L’art de l’ironie

Existen muchos tipos de mentiras. Están, obviamente, las que pretenden esconder secretos, pero también se miente porque da pereza contar una historia larga o para impresionar a los demás. Cuando se presenta la oportunidad, a mí me gusta contarle historias falsas a otras personas. Las sostengo durante unos segundos y, cuando vuelven a preguntar “¿en serio?”, les digo “no, mentiras” y nos reímos. Alguna vez logré convencer a mi novia de que tuve clases de violín durante años cuando era niño. Supongo que ese tipo de mentiras caben dentro de la categoría de mamar gallo.

Ahora bien, recientemente ha ocurrido algo que le da un nuevo relieve a la dinámica de engañar. Algunas personas empezaron a burlarse de mí. Me hacen creer que me están creyendo un carretazo mientras lo estoy contando. La dinámica es la misma, pero ahora la víctima soy yo y el final tiene un elemento más. Yo digo “no, mentiras”, ellos revelan que ya lo sabían y ahí sí que nos reímos. Entonces recuerdo que el bufón se burla de nosotros precisamente porque nos reímos de él.

Punto aparte. Últimamente ha (re)cobrado fuerza el género de la parodia. Noticieros como The Onion y películas como Machete o Planet Terror tienen algo de encantador porque se toman a sí mismos con seriedad y siempre sucede que algún transeúnte desprevenido cree que está viendo algo real. En ese sentido, todas esas películas explícitamente paródicas, como Not Another lo que sea, son basura porque su obviedad se refleja en cada chiste burdo que echan. Todos saben que están viendo una comedia y eso parece darle permiso a los creadores para decir “pipí” y “popó” esperando que la gente se ría.

¿Qué tan lejos se puede llevar esta idea? ¿En dónde está la línea que divide la seriedad de la farsa? Machete seguramente ostenta buenos números si se considera la cantidad de gente que cree que es tan sólo una pésima película, pero no deja de ser fácil reconocer la broma. Pensemos entonces en los casos limítrofes y acompáñenme a fantasear sobre posibles engaños. ¿Qué tal que Wendy Sulca nos esté mamando gallo como nadie nunca se ha payaseado al mundo entero? ¿Qué tal que ninguno de los personajes de Sacha Baron Cohen le dé la talla a esta niña genio que se ríe en secreto de su propio éxito? ¿Qué tal que The Hangover Part II no sea un vil intento de reencauchar una historia sino una burla a esos intentos? ¿Qué tal que Paulo Coelho sea un ávido lector de Kafka con un humor negro inagotable? Esas posibilidades no dejan de fascinar y confundirme.

Pues bien, hace un par de semanas creo haber encontrado lo que buscaba. Les presento la obra maestra del siglo XXI, una película tan chistosa que tal vez no se rían, una obra tan perfecta que alcanza a quitarse la máscara y, aún así, no dejamos de dudar sobre cuál es su verdadero rostro: Amanecer, ¡la cuarta entrega de Crepúsculo! Está en las narices de todos, cuenta con una producción multimillonaria y se burla -creo… sí, se burla-, simultáneamente, de la masiva fanaticada adolescente que la adora y de todos los sabihondos que la odian. Amanecer es una película extraordinaria. Lo triste y a la vez glorioso es que muy poca gente lo sabe.

Sospecho que este éxito se debe en buena parte al nuevo director. Dicen que los genios artísticos no están tocados por la inspiración de los dioses; tan sólo saben leer las circunstancias que los rodean. Pues este tipo recibió un guión que fue escrito con seriedad y lo transformó en una burla sin que la mismísima Stephenie Meyer, ni los productores, ni buena parte del elenco, se dieran cuenta. ¿Cómo lo hizo? Todos los demás directores de esta saga eran mediocres y simplemente querían salir del trabajo con su cheque en la mano. Pero Condon (acabo de googlear su nombre) se planteó un problema fascinante. ¿Cómo exagerar lo exagerado sin que sea obvia la burla? La respuesta, como se ve en la película, no es única. A veces se trata de hacer tomas particularmente bellas. Otras el secreto se encuentra en mostrar exactamente lo que las hordas adolescentes quieren ver, abandonando todo realismo por un instante. A veces, incluso, es necesario aburrir un poco para no romper la continuidad con las películas anteriores. En general, la clave que encontró este hombre es una vieja fórmula para el buen humor: se tomó con seriedad lo ridículo y supo levantar la ceja sutilmente en el momento adecuado.

Cierto es que el guión se prestaba para este tipo de trabajo. A Bella le hacen una cesarea con los dientes; el hombre lobo se enamora, a primera vista y románticamente, de un bebé que antes iba a matar; Edward deja moreteada e inconsciente a Bella cuando follan; el bebé vampiro de Bella la mata lentamente por dentro y hacia el final le fractura la espina dorsal. Todas estas cosas pasan, pero parece que su poder autodestructivo sólo se podía explotar plenamente en una pantalla. Condon y otras personas estratégicamente ubicadas lograron esa autodestrucción. Tal vez el director de fotografía era una de ellas, probablemente el encargado de la banda sonora. Sólo puedo señalar con certeza a un topo: el actor que hace de Jasper. Él no puede o no quiere esconder totalmente que está bromeando y en la diversión que revelan sus ojos están las bisagras que abren esa otra película, la absolutamente genial.

Sé que este texto parece una broma. Como ocurre cuando uno grita “lobo” muchas veces, ahora que hablo en serio nadie me va a creer. Pero, por favor, vean Amanecer y díganme que no es una parodia. No me crean a mí; créanle a Jasper, tan buen actor que puede actuar mal hasta cuando finge que finge que ve televisión. Y si dudan, fíjense en el chiste final. El grandioso Condon termina la película con el mismo cuadro que le da cierre a Avatar. La cámara se acerca a la cara de Bella y, justo cuando logra el plano deseado, ella abre por primera vez sus ojos de vampira. Qué capo.

  • No he visto la joya de pelicula que dices, aunque parece una pelicula para perdedores.

    Por cierto en la foto pareces un idiota demente.