuestro héroe emprendió su campaña, se enriqueció en el proceso y le apostó con inteligencia estratégica al 2012. Como el planteamiento de su propuesta lo dejó con un plazo definitivo, supongo que el 22 de diciembre de este año —fecha que los escépticos recordarán como el día de «te dije que no iba a pasar nada»—, José Luis Parise estará en un avión rumbo al Caribe, preparado para gastar su pequeña fortuna en margaritas al lado del mar.

Pónganse en los zapatos de este personaje y díganme si no sería espectacular postergar el vuelo al Caribe 24 horas más para antes realizar una aparición en público. El motivo de la misma sería precisamente celebrar aquel «te dije que no iba a pasar nada». Claro, el hombre no estará diciendo que nos advirtió desde un principio, sino más bien lo contrario. Expondría su faceta de cínico y explicaría la verdadera naturaleza de su revelación: que aprendió a echar cuentos, a articular motivaciones profundas y que, como muchos otros antes que él, les metió el dedo en la boca y la mano en el bolsillo a sus seguidores. ¡Puta! ¡Eso es salir por la puerta grande! Según parece, el hombre la tiene tan clara que su método de once pasos bien puede esconder un método paralelo diseñado para llamar la atención y persuadir. Sería fantástico escuchar esa explicación articulada con la meticulosidad que se le atribuye.

Lamentablemente, si tuviera que apostar, diría que José Luis no sólo no huirá hasta el Caribe sino que encontrará una manera de raspar la olla sosteniendo que la iluminación planetaria sí ocurrió, hasta que el último de los bobos deje de ponerle atención. ¿Por qué es que les cuesta tanto a los grandes saber cuándo retirarse? A lo mejor precisamente allí yace la virtud del embustero, en mimetizarse hasta perder el último tren. Estos personajes se comportan de formas tan parecidas a los ingenuos y los bobos que a veces pierdo la esperanza y dejo de atribuirles ese fantástico genio maligno.

Pero no. Sigo asumiendo que son cínicos. Entonces me pregunto por qué no se entregan al placer de restregar narices. Por ejemplo, ¿no le picará un poco el orgullo a Paulo Coelho, ese posible genio del mal, que su maña no sea apreciada como es debido, en su valor subterráneo? Es increíble que no haya uno, tan sólo uno entre todos los cínicos, que no quiera aprovechar (ay, nuestra doble negación) la oportunidad de reírse en público como se ríen los niños cuando dicen «caíste». Alguien que haga una reverencia en el escenario mundal. Me sirve cualquiera: puede ser uno que finja hablar con los muertos, un político de mediana talla, algún guionista de Hollywood, el autor de cualquier libro de autosuperación. No importa. Quiero ver a una figura pública que sea objeto de admiración y odio revelando que los que lo admiran lo deberían odiar y que los que lo odian lo deberían admirar. Gracias a Internet el mundo entero es un escenario. ¿Por qué no usarlo? Sé que las instituciones tienen mucho peso, sé que los amigos cercanos sirven como confidentes, sé que no todos quieren pasar a la historia como grandes estafadores, sé que no todos tienen ganas de enseñar lecciones, sé que debe de haber un espectro amplio de retaliaciones por parte de los fanáticos decepcionados. Pero, a lo bien, entre tantos embusteros, ¿no habrá uno que se le mida a la gloria?

Seguimos esperando el advenimiento del gran cínico.

  • Diego

    Ya pasó un año y seguimos esperando…

  • Penélope

    Película: Reconstrucción dirigida por Cristoffer Boe