Meme Wars

La libertad guiando al pueblo, Delacroix."

Meme: dícese de una unidad teórica de información cultural que se transmite de un individuo a otro. Ejemplos: todo lo que va desde un refrán —incluso antes, desde una palabra o tal vez un fonema— hasta las ideas constitutivas de estructuras complejas como las creencias religiosas. Los memes son el equivalente en términos culturales a los genes. Y el paralelo es explícito: las ideas son como un virus que se reproduce de anfitrión en anfitrión; ellas mutan y la selección que brindamos nosotros al olvidar algunas ideas y desechar otras, permite que evolucionen y se conviertan en fórmulas exitosas. Eso incluye las prendas de ropa que usamos, las costumbres que tenemos. Todo. Hasta la convención de asentir con la cabeza para decir que sí es un meme.

Lo más elegante en el marco de esta temática es afirmar que no somos mucho más que vehículos de ideas en lo que a difusión cultural concierne. Sin embargo, como ustedes y yo creemos en el libre albedrío —un meme exitosísimo— conviene privilegiar el lado humano de esta relación simbiótica entre nosotros y nuestras ideas. Así pues, diremos que muchas veces la transmisión de memes ocurre acorde a nuestra voluntad. Por ejemplo, cada vez que un papá regaña o felicita a sus hijos, cada vez que decide mostrarse alegre o decepcionado por sus actos, está intencionalmente transmitiendo sus valores morales (por medio de condicionamiento, para colmo). Casos más contundentes se encuentran en todos los datos históricos que tenemos de algún pueblo imponiendo sus creencias y costumbres a otro. No se conoce estrategia más radical que la de obligar a una comunidad a que abandone sus memes y adopte los del conquistador, excepto, claro, aquella que consiste en matar a los portadores de ciertas ideas para que éstas mueran con sus anfitriones.

Nadie negará entonces que la historia de la humanidad es una enorme y larga guerra de memes. Quizás no sobra añadir que esa guerra no siempre implica derramamiento de sangre. Puede manifestarse en discusiones, exhibiciones constantes de prácticas que otros no aprueban, obras de arte, etc.

Pues bien, todo esto viene a cuento porque me enteré de una noticia muy curiosa sobre la cual quisiera compartir una opinión. Como seguramente ya sabrán, existe un partido de derecha gringo que se caracteriza por la estupidez de sus integrantes. Su nombre, irónicamente astuto, es The Tea Party, que traduce tanto «Partido del Té» como «La Fiesta del Té». Perdonen que explique el juego de palabras: así se llamó una famosa protesta independentista de los colonos, que luego serían gringos, en contra de los ingleses. Pues resulta que Santorum, uno de los estúpidos miembros de este partido tan astutamente bautizado, acusó a Obama de promover valores liberales por medio de una propuesta que pretende reducir los costos de las matrículas universitarias para brindar un mayor acceso a la educación. Santorum piensa que en las universidades el viento sopla hacia la izquierda (lo que no es del todo falso según muchas encuestas) y teme que si más gente ingresa a la universidad, más gente correrá el peligro de adoptar valores de izquierda —por no decir sensatos.

De entrada me causa gracia y algo de susto la escena. ¿Qué tal cómo aplaude el público lleno de viejitos mientras Santorum acusa a Obama de snob? Yo pensaba que lo snob sería cerrar aún más el acceso a la universidad, pero si el ilustre Santorum opina lo contrario, pues pido disculpas. En Youtube, uno de los comentarios al video dice que Santorum quiere que la población sea lo más bruta posible para que voten por gente como él. En el contexto de ese increíble video no parece muy descabellado ese apunte. Por lo demás, hay una falla obvia en el argumento de nuestro villano y es que Obama no está obligando a la gente a ir a la universidad sino preocupándose porque esa opción esté abierta. La idea, simple y casi ingenua, es que los que quieran estudiar más no se vean impedidos por motivos económicos.

Ahora bien, lo verdaderamente irónico, lo que me mata de la risa, es que el tal Santorum ¡tiene razón! Es cierto que queremos que los godos asimilen nuestros valores y es cierto que las universidades son un buen lugar para la emboscada. Pero ojo: no porque allí las personas se iluminen y así lleguen a tener los verdaderos valores morales, sino porque los valores morales son contingentes y se transmiten en entornos sociales. Santorum tiene razón porque esto, amigos míos, es una guerra de memes y, en territorio ajeno, se pierde con mayor facilidad. Muchas veces pregonamos que la educación es fundamental para la búsqueda de un mundo mejor, como si lo que llamamos educación no fuera un tipo particular de educación y como si lo que llamamos mundo mejor fuera una verdad objetiva.

La mayoría de las cosas que el tipo dice en el video son pura mierda. Sin embargo, creo que, si parafraseamos a este hombre, podemos obtener algo que se parece a una idea sensata.  Es verdad que un profesor liberal dispone del poder y la habilidad para promover sus valores. Después de todo, esa es parte de la gracia de ser profesor. Y subámosle el tono a esa afirmación: los profesores son como un nido de ametralladora en las guerras de memes. Desde nuestra perspectiva, las universidades, al menos en términos ideales, ayudan a formar mejores ciudadanos. Desde la perspectiva de Santorum, las universidades corrompen a la gente y les hacen olvidar los valores conservadores que él quiere promover. Entonces le dice a sus partidarios —que afortunadamente están viejos—: «no crean que la universidad es tan maravillosa; sientan orgullo de ser unos godos retrógrados (y sientan orgullo por desempeñar profesiones no académicas)». Pues me suena a que el hombre está luchando la guerra de memes tanto como nosotros y que no ha roto las «reglas del combate». Ojalá que pierda, ojalá que el Partido del Té pase de ser una broma desagradable a un recuerdo vergonzoso. Pero asumamos esa opinión en calidad de guerreros y no en calidad de libertadores que iluminan a los ignorantes.

No quiero meterme muy profundo en asuntos de ética porque el tema puede terminar embistiéndome. Diré tan sólo una cosa, polémica como las anchoas, pero una sola a fin de cuentas. No existen valores éticos que sean objetivamente más verdaderos o superiores a otros. La famosa fórmula que dice «no hagas a los demás lo que no quisieras que te hagan» funciona sólo a medias porque supone que toda la gente quiere recibir el mismo trato y ése no es el caso. Creo entonces que es importante recordar acá que nuestros principios morales no son ni objetivos ni universales. Piénsese en las miles de practicas que nosotros no compartimos y a duras penas entendemos, propias de otras culturas y de otros tiempos. Después de todo, eso también nos recuerda que creer que se está en la verdad acarrea el peligro de creer que cualquier acto de nuestra parte se justifica. Dicho de otra manera, al reconocer la contingencia de nuestros propios valores la guerra de memes adquiere reglas más cuidadosas.

Hay muchísimas maneras de combatir memes ajenos pero lo bello del asunto es que contamos con meta-valores que regulan un poco el modo en que promovemos valores. Así, en lugar de matar al otro o quitarle a sus hijos o prohibirle que los tenga, creamos zonas de influencia cultural y allí operamos nuestra lenta pero sutil práctica de promover memes sin que ese acto nos parezca violento. Escribimos libros y columnas, exhibimos abiertamente nuestras opiniones, hacemos series de televisión, como Glee, que sutilmente pavimentan el camino para la promoción de orgullo gay, etc. Para nosotros (y sé que he utilizado muchas veces esa palabra a la ligera) el fin no justifica los medios porque hemos interiorizado, si no racionalmente, al menos a través de valores, que «el fin» no es otra cosa que un conjunto de memes que intencionalmente queremos promover y «los medios» son también memes que inevitablemente vamos a esparcir. Luego, conviene que no se contradigan entre sí.

No tengamos miedo de decirlo. Nosotros queremos que nuestros argumentos hagan temblar ciertos edificios culturales que otros han construido. Nosotros queremos que, a punta de exhibir nuestras costumbres, los demás terminen por habituarse a ellas y las acepten. Nosotros queremos seducir a muchos para que se unan a nuestra postura ética ante el mundo. Y si acaso no queremos que absolutamente todos compartan nuestros valores, es porque da la casualidad de que, dentro de esos mismos valores, se encuentra cierto aprecio por la diversidad.