Un marine en tierra firme

El sol calienta con rencor las vías polvorientas de Bagdad, cuando una columna de 4 hammers del ejército gringo se detiene. El sargento al mando quiere realizar requisas de control en Haifa, una de las principales arterias de la ciudad. Los soldados encargados de las ametralladoras calibre 50, ubicadas en el capó de los vehículos, cubren a los compañeros que dejan la protección del blindaje y salen a la calle. Cuando Mateo Cervantes salta del hammer y corre hasta la esquina para asegurar el perímetro, desea que la tontería del sargento no dure mucho tiempo, y requise rápido lo que vaya a requisar. La guerra en Irak está en su punto más crudo. Es enero del 2004 y el diciembre pasado capturaron a Saddam. La guerra de guerrillas se ha recrudecido. Un soldado americano en una calle de Bagdad es carne de cañón. Sudando y con el fusil apretado, Mateo mira nervioso la multitud iraquí: el bigote de los hombres, las sandalias de las mujeres. Para Mateo, todos tienen cara de terroristas. Cualquiera podría acercarse y explotar cerca para destrozarlo o por lo menos dejarlo mutilado.


Mateo mostrando su arma en el desierto.

Menos mal ya todo quedó atrás. Ahora conversamos en la sala de su tío. Mateo Cervantes Uribe me dice que el ejército de Estados Unidos lo incapacitó el año pasado por los ataques epilépticos que comenzó a sufrir, producto —según él— de las múltiples bombas que detonaron cerca. «Las esquirlas no me hicieron daño, lo que me afectó el cerebro fueron las ondas de las explosiones». Entonces pone en la mesita de centro un sartal de fórmulas médicas. «Me estaba volviendo loco tomando esas cosas ―dice―, quería dejarlas porque ya no tenía epilepsia, pero en el ejército me obligaban a tragarlas, y por eso vine a Medellín donde mi tío y mi abuela». Me tomo un trago de cerveza entendiendo que el hombre es un desertor.
Cuando le pregunto cómo decidió enlistarse en el ejército, esto es lo que me cuenta. El 11 de septiembre de 2001, justo a la hora de los ataques terroristas, estaba en su colegio, en Long Beach. Las calles de Nueva York colapsaban por el pánico y el caos. Aun así, al día siguiente, lo obligaron a asistir al colegio. Entonces llegó una delegación del ejército. «La guerra de Iraq estaba planeada desde tiempo atrás ―dice Mateo―, así como también la logística de reclutamiento parecía estar preparada, pues al día siguiente a los ataques estaban en mi colegio, al otro día», insiste. Pero eso lo cuestiona ahora. Para entonces tenía dieciséis años y cursaba último año de bachillerato. Cuando dos militares ingresaron al salón, Mateo quedó embrujado. La fuerza y el orgullo de esos corpulentos hombres lo sedujeron.


Mateo orgulloso.

En Long Beach, Mateo vivía como inmigrante ilegal, con su mamá, su padrastro y un hermano medio, hijo de ellos dos. Mateo era la mosca en la leche de la familia y su padrastro se encargaba de recordárselo a cada momento. Luego de terminar el bachillerato, las oportunidades se reducían a una: irse de la casa y trabajar en cualquier cosa, por cualquier sueldo. La única ventaja con la que contaba era su apariencia: blanco, rubio, ojos azules y un acento perfecto en su inglés. De resto, su futuro era el mismo de cualquier inmigrante latino e ilegal. En esta situación, la guerra es una fábrica de empleo. Una tarde, sentado en el comedor con su familia, Mateo anunció el alistamiento en el ejército. Su mamá no dijo nada y miró de reojo a su esposo. «¡Que se vaya!», dijo él con energía, y el asunto quedó zanjado.

Mientras Mateo me cuenta cómo fue su entrenamiento militar en Fort Benning, en Georgia, en el año 2002, yo recuerdo cómo fue el mío en el Batallón de Policía Militar N° 4, en Medellín, en 1997. Sus historias son idénticas a las mías. El entrenamiento militar va en dos direcciones: mejoramiento físico y amoldamiento psicológico. Desde los primeros días, los reclutas no podíamos separarnos un segundo del fusil. Por eso trotábamos con él, hacíamos gimnasia con él, aprendíamos a manejarlo, a dispararlo, desarmarlo y limpiarlo. Hacíamos fila con él, dormíamos cerca de él, comíamos con él. La idea es que uno asuma su manejo con naturalidad, con soltura. Finalmente, el fusil se vuelve una extensión del cuerpo; si no lo tiene a la mano, el soldado siente que le falta algo para estar completo; es como salir a la calle sin las llaves de la casa.


Mateo en hammer.

El soldado, además de aprender la disciplina, va asimilando la impotencia y con ella la rabia y la violencia, estados de ánimo muy provechosos para los comandantes que saben explotar estas reacciones en el campo de batalla.

Pelotones de reacción rápida

Mateo Cervantes vive en el barrio Belén La Nubia, en el occidente de Medellín. Sentado en uno de los muebles de la sala de su casa, sigue el relato. Me cuenta cómo era la vida cotidiana en la guerra. Con veintiún años, formaba parte de los Quick Reaction Force (QRF), pelotones de treinta marines que cumplían misiones de reacción rápida en Iraq. Si una granada de mortero enemigo impactaba en la base, los artilleros hacían sus cálculos y entregaban al comandante del QRF una coordenada para que él y sus hombres se dirigieran al lugar del hostigamiento. Entonces sonaba una alarma, y si el marine Cervantes y sus compañeros de pelotón estaban comiendo, de inmediato dejaban los platos a medio camino para colgarse el armamento y salir disparados en los hammers. Mateo pertenecía a esta fuerza especial de infantería gracias su currículo: entrenamiento básico de tres meses y medio en la base militar Fort Benning en Georgia; cinco meses en el paralelo 38 de Corea; una primera estadía en Iraq de siete meses; curso de paracaidismo en dos meses y medio en una base de las fuerzas aéreas en Estados Unidos, y de nuevo «a la mierda ―dice con satisfacción―, de nuevo a la guerra como un verdadero soldado de infantería en los QRF». Tomo nota y lo miro de reojo.


Mateo hoy.

Después me he dado cuenta de que solo 2% del ejército es parte de la infantería, o sea, los que van al frente de batalla. El resto 98% es apoyo. Cuando me doy cuenta de esto no sé qué pensar de Mateo, si es un completo idiota o un peligroso y valiente temerario. O las dos cosas a la vez.

Además de las reacciones rápidas, los QRF tenían órdenes de realizar chequeos en la población y sobornar iraquíes en busca de información útil. En una oportunidad el cowboy de Mateo salió en busca de un poblado donde, según informantes, había canecas con rockets y fusiles. Cuando llegaron a las casuchas asentadas en el desierto, no encontraron más que a una mujer sentada con prendas negras de pies a cabeza. Era un barrio fantasma. Los únicos habitantes eran la mujer y un calor de infierno. Los soldados rodearon el lugar y el comandante de la columna fue donde la mujer, acompañado por el intérprete iraquí adjunto, un tipo delgado, vestido a lo paisano iraquí, con una pistola al cinto. La mujer no dijo una sola palabra, a pesar de que intentaron hacerle soltar aunque fuera un movimiento de cabeza. Se mantuvo sentada, mirando el horizonte pesado y chispeante. El intérprete le dijo al comandante que la mujer odiaba a los estadounidenses. Los hombres escudriñaron las casuchas. En una de ellas, en el piso de tierra amarilla, encontraron la entrada a una caleta, un hueco estrecho por el que se ingresaba a un pequeño túnel. Como ninguno de los soldados podía pasar por el hueco, el comandante ordenó llamar al más delgado: Mateo Cervantes. Mateo se quitó el armamento e ingresó por el oscuro hueco, aún a sabiendas de que podía tratarse de una trampa. Aparte de la linterna, su única protección era la pistola 9 milímetros que el comandante le prestó y los lentes transparentes con los que se cubría los ojos del polvo del desierto. Cuando bajó, vio en el fondo oscuro unas canecas. Mateo miró el piso y las paredes oscuras del túnel y dudó un momento en dar un primer paso. Podría pisar una mina. Azuzado como un perro de caza por su comandante, Mateo comenzó a avanzar a tientas. Cuando llegó hasta el botín, comprobó que se trataba de un cargamento con fusiles kalashnikov. Luego salió a dar aviso. La única precaria trampa, en el interior del túnel, eran tres anzuelos de pesca colgados del techo dispuestos para engarzar ojos enemigos. Cuando Mateo caminaba por la oscuridad, los anzuelos chocaban contra las gafas transparentes y luego resbalaban por el casco. Cuando estuvo fuera del túnel, su sargento lo felicitó y exhortó a los demás a ser buenos soldados, como Cervantes.

Lo pensando antes: ¿idiota? ¿Valiente? Cervantes… a Medellín ha venido a dar la familia del Manco de Lepanto.


Manual del soldado.

En el ejército se hacen cosas muy feas

El 30 de diciembre de 2005, el cowboy de Mateo fue víctima de una emboscada. En el momento en que patrullaba las calles, una mina casera IED (improvised explosive device) estalló cerca de uno de los hammers. Los soldados reaccionaron, saltando de los carros y protegiéndose, pero no encontraron un objetivo a dónde apuntar. El resultado del atentado fue un soldado muerto: Jonathan Pfender, el mejor amigo de Mateo. Pfender estaba expuesto al fuego enemigo, a cargo de la ametralladora calibre 50, en la torreta del vehículo, cuando explotó la mina. Las esquirlas lo mataron al penetrarle en el rostro y el cerebro. Mateo sufrió un gran golpe moral. Me dice que desde ese momento empezó a dudar de su permanencia en el ejército. Él tiene tatuada esa fecha fatal en la muñeca de la mano izquierda: 30/12/05. Ahora me muestra el tatuaje. Es bonito, negro, con números en puntas y bien diseñado. Vuelvo con él y aprieta la cara. A su amigo le volaron la cabeza.

Cuando le pregunto cuántas personas mató en la guerra, me contesta con vaguedad:
―A varios ―dice.
―Y cómo fueron esas muertes ―le pregunto.
―En combates con las milicias de los fedayines ―contesta―, soldados al mando de Uday Hussein, el hijo de Saddam.


Mateo en el medio.

La muerte que más recuerda Mateo es la de una mujer. Patrullaban en una calle cuando de repente, de la nada, salió una mujer en dirección de los soldados. Llevaba chanclas y túnica verde oscura. Le ordenaron detenerse pero ella hizo caso omiso. El comandante de la patrulla le gritó a Cervantes: «¡Dispare, soldado, dispare!», y Mateo, obediente, alzó el fusil y le pegó dos tiros en el pecho. Luego comprobarían que era una campesina y que no tenía bombas en el cuerpo. «Cuando acabamos de patrullar y llegamos a la base, todos me daban palmaditas en la espalda: “¡Bien!, ¡bien! ―le decían sus compañeros―, eres un buen soldado”».

Entiendo lo que me quiere decir: todos en la base intentaban echar tierra a los actos de cobardía con felicitaciones y saludos. «Me siento mal, muy mal ―me confiesa―, me siento sucio, avergonzado, porque en la guerra se hacen cosas muy feas». Un mes antes de nuestra entrevista, Mateo envió un mensaje en un foro iraquí en inglés, en internet, donde ofreció disculpas por este y otros crímenes. «¿Cuáles más, aparte de esta mujer?», le pregunto empujado por la curiosidad. Entonces me mira desconfiado: «No te los voy a decir». Lo miro con intensidad, pero tal y como están las cosas, es mejor no insistir.


Mateo con el sacerdote de la patrulla.

Mateo en tierra firme

Hoy ya todo quedó atrás para Mateo y ahora está contándome la historia en la sala de la casa. Aunque es colombiano, se educó en Estados Unidos y hace diez meses vive en el barrio Belén La Nubia, donde su abuela paterna porque no quería volver a la casa de su mamá y de su padrastro. Ahora tiene veinticuatro años y vive en su tierra natal, y además de ser profesor de inglés, camina por las calles girando la cabeza con cada mujer bonita que se cruza. Ahora duerme a pierna suelta sin que nadie venga a levantarlo a gritos. Ya puede darse una vuelta por los pueblos de oriente, comer fresas con crema, montar a caballo y respirar con tranquilidad sin el fusil en las manos. Lo mejor es que tiene el cuerpo completo, no le falta ningún brazo, ninguna pierna. Mateo Cervantes está a salvo.

Al siguiente encuentro vamos a ver las fotos en un café, pues en la casa de su abuela no hay computador. Cuando llego al café, Mateo me sonríe con su cara de gringo y estira la mano. No tiene asomo de haber sido un soldado. No es alto ni corpulento. Por el contrario, parece un Kurt Cobain: tenis sucios, pantalón suelto, barba amarilla y desarreglada. Tal vez con su actitud quiere camuflarse y olvidar todo ese infierno de guerra. Eso es lo que pienso cuando lo veo, que quiere pasar por alto la sangre de campesinos iraquíes que le mancha las manos. Estaba pensando en esto cuando nos cruzó una muchacha con un culo lindísimo. Mateo se petrificó, mirándola con verdadero morbo. Y yo también.

Entramos al local y nos metimos en una cabina. En unas fotos luce orgulloso: de pie, ríe y posa empuñando su fusil M-16. En otras está sentado, mirando el piso y decaído. En las fotos se nota el conflicto entre sentirse orgulloso y a la vez apenado. Finalmente supo la tontería de poner en riesgo su vida en una guerra ajena, «una guerra de políticos viejos ―dice Mateo―, porque la guerra no es de los jóvenes».


Mateo aburrido.

Más tarde nos vamos a una tienda. Pedimos cervezas y cigarrillos. Ahora puede tomarse su cerveza con la tranquilidad de la tardecita y fumar con calma su cigarrillo. Él es un marine en tierra firme. Su espacio físico no es una base militar, es una casa de familia. Mateo se ha salvado, ha regresado con los ojos nuevos y el cuerpo entero, sabiendo que muchos de sus compañeros volvieron sin piernas, o sin brazos, cuando no envueltos en una bolsa negra. Para esquivar el insomnio, todas las noches, se fuma un porro de marihuana. Sólo de esta manera logra relajarse y dormir. Los explosivos callejeros que hacen estallar los muchachos del barrio en estas festividades son su pesadilla, tanto así que ha llegado a tirarse al suelo cuando escucha las detonaciones.

La tarde es fresca y el cielo es de color azul rey de diciembre. En Medellín estamos de fiesta. Una chica llega a la tienda acompañada de un perro café de raza labrador. Mateo le hace caras al perro y yo a la chica. Entonces él me dice que quiere tener una finca para tener dos perros y un gato. «Quiero vivir sin tener que pagarle a nadie». Se inclina y le habla al perro con pucheros, como si estuviera hablándole a un bebé. Me parece imposible que una persona tan frágil haya sido voluntaria para la guerra. Pero sé que en realidad esconde a un hombre rabioso y tímido. Sé que tiene recuerdos que vuelven en las noticias televisadas, en las que anuncian que en Bagdad han hecho explotar cinco carros bomba en diferentes puntos de la ciudad, matando e hiriendo a multitud de civiles y militares estadounidenses. «No volví a ver ningún noticiero… Allá todavía están mis amigos y esos campesinos iraquíes».


Carnet de veterano.

Nos paramos de la tienda, ya pagadas las cervezas, y caminamos. Cuando le hago saber mi impresión: con esos tenis y esa camisa no parece haber sido un soldado, entonces saca pecho e intenta caminar con la columna erguida. Ahora camina pavoneándose. Se ve ridículo con esa falsa rigidez. Lo miro y me provoca soltar la carcajada. Me parece que está bromeando y está burlándose de los soldados, caminando derecho, con rigor y aspereza. Pero como no estoy seguro de su broma, entonces contengo la risa. Luego de avanzar un poco más, me doy cuenta de que está intentando parecer fuerte de verdad y que el asunto no es para reírse de nada. Está completamente serio, intentando convencerme de haber sido un soldado de infantería de Estados Unidos. Entonces descubro en vivo y en directo su ingenuidad. Si a Mateo lo provocan, es capaz de cualquier cosa.

Para cambiar de tema le pregunto si se siente más estadounidense que latino. Contesta que no quiere tener una bandera en la cabeza, «una bandera significa un gobierno», dice, y continúa hablando. Entonces se olvida y vuelve a torcer la columna, esconde el pecho y recobra su paso relajado. Veo de nuevo al Kurt Cobain de antes: «Un gobierno es un presidente y yo no quiero ser asociado a ningún presidente». De nuevo es la persona sensata de hace unos minutos. Mateo chupa con hondura su cigarro mientras camina. «No sé cómo pude ser tan tonto… y que la tontería me durara tanto tiempo», y vuelve a chupar del cigarro. El calor, la sed y el miedo están en otro lado y no aquí al lado de su abuela, con los fríjoles paisas y la tranquilidad de su barrio. Toda experiencia de dolor es una experiencia mística. Debe estar pensando que Medellín es un paraíso y que a Estados Unidos no vuelve «ni loco, ni loco», repite.


Mateo y Andrés.