El futuro sin papel, sin escritura a mano y sin Historia

En una entrevista concedida a Caracol Radio en junio de este año, el presidente de Colpatria, Santiago Perdomo, planteó incentivar el uso del dinero plástico entre todos los colombianos y crear nuevos billetes, fijando plazos limitados para cambiar los que entren en desuso. Perdomo aseguró que con esta estrategia podrían disminuirse las tasas de ilegalidad en el país, que anualmente le cuestan 37 billones de pesos. El banquero mencionó que si se limita el uso del dinero en efectivo, se ayuda a cerrarle el paso a flagelos como la minería ilegal, el contrabando, la corrupción y la evasión, transacciones ilegales que, en su mayoría, se llevan a cabo con dinero circulante.

La idea del presidente de Colpatria parece acorde con lo que se perfila como tendencia alrededor del mundo, puesto que la posibilidad de eliminar definitivamente el uso del dinero en efectivo empieza a ganar fuerza. Un ejemplo es Suecia, donde el poderoso sindicato bancario Finans For Bundet pretende llevar al parlamento un proyecto de ley para acabar con los billetes y darle paso al dinero plástico, pues, a su juicio, con esto los ladrones no tendrían qué robar. Iniciativas por el mismo estilo se replican en Islandia, Finlandia o Japón, donde algunos sectores consideran que lo mejor es eliminar el efectivo para incentivar el consumo con tarjetas de crédito y débito.

Este hecho del presente, aparentemente aislado, permite pronosticar, más allá de la pronta desaparición de los billetes y monedas, otro cambio de mayor contundencia en nuestra cotidianidad: La abolición del uso del papel.

Vivimos en un mundo anfibio entre lo real y lo virtual. Nos hemos convertido en una raza que desarrolla gran parte de su vida en línea y que reduce cada vez más las posibilidades de transcurrir netamente offline. Nuestro escenario es el video de Gorillaz, “Tomorrow comes today”, en el que somos un dibujo animado que interactúa con el mundo real (¿o seres de carne y hueso que interactúan en un mundo de dibujos animados?), con tendencia a mudarnos de manera absoluta a las aguas del streaming. Una mudanza que obliga a eliminar de una vez por todas el uso del papel, pues, de alguna manera, constituye el ancla que nos mantiene adjuntos a la orilla de lo concreto.

Entonces, en el futuro, y con el propósito de definirnos como una raza puramente conectada, tal como desaparecerá el papel moneda, desaparecerá el papel libro, el papel factura, el papel flyer, el papel carta, el papel cuaderno, el papel fotografía etc., lo que además de trasladarnos definitivamente a la tan llamada aldea virtual, implicará un beneficio para el medio ambiente, la capa de ozono, el efecto invernadero y prescindir de la tala indiscriminada de hectáreas de bosques. Lo anterior, desde el inicio, y amén de las bondades ecológicas, comporta una enorme modificación a la forma en que los seres humanos dejamos registro de nuestra existencia. No habrá transacción o interacción que no quede consignada en la gran base de datos, matriz por la que circularán tanto las actuaciones públicas, como nuestros más profundos miedos y aspiraciones. Lo que resulta una ventaja para esos a quienes tanto les interesa conocer hasta el más íntimo de nuestros secretos, como a Google, que defiende la legalidad de su acostumbrada práctica de leer contenido de correos electrónicos de cuentas personales de Gmail para ayudarse a vender avisos publicitarios, o a cierto gobierno, que hoy en día tiene emproblemado a Edward Snowden.

Además de los cambios en la manera de registrar nuestra existencia, la abolición del papel significaría una drástica mutación a la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno e inclusive con la memoria, cuando ello inevitablemente supondría una consecuencia capaz de partir la historia de la humanidad: La desaparición de la escritura a mano.

Si la escritura marcó el final de la Prehistoria y el inicio de la Historia, su desaparición daría paso al comienzo definitivo de la Post-historia. Porque, sí, tal vez seguiremos escribiendo, es decir, tecleando, pero no es lo mismo. A mano se escribe la sabiduría y con el teclado la información, lo que desde ya anuncia el tipo de humanidad que seremos en un futuro sin papel y sin manuscritos. Criaturas adictas al eterno torrente de un timeline que nos inyectará infinitas dosis de información, de la que, en últimas, no sabremos nada. Estaremos al tanto del registro cronológico de los eventos, pero no tendremos tiempo para entender una sola cosa. Será nuestra memoria un barco que navegue en el vasto océano de Internet, el cual contará apenas con un centímetro de profundidad.

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Imagino a los humanos del futuro, personas sin letra, sin rúbrica (con todo lo que la caligrafía evidencia de cada individuo), personas menos persona, seres menos tangible, gaseosos. Una suerte de Humantweets, con un angosto lapso de caducidad, a la deriva en un timeline dispuesto a refundirlos en el olvido. ¿Qué hay acaso más viejo que el tweet de hace dos segundos? Figuro que los Humantweets lucirán tal como un grupo de científicos británicos describiera al humano del futuro en el diario The Sun: más alto, con intestino y boca más pequeños, menos dientes, manos y dedos alargados radicalmente, mayor número de terminaciones nerviosas, consecuencia del frecuente uso de dispositivos que requieren una compleja coordinación de manos y ojos, que aumentarán su tamaño para compensar la reducción de la cavidad bucal; hombres y mujeres cuya comunicación se basará en expresiones faciales y movimientos de los ojos y a quienes también se les reducirá el tamaño del cerebro ya que “la mayor parte del trabajo de memorización y pensamiento lo harán los ordenadores”.

Tiene lógica que sea así. Sin papel, sin manuscritos, sin memoria e incluso sin voz, delegando todo el ejercicio mental al ejercicio del computador, ¿qué nos queda?, la reducción de todas las ideas a memes que comprimirán el pensamiento en simples piezas de JPG y leyendas que serán posteadas, compartidas y likeadas hasta la saciedad, pero que al final del día no dirán nada, no explicarán nada, no darán respuestas, como las máximas desechables que son, producto del texto predictivo y los emoticones.

Tal vez debido a este porvenir desalentador y de insoportable levedad, es que a las generaciones jóvenes del presente les invade una suerte de inadvertida nostalgia. Un afán que los conduce a resistirse a estos cambios y buscar evitarlos escarbando en el pasado para sentir que, como humanos y a pesar de que la mitad de la vida se haya reducido a trizas virtuales, aún seguimos siendo materia tangible; como hizo Daft Punk, que para crear su sonido de 2013 se alimentó de la década de los ochenta; como hacen hordas de jóvenes hipsters que se enfrentan a esta cosa tremenda llamada futuro vistiéndose con la ropa de sus abuelos; como hacen los que añaden a sus fotos un filtro vintage; o los deejays que insisten en sacarle beats a un formato musical que parecía caduco como el vinilo.

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Creo que la nostalgia es una especie de la sabiduría humana, que hace parte de su instinto de conservación y que desde el inicio de la historia nos avocó a utilizar el papel, el lienzo, la pared o cualquier superficie para dejar constancia de nuestra esencia. Pienso que a la nostalgia nos aferramos ahora, en esta etapa de transición, con la esperanza de evitar que el alargamiento de las manos nos impida agarrar un lápiz y evitar también que, aún si pudiéramos agarrarlo, carezcamos de ideas que valga la pena escribir, gracias a que nada valiosos o digno de permanencia podría surgir de un humano con el cerebro del tamaño de una nuez.

  • miltonmaria

    Implicas que internet va a acabar con la sabiduria?, No al contrario es la esperanza para la democratizacion de la informacion. Acabo de terminar un tutorial de PHP. hace diez anos esto solo se hubiera podido estudiar en la universidad – ahora no. Dios quiera asi sea en el futuro que el conocimiento sea para quien lo quiera. Y no un bien mezquinado en un absurdo edificio, como si les perteneciera