Le pasó al amigo de un amigo

Si una película comienza con el letrero “basada en hechos reales”, lo más probable es que sea una mierda. Pero hagamos el ejercicio de preguntarnos por qué lo ponen allí. Da la casualidad de que Pedro, aquella vez que decidió cagarse en los Oscar, se enfrentó al dilema de incluir dicho letrero. Pocos saben esto, pero Pedro fue hijo de un oficial alemán que trabajaba en un campo de concentración. Allí, por las amargas casualidades del destino, entabló una amistad con un niño como él… pero judío. No quiero entrar en detalles, baste señalar que, cuando por fin alguno logró cruzar la barrera física y simbólica que los separaba, quedaron ambos del lado equivocado. Peripecias más tarde, marchaban los dos hacia una cámara de gas. Un oportuno oficial reconoció los rasgos alemanes de Pedro entre el ganado judío y se apresuró en su rescate. Cualquiera supondría que esta experiencia marcó a Pedro por el resto de su vida. Lo cierto es que no. De no haber llegado esta anécdota a los oídos de Johnnathan Heinrich, reconocido productor cinematográfico, nos habríamos privado de una excelente pieza del séptimo arte. Pedro, recordemos, se encontraba en su etapa de eterno performance que lo llevó directo a los premios de la academia. Por esa razón no sólo aceptó que se realizara un proyecto tan ordinario, sino que además concedió que la película concluyera con su muerte. Y acá viene nuestro dilema. La cinta está casi terminada, Pedro debe mantener su fachada, y se pregunta: ¿ponemos el maldito letrero?

El eufemismo salta a la visa: la película es ficción. No sólo Pedro está vivo, sino que todo aquél que revise su biografía constatará que nació en 1982. Que Heinrich haya creído esta historia es harina de otro costal. Lo que a Pedro perturba es que el crédulo productor hizo de ella unaverdad que luego falsearía, pero insiste en señalar, no obstante, que la película está basada en hechos reales.

—¡Lograríamos la simpatía del público!¡Desde el principio! —argumenta, Heinrich.

Por supuesto, se trata de un artilugio ruin. Decir que algo se basa en hechos reales podría suscitar un tanto de simpatía antes de que cualquier elemento cinematográfico entre en juego. La idea es que la realidad le pese a al espectador; que si la película aburre, que haya un poco más de paciencia; que si conmueve, que lo haga doblemente. Este humilde narrador se pregunta, entonces, ¿con qué fin se utiliza este recurso? ¿Acaso para que el mensaje altruista llegue más lejos, para que la inspiración del ejemplo tenga además el soporte del “se ha hecho”?, ¿o quizás para llenar un poco más las arcas? Independiente de cómo se use, es una técnica que nada tiene que ver con el cine, salvo, tal vez, que lo presenta subordinado a la realidad. No es casualidad, por ejemplo, que el letrero aparezca al principio y no al final. Si de créditos se tratara podrían ponerlo justo allí: en los créditos, como hacen con las novelas adaptadas.No, la intención es que nuestra actitud ante la película esté alterada por la idea abstracta de ese afuera que es la realidad. Que el espectador se lo coma o no, es también harina de otro costal. Aunque no sobra preguntarse quién va a llorar por las anécdotas trágicas de Pedro.

Al escuchar la sugerencia de Heinrich, nuestro héroe recuerda una diversidad de películas que apelan al recurso: “algunas malas, las otras también y ciertas excepciones que hasta me han gustado. Eso sí —añade—, todas han sido más exitosas de lo que debieron ser, como lo sería una montaña rusa que advirtiera al inicio del trayecto: técnicamente, esta mierda se puede caer”.

—Es un buen recurso. Acepto.