Porno a la salida de misa

Boyacá es la calle del porno en Medellín. Ubicada en el lateral de la iglesia de la Candelaria y desembocando en el Parque de Berrío, Boyacá es un enjambre peatonal y un mercado callejero de ropa, zapatos, lociones, libros, aparatos eléctricos y un resto de cachivaches. Pero la mayor oferta, y la mayor demanda, es de pornografía: los viernes y sábados hay más de 25 ventas improvisadas de películas. Todas ellas son copias ilegales en DVD. Con feligreses que salen de misa y pornógrafos ojeando traseros, Boyacá es una calle donde el porno y los rezos son parte de un mismo rito.

Como muchas otras calles de América Latina, esta tiene nombre de batalla independentista. En Boyacá, Simón Bolívar derrotó definitivamente al ejército español en el norte de Suramérica. El Perú se liberó de los españoles en la batalla de las pampas de Junín. En la actualidad en Medellín, el paseo Junín es un boulevard que cruza la calle 53, llamada Maracaibo, como la ciudad venezolana.

En uno de los puestos de películas, un señor de bigote y barriga de camionero me entrega un cerro de carátulas para que pueda verlas con mis propias manos: sexo duro, jovencitas, anal, maduras, gays, pre-natal, pies, faldas, piernas, profesoras y enfermeras. “Gracias” le digo al gordinflón y devuelvo el paquete. Voy a otro puesto: inter-raciales, porno famosas, aficionadas, masajes, peli-negras, peli-rojas, eyaculaciones faciales, gordas, flacas y tetonas. Los géneros del porno son amplios.

 

La venta de estas películas está prohibida por ser copias sin pagos de derechos y por ello los vendedores deben estar a cuatro ojos con los policías. Si llegan a detenerlos, les incautan el material.

Quiero ojear otros culos pero me antojo de entrar a la iglesia de la Candelaria, ahí no más. En el atrio hay un viejo sucio tirado en la acera, como recién salido de una alcantarilla. Pide limosna. Es pelilargo, mugriento, y flaco. Tiene las encías peladas y no tiene camisa ni zapatos. Su única prenda de vestir es una roñosa pantaloneta. Levanta la mano y pide una moneda con el rostro desgraciado.

Al entrar a la iglesia, el cambio se siente de inmediato: afuera el bullicio, adentro la calma. Se escucha el sermón. Las palabras del cura retumban y hacen eco en la bóveda del cielo raso. El ambiente es solemne. En las paredes hay bustos religiosos. La Virgen de la Candelaria, es una virgen negra, como es negro el niño Jesús que sostiene en los brazos. Un Jesús negro y churrusco, un desliz en el racismo romano.

En la cámara del sur está Jesús crucificado, un Jesús idéntico al miserable sujeto de la entrada: pelo largo, cuerpo flaco y sucio. Este Jesús es un mendigo del Parque de Berrío clavado en una cruz.

Mientras tanto, el cura sigue dando su monserga: conferencia con sabiduría sobre la vida familiar y el matrimonio. Parece un ciego hablando de la luna llena, toneladas de información sin saber absolutamente nada. Es mejor seguir ojeando porno.

A la salida de la iglesia está Jesucristo mugroso pidiendo limosna.

En nuestra ciudad, la educación sexual ha sido manipulada por la iglesia católica tiñendo de prohibiciones y censuras la naturaleza del cuerpo. Las mujeres “bien” del barrio Boston llegaban vírgenes al matrimonio. Ya casadas, en las confesiones, consultaban al cura sobre asuntos del sexo. La calentura que sentía el cura escuchando estas historias era tremenda. Cuando las señoras tenían sexo con el marido, se tapaban el cuerpo con una sábana con un huequito. En el pasado se le llamó Putaísmo a todo acto sexual por fuera del matrimonio. Pero también era considerada puta, aquella mujer que tenía sexo con su marido cambiando de posiciones y divirtiéndose, sin esperar la procreación.

En otra iglesia del centro de Medellín, en el atrio de la iglesia de la Veracruz, trabajan las putas más viejas de la ciudad. Son señoras de 50 y 60 años que ejercen la prostitución. Como decía Eduardo Escobar, “Todas las putas son católicas y van al infierno de los poetas”.

Ojeando las novedades de Jairo, un muchacho que trabaja vendiendo porno en la puerta de la Iglesia de la Candelaria, veo un señor a punto de salir de misa. Es calvo. Antes de salir de la iglesia, gira hacia el púlpito y se echa una bendición, inclinándose. Luego camina en nuestra dirección. Esquiva varios peatones y pasa por mi lado. En un reflejo, el señor baja la mirada y los ojos se clavan en una carátula de Jairo. Queda impresionado con un culo precioso y enorme. No puede quitar los ojos de la foto que lo tiene embrujado. Entonces Jairo lo aborda. Le pone en las manos varias carátulas de jovencitas desnudas. Jairo sabe que las películas de niñas follando, vuelven locos a los más viejos. El calvo, con las carátulas en las manos, se avergüenza, y con embarazo devuelve el paquete y camina ahora con más afán.

―No importa ―me dice Jairo―, un día cualquiera, cuando salga de misa, me compra un DVD.

  • oscar tello santana

    La verdad este tipo de casos no solo se dan en Colombia, yo soy Mexicano y vivo en la provincia pero en la Capital es algo similar a lo que leì en este relato, maxime al inteior de la misma Provincia que se repite en gran escala.
    La pirteria es varata pero si se le suma la pornografia y aun mas cuestiones como se dice en el relato, hay personas con ciertos “gustos o preferencias” relacionando a niñas embarazadas o zoofilia, que en mi opinion son personas enfermas y requieren ese tipo de material par poder gozar de una relacion sexual normal, siendo tan sensillo y simple.