Conocer a Wagner por sus escritos

Por Robert Max Steenkist

Este año se celebran doscientos años del nacimiento del compositor alemán Richard Wagner. Más allá de las polémicas que se han levantado en torno a su vida, su obra y las consecuencias de las mismas, el aporte de este sujeto a la cultura occidental es notorio. En julio se presentará por primera vez en Colombia una obra suya.

El impacto de la obra de Richard Wagner (1813-1883) no se limita al género de la ópera ni tampoco al mundo musical. Para muchos autores, la obra literaria del músico también marca un hito en este ámbito de las artes. Los autores Anselm Salzer y Eduard von Tunk, por ejemplo, afirman que su obra escrita implica “la resurrección del material poético del mundo medieval y el establecimiento de un nuevo drama alemán”, que es suficiente “para reservarle a este artista genial una página en la historia de la literatura”.

Richard Wagner fue un personaje vital y complejo. Una de esas personas que pretende desarrollar múltiples intereses y que nunca fue discreto en cuanto a su afán por impactar a la especie humana en diversos puntos críticos de su andamiaje. Y todos estos son aspectos que pueden rastrearse en su producción literaria ajena a la ópera:

“Un músico alemán en Paris” (1841) es una serie de once relatos autobiográficos que repasan, en tono socarrón y resentido, las desilusiones con las que se encontró el compositor una vez llegó a la Ciudad Luz, cuando cargaba sus primeras deudas y buscaba (sin mucho éxito) una oportunidad de sobresalir en una metrópoli ya saturada de compositores, escribas e intérpretes. Sobresalen los juicios de valor hacia compositores que gozaban más éxito que él en ese momento; “vendidos”, “mercachifles” los llama (debe sonar por lo menos familiar a todos los que han incurrido en un gremio ya colonizado por otros). Pero también hay momentos de efervescencia impactantes: “Creo en Dios Padre, en Mozart y en Beethoven; en sus discípulos y apóstoles; creo en el Espíritu Santo y en la verdad del Arte, único e indivisible; creo que este Arte proviene de Dios y vive en los corazones de todos los hombres esclarecidos [‘]; creo que seré muy feliz gracias a la Muerte; creo que en la Tierra fui un acorde disonante que se resolverá, magnífico y puro, en el momento de mi muerte. Creo en un Juicio Final, en el que serán ignominiosamente condenados quienes degeneraron este sublime Arte y comerciaron con él, y creo que serán sentenciados a escuchar su música por toda la Eternidad”.

“El arte y la revolución” (1849) es un manifiesto político en donde asegura que el artista llega a posicionarse sólo cuando “oye lo que el Pueblo le dicta, como si éste fuera un poeta o un creador de mitos”.

Por su parte “Bosquejo de una organización de un Teatro Nacional alemán para el Rey de Sajonia” (1849), “La obra de arte del futuro” (1850) y “Opera y Drama” (1852), “Sobre dirigir” (1869) son obras que parten de un conocimiento profundo de la metodología, las dificultades, los tecnicismos y los enredos de una profesión de compositor y músico. No por ser textos técnicos y destinados a un público conocedor del gremio están éstos de valor literario y recursos creativos. En “Ópera y Drama” por ejemplo, Wagner estimula al sentido del olfato del lector para describir una obra de Wolfgang Amadeus Mozart: “Cada perfume melódico ha encontrado en Mozart un piso tan hermoso y saludable, tan nutrido de la naturaleza artística del Hombre, que parece que se expusiera la más bella flor del verdadero Arte”.

Wagner era un controlador: en cada uno de sus montajes buscó interferir personalmente en todos los aspectos logísticos, técnicos y artísticos involucrados. Desde muy pequeño buscó siempre generar una obra de arte que fuera capaz de integrar, siguiendo los lineamientos de los ideales griegos, las artes conocidas. Su famosa “Gesamtkunstwerk” tenía que fusionar poesía, música, las artes plásticas y el drama.

Reflexiones sobre las artes en diálogo con otras instancias de la existencia humana pueden leerse en “Sobre el Estado y la religión” (1864), “El judaísmo en la música” (1869), “Beethoven” (1870), “¿Qué es alemán” (1878), “Público y popularidad” (1878), “El público en el tiempo y en el espacio” (1878), “Religión y arte” (1881). En todos estos escritos se comprueba el perfil totalizante del pensamiento de este artista, en el que cualquier iniciativa estética implicaba, necesariamente, una reflexión a nivel de costumbres, modos de vida, creencias, sociedad y Estado. No ahorra Wagner críticas contra sus iguales contemporáneos, a quienes acusa constantemente de superficiales. Se han vendido a las leyes del mercado, arrastrando el talento artístico hacia la mediocridad de una burguesía que está demasiado alejada de la verdad artística. La ópera, sin embargo, ofrece una salida: “Con estos perfumados sustratos salpica el Hombre también el aburrimiento de su triste vida, el vacío y la vanidad de su corazón y el crecimiento artístico que surgió de esta fecundación artificial no es otro que el aria de la ópera”.

En los últimos dos grupos de textos Richard Wagner expresa con frecuencia su hipótesis de la ópera como “Obra de arte total”: esta empieza a funcionar por el ojo (por eso la plástica de los escenarios, la pintura en los telones de fondo la representación por parte de los actores), entra al espíritu humano a través del oído (la música, el canto) y finalmente ejerce su efecto sobre el espíritu de las personas (la poesía).

La Obra de arte total debía “erguirse sobre las ruinas de un arte engañoso”; la banalidad, el afán por el éxito comercial y el facilísimo habían resultado en tramas predecibles, personajes sin profundidad y músicas planas. Para Wagner, el Arte debía ser “la vida misma, un espejo profético de su propio futuro”. “En Tannhäuser”, escribe en su autobiografía, “me quise distanciar de lo frívolo y asquerosamente sensual de las vanguardias modernas; gracias a la fortaleza de mi voluntad pude remontar la ansiada cumbre de la pureza y la castidad. Desde esa altura pude contemplar LA MUJER, la mujer por la cual el alma de El Holandés Errante pudo emerger desde las profundidades del mar y de sufrimiento, la mujer que elevó la visión del caballero Tannhäuser lejos de la voluptuosidad del Monte de Venus y la fijó en las estrellas del cielo (…) Con sus sentidos más altos, con la parte más sabia de su conciencia, él no quería ser o volverse otra cosa que un Ser Humano completo, íntegro, de sentimientos cálidos, no un dios, sino un artista absoluto. Así que empezó a anhelar a La Mujer, es decir, al corazón humano y dejó su soledad tortuosa para atender el grito de ayuda que provenía desde el fondo de esa mujer, de ese corazón humano”. El héroe de los códices medievales, vuelto estereotipo por el afán cristiano de consolidarse como fuente de salvación en contraste con las divinidades paganas, cobra con Wagner una nueva profundidad y un dinamismo literario que lo proyectan a los siglos venideros. Como si quisiera aventajarse a los postulados de Oswald Spengler, el personaje de Tannhäuser sirve a Wagner para hablar de un mundo que se debate entre contrarios: perdón y condena, amor y pasión, goce y meditación…y muchas veces encuentra la salida a este pulso sólo cuándo ya es demasiado tarde. Para Wagner, el arte es el vehículo mediante el cual las virtudes y los vicios de la especie encuentran sus metáforas para manifestarse frente a los ojos de los mortales.

Con todo, no podemos desconocer que existen críticos que tachan a Wagner de ser un escritor “difícilmente superable en su mal manejo del alemán”. Señalan que “su poesía permanece aislada, como el elemento más débil de su trabajo”. Como siempre, con este compositor es imposible navegar por aguas templadas.

  • A VG

    Y el punto de equilibrio entre lo que creemos que es verdad y lo que no lo es, es la duda que surge de una certeza que se tambalea, tropezando en otras certezas que se mantienen. Uno puede escoger fijarse en unas cuando uno necesite respuestas, o en las segundas cuando uno exija certidumbres.

  • Diego Contreras Medrano

    Tal vez la certeza esté sobre valorada, pero a veces detesto el estado permanente de duda.

  • Dewey

    🙂

  • Lady Johana Hoyos Vera

    Excelente apreciación de libertad, de felicidad, de expresión y de una escenario donde todos somos unos grandes actores…. nos falta salir del papel y vivir nuestra propia realidad!.

  • Paula Mejia

    Muy descriptivo e interesante 🙂