Latinoamérica es mi patria

Tomada de: http://www.vuelaviajes.com/wp-content/2013/02/Viajes-baratos.jpg

“Mi patria son mis amigos”

Metamorfosis latina

En 2013, a los 30 años, volví a Colombia tras un largo viaje de 8 años por Latinoamérica. Por un par menos, casi igualo a Ulises en ese viaje sin fronteras lleno de esperanza y peligro. Pero yo no viajé esperando encontrar al regreso algo que me diera esperanza, como una Penélope, o el trono de algún reino, sino que en cada lugar perseguí la esperanza, camine con ella y sufrí con ella. En todo lugar fui un rey sin corona, un artista del hambre, un soñador, un hombre.

Dejé algo de mí en cada país, me derramé en una plusvalía de recuerdos producto de amoríos, transacciones, amistades; exploré los lugares más ignorados  y experimenté las actitudes más atroces para poder sobrevivir.

En esas instancias epónimas, explorando mi naturaleza viajera, y como en una metamorfosis, cambié de categoría social por pisar suelos extraños; me encontré a mí mismo en todos esos viajes: fui amante, vendedor, empresario, méndigo, pastor, rufián. En esos roles artificiales y contingente para mi supervivencia, formé parte de un proletariado “no calificado”. Cada acto, trabajo y experiencia fueron vidas consumidas: un nacimiento, crecimiento y  muerte, que se me ofrecieron como una posibilidad interior dentro de la mía; esas diferentes profesiones  integraban el oficio de ser un hombre entre los demás. Era todo, y a la vez, nada de eso.

Definí sin necesidad de un diccionario -más que el de la experiencia- que hay mucha diferencia entre viajar para ver países y pueblos,  y conocer personas con sus historias menudas. Por eso, esta memoria no es la historia de una persona, sino la historia de la historia de una persona.

Cuando traigo a mi mente ese tiempo y esos recuerdos, es como una revelación “holística” que se torna esencial  para mi liberación personal como ser humano: recordar es liberar.

Nunca llegaré a representar mejor mi vida, que en ese largo periodo de ausencia de varias intervenciones fuera de mi país. Al salir sin mirar atrás, como lo hacen los soñadores, me encomendé solo a dios y al destino. Y si, es verdad, me confié a un dios tutelar, una especie de “deus ex-machina” que sostenía mi fe, mi osadía y mi economía.

Latinoamérica es un libro

Este nuevo continente –que en realidad es igual de antiguo a Europa- era para mí como un libro que me invitaba a adentrarme a su conocimiento. Había leído la primera hoja, o sea, no había salido de Colombia; pero salir de él, era leer más y más y profundizar en el sentido de las letras de ese libro expresado en la belleza de los pueblos, cargados de una geografía única y exquisita.

En un momento, con una brújula en la mano que apuntaba al norte, parado en la Patagonia argentina, sentí que era un “visionario exacto y desencantado”;  en cualquier punto decía: “estoy aquí y, pensar que estuve allá, qué lejos estoy”. Esos eran los juegos en los que me sumía, mis aventuras soñadas fabricadas por ese juego de la soledad. Todo me sucedía sin misterio, y esa indigencia ideal no dejaba de ser hermosa, porque allí en esos lugares alejados, incluso de mi mismo, establecí la diferencia entre mi visión anterior (esa de leer solo la primera hoja del libro) y la actual (la de vivir en la semántica de las letras de ese libro); esa  bifurcación me sedujo.

Todo esto fue como una novela de aprendizaje, de tendencia caricaturesca; porque me complacía ver de una forma, los lugares comunes, dándoles un significado propio para mí. En realidad, esa actividad viajera me liberó del quietismo y de lo que consideraba tradición. En otras palabras todo eso que me ataba murió en mi, y ahora estas nuevas experiencias no eran normas rígidas, sino aplicaciones prácticas; por ejemplo, los lugares turísticos en Ecuador, la comida en Perú, la económica en Chile, los amoríos en Argentina, la música en Brasil, los amigos en Paraguay, la guerra en Uruguay, los ritos en Bolivia y la naturaleza en Venezuela.

Yo sé lo que eso fue para mí: la chispa que voló por el aire que ilumino mis pupilas; el fuego que al hacer contacto conmigo, hizo brotar objetos nuevos, mundos nuevos; eso fue la metamorfosis que hizo de un abyecto, un proyecto personal.

De regreso a casa

Me aparté del quietismo, de esa actitud pasiva de estar “ahí” en mi país, para entrar en el viaje que considere durante mucho tiempo, una especie de obra de arte activa. Fui arrastrado por mis torbellinos interiores, ese fuego mozo que quiere consumir todas las experiencias, esas ansias de conocer más. En otro sentido, me abrí al mundo, a la vida.

No sabría decir si elegí los lugares para vivir, o ellos eligieron por mi muchas residencias invisibles construidas al margen del tiempo; allí descubrí la ventaja de lo que significaba ser un hombre joven y un hombre solo, sin hijos, sin antepasados, sin historia, un Ulises cuya Ítaca era solo interior.

Jamás tuve la sensación de ser integrado por completo a uno de esos lugares; no porque no los amara, sino porque mi existencia se sentía especialmente suspendida, a lo largo de mi estancia allí.

Una buena característica de los viajeros, es que nunca miran atrás. Es como si hubiera una filosofía del desapego, del renunciar a todas esas cosas que cargamos premeditadamente: ropa, casas, personas, recuerdos. Es romper los hilos del tejido espiritual, para experimentar una metamorfosis.

Pero si no tengo familia, no tengo tierra. Por eso mis amigos son mi patria.

  • A VG

    Y el punto de equilibrio entre lo que creemos que es verdad y lo que no lo es, es la duda que surge de una certeza que se tambalea, tropezando en otras certezas que se mantienen. Uno puede escoger fijarse en unas cuando uno necesite respuestas, o en las segundas cuando uno exija certidumbres.

  • Diego Contreras Medrano

    Tal vez la certeza esté sobre valorada, pero a veces detesto el estado permanente de duda.

  • Dewey

    🙂

  • Paula Mejia

    Muy descriptivo e interesante 🙂