A bailar salsa

El Eslabón Prendido es un sitio para bailar salsa.

En Cali dicen que los paisas no sabemos bailar Salsa. Y es verdad. Basta ir un viernes en la noche a la discoteca El Eslabón Prendido para comprobar que en Medellín crecimos escuchando a Camilo Sesto y no a La Fania. Pero eso no importa. Así no sepamos bailar salsa, bailamos.

Julio y la novia quieren bailar esta noche. Se van para Maracaibo con el Palo, El Eslabón Prendido, Medellín, Colombia, viernes, 10 pm, y pagan la entrada. Adentro: la música, el baile y el gua-guancó. Suena El gran Combo de Puerto Rico. Las parejas giran y se sostienen. Todas las mesas están ocupadas. Julio y la novia van a la barra. No importa, el caso es de baile y no de mesa.

El Eslabón Prendido es un local pequeño, un chorizo más largo que ancho, con 8 mesas a cada lado, y en el corredor central se baila el bembé. La fiesta no suma 50 personas. Pero así no sepan bailar, mueven el cuerpo. La torpeza se camuflan en la congestión, y en cambio prevalece el canto, y más ahora cuando, si te quieres divertir, ven a un verano en New York. Julio y la novia sortean las parejas, el baile y los giros, alcanzan la barra y Julio pide una cerveza, la novia un ron.

El Eslabón Prendido y quemando en una noche de viernes.

El viernes, los estudiantes se apoderan del El Eslabón Prendido. Hay botellas en las mesas y en el aire trompetas y pregones. Detrás de la barra hay una bandera de cuba y en el bar un afiche del Che. Julio despacha un sorbo largo de cerveza fría, se refresca la garganta y abraza la novia, cabello largo, delgada y en jeans. Ella zanja de un trago su ron y pide otro. Simulan un bailecito cuando El verano está por los últimos compases.

Decae el volumen. Ahora suenan Los Hermanos Lebron y sube La temperatura, pieza fácil para mover huesos. Julio coge las manos de la nena sabiendo que no necesita ser un gran bailarín en el Eslabón.

Por otra parte, Fabián López dice que sí sabe moverse en la pista, como mucha gente en Medellín. Cuando se fue de intercambio para Londres ganó un dinero adicional vendiendo su sabor latino en clases particulares de baile. Otra historia cuenta Symon Fheer, un canadiense que vino a pasear con la novia, dice que no le gustan las discotecas, porque, en vista que no sabe bailar, de pronto un bailarín le roba a la novia. Y Symon tiene razón en su celo. A las mujeres les encanta un tipo que las haga gozar con la salsa.

Ahora suena Chan-Chan, de la Habana Social Club. Julio canta y aprieta la novia: El cariño que te tengo, yo no lo puedo negar. Se me sale la babita, Yo no lo puedo evitar. Julio saca la mano de la cintura de su novia y agarra la cerveza. Otro trago frio y refrescante para seguir. Ella hace lo mismo y de una sacudida liquida la copa de ron. La gente baila suavecito, como bailando un vals. Es verdad, los paisas no sabemos bailar. Pero no importa. Así no sepamos bailar, bailamos. Julio lo sabe, porque lo ve en sus vecinos. Pegan la nariz en el bailecito, se miran y se ríen. Julio abraza y mueve y gira con gracia y delicadeza. Menos mal sabe cómo hacerlo. De esa manera le asegura el amor y el recuerdo a su novia. De Alto Cedro voy para Marcané, luego a Cueto voy para Mayarí.