El Coro de la Ópera cantará su primer Wagner

Por: Santiago Espinosa 

Sentados en las butacas de la primera función. Desde esa oscuridad lograda donde parece que el mundo comenzara en el sueño, sensación típica de las óperas Wagner, para muchos el camino habrá comenzado antes. Personas de carne y hueso que cantan desde el fondo del hechizo, y cuya aspiración pasa precisamente por no notarse. Impedir que su historia individual corte los hilos de esta música constante, prestando su voz a una imaginación colectiva.

Hay que verlos llegar a los ensayos, la partitura engargolada y bajo el brazo. Uno tamborilea las melodías con los dedos, otra entra al escenario vacío con sigilo, como la que no quiere despertar la música que duerme adentro. Tienen algo de forasteros cuando dejan sus maletas, alistan sus cuerpos, y así es que van poblando las butacas a la espera del director de coros. No todos los días llega un Wagner a Colombia, se dicen, no todos los días estarán frente Gustavo Dudamel y una de las más grandes orquestas. Aquella expectativa es la que alumbra sus semblantes como a un grupo de elegidos, intérpretes que para estar aquí y en esta ópera, tuvieron que pasar por estudios y por pruebas, audiciones y azares.

Dicen los operáticos que casi siempre, es el hechizo de la música, el aire que se respira en los ensayos es el mismo de la ópera, especialmente entre cantantes. En este caso, sea cierta o no esta máxima, esa belleza que irrumpe es la misma de estos cantantes. Y así es que llegan al recinto como un grupo de nobles, dispuestos al concurso de canto que pronto ocurrirá. 44 Peregrinos que llegan desde los barrios, las academias, ocultando tras sus abrigos un centenar de historias. 34 Sirenas que aparecen en la noche, difíciles de percibir entre los buses o en la calle, y que con sus sonrisas de fiesta parecen emerger de una remota sensualidad.

Entonces entra el director del coro, Luís Díaz Herodier, cada persona se organiza en su lugar, hombres y mujeres, sopranos y tenores, dejando atrás preocupaciones o compromisos para entrar en el sonido. A la ausencia de la Orquesta Simón Bolívar y Gustavo Dudamel –ellos llegan mucho después cuando todos se acoplan, escenógrafos y solistas, miembros del coro- un piano simple hace las veces de la más singular orquesta. Y antes de público o vestuarios, sin que nadie se percate, en un teatro del centro de Bogotá llega la música de Wagner por primera vez, las voces humanas se reúnen. Y el escenario se convierte en castillo o montaña. Los cuerpos se hacen leves y parece que flotaran, abriendo entre las sillas una grieta donde el tiempo no transcurre, todos los colores son posibles mientras cerremos los ojos.

Se ha dicho que la música de Wagner, más que ninguna otra, logra sacar de lo profundo emociones y pasajes que pensábamos ajenos, atmósferas que estaban en nosotros sin que supiéramos de ellas. En los rostros del coro es donde ocurre esta trasmutación. Al verlos cantar, gesticular, podríamos pensar que estas personas son resultado de la música y del idioma alemán; seres creados por el sonido y no al revés.

Pero son ellos, los mismos de siempre. Uno de los mejores Coros de América. El tamaño del reto, antes que inflarlos en la presunción, los muestra como son o quisiéramos que fueran: con la juventud y la sencillez de la mejor música. “Esto es nuevo para nosotros. Para todos es nuevo, incluso para Gustavo Dudamel quien también se enfrenta a su primer Wagner”, afirma Díaz, compositor y director salvadoreño, quien ha dirigido el coro desde hace más 10 años, “¿anhelos? Todos, pero también temor, por la dificultad de esta música que tiene tanto carácter pero no se parece a nada. Su libertad de forma que es tan compleja”. Y agrega como quien ha logrado lo impensable: “La expectativa de Gustavo Dudamel y esta Orquesta nos obliga a darlo todo, es un motor y un estímulo que saca lo mejor de nosotros mismos”.

Y así es que habla. Marca a los músicos su entrada desde los monitores, de espaldas a los reflectores. Díaz, cordial pero exigente, encargado de escoger las voces para cada presentación, estudio dirección en el legendario Conservatorio Tchaikovsky de Moscú, e hizo una Maestría etnomusicología en la Universidad de Londres. De su mano el Coro de la Ópera ha alcanzado los mayores registros, cantando óperas de la dificultad de Turandot o Don Carlo, obras de repertorio contemporáneo, para no hablar de hazañas titánicas como la Octava Sinfonía de Mahler.

Pero antes de todas estas cosas estuvo la dureza de los ensayos. Cantar los textos desde la entonación adecuada, todos juntos. Sin que la voz del uno haga apagar la del otro. Si en Wagner aceptamos que la música responde a cada inflexión del idioma, es una obra total que reconcilia la palabra y el sonido, Díaz insiste hasta el cansancio en la pronunciación, “ese carácter percusivo del idioma”, dice, especialmente presente hacia el final del segundo Acto, en el escándalo del concurso de canto. La coordinación que hay que tener hacia el final de ese mismo acto, donde ocho solistas wagnerianos, con toda su potencia, van por un lado distinto al del coro, la orquesta se separa de las voces en un concertato endiablado y celeste.

De todas las óperas de Wagner, quizás sean Parsifal y Tannhäuser en las que el coro ocupa un papel más destacado. Toda su estética nos recuerda esa imagen de multitudes que llegan, se reencuentran en la escena desde las más diversas estéticas. Aquella reconciliación de lo sagrado y lo profano, la música y la poesía, sólo tenía un antecedente claro en la Novena Sinfonía de Beethoven. Y el propio Wagner lo reconocía abiertamente, quien incluso llegó dirigirla como kapelmesiter  para los mismos meses del estreno de Tannhäuser.

Cantar estas dos obras hermanas en una misma temporada, hijas de espíritus disímiles pero de pretensiones semejantes, es otro encuentro en un año de encuentros. Si para el público colombiano ver un Wagner local era una cita que pensábamos remota, imposible, para ellos, de suceso en suceso, es una oportunidad que habrá de marcar sus vidas en un antes y un después. Por eso ensayan en esta obra como si no existieran otras, como si fuera la primera que cantaran o la última.