No todos los días estamos para malabares

Cuestionemos la superioridad de la lectura como actividad de entretenimiento. Porque sí, de locos. Más por evitar problemas que por diferencias tangibles, me voy a referir tan sólo a la lectura de relatos. No sé si leer filosofía sea radicalmente diferente a leer una novela, pero dejémoslo de lado.

Una persona cualquiera se debate, un domingo cualquiera, entre leer esa novela que le recomendó un amigo (cualquiera), o ver una película que también hace parte de su lista de espera. Tengamos presente que domina la creencia según la cual la primera actividad es más fructífera que la segunda. Supongamos ahora que la persona cualquiera opta por ver la película. ¿Por qué es que se siente ligeramente culpable? En serio, ¿por qué?, ¿qué hay de malo? ¿Acaso la gracia no era pasar un rato ameno? Dicho sea entre paréntesis: nadie lee todo lo que quisiera (¿debería?) leer. Entonces hagamos el ejercicio de pensarlo.

De entrada se me ocurre una objeción gigantesca en contra de la ilustrísima lectura: se olvida. Habiendo terminado mi carrera de literatura sólo puedo decir que he leído media docena de libros. De los otros ¿cien?, ¿quince? apenas quedan comentarios prefabricados idénticos a los que tengo sobre libros que no he abierto. Bueno, me queda también una topografía cultural tremendamente útil al momento de librarme de aprietos de cafetería. Pero eso es como decir que del bachillerato me queda Wikipedia. Las películas también se olvidan, por supuesto. Pero hay tantos peros: las imágenes parecen dejar una huella más duradera; los repasos son infinitamente más viables; y parece menos grave olvidarlas.

Aquí no falta el transeúnte que sale con el apunte de que imaginar es más bonito. Es el argumento que usualmente se esgrima a favor de la lectura narrativa. Es la sobrevaloración de la imagen construida sobre la imagen dada. Que ninguna actriz puede encarnar la belleza arquetípica de Helena de Troya, que los olores de El perfume son misteriosamente más vívidos en tinta que en pantalla. Tal vez tenemos el rezago del cine sin computadoras. Lo cierto es que la imaginación es genérica. Nos dicen elefante y nos bastan cuatro patas, una trompa y cierto volumen. Que me manden a la hoguera, pero consideren si las secuencias de combate en 300 no exceden el poder de la imaginación, por muy Homero que uno sea. Es como tratar de imaginar un polígono de setenta mil lados. ¿Están pensando en un casi-círculo con perfiles de serrucho? ¿Ayudaría una descripción detallada? No quiero decir que una imagen dice más que mil palabras, pero el mundo es a su manera como ese polígono. Cuado menos, hay cosas para las cuales la imaginación no alcanza.

Volvamos a la pregunta central. ¿Por qué nos sentimos más orgullosos de nuestras lecturas y por qué, a pesar de ello, no podemos evitar cierta renuencia hacia los libros? Tal vez se debe al halo intelectual que tiene la lectura. Podemos estar confundiendo la causa por el efecto, pero no descartemos la posibilidad de que se trate de una cuestión de apariencias. Cierto es que exageramos nuestras lecturas como nuestras vidas sexuales. A lo mejor leemos para decir que lo hacemos, a lo mejor, en efecto, la lectura resulta más enriquecedora porque… ¿es más difícil?

He ahí el punto. No diré que el lenguaje audiovisual es simple; tampoco que ver imágenes implica pasividad. Pero sí hay algo. Las películas más complejas podrán ser tan difíciles como los textos más complejos; no obstante la fórmula no sirve a la inversa. Los textos más llanos, los bestselleres más digeribles, son siempre más difíciles que sus contrapartes audiovisuales. Y no es que la energía la gastemos imaginando elefantes detallados. Nuestra labor es de malabaristas. Descifrar el código escrito implica significar cada nuevo término a la luz de los anteriores y resignificar los anteriores a la luz del nuevo. Por eso desconcentrarse durante la lectura de un texto es fatal, es perder el tiempo, mientras que perder la atención en una película es remediable.

Ahora bien, la dificultad no es una virtud en sí misma. Es lo que conlleva lo que degeneró en el prestigio cultural que parece relativo a la dificultad y que es irrespetuoso con el olvido. Nos duele aceptar que las lecturas se diluyen con el tiempo y lo tapamos con el valor contable de un libro más leído. Estaría apunto de inclinarme por la absoluta neutralidad. Si en tus domingos cualesquiera vas a leer, lee y si vas a pasártela en Cuevana, cuevanea. Pero no quiero que se pierda una diferencia esencial. Por lo alto, si de dificultad se trata, parejos. Por lo bajo, sin embargo, la lectura se culea a lo audiovisual. La dificultad del malabarista conlleva compromiso. Produce la satisfacción de no dejar caer ningún objeto. Asociar imágenes en cambio, si me lo permiten, ocurre en piloto automático. Es lo que siempre hacemos. Por su parte, el compromiso con un relato nos permite ese otro nivel que hace a la lectura paradójicamente más memorable. Nadie recuerda qué leyó, pero puta que nos acordamos de haber leído.

  • Leonor

    Cuando menos, me hizo reír mucho. Por lo demás, very nice!

  • Mateo

    Me acabo de dar cuenta de que “julio” es el mes y no el nombre de quien comenta. El nombre aparece en blanco, se pierde en el fondo blanco. ¿Un error de diseño web?

  • Mateo

    Sin duda, este texto no es lo mejor que uno se pueda encontrar por ahí. En eso estoy de acuerdo con Julio. Pero no entiendo por qué la afirmación de que literatura y arte “son diferentes” si eso es obvio. Pero sobre todo es chocante que, si él reconoce que son diferentes, diga que “a nivel formal” tal o cual libro se ve ridículo en pantalla. Pues ¿dónde está la diferencia si no es a nivel formal? Luego, enfrentarlos comparativamente en ese terreno parece un despropósito. Quizás alguna historia, puesta en esta y en aquella forma, resulte mejor aquí que allá. Pero eso sería por cuestiones inherentes a los logros alcanzado en el formato mismo, no por la comparación entre ellos. Estoy pensando, por ejemplo, en El Perfume. Obviamente diferente, pero buena aquí y allá.

    Hago el comentario porque me pareció agradable la idea de contrastar cine y literatura en términos de demanda cognitiva (“por lo bajo”, según escribe), entremezclado eso con “prestigio” cognitivo y terminar con un intento (flojo, tal vez) de justificar ese prestigio. Es gracioso leer a Santiago, de cierta manera, defendiendo un lugar común.

  • La literatura y el cine son artes y entretenimientos muy diferentes. Solo por decir algo: En el cine nunca vas a encontrar el nivel de introspección que hay en la literatura, y en la literatura no vas a encontrar el nivel de acción que hay en el cine.
    Una obra literaria como El amor en los tiempos del cólera, de Gabo o Axificia de Palahniuk, con grandes virtudes a nivel formal se ven ridículas en la pantalla.
    Hombre Santiago, por favor no le muestres tus cositas escritas a la mamá.