Bien por él

Ha sido científicamente comprobado que es ridículo criticar el premio Nobel de Mario Vargas Llosa por las inclinaciones políticas del autor. Sin embargo, creo que en este campo la ciencia es redundante porque la sola frase “es que ese man es un facho” ya lo pone en evidencia. Habíamos quedado en que el sujeto con tripas y patas no es relevante para la literatura. Lo es la figura de un autor y de eso me gustaría hablar en otra oportunidad, pero, por lo pronto, basta con recordar que es tan absurdo buscar la explicación de una obra en la biografía del autor como lo es tomar en cuenta cuestiones moralmente reprochables. El escándalo de Woody Allen y el penoso modo en que esto tuvo repercusiones en la interpretación y financiación de su obra puede ser un buen ejemplo del moralismo barato que se esconde detrás de la crítica a don Vargas Llosa. Nos parecemos a la prensa que ataca a los jugadores de fútbol por haber estado con prostitutas. No hace falta que elijamos entre nuestro resentimiento hacia la derecha y nuestro frágil orgullo latinoamericano. Lo primero simplemente no viene a lugar. Y acaso cabe añadir que Vargas Llosa efectivamente es un putas (como también lo fue Wagner).

Ahora bien, tampoco se trata de algo maravilloso. Después de cien años es tan vergonzosa la selección de autores que han ganado un Nobel que todos los que reciben el premio están obligados a disculparse. En este punto, suele citarse el caso de Borges, pero quiero que pensemos en otros ejemplos para que no suene a cantaleta. Se me ocurren Kafka, Joyce, Cortázar, Tolstoi, Virginia Wolf y Truman Capote, seguidos de un gran etcétera. Pero esto sólo es verdaderamente significativo porque, por el otro lado, hay cerca de sesenta colados en la lista. Algunos son personajes de los que no se ha dicho una sola palabra en los últimos veinte años y otros son casos desafortunados y ridículos como el de Churchill. Piénsese en la última década: sé que Pamuk y Saramago están por todas partes pero de los demás ya ni me acuerdo.

El Nobel de literatura está muy lejos de ser una farsa tan grande como los premios Óscar; y éstos, a su vez, están lejos de ser tan patéticos como los Grammy. Luego el Nobel sigue siendo algo bastante significativo. Creo que la cuestión está en la pura mitad del debate: ni para armar fiesta, ni para exasperarse. El Nobel de Vargas Llosa es un buen motivo de alegría pasajera (¿como los mineros?).

Casualmente estuve leyendo La tía Julia y el escribidor poco antes de que publicaran la noticia y me llevé una gran sorpresa. Recuerdo que en una clase de literatura, la profesora afirmó que Vargas Llosa es un excelente crítico y un no tan buen novelista. Hasta hace un mes pensé que efectivamente ése era el caso. Había disfrutado infinitamente la lectura de sus ensayos sobre Madame Bovary, Cien años de Soledad y Los miserables, pero me quedé en las primeras páginas de La ciudad y los perros. Buscando una buena lectura de Transmilenio opté por La tía Julia y pasé de repetir la astuta opinión de mi maestra a afirmar con algo de vehemencia que se trata de un libro genial. Lo recomiendo enfáticamente. Para los que no conozcan la trama, Vargas Llosa mezcla el relato del primer matrimonio de un tal Mario Vargas Llosa (que, les aseguro, no es él) con una serie de narraciones vulgares. La inclusión de estos escritos se justifica porque, dentro de la trama, son la creación de un personaje de la novela que escribe radioteatros en la emisora donde trabaja el tal Mario. La gracia está en que La tía Julia y el escribidor juega con el morbo que generan las historias truculentas y la inevitable conciencia de que son basura. El tono logra ser simultáneamente distante, irónico, apasionado y nostálgico.

Que un libro pueda hacer que el lector se ría en voz alta debería ser suficiente para considerarlo magnífico, pero además quedé con la impresión de que la reflexión sobre los relatos vulgares es verdaderamente especial. No sé qué tan buenas o regulares sean las otras mil novelas que escribió Vargas Llosa, pero no sobra darle un Nobel a alguien que sea capaz de reflexiones tan lúcidas como las que se ven en los ensayos mencionados y puestas en escena tan magníficas como aquella que se ve en la novela que les recomiendo. Juzgando por esos cuatro textos diría que es más lo que se beneficia la academia sueca poniendo un nombre duradero en su lista, que lo que se beneficia el facho ése.