¿A quién le pertenece América?

-¿No sería maravilloso tener un precio para todo?

-parece estar a favor de la propiedad privada de cada centímetro cuadrado del planeta.

-Por supuesto, cada metro cúbico de aire, de agua. Parece absurdo que digamos que queremos que todo el planeta sea privado. Eso no significa que quiera que Joe Bloggs sea el dueño de este metro cuadrado de río. No. Solo quiero que ese metro cuadrado le interese a alguien.

Sociólogo entrevistado en el documental  “The Corporation”, 2004

Tomada de Caos en la Red

La pregunta ¿a quién le pertenece América? no es tan amplia, ni tan complicada como parece. Tiene su respuesta en un azaroso análisis del estado actual de nuestro subcontinente; en la exploración de sus estados cultural, económico, social y global. La verdad, no es difícil dar con ello si se rastrea la actividad de los actuales movimientos sociales. Años atrás, los norteamericanos quisieron responder fácilmente a esta pregunta, cuando el quinto presidente de los Estados Unidos James Monroe afirmó: “América para los americanos”. Pero el dogma hubiese sido exitoso si el chileno y patriota Diego Portales no se hubiese pronunciado enérgicamente contra tal afirmación: “Si, pero hay que tener mucho cuidado: para los americanos del norte, los únicos americanos son ellos mismos”. Así que, libres de ideologías totalizantes y de imperialismos propagandísticos, la respuesta a aquella inquietud se encuentra inserta en la realidad de nuestros países hispanohablantes.

No es del todo justo aceptar la afirmación del sociólogo entrevistado en el documental “The Corporation”, quien afirma que cada centímetro cubico de aire y agua debe ser dado a alguien para crear conciencia responsable de cuidado y preservación. Porque lo privado siempre es regulado por leyes, aun avalando el mal o buen uso de aquellos bienes personales. La historia reciente de los abusos de las empresas químicas con el medio ambiente es una muestra de la conciencia ecológica irresponsable, versus el afán comercial de ofrecer servicios y productos a la sociedad: Monsanto, Chevron, Texaco, etc. La afirmación del sociólogo puede ser cierta para algunas realidades (Europa, Norteamérica), pero no para Latinoamérica donde no todos son dueños de algo. Incluso quienes son dueños no parecen tener nada. Este es el caso, por ejemplo,  de los Mapuches, dueños de tierras milenarias que ahora están siendo expropiadas por intereses comerciales y empresas transnacionales que son apoyadas por el mismo gobierno chileno.

América, y especialmente Latinoamérica, le pertenece a todos y a nadie. Suena contradictorio, pero es cierto. Por una parte sería ilusorio que cada porción de tierra, de agua o de aire tuviera un dueño, como si la tierra no supiera cuidarse sola, o producir sin la ayuda del hombre. Lo que se necesita no es que cada cosa tenga dueño, sino que los hombres hagan un uso responsable de lo que se administra. Lograr este fin es utópico. El impulso de adquirir ha demostrado lo pernicioso que es creerse dueño de algo. Lo humano sale a flote, y el término “justicia” termina siendo otra cosa distinta a lo que sucede en la realidad. Basta con examinar, por ejemplo, el tema limítrofe entre países; las fronteras que limitan y disocian a uno de otros. Este es un asunto realmente de interés y de historias particulares, y no exactamente de destino, ya que una sola sociedad comparte las mismas inquietudes existenciales. La propiedad privada se forma ante la primera frase histórica “esto es mío”. Y se puede decir que Latinoamérica es nuestra, pero no como una propiedad, sino como un espacio geográfico y una dimensión social que nos permite vivir y experimentar una realidad inmediata.

La tierra Latinoamericana es compleja. Es una mezcla filosófica entre ser y no ser; una mezcla social entre tener y no tener. Un eje que oscila entre poseedores y desposeídos. Pobres y más pobres. Por eso en su momento, se recibieron tan atractivamente las ideologías marxistas que desembocaron en guerrillas locales y nacionales, las teologías de la liberación, entre otras ideas de justicia social.  Sin embargo, más que una lucha entre ideas o estados, positivamente hablando, Latinoamérica ha sido siempre un subcontinente en constante descubrimiento. Han pasado más de 500 años, y aun ésta vasta extensión de tierra sigue causando fascinación por novedosa, extensa, misteriosa, pese a los experimentos democráticos que no han dado a los países buenos gobiernos.

En otrora, cuando se descubría algún lugar, la única forma de patentar algo era poner el nombre del pionero. Fueran tierra, ríos, cuencas, otros elementos; todo era renombrado. Así, el constante descubrimiento de nuestro continente hace que cada vez aparezcan personas comerciales (con derechos como si fueran personas civiles), reclamando pueblos, ciudades para hacer de ello una nueva adquisición.  En Ecuador, hay pueblos con nombres como Shell, Texaco, Terpel, y en Perú pueblos con nombres de marca de ropa o de autos.  Esto constituye la degradante marca de los nuevos conquistadores que se apropian (o expropian) de la tierra de nadie, aunque sea de todo un colectivo o país. Las transnacionales son los nuevos conquistadores de la américa hispana.

Nuestras riquezas -en todos los sentidos de este términos- parecen solo ser apreciadas desde afuera. Los más ávidos, que siempre son los que poseen los medios de producción, ponen en sus intereses esta rica tierra fértil y productiva, que en esencia es de todos y de nadie. Ellos sitúan su mira en lo que despectivamente (y siempre en tono enérgico de protesta) los líderes políticos y de movimientos sociales han llamado el “patio trasero” de los imperialistas, o sea, Latinoamérica.

Un “patio trasero” no solo de Estados Unidos, sino de potencias como China, Rusia, Francia o Inglaterra, que vienen a extraer de un subcontinente único, las materias primas necesarias y las mentes científicas más ilustres (entre estos últimos, la nómina de científicos e investigadores del proyecto CERN, la NASA, entre otros). Extraen y también “traen” su mercado, el cual inunda y ahoga la empresa nacional. Ante ello, nuestros países suramericanos han implementado esas maravillosas marcas nacionales como una forma de dignidad comercial y de libre empresa entre los latinoamericanos. Iniciativas que surgen de una manera casi que ahogada, ante la realidad del mundo como “supermercado”; mundo transformado por las políticas neoliberales y las geopolíticas extranjeras.

Desde el descubrimiento a-histórico de Cristóbal Colón, hasta las nuevas invasiones comerciales,  que poseen fuerza e inteligencia, América sigue recibiendo una gran ola de inmigrantes del llamado primer mundo. Históricamente siempre ha sido así. Por eso es irónico que los países “desarrollados” se alarmen ante el crecimiento de la inmigración de hispanos.  Europa, Asia y Norteamérica también buscan en el Sur, su norte económico y científico. El descubrimiento de nuevas tecnologías, y la implantación de ellas en todos los países, es parte de la hegemonía de potencias que se disputan el mundo como un tablero de ajedrez. No se trata de un imperialismo general y expuesto como el Africano o el de la India, sino de una oculta actividad que involucra no solo comercio, sino de mestizaje y poder. Basta con echar una ojeada de todos esos políticos con apellidos judíos en Ecuador, Perú o Chile; alcaldes y gobernadores con apellidos coreanos, empresarios con apellidos europeos y orientales.

Todo esto también hace preguntar: ¿a quién le pertenece América? ¿A los desposeídos o a los poseedores? ¿A la gente con ideología, o a la gente con capital? ¿A los políticos o a los ciudadanos de a pie?  Latinoamérica le pertenece a aquellos que levantan su voz y crean conciencia política y social. No se habla de ninguna revolución o in-volución, sino vivir y administrar lo que es nuestro, aunque no lo sea. Ese tipo de conciencia se adquiere cuando se sabe que nada seremos, si no somos algo ahora.

Aunque el escritor cubano Carlos Alberto Montaner diga que América Latina dista mucho llegar a un consenso político, sí que existe una conciencia o como dicen los sociólogos modernos “un despertar latino” sobre la pregunta de qué es América; de quién es América; y hacia dónde va este humilde continente que tiene no solo historia, sino gente talentosa, que cree, trabaja y divisa un mejor porvenir. Gente que cobra conciencia inteligente ante ese juego económico mundial, regido por una mano invisible que recibe y quita, en vez de dar e impulsar. América Latina tiene el orgullo de decir que aún conserva lugares donde la calle es para caminar, y donde nuestro norte es nuestro sur.