Bandida de casino

Quiero ser millonario para olvidarme de los amigos. Llenar mi piscina de champán rosa, coleccionar chicas con cicatrices, bañarme desnudo en las fuentes públicas, ir personalmente a pagar las multas. Por los corredores del casino, los televisores empotrados sintonizan el canal deportivo FOX y una pelea de dos macancanes se muelen a golpes en una jaula. Para el próximo juego en la tragamonedas voy por una terna y pido carta. En los auriculares de mi chatarra de celular suenan los temas de Los Ilegales de España y la continua ansiedad me empuja la mandíbula a mascar chicle. La máquina arroja un nueve negro y obtengo lo mío carajo. Acumulo mil quinientos puntos que me tienen electrizado y doblo mi apuesta a tres mil. El tablero estampa un siniestro As de picas que me paraliza. Seguir con vida es un milagro. La adrenalina sube y siento la garganta seca. Mastica, mastica. Mi apuesta se tambalea en la cuerda floja. Golpeo el botón de la derecha y tengo mi carta: el As con el igualo y puedo volver a pedir carta. Mamacita, tan linda, le digo a mi máquina, y me provoca cogerla a picos. Eres una puta, pero no lo bastante. En el tv, los peleadores resoplan en el suelo. El más feo tiene por el cuello a su contrincante entre las piernas y lo estrangula con sus muslos.

No tengo idea cuánto tiempo ha pasado. Tiempos nuevos, tiempos salvajes. Hace un momento, iba caminando por la avenida La Playa satisfecho por el ahorro en efectivo que había logrado: ciento veinte mil pesos con los que pensaba comprarme una colección de cidís de Judas Priest. Una caja forrada en taches plateados, al mejor estilo sado-punkero, con cuatro discos compactos y un bonus DVD con videoclips. El ahorro lo deduje con esforzada disciplina sacando una porción quincenal de mi salario. Así que iba por la calle cuando pasé al frente de las Hamburguesas del Oeste y atravesé una capa de vapor que se levantaba desde la plancha de asaduras. El olor a tocineta me revolvió las tripas. Y el tema que sonaba: Tengo un problema sexual. ¡Carajo, qué hambre! Asomé por los precios: combo de hamburguesa con queso y tocineta, papitas fritas y gaseosa, por 11.400. Y ni modo de esculcarme. Entonces vi el aviso en neón: Casino Caribe. Las tripas me crujieron. Con unos cuarenta mil que apostara ganaría los once mil del combo.

Cuando pasé por el detector de metales la sensación de lujo estalló en mi cabeza. Sirenas, luces parpadeantes, pitidos, sonidos digitales. Me sentí perfecto con la impresión de protagonizar una película en Las Vegas. Al fondo sonaba un blues, secreto de negro. Je, pura mierda, sonaba un pasodoble. Y yo que odio los pasodobles. En dirección a la taquilla pisé la abollonada textura de la alfombra. Con sus geometrías apiñadas y coloridas el maldito tapete terminó por gustarme.

Pertenezco a esa mediocre raza de jugadores que preferimos las tragaperras a las mesas porque carecemos de la plata y el arrojo suficientes. Y por supuesto pensamos que el trabajo es una gran putada. Solo trabajan quienes no tienen nada que hacer en la vida. Delante la taquilla abrí la billetera en canal y comprobé dos billetes de cincuenta y uno de veinte mil. Escogí el de cincuenta lo extendí haciéndome la firme promesa de solo apostar cuarenta mil pesos. La taquillera y yo nos sonreímos. Es rellenita y linda. Una docena de picos en esos cachetes blandos serían tan relajantes como amasar sin piedad una libra de harina húmeda.

Recibió mi billete y lo cambió por diez de cinco mil. Para contar, los arrojaba zanjando el aire, trazando un ordenado abanico sobre el escritorio. Me motivó su profesionalismo y tomé la visión de sus cachetes como una premonición de mi porción de tocineta.

Entonces la vi. Estaba en el fondo, en medio de una batería de diez máquinas: pequeña, sólida pero atractiva. Había llegado el momento de apostar y ganar. Hace años, cuando esta máquina era mecánica y se accionaba por palanca, se le llamaba “bandida de un brazo”, es decir, una exuberante princesa mocha. Saqué con solemnidad el fajo de billetes de 5 mil, extendí uno y lo deslicé por la abertura. La “bandida” despertó con sonidos, luces y otras zalamerías que terminaron por seducirme. Fuimos el uno para el otro.

El billete de 5 mil fueron 50 puntos iniciales. Decidí apostar dos puntos por mano y pedí juego pensando en mi hamburguesa con Cocacola.

En un parpadeo la desgraciada máquina se tragó mis primeros treinta mil pesos. Ahora no solo estaba riesgo la jodida hamburguesa, sino también mi caja de Judas Priest. ¾Nada, relajado, ¾me dije para evitar la ansiedad:¾, no ha pasado nada.

Una chica con una enorme panza de nueve meses jugaba en el extremo del pasillo. Otras máquinas sonaban y titilaban en su escándalo de casino. En el rostro de la chica había una clara tristeza. No era rabia, ni dolor, ni desesperación. Enrique Symns decía que “el único dolor que confiere nobleza es la tristeza”. Perder en un casino y conservar la dignidad es una virtud. Lo que tenía la embarazada: la virtud de conservar la tristeza y la nobleza. Lo mejor era escapar de la peligrosa atmósfera que la rodeaba y me largué a jugar con máquina.

Y por eso vine a dar a esta mamacita que me está dando un buen juego. En el canal FOX uno de los peleadores estrangula sin piedad a su contrincante, cuando recuerdo la promesa de solo jugar 40 mil. Con los 10 mil restantes de la primera derrota, voy jugando y ganando. Apostando y ganando. Quiero ser millonario para olvidarme de los amigos. Tocar tan mal como los Rolling Stones, tocar tan mal y que todos me aplaudan. Disparar a todos sin ser culpable, jugar al golf en el jardín mojado. Recupero 15 mil y sigo ganando hasta completar 20 mil. Me siento cómodo, querido y sobre todo optimista. Solo me faltan 10 mil para completar mi plata. Tengo que botar este chicle si no quiero que el cuero de mi estómago quedé carcomido por mis propios ácidos. Una azafata sonriente me ofrece un tinto en bandeja. Esperaba un trago de aguardiente, pero igual acepto. Solo es oler el café y mis tripas despiertan de nuevo. Tengo un impulso de largarme sin importar que haya perdido 10 mil y con ellos mi caja de Judas Priest.

Mientras decido si quedarme o largarme de una vez quedo perdido en maricaitas varias. En alguna parte leí que Laplace y Fermat fueron legendarios matemáticos que pasaron a la historia gracias a sus desvergonzadas apuestas y a sus estudios de probabilidad. En las noches, jugando y celebrando a las carcajadas los estúpidos chistes de sus colegas, anotaban abigarradas series de números que luego, durante la resaca del día, repasaban en sus estudios. El estudio de la probabilidad debe sus más importantes teoremas al vicio del casino. Pero esto no lo saben los ingenieros, con lo brutos que son. Un ingeniero no lee ni a palo una novela, así como un abogado se vuelve loco resolviendo un fraccionario. Por su parte Dostoievsky dice en El Jugador: “Me pareció que la «combinación» no significa gran cosa y no tiene, ni con mucho, la importancia que le dan algunos jugadores. Se sientan con papeles llenos de garabatos, apuntan los aciertos, hacen cuentas, deducen las probabilidades, calculan, por fin realizan sus puestas y… pierden igual que nosotros, simples mortales, que jugamos sin «combinación»”. Ese Dostoievsky era un hijueputa, pasándose por los huevos la estadística y los pretenciosos matemáticos franceses.

Detenido como un imbécil frente a mi máquina sigo pensando: ¿Será que me voy de una vez? Si salgo ya, solo perdería 10 mil pesos. Y mi caja de Judas, por hoy. Trato de convencerme de la estafa. Este casino es un fatal campo minado. Vaya a donde vaya pisaré la trampa y gastaré mi plata sin conciencia ni misericordia. Así que suelto el paso en dirección de la salida. Me largo carajo. En mitad de pasillo me detengo.
En la próxima media hora, mi curva de ganancia y pérdida dibuja una pavorosa decaída. Ahora golpeo con violencia los botones. Por dos manos que gano pierdo seis. Gano tres y pierdo nueve. Tengo doscientos puntos que apuesto en un tajo. Para entonces ya no escucho las malditas canciones de mi celular. Repunto con un par de dobletes que restablecen mi confianza pero luego me engañan y pierdo otros 15 mil pesos que me dejan con los nervios destrozados.

La debacle continúa hasta quedar sin un billete del fajo inicial. Quiero correr en busca de la embarazada y preguntarle cómo conservar la dignidad en un casino, porque si no me calmo agarraré a patadas a esta cosa.

Desde la billetera me vibran la plata restante. Tengo el culo electrizado. ¾Tranquilo men, ¾me digo¾, tranquilo. No soporto la tentación de vengarme de la suerte. Acorralado, extiendo un billete de cincuenta. Ni siquiera me tomo el trabajo para cambiarlo. De nuevo a la cacería y lo juego todo. Me retuerzo por dentro y soy empujado por el maldito vudú del juego. Apuesto fuerte en cada mano y la “bandida” engulle mi plata con una voracidad aterradora y su maldito plan depredatorio. Esta cosa no debería llamarse tragaperra, sino perra tragadora.

Las tripas me crujen. Lo mejor es ir al baño y echar una meada. Durante el recorrido descubro que soy presa de una paranoia agresiva y una depresión melancólica. Si no hay odio no hay rock and roll. Maldigo a la taquillera y sus cachetes. Maldigo a la embarazada y su tristeza. Si no me hubiera fijado en ellas soportaría mejor este momento. Las señales premonitorias siempre son un engaño. Hay un sujeto sentado en una máquina. Es igualito a Truman Capote, gordito, rubio y con gafas. Dobla sus apuestas, gana y vuelve a doblar sin miedo. Por sus movimientos limpios reconozco a un veterano. Mete la mano al bolsillo y saca un fajo de 50 mil. No para de reírse. Me provoca arrebatarle la plata al condenado y salir corriendo.

Citar a Dostoievsky, hablando de casinos, es un lugar común. Lo mismo que citar a Bukowski hablando de borracheras. Pero con esta vergonzosa racha no queda de otra. Así que va la de Bukowski en El cartero: “Pensaba que tal vez yo fuese excepcional. Descubrí que en realidad no era excepcional. Podía perder mi dinero tan rápidamente como cualquier otro”. En un impulso de impotencia y rabia suelto un escupitajo sobre la alfombra. La bobada de retar la suerte y pretender cambiar el destino que hace rato tenemos abrochado. Aún así, quiero conservar esa falsa sensación de protagonismo en una película de Las Vegas. Una película en la que el jugador deja el casino y camina por las calles negras con sus espectros y gamines.

Adiós mi amor, adiós mi querida imbécil. ¿Y los cidís? Ya ni pensemos en eso.

  • noname

    Buen relato. Además, a nadie le hace falta escuchar a Judas existiendo los Ilegales. Es así.