Las putas de Guillermo

A Guillermo le gustan las mujeres más baratas del barrio Guayaquil, un sector de Medellín que en el día es agitado por el comercio y en las noches queda infestado de tabernas de mala muerte, calles oscuras y gamines. Guillermo es abogado, tiene 48 años, y hoy nos vamos a tomar una cerveza de caspete, una cerveza peligrosa en la calle, sentados en cajas plásticas para empacar gaseosas. Con dos matrimonios fracasados y varias novias en el camino, me dice que las mujeres baratas son la que más le gusta.

⎯Siempre andan con una navaja en el bolsillo ⎯dice⎯, pero yo sé tratarlas con cariño, además estas peladas saben de la vida, han sufrido, sufren y por eso son muy agradecidas.

Guillermo se ríe y me pica el ojo con malicia y remata: ⎯¡me encantan!

La oficina de Guillermo está cerca del barrio Guayaquil, en un edificio en la esquina de la calle Colombia con Junín, en pleno corazón de la ciudad. A las ocho de la noche paso por él y nos vamos caminando por una acera oscura.

Guillermo está vestido en traje formal, si se puede seguir llamando “traje formal” al vestuario sin saco, sin corbata y las mangas remangadas hasta los codos. Caminando por detrás del Museo de Antioquia, una calle sombría, con gamines escarbando la basura y niños fumando marihuana en la acera, me quito con disimulo el reloj de la muñeca y meto al bolsillo. Guillermo lo nota y se ríe.

⎯Usted como siempre… ¿Es que no alcanza a ver la belleza a esta gente?

Mi cabeza le llega a sus hombros, es robusto y camina con soltura, sin estar mirando como yo para todos los lados. A la siguiente cuadra, al cruzar la Avenida de Greiff, el ambiente es de fiesta. Bares, música, mujeres en minifalda, policías, taxis y planchas con asaduras vaporosas. Quiero tomar una foto, pero me da miedo enfocar con el teléfono celular.

⎯¡Sáquelo, güevón! ―me empuja Guillermo―, y tome sus fotos, por acá no le pasa nada.

El temor de que me roben el tiesto de celular es adobado con el miedo a que alguien se enoje cuando tome la foto. Podría decir soy un sapo, un fiscal, un paraco, un guerrillo, un malandro, que preste para acá ese aparato, que las borre…, en fin, mi paranoia es insoportable.

Para Guillermo, el amor de las putas es el más barato, así cobren.

Llegamos a su caspete preferido: una venta callejera de cigarrillos con nevera desechable, un par de cajas de gaseosas como butacas y una precaria luz amarilla en una pared de ladrillos blancos. En la esquina hay un par de policías que nos miran. Un taxi pasa despacio por la calle. Guillermo saluda a la señora gorda y en delantal. Pedimos cerveza en lata y nos sentamos en las cajas, Guillermo en pantalón de paño y zapatillas negras, yo en tenis y jeans.

Me narra uno de sus pleitos jurídicos. Por el frente pasan dos niñas de la noche en pantaloncitos a mitad del muslo. No tiene aún 18 años. Guillermo saluda y sigue contándome. Hablamos del centro de Medellín, de la filosofía mercenaria de los paisas: donde había una casa de la cultura levantaron un centro comercial.

Ya vienen otras dos chicas cogidas de gancho. Ambas en jeans y escotes de playa. Se sueltan y una de ellas se adelanta y saluda de piquito en la mejilla a Guillermo, la otra me tiende la mano. Se llama Vanesa.

La precaria farola del muro alumbra el pavimento. En la esquina continúan detenidos los dos policías. Guillermo y la chica se hacen a un lado para hablar algo que nosotros no debemos escuchar.

Vanesa me mira, se ríe y me pregunta si soy muy amigo de Guillermo.

―Pues muy, muy, muy, no, ―le contesto― pero si somos amigos.

Me dice entonces que el hombre es un hijueputa y lo mira con rencor.

―Yo quiero un hombre que me quiera, pero este man no quiere a nadie, y si no véalo, de besito con esa otra.

Hago cara de no entender, pero acaso ¿no son niñas de la noche? Y me doy un trago de cerveza. Ella sigue:

―Guillermo ya no cree que el amor sea lo más importante en la vida y de un hombre así se puede esperar cualquier cosa.

***

Más tarde las chicas se van.

―¿Qué te dijo esa pelada? ―Me pregunta Guillermo.
―No, nada, que cuándo nos volvíamos a ver, que nos tomáramos una cervecita un día de estos.
―Ah, ya―, contesta Guillermo con sequedad.

Pedimos otra cerveza y Guillermo se queda sin decir palabra.

A Guillermo le he escuchado decir algo así como que las buenas mujeres quieren tu alma. Las buenas mujeres quieren adueñarse de todo, pretenden manipular tu tiempo, tus gustos, tus amigos, quieren tener el control de toda tu vida y terminan creyendo que uno sólo puede vivir si está en función de ellas, incluso, llegan a decirlo de forma literal: “Quiero que seas mío, solamente mío y yo quiero ser tuya, solamente tuya”.

Nos bebemos la cerveza en silencio, sentados en las cajas de cerveza con la luz de la bombilla en el muro blanco y la gorda sentada a un ladito esperando vender otro cigarrillo. Guillermo paga y dice que nos vamos ya.

En otras oportunidades le he escuchado a Guillermo decir que básicamente le gustas las putas porque son duras, sin esperanza, y no piden nada personal. “Nada se pierde si ellas se van”. Ahora, no creo que esto lo diga con mucha convicción.

Guillermo me da la mano.

―Nos vemos, ―me dice girando la cabeza, mirando a los policías de la esquina.
―Okey, nos vemos― le digo mirándole la yugular y el cuello blanco.

Guillermo para un taxi, se monta y se va. Yo camino en dirección de la estación Metro de Prado y siento no haber podido tomar unas cuantas fotos.

  • abdon

    Ah, las putas. Las amigas de la noche donde el silencio es roto por los gemidos de la luna y el sol en su día de miel. Las putas, las despreciadas por los señores y señoras de BIEN pero que les encanta hacer el MAL. Las putas, esas bellas hembras por las cuales merece la pena darse de puñetazo limpio y llevar el remo bien parado para arribar a su playa hùmeda y palpitante. Abdón Parra Pesántez