Pasión teórica

Vamos a hacer una película. Abrimos con un montaje en el que aparecen imágenes de los últimos dos partidos de la selección Colombia -mucho énfasis en la cara de los jugadores- junto con comentaristas deportivos destruyendo a Leonel y acaso alguna declaración de Maturana o del Tren Valencia. Todos coinciden en que la selección no tiene futuro. Entonces, a través de una serie de eventos serendípicos que todavía tenemos que idear, resulta que un tipo cualquiera, digamos yo, o digamos tú, es elegido como el nuevo director técnico de la selección. Se llamará, propongo, “Pasión teórica” y en ella exploraremos la idea de que no hace falta haber experimentado el olor de la grama ni el dolor de una sacadilla para ser un técnico de fútbol. Nuestro héroe o heroína (sería doblemente underdog el personaje si fuera una chica) es un estudiante de literatura, digamos de 24 años, que ve fútbol regularmente pero jamás ha interactuado con algún jugador profesional, ni siquiera con un reportero. ¿Su fortaleza? Sabe investigar, sabe leer y tiene cierta disposición para resolver problemas a punta de información.

Díganme si la película no tiene una dinámica suficientemente divertida. El conflicto principal es que nadie cree que una persona joven y ajena al mundo del fútbol pueda resolver el problema que ha mantenido a Colombia en crisis durante los últimos 14 años. Su manifestaciones particulares se dividen en tres elementos. Nuestro héroe debe conquistar a los jugadores, que en principio lo acusan de ser muy joven, muy niño rico y muy marica como para dirigir un equipo. Debe también conquistar a la prensa, que dice lo mismo pero haciendo menos énfasis en lo de marica y más en la falta de experiencia. Y finalmente, debe demostrar que para dirigir un equipo de fútbol conviene saber explorar, explicar y aplicar ideas. Las tres victorias se verán reflejadas en un glorioso partido de fútbol, coreografeado como una sinfonía, en el que Colombia gana 10-0 y se perfila para volver a clasificar al puto mundial.

Pienso ahora en cada uno de los momentos clave. Ese primer discurso ante los jugadores en el que nuestro héroe rompe barreras sociales al conjugar una exaltación de la teoría con un llamado humano a la colaboración. Seguramente empieza su charla admitiendo que resulta difícil creer en él, pero luego expone su hipótesis en contra de la endogamia del fútbol y les pide que le den una oportunidad, apelando al beneficio mutuo. También convoca una tertulia con todos los conocedores del fútbol colombiano para que le cuenten nuestra historia, desde el 4-4 contra Rusia hasta nuestros días. El relato de uno de esos viejitos resulta espléndido. Más adelante habrá un conmovedor momento de camerino en el que la estrella del equipo decide utilizar su liderazgo para ayudar. En general, la relación entre los dos reflejará los altibajos de la trama. Finalmente, es imperativo que incluyamos, hacia la mitad, uno de esos montajes con música en los que se resume el progreso de los personajes en cuestión de segundos. En el nuestro, mostraremos al héroe entrenando nuevas ideas con los muchachos, lo veremos jugando PES 2012 con ellos y lo veremos estudiando libros de teoría y videos en Youtube.

En cuanto a otros personajes, nuestro héroe logra convencer a un viejo lobo de mar para que le dé consejos técnicos a los jugadores: pequeños trucos como meter el pie de tal manera, o anticipar una jugada de tal otra. Trucos, claro está, que luego incluiremos explícitamente en el gran partido. También tiene una hermana menor tremendamente extrovertida, fanática del Real Madrid, que parcha y conversa con él. Su función dentro de la trama es ser agradable, diríamos, incluso, cool. No sé si es necesario incluir un malo que luego tenga que morderse la lengua durante el gran partido. Me da un poco de pereza tenerlo ahí, pero es probable que no baste con mostrar que el clima en torno al equipo es hostil.

Otra cosa que me genera dudas es si debemos afrontar de lleno la cuestión socioeconómica. Si la premisa de la película funciona es porque los jugadores de fútbol típicamente provienen de contextos marginados y nunca se encontraron en situaciones educativas favorables. Se sigue que la idea de emplear entrenadores que fueron futbolistas no es tan fantástica porque, por mucha experiencia que tengan, no necesariamente son buenos oradores o buenos estrategas. Dentro de la película la cuestión se podría abordar haciendo que nuestro héroe conozca las historias de sus jugadores y se le rompa el corazón y le dé rabia vivir en un mundo como el nuestro. Por su parte, los jugadores podrían eventualmente abandonar el rencor social hacia el entrenador y sentirse simultáneamente asombrados por su mala suerte inicial y afortunados por haber llegado hasta donde están. La pregunta es si al incluir este elemento la película (y entrados en gastos, este texto) se expone a una lectura discursiva que resalte demasiado el modo en que se privilegia el conocimiento y se asocia a la pobreza con ignorancia.

Una manera menos comprometedora de darle profundidad a nuestra obra sería reflexionar sobre el papel de la Selección Nacional como constructora de identidad en el país. No deja de ser paradójico que el fútbol sea a la vez irrelevante y tremendamente significativo. Tal vez dentro del equipo podrían darse cuenta de que lograr un cambio a favor de la comunicación y la teoría en lo relacionado con el fútbol podría generar un reflejo igualmente alterado en el espejo en que nos miramos.

Sea cual sea el camino que tomemos, propongo que al final, cuando la prensa entreviste a uno de los jugadores, éste parodie el hecho de que las ruedas de prensa tienen una suerte de guión. La escena es así: el jugador se echa el típico discurso de cómo trabajaron muy duro para la victoria y cómo, gracias a Dios, se dieron las cosas. Luego sonríe maliciosamente y la película termina.

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