Pedro y los Óscar

Un tuit solitario marcó el momento en que Pedro perdió la paciencia. Terminada la ceremonia, nuestro héroe publicó que se rehusaba a ver otra entrega de los Óscar. Lo notamos tan sólo en retrospectiva, por supuesto. Difícil sería que ese tuit se destacara pues las demás personas, como suelen hacer, escribieron cosas similares sobre lo mismo y cosas distintas sobre temas diferentes. Sin embargo, ahí estaba esa primera señal. De hecho, una persona guardó ese tuit entre sus favoritos.

Pedro incumplió su promesa. Tuvo que ver y presenciar varias ediciones de los Óscar después de ese día. Pero no se debió a un cambio de parecer sino a la determinación de que durante los premios de la Academia, por culpa o gracias a lo insoportable que resultaba la ceremonia, se abría siempre la posibilidad de una irrupción. Los años de experiencia que le otorgaría la realización de su plan confirmaron que no se trataba de dar argumentos. Su opinión era la misma que tiene cualquier persona frustrada por el resultado de cada entrega y molesta por el tono mundial que tiene esta celebración local. Lo que indignaba a Pedro, lo que lo sacaba de quicio, era que el formato mismo del programa le daba un micrófono sin límites a decenas de personas y ninguna de ellas lo utilizaba. Le costaba creer que entre todos los ganadores no hubiera nunca alguien que pudiera superar las limitaciones sociales o contractuales impuestas por esta celebración; alguna persona con el valor o la tranquilidad para tirarlo todo por el desagüe y decir aquello que ruega por ser dicho. Cuando Pedro tuiteó lo que tuiteó, entendió que esa persona nunca llegaría. Los Óscar siempre serían iguales y el silencio con cara de agradecimientos a gente desconocida sería cada vez más impresionante. Fue entonces que ideó su plan. Se convertiría en un exitoso cineasta sólo para recibir un Óscar sólo para tener la oportunidad de decir, en plena ceremonia, que se limpiaría el culo con la estatuilla dorada.

El proceso fue arduo y lento. Podríamos incluso cuestionar las motivaciones de nuestro héroe porque nadie se toma la molestia de molestarse tanto por tanto tiempo. Lo cierto, en términos cotidianos, es que trabajar haciendo cine es muy divertido. Y lo fundamental, en términos esdrújulos, es que romper la configuración del mundo, aunque sea por un momento, es algo que merece algunos años de búsqueda. La trayectoria de Pedro está para que la revisen en Wikipedia; la omitiremos acá porque carece de elementos especiales. No cabe duda de que estuvo llena de dificultades y aventuras. Pero el Pedro que conseguía palancas y trabajaba en comerciales de videojuegos, el que dirigió blockbusters completamente amarrado por los productores, sólo se distinguía de sus colegas por el intangible secreto de sus motivaciones y eso no se puede mostrar. De no ser por aquel tuit dudaríamos de que haya habido un plan y no tan sólo un momento de cansancio en la mitad de esa ceremonia. Los invito a que revisen las entrevistas que daba acerca de sus películas. ¿Puede alguien distinguir entre el Pedro que jugaba a decir lugares comunes y sus colegas, que los decían por obligación?

Suponemos que se reía en sus adentros. Es inevitable gozarse una farsa cuando se logra hacer, con toda seriedad, una película sobre una lesbiana afrodescendiente, lisiada, judía y jorobada que recibe la medalla de honor luchando en Afganistán. Tuvo que haberse divertido porque nadie sospechó lo que enunciado así parece tan obvio. Cierto es que muchos se indignaron cuando la cinta de Pedro obtuvo esa anhelada nominación. Pero la mayoría se alegró porque él, maestro de tonos y ritmos, había hecho una película que dejaba llorando a cualquier desprevenido. A su manera, todos le creían.

Paso entonces al momento que ya vivimos. Un hombre vestido de esmoquin, con gafas, barba y ademanes torpes, se alegra por su victoria tanto como todos los demás ganadores. Camina hacia el escenario, en medio de los aplausos, con una mezcla de alivio y frenesí. Recibe la estatuilla, se acerca al micrófono y, cuando lo toca con su boca, hace una pequeña pausa. Con su mirada revisa las secciones alejadas del teatro. Acaso Pedro piensa en que al otro lado de las cámaras, en países y hogares diversos, hay gente como él que va a sentir un profundo alivio cuando ocurra la sorpresa. Duda por un instante, quizá porque ya que no sabe cuál es el tono apropiado. Se rasca la frente y, por fin, usa el micrófono.

−Sólo quería decir que esto es una puta mierda.

La gente desconcertada no entiende qué acaba de ocurrir. El director de la transmisión no alcanza a reaccionar. Primero hay silencio, luego el teatro se llena de bullicio y, en ese mismo instante, un coro inaudible se articula entre todas las personas que, sin compartir un mismo espacio, dicen “gracias”.