Entonces, ¿qué onda con la limosna?

Hace un par de días se repitió un fenómeno tan recurrente que me cuesta trabajo pensar qué tuvo esa vez de especial. A lo mejor cabe dentro de la metáfora de la gota que rebasa el vaso. Lo cierto es que estaba entrando a Carulla y un indigente me ofreció trescientos pesos para que yo pusiera el resto y le comprara una bolsa de leche. Yo le dije que no, casi automáticamente. Luego me sentí mal y traté de recrear los argumentos que me llevan a no dar limosna o casi nunca darla. No encontré ninguno que fuera verdaderamente contundente. Tampoco encontré buenos argumentos para dar limosna. Si hubo algún hallazgo fue darme cuenta de que, en este asunto particular, no tengo una opinión formada y opero más por costumbre que por razones, a pesar de que creía lo contrario

Hasta donde puedo ver, los argumentos en contra de dar limosna se dividen en dos grupos. Están las variaciones de «no confío en los indigentes lo suficiente como para ayudarlos» y están los que elaboran la idea de que limosna fomenta el problema que busca resolver. ¿Cuáles son los suyos? La sospecha que tengo es que estas razones para no ayudar son perezosas y funcionan precisamente porque podemos darnos el lujo de no movernos mucho. Quiero decir que nuestros argumentos, lejos de ser sólidos, resultan fácilmente descartables y se sostienen porque este problema, tan difícil de ser pensado, se puede ignorar sin mayores concecuencias para el que lo ignora. Basta con algo que se parezca a una regla de acción: «no doy limosna porque blah» y listo, puedo operar aplicando frases evasivas como «ahora no, amigo», «qué pena, hermano», «no tengo nada, viejo»,

¿Está justificada nuestra desconfianza?

Desde los que dicen que los indigentes podrían conseguir un trabajo si quisieran, pasando por los que sospechan que invierten su dinero en drogas, hasta los que creen que los indigentes fingen estar peor de lo que están para mantener una vida cómoda, todos esos lugares comunes tienen, a su vez, algo en común: parten de la desconfianza y la generalización. La mayoría de nosotros no ha sido testigo de estos «engaños», simplemente recordamos anécdotas ajenas. En todo caso, aún los que ven a un indigente consignando dinero en su cuenta bancaria tendrán que aceptar que no basta con uno, ni dos, ni tres, ni muchos casos para hacer una generalización que abarque a todos los indigentes. Parte del problema es que no tenemos cifras de ningún tipo. A duras penas hay «censos» flojos que calculan la población indigente de una ciudad. Me encantaría saber cuánta plata consiguen en promedio, en qué la gastan, en qué lugares son ellos recibidos, pero ni modo. Las dificultades técnicas y sociales para realizar encuestas de ese tipo se me antojan desbordantes. El punto, sin embargo, es que no tenemos una razón buena para no confiar. ¿Qué sé yo si van a comer con el dinero que les doy o si se lo van a meter por el culo? Sé que, necesariamente, deben hacer primero lo uno si acaso quieren hacer también lo otro. Luego, es probable que mi dinero se inverta en comida.

Se esperaría que, si no tenemos una buena razón para desconfiar, entonces deberíamos confiar. El argumento acá, políticamente correcto hasta la médula, es que ellos son seres humanos y merecen nuestro respeto y confianza. Pues imaginen mi asombro cuando caí en cuenta de que la confianza no es tan obvia como parece. La gran razón para esparcir ese meme es que la confianza es, de lejos, la mejor estrategia para lograr reciprocidad. Se calcula que hoy en día un segundo de trabajo equivale a una hora de luz artificial. En mi caso, hay que hacer malabares larguísimos para llegar a esa relación pero ciertamente se puede. Yo soy profesor. Alguien, gracias a mí, puede tranquilizarse con respecto a la educación, cuidado y atención que reciben sus hijos. Esa tranquilidad se traduce en tiempo que puede emplear, digamos, diseñando edificios y así se forma una cadena que llega hasta el ejército de personas que se encargan de llevar luz a mi casa. La reciprocidad permite colaboración y ésta, a su vez, es la fuerza más potente que ha conocido el planeta tierra. Todo lo que hacemos está inmerso en estructuras de colaboración. El argumento secreto para no confiar en los indigentes puede ser entonces, no que no «cumplan» sus «promesas», sino que no tienen nada que aportar y por eso no vale la pena confiar en ellos. Esto choca directamente con la humanidad de los indigentes. Se supone que, en principio, por el hecho de tener conciencia, razón, sentimientos y todas esas cosas que le adjudicamos a los humanos, los indigentes merecen nuestra confianza. Parece ser que ése no es el caso. Diría además que nos mentimos para no afrontar esa horrenda verdad.

Los pobres que se mueren en distantes lugares del mundo merecen nuestra compasión porque son una idea abstracta que cabe perfectamente dentro de la categoría de lo humano. De ellos vemos imágenes conmovedoras y no tenemos que sufrir incomodidades por su presencia. En cambio los indigentes, que no tienen estatus ni de agentes capaces de reciprocidad ni de ideas abstractas, se presentan ante nosotros repitiendo una misma interacción. Llegan, nos interrumpen, opcionalmente se preparan para pedir dinero e inevitablemente piden dinero. Eso, repetido cientos de veces con distintas caras, todas anónimas, es una fórmula de libro para que pase precisamente lo que pasa. Los indigentes se deshumanizan ante nosotros y se transforman en un grupo homogéneo. Es sobre éste que predicamos suposiciones mezquinas. Sólo cuando logran rompernos el corazón y les damos una moneda, parecen recuperar eso que han perdido. Hay gente que los deshumaniza por completo. Se ven cada vez más afectados por el asco y la incomodidad y menos por el dolor ajeno y la simpatía. Entonces proponen barbaridades como la limpieza social y, afortunadamente, en ese momento, los indigentes recuperan su estatus de humanos, ahora como miembros de una categoría abstracta. Ergo, nos negamos en coro a ideas tan macabras.

Podríamos pensar, entonces, que si en serio queremos perseguir ideales humanistas, deberíamos colaborar activamente en el bienestar de estas personas. Que los que puedan enseñar a pescar, que lo hagan. Y nosotros que nos enfrentados ante el dilema de un pescado o nada, haríamos bien tendiendo hacia la opción del pescado. La cuestión, por supuesto, no es tan simple. Ya dije que, al no estar en una relación recíproca, los indigentes no tienen cómo ofrecer algo. Lo cierto es que también pueden afectarnos de otra manera y, de hecho, lo hacen. Ellos nos manipulan. Hablan de las cosas que se ven obligados a hacer por culpa del hambre y nos ponen en una situación mucho más que escabrosa.

Piénsese en la diferencia entre un chantaje y una relación recíproca. A primera vista lo uno podría confundirse con lo otro porque el chantajista esta «ofreciendo» algo. Su servicio consiste en no utilizar su poder para cagarse en la otra persona. Así, dinámicas del tipo «tú me das plata y yo me quedo callado» parecen beneficiar a los dos. Obviamente ese no es el caso porque en una relación verdaderamente recíproca, por mucha disparidad que haya, el mejor escenario para ambos participantes es el de trabajar juntos. Cuando de chantaje se trata, ciertamente es mejor pagarle a alguien para que no revele mis secretos, pero el mejor de los escenarios es que esa otra persona sencillamente no existiera. Esto, traducido al tema que nos atañe se ve así. Los indigentes nos proponen este trato: «tú me das plata y yo no robo, ni maltrato a gente como tú». Es doblemente curioso que sí le demos monedas a las personas que cuidan un carro estacionado en la calle. Es curioso, por un lado, porque confirma nuestra intuición del vínculo entre confianza y reciprocidad. «Me conviene darte plata porque me conviene que nos encontremos de nuevo y vuelvas a ayudarme con esto de cuidar el carro». Sin embargo, es curioso también porque hay casos en los que es todo menos sutil el hecho de que existe una amenaza. «Si no me das plata, cuando vuelvas te rayo el carro».

En cualquier caso, es claro que, a menos de que todos nos preocupáramos por el bienestar de los indigentes, no existe un vínculo directo entre la plata que yo doy y la gente que deja de ser robada. Sin embargo, si todos (y eso incluye a los indigentes) nos pusiéramos de acuerdo y cambiaramos limosnas por seguridad, generaríamos un sistema diseñado para el más veloz de los colapsos. Estoy hablando, claro, de un escenario exageradamente hipotético en el que los que tienen plata y los que no la tienen se comprometen a mantener un comportamiento por el bien de la sociedad. Mi punto con esta especulación es que ahí sí que tendríamos razones para no confiar en nadie. De lejos, la mejor estrategía sería fingir que se da limosna y disfrutar los beneficios que pagan los demás. También podríamos hablar de la trampas por parte de los que reciben la limosna, pero no me interesa especular sobre eso. El punto es que debemos considerar que los indigentes tienen un modo agresivo de afectarnos y eso, lejos de ayudarnos a encontrar un curso de acción, nos confunde más.

¿Será que dar limosna, visto a gran escala, es más dañino que beneficioso?

El mejor exponente que he encontrado para esta postura es Žižek. Estoy seguro de que otros muchos han elaborado esa idea y, de hecho, el golpe fulminante de la charla en la que encontré esta opinión es una cita de Oscar Wilde. También hay versiones estúpidas dando vueltas por ahí. En Armenia, por ejemplo, salió una campaña que busca erradicar el hábito de dar limosna para no promover el comportamiento de los que la reciben. Uno de los entrevistados dijo que el número de habitantes de la calle ha subido porque están llegando cada vez más indigentes de otras partes. Discúlpenme si me equivoco, pero lo que yo veo ahí es que entienden por «promover la indigencia» recibir a indigentes y por «dejar de promoverla», obligarlos a que se vayan a otra parte o se mueran de hambre. También me molestan los que creen que, si todos diéramos limosna, muchos dejarían de trabajar y se dedicarían a vivir «felizmente» en la calle. Así pues, voy a trabajar la versión que presenta Žižek.

El punto es el siguiente. Dar limosna no ayuda a resolver el problema de la gente en la calle. Si algo hace es todo lo contrario: empeora la situación. En primera instancia —y léase esto como una cuestión de hecho, no como una cuestión ética—, los indigentes viven más tiempo gracias a nuestra ayuda. Esa vida nunca mejora en términos de calidad, pero sí se incrementa en términos de duración. Para colmo, tener hijos se vuelve más rentable porque es más fácil obtener limosna enviando a niños a que la piden. En ese sentido, podría decirse que estamos ayudando, no sólo a prolongar existencias casi insufribles, sino también a que nazcan más niños en condiciones tan desfavorables. La cosa se enreda bastante, entonces, porque habría que dejar morir a la gente para que no nacieran más niños en esas condiciones y para que la agonía de los indigentes terminara más rápido. Esa postura podría llamarse limpieza social pasiva, tiene muchos problemas, y la verdad es que Žižek, sabiamente, ni la contempla. Tan sólo insinúa este camino. Lo que sí dice y me parece verdaderamente contundente es que resulta inmoral utilizar la propiedad privada para aliviar los males que son causados por la institución de la propiedad privada. Oscar Wilde lo pone en términos finísimos y además nos brinda esta genial analogía: «los peores dueños de esclavos eran aquellos amables con sus esclavos porque ayudaban a esconder el horror de ese sistema». En otras palabras, la solución a la esclavitud no es portarse bien con los subyugados; es abolir esa mierda. Al portarnos bien con los esclavos, era menos probable que ellos se dieran cuenta del horror de su condición y era más difícil que los pensadores tuvieran esa misma epifanía. (Obviamente, la crueldad de los esclavistas no amables fue tan excesiva que sería injusto decir, así no más, que los amables eran peores. Recordemos que se habla en cierto sentido y que Oscar Wilde gustaba de las frases impactantes.) Análogamente, dar limosna esconde el hecho de que es el sistema el que pone a la gente en situaciones de indigencia. Si queremos ayudar, nuestro objetivo no debería ser dar una moneda, o comprar productos de compañías que realizan al margen trabajo social, sino reconstruir nuestra sociedad para encontrar un modelo en el que la pobreza sea imposible. Žižek rastrea una suerte de tendencia en el capitalismo que trata de promover, precisamente, la esclavitud amable. Lugares como Starbucks nos venden el mundo del consumismo y a la vez una redención por hacer parte de éste. Nos dicen que su café viene de negocios a buen precio con campesinos y que parte de sus ganancias van a ayudar a los niños hambrientos de guatemala, y que se preocupan por tener establecimientos cómodos and so on and so on. Visto así, se explica la curiosa sensación de tranquilidad que sentimos cuando damos limosna. El punto no es que ayude a aliviar el problema sino que nos sentimos menos culpables por hacer parte del grupo afortunado que sí tiene acceso a los bienes de nuestra sociedad.

Entonces, ¿qué le contestamos a Žižek? La complejidad del problema es tal que esta perspectiva desborda nuestra humilde pregunta de bogotanos que se están tomando un tinto en una cafetería cuando llega alguien a pedir dinero. La vida actual de las personas que nos encontramos es imponderable como lo es también la lucha contra un sistema que da lugar a este tipo de interacciones. Žižek se responde a sí mismo en varios comentarios. Aclara, por ejemplo, que no está diciendo que no deberíamos darle dinero a un niño hambriento. En un sentido abstracto, la idea de esa reflexión es más bien que veamos la hipocrecía que se esconde en nuestros actos caritativos. Perfectamente de acuerdo, digo yo. El problema es que eso no nos deja con ninguna norma de acción. Dar limosna es malo porque, en efecto, fomenta la indigencia y no dar limosna también es malo porque implica menospreciar el dolor de un ser humano concreto que nos ruega por algo de ayuda. Por otra parte, es fácil decir en retrospectiva que los dueños de esclavos que eran amables estaban sosteniendo un sistema asqueroso. Aquí y ahora, dada la dificultad de la empresa, parece peligroso traducir la reflexión de Žižek a términos prácticos y concluir que no damos limosna porque queremos que ocurra la revolución (revolución, por demás, que le corresponde en buena parte a los mismos indigentes). Estoy a favor de esparcir esta reflexión y elevar nuestra conciencia sobre el asunto. De ahí a sacar una norma en la que quede explícitamente enunciado que la vida de los indigentes que caminan por la calle es menos importante que erradicar la indigencia misma, me parece que hay un trecho enorme. Me quedo sobre todo con una cosa que Žižek dice de pasada. Es curioso que haya habido un cambio de imaginario en el que nuestros sueños más irreverentes sean un capitalismo amable y no la búsqueda por modelos alternativos.

Entonces, ¿qué onda con la limosna?

Estamos jodidos. Si la pregunta se plantea en términos prácticos —y ésa es precisamente la que más me importa— no sé qué tipo de actitud tomar. El acto de dar o no dar limosna casi siempre se proyecta más lejos que la situación en la que se encuentra. La hipocrecía, la dehumanicación, la manipulación, la falsa redención, la complicidad. Todas estas cosas se esconden en actos aparentemente simples.

He contemplado la posibilidad de establecer un patrón aleatorio. Cada quince indigentes que me tope, le doy cinco mil pesos a uno, al afortunado ganador. Que el azar obre por mí y me libere (de una manera igual de falsa, pero distinta) de esta horrible duda. En todo caso, se me ocurre que la hipótesis inicial es cierta. Toda nuestra carreta racional es pura mierda. Al momento de dar o no dar una moneda, actuamos en piloto automático. Yo quiero salirme de eso, pero no veo bien cómo. Creo que me parece atractiva la idea de compartir esta revelación porque nuestras «razones» son injustas no sólo con los indigentes sino con la magnitud de este debate. Quisiera entonces que se mantenga viva esta discusión y que busquemos nuevas maneras de plantearla. Me conformo, por lo pronto, con que se llenen de dudas después de haber leído esto.

Y para terminar, una canción.