Capítulos exclusivos de la novela Sabotaje, de Andrés Delgado

Capítulo 37.
Nos detenemos en el parqueadero abierto y salimos de carro. Abajo, en la plaza de armas, están la compañía D vestida de traje formal, la compañía de la PM, la banda de guerra y la gente en las tribunas con sombrillas. No me importa dejar de desfilar en la última ceremonia. Lo que preocupa son las misteriosas intenciones del capitán.

Entre nosotros y la plaza de armas está La Ladrillera, el rancho donde los costeños violaron a varios reclutas en la primera semana de servicio. Más abajo también está el edificio blanco y sus horribles ventanas. En una de las esquinas está el bloque carbonizado donde hace poco explotó la bodega de armamento. Al fondo, los edificios del centro de Medellín como bloques de Lego, tirados en una maqueta.

―Lo primero ―dice Salgado―, antes de que se me olvide.

Va al carro y ahora trae un sobre color café. Su satisfacción me incomoda cuando saca mi libreta militar. Por ese pedacito de cartón me maté un año.

―Vea cómo quedó de bien en esa foto ―me dice sonriendo.

Es un jovencito con la cara pálida y los labios extremadamente rojos. Tengo un quepis azul oscuro y una gargantilla blanca de la Policía Militar. Un brillo genuino en los ojos que me hace pensar en la inocencia. No sé quién soy en esa foto. Más abajo dice “Pertenece al ejército de primera línea hasta diciembre de 2008, a la segunda línea hasta 2018 y tercera línea hasta 2028”. Salgado me mira satisfecho.

―Y ahora su conducta ―dice y me estira otra tarjeta.

Es un pedacito de cartón verde-azul plastificado con el mismo muchachito de la foto. Es verdad que no voy a desfilar. El resto del contingente recibirá las credenciales en ceremonia y yo en cambio, acá, en un morro. Ahora estoy entre alegre y asustado.

El capitán toma aire, borra cualquier síntoma de complacencia y me clava una mirada desafiante.

―No quiero que busque más a Magnolia.
―¿Magnolia? ―su reclamo me desconcierta.

Intento concentrarme para no equivocarme. Cualquier indicio desacertado y estoy muerto. Este sujeto sería capaz de llevarme carretera arriba y despacharme sin reparo con un tiro en la cabeza.
―Magnolia me ha dicho que usted la está buscado ―dice―, y que mi coronel Tirado…

―¡Es una mentirosa!

Hoy es la primera vez que le pongo el ojo a un militar mientras le grito. Ya no hay nada qué hacer. Ingresé al ejército, pero ya no salgo. Lo mismo que Damato.

El capitán se lleva la mano a la boca, en un claro síntoma de ablandamiento

―Eso ya no importa hermano, como sea, lo que esté sucediendo entre ustedes dos ya no me interesa.

El capitán se alisa el traje, muestra una tranquilidad repentina y me estira la mano. Hago un esfuerzo para sonreír y le correspondo las paces. Salgado se relaja y menea el cuello.

La ceremonia comienza en la plaza de armas. La voz de mando del teniente Ospina dirige los manejos de fusil de la compañía. Meto la mano en el pantalón con desinterés. Siento la piedra fría, la turmalina verde que se volvió mi talismán desde hace unos meses. Con el tacto recorro el aro plateado y siento la forma metálica. Acaricio la piedra fría, verde, circular. Salgado habla y habla.

El verde de la turmalina queda perfecto con el vestido negro. Y lo negro del vestido contrastaba con la blancura de su piel. Y su cabello rubio, su cara afilada, las tetas y los tacones dorados. Su astucia. A veces creo que fue ella la que mandó a volar el armerillo. Incrusto el aro en la primera falange del índice. Intento meterlo más, pero no puedo. Sus dedos son largos y delgados. Del ejército me llevo tres recordatorios: las placas de identificación del negro Posada, la foto de Damato portando una metralleta M-60 y este anillo.

Recuerdo a Baby Alexandra, el travesti que menea el culo por el pasillo del patio, cogido de gancho con mi capitán.

―¿Tiene que ver algo con doña Magnolia?
―¡Oiga pues a este man! ―gruñe fastidiado―. Una cosa fue lo que pasó con Magnolia. Pero con Alexandra…
para eso lo tengo hoy a usted, para ver una cosita que nos interesa con la divina y siempre viva Baby Alexandra.

Abajo comienza a sonar el himno nacional.

―Lo que pasa con Magnolia… ―dice y se queda callado―. Lo que pasa con la esposa de mi coronel…
Carajo, ahora sí metí la pata.
―¿Sabe, Cartagena? De una vez lo resolvemos si tiene tanto afán.
―¡Noooo! ¿Afán? ¿Cuál afán?
Salgado saca su pistola negra y me apunta.
―¡Mi capitán! ―y levanto las manos. Salgado dirige el cañón a mi cabeza:
―Camine y levante el baúl del carro.

Me entrega la llave y la giro la chapa. Allí está el baúl abierto y vacío, excepto por una llanta de repuesto y una llave en cruz.
―No se ve nada aquí, mi capitán.
Me empuja por la espalda, doy un brusco tumbo y Salgado cierra el baúl. Ahora todo es oscuridad.
―Ahora va a ver ―dice desde afuera―, deje y verá.

Capítulo 42.
―Ojo, negro, ojo se toma todo el whisky.
Posada suelta el trapo blanco que tiene en el hombro.
―No se ría, marica, que es en serio ―gruñe mi capitán Salgado―. Usted tiene cara de empalagoso.
―Y bebedor ―digo entre dientes.
―¡Qué va! ―Posada me reniega con cara de “No colaborés tanto”.
―Cuidado con el whisky ―repite mi capitán y sale de la cocina.

Quedamos en compañía de las cocineras, en un local con paredes forradas de acero inoxidable, neveras, fogones y ollas industriales. Ambos estamos vestidos con pantalones negros y camisas blancas que trajimos de la casa. aprovecho que ya salió mi capitán para ir a la bandeja, humedezco un trozo de carne asada en salsa chimichurri y para la boca. Un buen trago de aguardiente para bajar el bocado y de nuevo a la fiesta.

Me aturde la música afuera. Se me chamusca la garganta por el trago y salgo a recoger una tanda de revuelco. En el casino celebran el cumpleaños del mayor Villate, segundo al mando del batallón Bomboná. Los invitados están arrumados a un extremo del casino de oficiales, bebiendo y comiendo picadas de carne. Entre ellos el teniente Mazo, callado y muy serio. Su hermano, el capitán, fue detenido hace pocos días por la guerrilla en el ataque a Las Delicias, Putumayo, donde mataron a 27 soldados y secuestraron a otros 60. El hombre dice que se va a vengarlo a la selva. Al frente de la pista de baile hay una orquesta tocando música tropical. Una bola de espejos gira y las parejas bailan Aunque me duela dejaré a Daniela. El giro de los cuerpos es cruzado por rayos de colores. La música truena, los músicos sonríen y yo voy con el trapo en el hombro.

Reparto copas y fritangas junto al negro Posada.
―Menos mal ya la cosa está más calmada ―me dice y repasamos el evento: llevamos whisky al mayor Villate y tragos de aguardiente a mi coronel Tirado. Servimos bandejas con trozos de chorizo y papitas fritas. Surtimos la picada de Salgado con chicharrón y patacones; limpiamos un pegote de Coca-cola y tratamos de controlar a un niño que corría por las mesas tirando snacks de Yupi al techo.

Durante la faena no he podido quitarle el ojo a la mujer de mi coronel. Ambos están sentados en un sofá de cuero rojo y beben whisky con aguardiente. Una combinación etílica digna del ejército: una mezcla de elegancia y vulgaridad. La señora debe pasar por los cincuenta años. Tiene el rostro afilado y el cabello tinturado de rubio. Está sentada, mostrando las rodillas blancas. Tiene una minifalda negra y unos tacones dorados que hacen juego con los aretes. Sus piernas blancas contra el sofá rojo me tienen bobo. Con una mano, la señora acaricia el cuello de mi coronel. Ambos se ríen. Ella tiene puesto un anillo en el dedo anular. La piedra es verde y su aro plateado. Me gusta la combinación entre el verde de la piedra y la blancura de su piel. La señora no es bonita pero tiene algo que me cautiva: su escote está por derramar el embalse.

Mi capitán Salgado está en la barra del casino. Tiene pinta de detective gringo, un James Bond con la barbilla cuadrada, pelo engominado y partido a un lateral. Lo que no encaja con su pinta es la horrorosa cicatriz que tiene en el cachete. La barra es su cuartel. Desde allí se ha dado cuenta de que Posada y yo estamos dándole al trago. Cada vez que paso por la barra me dice: “Ojo con Posada, está bebiendo mucho whisky”.

Mi capitán nos escogió para ayudarle cuando se dio cuenta de que la empresa contratada para el banquete no tenía suficientes meseros. Hace unos días nos graduamos de soldados y por fin acabamos el periodo de instrucción. Luego del entrenamiento, los reclutas fuimos repartidos en las diferentes compañías: Bolívar y Ayacucho, Motorizada, ASPC, Pelotón Antimotines, y nosotros fuimos a dar a Los Hombres de Acero. La gente está más borracha a medida que pasa el tiempo. A veces la orquesta descansa, el DJ pone una ranchera y todos cantamos a pulmón reventado. Al rato se monta de nuevo la orquesta, tocan un tema bailable y una parranda de invitados sale a tirar paso en la pista.

―¡Oiga! ―Posada me codea―. No sea indiscreto.
De nuevo estoy mirándole las piernas a la mujer de mi coronel.

Ahora suena una salsa. Los oficiales se gozan la fiesta y se apoyan en sus parejas. Ríen y se sostienen en los giros bailando un cover de El Gran Combo de Puerto Rico. Limpio una mesa, enciendo un cigarro y canto un estribillo de Un verano en Nueva York.

En la madrugada, el coronel Tirado ha quedado reducido a un oso de peluche con el pelo gris encajado en el sofá. Alega y manotea con un amigo. Se dicen cosas y señalan con el índice. Su mujer no está con él.
La busco desesperadamente con la mirada. Tengo una extraña ansiedad. La pista de baile está congestionada de parejas. Mi capitán Salgado y la señora mueven la cintura y se hablan al oído cuando suena Juanita bonita. Me sorprendo agobiado con una pequeña pero intensa dosis de celos. Acaba la canción y ambos van a la mesa de mi coronel. La señora intenta sentarse pero cae con torpeza sobre otra poltrona y suelta una carcajada. Mi capitán Salgado mira para otra parte y se rasca la cabeza. El coronel ni se inmuta y sigue tumbado en el sofá, hablando con el otro oficial borracho. Mi capitán

Salgado me hace señas para que vaya hasta la mesa.
―¿Quiere que la lleve? ―le dice mi capitán.
―No, gracias ―contesta ella mirándome con esos ojos de borracha coqueta―, no me voy todavía.

Su mirada me pone nervioso.

―No sea terca ―murmura Salgado.
―¡Que no! ―grita―. ¡No joda!

Mi coronel reacciona aplastado en el sofá y nos mira con los ojos apagados pero atentos. Salgado gira y se larga con rabia, dejándome solo al borde del precipicio. El coronel Tirado me ignora y vuelve con su amigo. Al fondo suena ese merengue Te vas y vuelves, te vas y vuelves. La señora me mira complacida.

Tiene una copa de aguardiente en la mano y el anillo con piedra verde en uno de sus dedos. Hago un esfuerzo por no agachar la cabeza más de la cuenta y mirarle las tetas. Es una tontería, pero no sé cómo largarme. Quiero rascarme la cabeza, pero sería el colmo. De pronto, soy iluminado por un chispazo de sabiduría: me inclino para levantar un par de copas vacías. Cuando me agacho, la señora coge mi mano, se impulsa y queda de pie:

―Venga, bailemos esta junticos.

La señora taconea por entre las mesas, arrastrándome de la mano como a un hijo alto y bobo. Vamos en dirección de la orquesta. Me sube una bomba de sangre a la cara. Por favor, señora, le voy a pisar los pies. Mire la pinta de mesero que tengo. No sé qué decir y llegamos a la pista de baile. Cuando pasamos por la barra, Posada tiene una bandeja en las manos y me admira como si fuera su héroe. Salgado gira repentinamente y se hace el desentendido.